Verónica entrecerró los ojos, sospechosa ante la extra?a actitud de Miroslava.
—Al menos déjeme acompa?arla entonces.
A lo que Miroslava negó con la cabeza.
—No es un trayecto largo. Usted vuelva a dormir.
La se?orita Lombarde tenía sue?o y en realidad no quería seguir a su anfitriona a la taberna, por lo que terminó por encogerse de hombros.
—Bueno. Vaya con cuidado —le dijo, y se dirigió a la letrina.
Sentada y pensando, Verónica meditó en lo que Miroslava podría estar ocultando y se preguntó si debía advertirles a sus compa?eros. Las posibilidades de lo que una mujer estaría haciendo en secreto a esas horas de la noche en un lugar como una taberna no se le antojaban placenteras, por lo que simplemente despidió las ideas.
“Será muy su asunto.” concluyó, “Y cualquier cosa, Rex se despertará si hay peligro.”
Verónica se lavó las manos y regresó al interior, viendo que Miroslava todavía no regresaba. Pasó por la sala y vio que Rex estaba despierto y sentado, mirando la puerta principal.
—?Qué hace Miroslava? —le preguntó el hombre.
Verónica se encogió de hombros.
—Dijo que iba a devolver la vajilla a la taberna.
Rex asintió.
—?Y usted qué hace despierta a esta hora?
—Pues haciendo pipí —contestó Verónica, apretando su camisón—. ?Qué más?
Rex soltó un peque?o bufido que era una risa y solo cabeceó.
—Buenas noches, se?orita Lombarde —dijo, y volvió a acostarse.
Verónica le respondió lo mismo y subió hacia la habitación de huéspedes, pero a mitad del camino se encontró con la puerta entreabierta de la habitación de Miroslava y la curiosidad la venció. Abrió la puerta, se escabulló dentro y miró alrededor. Había una cama, un armario, un buró y un tocador. Decidió probar suerte con el tocador primero y abrió los cajones, pero solo tenían brochas y pinturas. Después fue al buró junto a la cama y abrió el cajón, donde encontró varios papeles. Cartas.
“Mi querida Miroslava, pronto nos iremos de este pueblucho y te yebaré conmigo,” decía la primera. Las faltas de ortografía y la horrible caligrafía le recordaron a la carta de Rex. “Espérame unos días más y nos bemos en la taberna. Te quiere, Ridge.”
“??Ridge?!” Pensó Verónica. Miró por la ventana hacia la taberna, donde las luces permanecían encendidas. La carta no tenía una fecha, pero no podía ser muy vieja, y recordó que no habían encontrado a Blackwater en la intemperie.
Con la carta en la mano, bajó los escalones de dos en dos.
—?Rex! —gritó, despertando a sus dos compa?eros.
Víctor se incorporó y buscó su arma, pero Rex ya estaba de pie y apuntando a los alrededores, buscando el origen de la conmoción.
The story has been illicitly taken; should you find it on Amazon, report the infringement.
—?Qué pasa?
—?Es Ridge! Creo que está ocultándose en la taberna. —Le agitó la carta en la cara.
Rex gru?ó y arrebató el papel para quitárselo de la línea de visión. Leyó el contenido —aunque con un poco de dificultad— y se la entregó a Víctor, quien entendió la situación y empezó a vestirse también.
—?Van a ir ahora? —preguntó la mujer.
—Si Miroslava le está advirtiendo, no podemos dejar que escape —gru?ó Rex—. Usted quédese aquí.
Víctor se abrochó el cinto con la pistolera y se dirigió a la puerta.
—Espera —le dijo a Rex, mirando por la ventana.
Rex se detuvo y aguzó el oído. Los dos hombres reconocieron el sonido del galope. Y no se trataba de uno o dos caballos; era toda una escuadra.
—?Rex Ford! —gritó una voz áspera, alargando cada palabra. Era James—. ?Eres un fantasma difícil de encontrar!
Gritaba a los cuatro vientos. Sabía que Rex estaría escuchando.
—Mis muchachos y yo hicimos una peque?a parada en el establo.
Los tres miraron por la ventana. Vieron que los hombres de James habían sacado a la fuerza a la jovencita del establo, quien jalaba consigo la correa del caballo de Rex.
—Debo reconocértelo —prosiguió James, refiriéndose al animal—. No se dejó tocar por nadie. Tuvimos que recurrir a los servicios de esta bella dama.
Rex miró mejor a la chica. Se encontraba repleta de moretones.
—Tienes cuatro segundos antes de que la bestia reciba una bala en la cabeza. Cuatro… Tres…
Verónica susurró “Lo va a matar”, mezclando un poco de incertidumbre en su declaración, pues era más una pregunta que una frase.
—Dos…
“Va a matar a Raya” dijo a sus compa?eros, especialmente al due?o del caballo. Pero Rex no parecía sentir el mismo pánico. Le preocupaba más la falta de cobertura del pueblo. Trataba de hacer las cuentas. Eran tres de ellos contra diez hombres de James, sin incluir al mismísimo Monstruo. Abrir la puerta significaba perder la vida seguro. James dijo “Uno” y, faltando una fracción de segundo para que el caballo recibiera una bala, Verónica se adelantó a tomar una decisión por los tres.
Abrió la puerta de la casa de Miroslava y subestimó lo veloz que era James en reaccionar, pues la pistola que apuntaba al caballo giró, sin titubear, noventa grados con el brazo de James completamente extendido hacia la cabeza de Verónica. La bala salió disparada. De no ser porque Rex era más rápido y jaló a la se?orita Lombarde de la cintura, El Monstruo hubiera dado en el blanco.
Aun así, le habían otorgado lo que él quería. La ubicación del forajido.
—Ya te tengo —murmuró para sí.
Ordenó a los demás que se bajaran de sus caballos y dejaron sola a la se?orita del establo. Ella no sabía qué hacer, simplemente acarició a Raya para consolarlo del estruendo; no porque Raya estuviera desacostumbrado a ellos, sino más bien, el caballo sabía que estaban en problemas.
Los diez hombres, acompa?ados de su jefe, caminaron hasta la casa de la se?orita Miroslava. Veintidós botas resonando en el camino lleno de tierra. Querían causar un espectáculo. Así que James dijo “Disparen a las ventanas” y aquellos hombres dejaron llover una ráfaga de plomo a todas y cada una de las ventanas de la casa. Verónica tuvo que cubrirse en los brazos de uno de sus compa?eros para esquivar los pedazos de vidrios rotos.
—?Rex! —llamó su atención Víctor—. El pueblo no tendrá cobertura…
Y Rex terminó su oración.
—Pero la casa sí.
Se encaminaron a subir las escaleras, apresurándose unos a los otros. “?Vamos, vamos, rápido!”.
—Lo bueno que ya fue a la letrina, se?orita Lombarde.
—?Ahora no, Víctor!
Uno de los hombres de James los vio por una de las ventanas más peque?as. Disparó, pero sin darle a nadie. Sólo la se?orita Lombarde sintió otro latigazo de viento cerca de su cabellera.
James fue el último en entrar a la casa y siguió hablando para Rex.
—?Nada de aceite en el piso para que me resbale? —Se estaba divirtiendo.
Con pocas opciones, Rex, Víctor y la se?orita Lombarde se encerraron en el cuarto del colchón de huéspedes. Los dos últimos aguardaban indicaciones del tercero, que les dijo que retiraran aquel colchón de la cama, pues les serviría. Se asomaron por la ventana para confirmar si alguno de los hombres de James se había quedado afuera o si todos se habían metido a la casa con él.

