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Capítulo 45 – Nadie crece ileso

  Después de haber ordenado los nuevos insumos y terminado de cocinar, los visitantes se dispusieron a entrar en la parte privada de la iglesia.

  Apenas cruzaron el umbral, el ambiente cambió por completo. Una gran cantidad de ni?os se movía de un lado a otro, llenando el lugar de risas, pasos apresurados y voces superpuestas. Varias voluntarias y monjas se encargaban de ordenar, vigilar y cuidar, mientras los ni?os de mayor edad ayudaban con tareas simples y los más peque?os, como Kael, correteaban sin rumbo fijo, persiguiéndose entre columnas y bancos de madera.

  El movimiento era constante, casi caótico, pero no desordenado. Todo parecía funcionar bajo una lógica silenciosa.

  Apenas Kael dio unos pasos dentro, fue invadido por una cantidad increíble de miradas curiosas. Los primeros en acercarse fueron dos ni?os, apenas un par de a?os mayores que él.

  —?Holaaa! —dijo uno con entusiasmo—. ?Eres nuevo?

  —Hola —respondió Kael, algo sorprendido—. Más o menos… solo vine acompa?ando a la se?ora Redda.

  —Ahhh… —comentó una ni?a, observándolo de arriba abajo—. Por tu ropa debes ser un ni?o noble, ?no?

  —Sí —asintió Kael—. Mi nombre es Kael Sungley, un gusto conocerlos.

  —?Ohhh! —exclamó el ni?o—. ?Eres miembro de la familia que gobierna la ciudad?

  —?Entonces eres familiar de ese se?or grande, de barba blanca, que viene a veces? —preguntó la ni?a.

  —Sí —respondió Kael—. Ese se?or es mi abuelo.

  Los ni?os lo miraron con asombro y curiosidad, como si acabaran de descubrir algo extraordinario.

  Detrás de ellos, comenzaron a aparecer otros ni?os más grandes. De aquellos que ya iniciaban su transición, cuerpos en crecimiento y miradas endurecidas por experiencias que no correspondían a su edad.

  —Oye, enano… apártate —dijo uno de ellos, empujando levemente el espacio.

  Los jovencitos rodearon a Kael. No había curiosidad en sus rostros, sino una intención distinta, más pesada.

  Lasan, al notar la situación, dio un paso al frente dispuesto a intervenir, pero Redda lo detuvo alzando una mano.

  —Mi se?ora Redda, ?por qué me detiene…? —susurró Lasan, tenso.

  —Hay realidades que funcionan mejor cuando se viven de forma directa —respondió ella en voz baja—. Confía en el joven amo.

  —?Oye! —intervino la ni?a que había hablado antes—. ?No lo intimides! ?Es el heredero del gran lord!

  —Cierra el pico, enana —replicó una jovencita—. Necesitamos hablar con este hijo de papis.

  Kael respiró hondo.

  —Hola, buenas tardes —dijo con calma—. Mi nombre es Kael, gusto en conocerlos.

  —No te vengas a hacer el educado con nosotros —escupió uno de los jóvenes—. ?Crees que estamos aquí porque queremos?

  —Por supuesto que no —respondió Kael—. Debieron haber pasado por mucho… espero que algún día podamos trabajar juntos para que esto no tenga que seguir siendo una realidad.

  —Claro que seguirá pasando, enano de mierda —dijo la jovencita—. Los de tu clase solo vienen aquí a inflarse el pecho haciendo un poco de caridad para sentirse bien consigo mismos.

  —Oigan, ya no lo molesten… —intervino un ni?o más peque?o—. Las se?oras se van a enojar…

  —?CáLLATE! —gritó el jovencito—. ?Yo llegué aquí porque tu gran e increíble abuelo fue incapaz de proteger nuestra aldea! ?Vi morir a mi mamá frente a mis ojos!

  —Mi madre murió de enfermedad y mi padre en la mina —a?adió la jovencita—. En nuestros últimos días juntos nos alimentábamos de un maldito mendrugo de pan… ?y de seguro tú, enano de mierda, tenías platos llenos de comida!

  Kael los observó en silencio. El impacto fue fuerte, pero más que culpa, sintió una profunda empatía. No había vivido exactamente lo mismo, pero conocía el hambre, el frío, las casas precarias y el pan duro compartido. A diferencia de ellos, en su infancia no existieron monstruos acechando aldeas… pero el dolor seguía siendo reconocible.

  —De verdad lo lamento mucho… —dijo con sinceridad.

  El jovencito lo miró con desprecio.

  —?No necesito tu maldita misericordia! —escupió—. ?Qué saben tú y tu familia de lo que es sufrir? Viven cómodos en su mansión, comiendo hasta llenarse. Seguro tu abuelo y tus padres se pasan el día holgazaneando con todo el dinero que han robado.

  La rabia lo desbordó.

  Sin pensarlo, lanzó un golpe directo al rostro de Kael.

  Para sorpresa de todos, Kael detuvo el pu?o con facilidad, sujetándolo con firmeza. Su mirada era intensa… amenazante, pero también compasiva.

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  —La ignorancia es atrevida —dijo con voz firme—. La nobleza no se alcanza de un día para otro. Para obtener respeto, debes ganártelo.

  Soltó lentamente el pu?o del joven, sin violencia innecesaria.

  —No sé cómo ha sido tu experiencia —continuó—, y lamento de verdad lo que has sufrido. Pero no permitiré que te plantes frente a mí a insultar y menospreciar a las personas que más quiero en mi vida.

  El silencio se hizo pesado.

  —?Dices que mi vida es fácil y tranquila? —prosiguió—. Me levanto cada ma?ana para entrenar igual que los soldados de Cautares. Por las tardes entreno mi cuerpo y mi mente, porque desde peque?o se esperan grandes cosas de mí como futuro heredero.

  Los jóvenes lo escuchaban sin interrumpir.

  —Dices que mi abuelo no hace nada —continuó—, cuando puede pasar un a?o entero en campa?a, marchando por la frontera del Bosque Indomable, protegiendo a su pueblo.

  —Hablas de mi padre y de mi madre como si no hicieran nada, cuando ellos partieron desde Cautares y recorrieron todo el continente para defenderlo de la invasión demoníaca.

  Kael respiró hondo.

  —Hablas de mí como si ya hubieras escrito toda mi historia… cuando mi destino, incluso antes de nacer, estaba sellado para pelear y morir protegiendo esta ciudad. Hoy vivo una vida tranquila, sí… pero llegará el día en que tenga tu edad y salga, como mis padres y mis abuelos, a arriesgar mi vida para que menos ni?os tengan que ver morir a sus padres.

  Su voz se suavizó.

  —Lamento profundamente lo que pasó con los suyos… pero culpar a alguien que ni siquiera había nacido cuando ocurrió es un razonamiento peor que el de un ni?o.

  El ambiente se tensó apenas terminaron las palabras de Kael. El silencio era pesado, incómodo, como si todos los presentes contuvieran el aliento al mismo tiempo.

  Fue entonces cuando Abel apareció entre los ni?os, avanzando con paso firme y decidido.

  —?Qué creen que le están haciendo al joven amo ustedes? —preguntó con voz severa.

  Los dos jóvenes se apartaron de Kael casi de inmediato, retrocediendo un par de pasos.

  —Mis más sinceras disculpas, joven amo —dijo Abel, inclinando ligeramente la cabeza—, por el actuar de estos dos jóvenes.

  —No hay nada que disculpar, se?orita Abel —respondió Kael con calma—. En parte… tienen razón.

  Los dos jóvenes lo miraron con sorpresa, claramente impactados por la respuesta.

  —?A qué se refiere, joven amo? —preguntó Abel, sin perder la compostura.

  —Defenderé siempre el honor de mi familia —dijo Kael—, pero eso no quita que, como gobernantes de la región de Cautares, deban velar por la salud y el bienestar de todos los pueblos bajo su responsabilidad. Y eso… no ha sido cien por ciento efectivo.

  Kael bajó ligeramente la mirada antes de continuar.

  —Aún hay gente sufriendo allá afuera, siendo atacada en la frontera. Por lo tanto, también es mi responsabilidad, como futuro heredero, ayudar a mejorar esta situación y lograr que menos ni?os tengan que ver morir a sus padres.

  Abel lo observó en silencio, con una expresión cargada de respeto.

  —Sin duda demuestras ser tan sereno y sabio como tu abuelo, peque?o —dijo finalmente.

  Luego giró hacia los jóvenes. Su rostro no mostraba castigo ni desprecio, sino una mezcla de firmeza y calidez maternal.

  —Ya escucharon al joven amo —dijo—. Nada es perfecto. Nada funcionará bien para todos. Pero lo que marca la diferencia es sobreponerse a la adversidad y enfrentarla con fuerza y perseverancia.

  Los jóvenes bajaron la mirada.

  —En lugar de culpar y criticar —continuó Abel—, conviértanse en mejores personas y ayuden a que este lugar sea aún mejor. ?No querían ser como Lasan y Jacki?

  Los dos se miraron entre ellos. Luego, con evidente esfuerzo, volvieron a mirar a Kael.

  —Joven amo Kael… —dijo uno de ellos—. Lamentamos lo ocurrido. Nos dejamos llevar por nuestras emociones y dijimos cosas horribles.

  —Sí… lo sentimos —a?adió el otro.

  Kael los observó un segundo y luego sonrió.

  —Pos, la verdad… ya se me olvidó lo que dijeron, mis amores —respondió—. Aquí no pasó nada. ?Comenzamos de nuevo!

  Metió la mano en su peque?a mochila y sacó dos cuadritos cafés.

  —Tomen, uno para cada uno. Disfrútenlo.

  —?Qué es eso? —preguntaron los jóvenes, desconfiados.

  —Se llama “come y calla” —respondió Kael con orgullo.

  Ambos llevaron el chocolate a la boca… y sus expresiones cambiaron de inmediato. Sus rostros se suavizaron, casi derritiéndose junto al sabor.

  Al verlos, Kael levantó los brazos y gritó con entusiasmo:

  —?Chocolate para todos! ?La tía Jacki lo donó desde su escondite debajo del lavamanos!

  —??QUé?! —gritó Jacki desde el fondo—. ???NOOO, ESOS SON MíOS!!!

  En ese preciso instante, Redda apareció detrás de ella y apoyó su mano con peso sobre su hombro.

  —Así que escondiendo alimentos para deguste propio… —dijo con voz baja y peligrosa.

  —Ay… no, es que… yo… bueno… —balbuceó Jacki.

  Y así, después de mucho tiempo, Jacki recibió coscorrones de la primera persona que decidió cuidarla y convertirla en la cocinera de la casa Sungley.

  Luego de un buen almuerzo y con muchos ni?os satisfechos, Kael sacó nuevamente cosas de su mochila y de su cubo dimensional. Les regaló una pelota para que jugaran.

  El patio se llenó de risas, carreras y gritos de alegría. Los ni?os jugaban sin parar, supervisados de cerca por dos ancianas dedicadas que no perdían detalle de sus movimientos.

  Abel observaba la escena con una sonrisa tranquila.

  —Sin duda, tus descripciones encajan perfectamente con su forma de ser —dijo—. Es muy maduro para su edad.

  —Desde muy peque?o demostró ser responsable y dedicado a todos —respondió Redda—. Nunca trató mal ni da?ó a nadie… abuelo, padre, madre, guardián, soldado o sirvienta. Para él, todos son personas importantes e irremplazables.

  Abel asintió lentamente.

  —Ahora entiendo por qué te vi tan tranquila y decidida ese día…

  —?Qué día? —preguntó Redda.

  —El día en que apareciste por primera vez sin un brazo —respondió Abel—. “Mi se?or me necesitaba y cumplí mi deber a como diera lugar”, eso fue lo que dijiste. Lo hiciste con una calidez y determinación que me recordó a la Redda que alguna vez fue noble… y que lo abandonó todo por amor.

  —No me hagas recordar los tiempos en que tenía que golpearte para que dejaras de hacer tonterías —respondió Redda con sequedad.

  —Ajajajaja, ya quisieras… —rió Abel.

  .

  ..

  …

  ….

  …..

  Y así terminó la misión de reabastecer el orfanato. Al caer la tarde, los sirvientes y el joven amo emprendieron el regreso a casa.

  Apenas Kael puso un pie dentro de la mansión, fue atrapado por unos brazos firmes y furiosos.

  —Encima de llamarme demonio terrorífico y huir de tu castigo —dijo Caria, apretándolo contra su pecho—, te fugas con los sirvientes para intentar evitarlo… pues quedarás tirado y coscorreado en el patio junto con los otros tres tontos.

  Mientras Kael era arrastrado, una figura imponente apareció detrás de ella. Garbard los observaba con expresión seria.

  —Mi querida hija, Caria —dijo—. ?Podrías detener tu castigo hasta aquí…?

  —?Por qué? ?Si se lo merece! —respondió ella.

  —Por supuesto —asintió Garbard—, pero a mí también me corresponde un poco de castigo.

  —?NO, NO, ESPERA! —gritó Kael—. ??POR QUé?! ?NO HICE NADA MALO!

  —Te comiste lo que sería mi desayuno nuevamente —respondió Garbard con total calma.

  —?NO, NO, NO! ?Yo no fui! —gritó Kael—. ?Fue el monstruo de la alcantarilla que entró por la ventana y se comió su comida! ?YO NO FUIIIII!

  Y así, el joven amo regresó a casa para recibir su castigo doble: comportarse como un verdadero noble fuera, cargando con las realidades del mundo… y volver a ser, puertas adentro, un auténtico ni?o malcriado.

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