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De vuelta en San Domingo, y cenando con Miroslava, Víctor fue el primero en hablar.
—Gracias de nuevo por su hospitalidad, se?orita. Si todo sale bien, partiremos ma?ana o al día siguiente.
Miroslava solo ofreció una sonrisa cortés y un ligero cabeceo.
Rex terminó de cenar y se levantó.
—Voy a caminar —avisó, dirigiéndose a la puerta.
Verónica y Víctor intercambiaron una mirada, pero no lo cuestionaron.
Rex no había tenido demasiada oportunidad para estar solo desde que habían empezado a viajar juntos dos meses atrás, por lo que el aire fresco y la soledad le sentaron bastante bien.
El pueblo de San Domingo no era grande y estaba conformado más que nada por peque?as granjas y un par de tiendas. Si uno se paraba en el centro, podía ver todo el pueblo y las planicies de los alrededores. El camino del Rumbo Largo lo atravesaba de punta a punta, y el tren pasaba por el sur, pero no tenía otras calles o vías. Dicho de otra manera, San Domingo era un terrible lugar para un tiroteo. No había edificios con los que cubrirse, solo tenía dos rutas de escape, y ni siquiera tenía sombra para cubrirse del sol. Para Rex, notar esa clase de cosas era algo instintivo. Siempre que llegaba a un pueblo, inmediatamente buscaba los mejores lugares para disparar y huir; al entrar en alguna tienda o casa, contaba las ventanas, los muebles y las puertas.
El verdadero motivo de la caminata de Rex, además de buscar un respiro, era prepararse. Fuera un presentimiento o solo la paranoia de haberse encontrado con los hombres de James, algo en toda la interacción con aquel grupo de cazarrecompensas le había dejado un mal sabor de boca. Rex no había reconocido ni a Chu ni a Manitoc, y el nombre de Blackwater no le sonaba, pero era posible que James estuviera cerca.
Ben “El Monstruo” James tenía un escondite en Cambolana, la “Ciudad Dorada” de la costa oeste. Si no lo encontraban en el camino, tarde o temprano lo verían ahí; pero si lo hallaban antes, todo terminaría más pronto. Víctor lo arrestaría si Rex no le ponía una bala entre las cejas antes.
La cicatriz en forma de J pareció escocer de repente, y Rex se frotó el antebrazo. Al mismo tiempo, la cicatriz de su pecho se hizo muy presente y el hombre tuvo que cerrar los ojos y exhalar para tranquilizarse. No era miedo ni anticipación. No estaba seguro de qué era, pero no le gustaba. Abrió los ojos y se encontró con las estrellas. Usualmente lo ayudaban a relajarse, pero esta noche lo vigilaban como buitres.
Oyó los pasos de Víctor acercándose —a estas alturas, reconocía a sus dos compa?eros por cómo caminaban— y se giró para mirarlo.
Víctor no se sorprendió de que Rex lo hubiera escuchado. Solo lo saludó con un cabeceo y se paró a su lado, en silencio. Por alguna razón llevaban todo el día discutiendo. Tal vez llevaban demasiado tiempo en la intemperie y ambos estaban ariscos; tal vez el llegar a un pueblo le recordó a Víctor de su tiempo como oficial y lo puso irritable ante lo forajido. Sea lo que fuere, ante la inminencia de Blackwater llegando a San Domingo, ninguno de los dos quería estar más inquieto de lo debido.
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—No hay mucha cobertura en el pueblo —dijo Víctor, confirmando los análisis de Rex.
—Demasiada luz de sol —a?adió el otro.
—Y solo dos salidas —finalizó el primero.
Víctor exhaló profundamente y miró a Rex con tranquilidad.
—Ya no somos quienes éramos hace dos meses, ?verdad? Ahora es tu deber protegerme, y el mío protegerte a ti.
Víctor se sentó. Dejando a Rex de pie junto a él.
—Cuando me contaste lo que pasó entre tú y James, eras un hombre moribundo. Tenías cicatrices de balas en todo el cuerpo.
—?Quieres que lo cuente de nuevo? ?Esta vez sin mi dolor agonizante?
—Y sin tanta cerveza de por medio.
Víctor hizo sonreír a Rex. De repente, las estrellas volvían a ser relajantes.
—Ben James solía tener ideas. Ideas buenas. Por ejemplo, los caballos. él sabía que para ser un ladrón, tenías que tener un caballo rápido o si no la ley te atraparía. Cada que aparecía un caballo más veloz que el suyo, James lo robaba para sí mismo. Ahora la leyenda dice que Ben “El Monstruo” James posee el caballo más rápido de todo el territorio.
—Pero no es una leyenda.
—Es completamente cierto. Es imposible alcanzarlo. James huye de los tiroteos cuando éstos se vuelven muy peligrosos. Sólo por eso sigue con vida.
Se sentó al lado de Víctor y continuó hablando.
—James me sacó de la escuela. Me preguntó si alguna vez había quitado una vida y dije que sí. Le disparé a mi padre para que dejara de golpear a mi mamá. Bastó para que me hiciera su mano derecha. Juntos, llegábamos a un lugar, disparábamos a inocentes y nos largábamos de ahí. Cargando todo lo que cupiera en nuestras manos.
Rex evitaba mirar a Víctor a los ojos. Se le quedaba viendo a la planicie.
—A James le gustaba torturar. él no disparaba para matar a sus víctimas. Las acuchillaba y las ahorcaba, siempre con una sonrisa en el rostro. Les rompía los huesos. Me empezó a preocupar. Empecé a volverme más rápido. Cada vez que llegábamos a un lugar nuevo, yo les disparaba a todas las víctimas antes de que James pudiera ponerles las manos encima. Les daba justo en el corazón para que fuera rápido. Me dije a mí mismo que los estaba salvando. Les estaba haciendo el favor de salvarlos de James. Hasta que un día, James me dijo que estaba orgulloso de mí porque me había convertido en una máquina de asesinato.
A Víctor se le empezó a formar un nudo en la garganta. Y no dudó que Rex tenía el suyo propio.
—Ese día decidí empezar a perdonar ciertas vidas. Dejé vivir a una jovencita. Laura. James me dijo que ella no podía vivir a menos que la reclutáramos. Así que eso hicimos —carraspeó—. Le ense?é a disparar.
—?Y James estaba de acuerdo con que empezaras a perdonar?
—No, pero le daba miedo traicionarme. Creo que él sabía que mis reflejos eran más rápidos que los suyos. Su única opción era darme por la espalda o quitarme la pistola.
Los dos se miraron a los ojos.
—Laura me dijo que ya no quería seguir trabajando con nosotros. Era demasiada muerte. Una noche, la ayudé a escabullirse del campamento y le di mi pistola. Esa fue la noche en que James me traicionó. Atrapó a Laura y la hizo regresar al campamento. Le dijo que era su momento de usar las cosas que yo le había ense?ado. Y que tenía una elección, su vida o la mía. La pobre chica no debía tener más de dieciséis. Estaba llorando.
Los ojos de Víctor se llenaron de humedad.
—?James mató a Laura?
—James hizo que Laura me disparara. Con mis últimos alientos, lo vi dispararle a Laura en la cabeza. Y nos enterró a ambos.

