Víctor guardó silencio por unos segundos.
—Siempre pensé que James te había disparado.
—Si James me hubiera disparado, estaría muerto —dijo Rex con voz ronca—. Laura no era tan buena como yo, pero supo dónde apuntar. O tal vez tuve suerte.
Víctor asintió solemne. Las monjas del convento habían concluido que Rex sobreviviendo a aquel disparo había sido un milagro. Según lo que le contó la Madre Superiora, el hombre estuvo dos semanas enteras luchando contra la fiebre de la infección, y eso sin contar los cuatro días que se arrastró por el desierto.
—Al menos James era peor enterrando de lo que era disparando, ?no? —se aventuró a bromear Víctor.
Rex hizo un ruido que asemejaba un gru?ido, pero Víctor sabía que era lo más cercano que aquel forajido tenía a una risa.
—Sí, supongo que llamarlo entierro es exagerar. —Rex suspiró—. Era un hoyo. Y ni siquiera uno profundo.
Los dos permanecieron callados viendo las estrellas. Considerando lo que Rex le acababa de contar, quizás tenían más en común de lo que habían pensado.
—Mi padre tampoco era un buen hombre —confesó Víctor. Hizo una breve pausa—. No lo maté, pero lo arrestaron.
Rex solo asintió con su cabeza mientras escuchaba a su compa?ero. Nuevamente estaban sin mirarse a los ojos; no era necesario.
—?Qué hizo? —preguntó Rex, nervioso ante la respuesta.
—Homicidio —dijo Víctor—. él dijo que había sido un accidente. No paró de decirlo incluso mientras le ataban la soga al cuello.
Rex supo quién había sido la víctima sin que Víctor lo dijera. También entendió muchas más cosas de su compa?ero. La rectitud, la fe en la ley y el desprecio a los forajidos —los hombres malos.
—Y te volviste un oficial —dijo, adivinando sus motivos.
—Y me volví un oficial —confirmó el otro.
Víctor se puso de pie y por fin miró a Rex.
—James terminará muerto de una u otra forma —habló como si fuera una certeza—. La soga, una bala… Quizás se caiga del caballo y ni tú ni yo lo atrapemos.
Rex resopló entretenido ante la idea.
—Pero tratamos de hacerlo bien primero —continuó Víctor—. Es lo que nos hace diferentes a ellos. Nosotros hacemos lo correcto.
Rex caviló las palabras de su compa?ero y exhaló un suspiro.
—?Y dejarás de lloriquear cuando tengamos que hacer cosas de forajidos? —preguntó Rex con una sonrisa medio burlona.
Ahora fue el turno de Víctor para resoplar. Pero tras poner los ojos en blanco, contestó con diversión a medias.
—Quizás pueda ser más abierto ante tus… métodos. Pero lo intentamos a mi modo también.
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Rex asintió.
—Suena justo. —Y le ofreció la mano a Víctor.
él la estrechó.
—Entonces —dijo Rex— si Blackwater no se deja arrestar por las buenas ma?ana…
Víctor hizo un cabeceo casi imperceptible.
—Será por las malas. —Miró alrededor—. Podemos esperarlo en ambas salidas y que la se?orita Lombarde se quede en casa de Miroslava.
—Habrá que ense?arle a disparar a Verónica —agregó Rex—. Por si acaso.
—Otro día será. Ma?ana necesitaremos las balas.
Los hombres volvieron a la casa de su anfitriona y solo encontraron despierta a Verónica. Al verlos acercarse tan amigablemente, o al menos con la usual falta de tensión y hostilidad, se relajó y les deseó a sus compa?eros buenas noches antes de irse a dormir.
Rex y Víctor se acostaron en los sillones ya sin necesidad de decir algo más. Con un poco de suerte, aquellos cazarrecompensas llegarían al pueblo temprano con Blackwater en sus talones. Con mucha suerte, no habría una gran confrontación.
Pero ?cuándo habían tenido suerte? Pensó Rex.
Nuevamente sosteniendo el arma, Rex se dejaba caer dormido. Estaba seguro de sus reflejos. Incluso estando inconsciente, sabía que la única manera de tomarlo por sorpresa sería jugando sucio como James. Cualquier malhechor que pretendiera aprovecharse de él mientras dormía, saldría perdiendo.
Se preguntó si sus compa?eros se sentían igual de seguros al dormir. Escuchó a la se?orita Lombarde dando vueltas en el cuarto de huéspedes del piso de arriba. Ella daba vueltas cuando so?aba.
—Verónica María —le había dicho su madre—, llama a tu hermana. Quiero hablarles de negocios.
Las dos ni?as se sentaron en la mesa del té. La madre de Verónica sacó dos grandes floreros de cristal y una bolsa con cien canicas amarillas.
—Ambas tienen un negocio y estas son sus riquezas. ?Cómo las dividirían?
Las ni?as empezaron a contar las canicas. Verónica podía más rápido porque ya estaba en la edad de saber contar. Lograron poner cincuenta canicas en cada florero.
—Cincuenta y cincuenta —dijo la madre, decepcionada—. Ahora, digamos que yo soy el banco. Quiero hablar con el due?o del negocio. ?Cómo sé con quién hablar si las dos tienen las mismas canicas?
—?No somos socias? —dijo Verónica—. Estamos compartiendo.
—Al banco no le importa, Verónica. Quiere hablar solamente con una persona.
Las chicas desconocían qué responder. A la madre le enfurecía esto. Según ella, lo que les estaba explicando era obvio. Sin embargo, decidió respirar profundamente.
—Como les decía —continuó la mujer—, al banco no le importa.
Tomó una canica del frasco de la ni?a más peque?a y lo puso en el de Verónica.
—Esto se llama cincuenta y un por ciento. Y esto, cuarenta y nueve por ciento. Ahora, la persona que da la cara del negocio eres tú, Verónica. Por más que quieran repartir todo mitad y mitad, dos personas nunca pueden estar de acuerdo en todo. Algún día, habrá un desacuerdo entre tú y tu hermana. Y, ?quién tendrá el poder de despedir a la otra persona? ?Quién tendrá el verdadero poder de dar la cara por el negocio?
La mujer sostuvo la canica definitiva.
—El cincuenta y un por ciento.
La criada de la familia las interrumpió. Pasó por la mesa del té a recoger alguna vajilla sucia que habían dejado ahí antes. El estruendo de los platos chocando la sacó de su trance. Verónica se despertó para escuchar un estruendo similar en la casa de Miroslava.
El colchón de huéspedes de la se?orita Miroslava, más que nada, era un cuarto usado como bodega. Ahí guardaba las tareas de sus ni?os, pinturas para acuarela, tizas y borradores. El cuarto emanaba un tremendo olor a polvo. Verónica tuvo que sacudir el colchón para poder dormir en él y sintió vergüenza de que la miraran hacerlo. Parecía que estaba se?alando la falta de limpieza, pero sólo quería dormir.
Decidió ir a la letrina, que estaba en el piso de abajo. De paso, ver a Rex y a Víctor dormir. Le gustaba.
Bajó con todo el sigilo posible. Giró por el pasillo de las escaleras y casi chocó con Miroslava. Se disculpó de manera instintiva.
—No se preocupe —susurró Miroslava.
Verónica notó que la chica estaba alistada para salir a la calle cargando un montón de platos.
—Voy a devolver esto a la taberna —dijo—. Es la vajilla con la que cenamos. Como vivo sola, tuve que pedirla prestada.
—Pero si es la mitad de la noche. Los puede devolver en la ma?ana.
—No no. Está bien —insistió ella.

