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Capítulo 44 - Los que nadie ve

  Al día siguiente, Kael se despertó más tarde de lo habitual y fue a buscar su desayuno junto a Chocolo.

  Al llegar a la cocina, notó de inmediato que ni Jacki ni Lasan se encontraban allí.

  —?Adónde se fueron...? —murmuró, frunciendo el ce?o—. ?Habrán ido al bosque de nuevo? Nooo... le dije a Jacki que me avisara si se dirigiría allí. Si no, después lo único que hace es traer cacao para hacer más chocolate...

  Pasado un rato, Kael salió al patio trasero de la mansión. Allí estaban Enta y Ken, ordenando el campo de entrenamiento.

  —?Tío Enta! ?Tío Ken! —llamó, agitando los brazos.

  Ambos lo ignoraron por completo. Kael lo supo al instante; esa actitud no era casual.

  —Ohhh, ?así que me ignoran por lo de ayer? —dijo, cruzándose de brazos.

  —Oye, Ken, ?escuchaste algo? —comentó Enta, sin mirarlo.

  —Algo creo... —respondió Ken—. Un enano traidor a lo lejos...

  —??AAAAAHHH?! —exclamó Kael—. ?O sea que para ustedes está bien que yo reciba todo el castigo de ayer?

  —?Por supuesto, joven amo! —respondió Ken con exagerado entusiasmo—. ?O acaso éramos nosotros los que estábamos entre las piernas de jóvenes chicas recibiendo besos?

  —?Eso es porque estoy lindo, peque?o y pachoncito! —replicó Kael, inflando el pecho—. ?No lo puedo evitar! Ustedes están viejos y feos.

  —?Eso no te da derecho a llevarnos contigo a la muerte! —gru?ó Enta.

  Mientras los tres discutían, el lord de la casa se acercó a ellos sin hacer ruido.

  —?Y ahora por qué están peleando? —preguntó Laret, con tono cansado.

  —?Se?or! —dijo Enta de inmediato—. ?Su hijo es demasiado mujeriego! ?No puede estar picando cada flor que conoce para recibir cari?itos sin apegarse a las consecuencias de los demonios que lo esperan en casa!

  —?Papá! —intervino Kael—. En mi defensa, solo diré que exageré un poco la verdad... menos con Ken, él sí le dice a la tía Holley "gorila peludo".

  —?Pero yo se lo digo de cari?o! —se defendió Ken.

  Laret los miró a todos con una expresión agotada antes de hablar.

  —Vamos... somos familia. Tenemos que cargar con los problemas todos juntos.

  Enta y Ken asintieron.

  —Pero eso no te da derecho a minimizar tu castigo exponiendo a los demás —continuó Laret, clavando los ojos en Kael—. ?Dónde está tu código de hombre?

  —?Soy un ni?o, soy inimputable! —respondió Kael de inmediato—. Pero tienes razón... perdón por delatarlos ayer. Es que aún me dolían los coscorrones del otro día por comerme con Chocolo la despensa para la comida del tata... si me daban más, habría terminado en coma una semana...

  —Pues ?quién te manda a mandarte tantos desastres...? —refunfu?ó Ken.

  —Ay, disculpe usted, santo patrono de la inocencia —replicó Kael—, que a mi edad no mataba ni una mosca...

  —Es cierto, Ken —intervino Laret—. No tienes derecho a juzgar... aún recuerdo la caca de perro que metiste en mi mochila cuando éramos ni?os.

  Ken no pudo soportarlo y estalló en carcajadas. Kael, en cambio, miró a su padre con una expresión acusadora.

  —?No, papá, tú tampoco te salvas! —dijo—. Mi mamá y las demás me comen a besos, me obligan a ba?arme con ellas y me pellizcan los cachetes, ?y tú no haces nada! De lo único que me has salvado es del racatrós de tierra... y hasta ahora mi amá da más miedo que ese lagarto...

  —Pues el joven amo, en cierto modo, tiene razón... —comentó Enta.

  —Cierto, tiene un punto —a?adió Ken—. Quizás tres racatrós podrían igualar el miedo de la se?orita Caria...

  —Obvio que da miedo si hacen algo que la moleste —dijo Laret—. Cosas tan simples como romperle un vestido podrían hacerla explotar.

  —?Ahora me entienden! —exclamó Kael—. ?Yo tengo que sufrir su furia todos los días!

  Los cuatro seguían hablando y criticando sin darse cuenta de que un ser peor que el mismísimo rey demonio estaba detrás de ellos.

  —?Así que doy más miedo que el rey demonio...? —dijo una voz fría a sus espaldas.

  // -- nambre ya valieron madres -- //

  Con una magia de tierra, Caria encerró a los cuatro entre pilares de roca que surgieron violentamente desde el suelo.

  Los pilares estaban relativamente separados, lo suficiente para que un peque?o y delgado Kael pudiera escapar del castigo.

  —?Joven amo, no nos deje! —gritó Ken desesperado.

  —?Mi se?ora, creo que hay un grave malentendido aquí! —intentó Enta.

  —Amorcito, no hay razón para recurrir a la violencia... —dijo Laret, conciliador.

  Y así, Kael dejó atrás al lord y a los guardianes que protegían su vida, huyendo para sobrevivir.

  Los recordaré por siempre, mis guerreros... continuaré su legado —pensó.

  Cuando estaba llegando al portón de la mansión, vio que un carruaje estaba saliendo. Por la ventana logró divisar a Redda y a los dos cocineros. Sin pensarlo, aceleró el paso; usando su magia, saltó sobre el techo del carruaje, abrió la puerta y se metió dentro.

  —?Ay! ?Joven amo, ?qué hace aquí?! —exclamó Jacki, sobresaltada.

  —?Joven amo, no puede hacer estas cosas! ?Se podría lastimar! —a?adió Lasan.

  Redda lo observó con expresión seria.

  —Por tu cara, estabas escapando de la se?ora... —dijo.

  —Así es —respondió Kael—. Cada minuto que pase fuera de sus garras es un minuto que gozaré antes de dejar de ver la luz del día.

  —Bien... ven con nosotros —aceptó Redda—. A la noche recibirás el castigo.

  Luego se asomó por la ventana y avisó al guardia de la puerta que ella se llevaba al joven amo.

  Kael miró a los tres y preguntó, curioso:

  —?Y adónde vamos?

  —Tengo asuntos pendientes en la ciudad —respondió Redda.

  Kael, entusiasmado, ya estaba pensando en ir al distrito comercial para ver si encontraba materiales útiles. La sorpresa fue grande cuando notó que el carruaje se dirigía hacia los barrios bajos.

  —Wow... no había venido a este distrito... —murmuró.

  —Yo no le recomendaría mirar afuera, mi se?or —advirtió Jacki—. Este lugar no suele ser agradable...

  Kael, pese a la advertencia, se quedó mirando y se encontró de frente con una realidad cruda.

  Casas derruidas y en mal estado. Desechos humanos en las calles, basura acumulada. Hombres, mujeres y, sobre todo, ni?os claramente desnutridos y enfermos.

  —Este lugar sin duda está bastante afectado... —dijo con seriedad.

  —A este distrito llegan las personas que no tienen trabajo o están enfermas... deudores y delincuentes... —explicó Lasan.

  This book was originally published on Royal Road. Check it out there for the real experience.

  Kael observaba el lugar en silencio, con una mirada distinta.

  // -- que pasa chamo te ves melancólico... -- //

  Pobreza, delincuencia, desigualdad... hmm... satisfacción. Esto es como cualquier barrio de alto riesgo de Latinoamérica, juas juas juas juas juas —pensó.

  —Tienes una mirada muy profunda, joven amo —comentó Redda.

  —Solo veo potencial aquí —respondió Kael—. Basta con erradicar pandillas, traficantes y bandas de ladrones, luego disponer de una gran cantidad de activos para alimentar a la población y otorgar servicios de salud básicos... y en diez a?os este será un barrio con proyección y crecimiento.

  Redda lo miró con satisfacción antes de hablar.

  —Cualquiera que escuchara eso diría que aún eres un ni?o que no sabe dónde está parado... pero la convicción y determinación en tus ojos me dicen que, si te lo propusieras y con los recursos necesarios, podrías lograrlo...

  El tiempo pasó rápidamente y el carruaje cargado llegó finalmente a su destino. Frente a ellos se alzaba una gran iglesia, vieja y derruida por el paso de los a?os, tan castigada como las casas que la rodeaban. Sus muros de piedra estaban resquebrajados, el techo mostraba remiendos visibles y las ventanas parecían haber sido reparadas más veces de las que alguien podría contar.

  Jacki y Lasan bajaron primero. Apenas tocaron el suelo, una gran cantidad de ni?os de todas las edades y tama?os corrió hacia el carruaje.

  —?Se?ora Jacki!

  —?Se?or Lasan!

  —?Bienvenidos!

  Los gritos se mezclaban entre risas y pasos desordenados. Los cocineros reaccionaron de inmediato con una calidez casi instintiva, tomando a los ni?os de las manos, revolviéndoles el cabello y respondiendo a cada saludo con sonrisas sinceras.

  Kael observó la escena unos segundos antes de girarse hacia Redda.

  —Esta iglesia... estos ni?os... —dijo en voz baja—. ?Es un orfanato?

  —Así es, joven amo —respondió Redda—. Ni?os que perdieron a sus padres o fueron abandonados llegan aquí... y, peor aún, algunos que fueron rescatados de la esclavitud.

  Kael tragó saliva, sin apartar la vista del lugar.

  él y Redda descendieron del carruaje. Apenas lo hicieron, varios ni?os se acercaron también a Redda, rodeándola con un cari?o evidente. La abrazaban, tomaban su mano o simplemente se aferraban a su ropa, como si su sola presencia les diera seguridad.

  No tardaron en notar que había un invitado adicional.

  —?Miren, un ni?o bien vestido!

  —?Eres un ni?o noble abandonado? —preguntó uno, sorprendido.

  —?Así es! —respondió Kael sin dudar—. ?Me abandonaron y ahora viviré aquí!

  Redda se inclinó ligeramente y apoyó su única mano sobre el hombro de Kael.

  —No escaparás de tu castigo quedándote aquí —dijo con firmeza.

  Mientras hablaban y los cocineros seguían interactuando con los ni?os, una mujer de avanzada edad se acercó a recibirlos.

  


  


  Era una monja de apariencia severa, mirada firme y espíritu inquebrantable.

  Su rostro, marcado por arrugas profundas y una cicatriz que descendía desde la sien hasta la mejilla, hablaba de a?os de sacrificios y noches sin dormir. Tenía ojos grises, cansados pero siempre atentos, y una expresión seria, casi intimidante, aunque quienes la conocían sabían que bajo esa dureza se escondía un corazón enorme.

  Vestía un atuendo clerical sencillo, siempre impecablemente ordenado a pesar del desgaste: negro, austero, sin adornos ni excesos. El borde de su hábito estaba remendado varias veces, se?al clara de que prefería invertir cada moneda en los ni?os antes que en ella misma.

  Redda la miró con respeto.

  —Muy buenos días, Abel. Es un gusto verte con buena salud.

  —El gusto es mío, se?ora Redda —respondió la monja—. Es agradable recibir una visita de ustedes.

  En el aire se percibía un choque de energías único. Ambas desprendían una imagen de solidez, disciplina y modales firmes; dos mujeres distintas, pero unidas por una misma forma de desenvolverse y expresarse.

  Abel dirigió entonces su mirada hacia el nuevo visitante.

  —Sin duda sus características y expresiones concuerdan al cien por ciento con las descripciones —dijo—. Le doy una cálida bienvenida, joven amo Kael. Espero que disfrute su estancia aquí.

  —Muy buenos días, se?ora Abel —respondió Kael con educación—. Soy Kael Sungley. Para mí es un gusto conocerla y conocer este lugar.

  —Bueno, joven amo —intervino Redda—, es hora de descargar los insumos.

  —?Sí, se?ora! —respondió Kael de inmediato.

  Más monjas acudieron al lugar y se llevaron a los ni?os, despejando el espacio para permitir a los recién llegados preparar la descarga.

  Kael observaba con curiosidad a Jacki y Lasan, notando el entusiasmo con el que trabajaban allí, tan distinto al que mostraban en la mansión.

  —?Te llama la atención el enérgico desplante de ellos dos aquí? —preguntó Redda.

  —Ya lo creo —respondió Kael—. Solo he visto esa energía en Jacki cuando le digo que haré chocolate...

  —Eso es porque Jacki y Lasan vienen de este orfanato —explicó Redda.

  Kael la miró, impactado por la revelación.

  —Jacki quedó huérfana tras un ataque de monstruos en un pueblo cercano al Monte de los Dioses —continuó—. Y Lasan fue vendido por sus padres para pagar una deuda a una red clandestina de tráfico de esclavos ilegales...

  Kael sintió cómo la realidad y la crudeza de este mundo caían sobre él con fuerza. Un mundo que no discernía entre ser suave o severo con nadie... un mundo que no perdonaba el flujo de su historia, ni siquiera cuando se trataba de ni?os inocentes.

  Cuando terminaron de descargar los insumos, Abel se acercó al joven amo.

  —Si se siente cansado, podemos ir adentro a descansar, mi joven amo —dijo—. No es propio que un lord se encargue de estas tareas.

  —No hay problema —respondió Kael—. Esto no es nada comparado con el entrenamiento que hago a diario. Si quiero ser un buen lord, esto debería ser lo mínimo que debo hacer. Además, si no lo hago, Redda me pegará —a?adió con una risa.

  —?Redda es muy estricta? —preguntó Abel.

  —A veces sí —respondió Kael—, aunque solo se pone así cuando alguien en la mansión se desliga un poco de sus obligaciones...

  —Ella ha sido así desde siempre —comentó Abel—. Cuando éramos jóvenes nobles, Redda siempre fue disciplinada y exigente con su desempe?o, llegando muchas veces a sobre exigirse.

  —?Espera... Redda era noble? —preguntó Kael, sorprendido—. ?Y usted también?

  —Así es —respondió Abel—. Yo renuncié a mi cargo de noble para cuidar a los ni?os de este orfanato. Redda, en cambio, fue despojada de su título por desobedecer al líder de su casa... aunque esa historia es larga; quizás en otro momento te la cuente.

  —Ay, sí, yo quiero chisme —dijo Kael sin pudor.

  —Mi vida no ha sido digna de recordar o rememorar, joven amo —intervino Redda—. Pero si desea saber, solo debe ordenarlo...

  Kael la miró con seriedad, viéndola en ese instante no con los ojos de un ni?o, sino con la mente del adulto que alguna vez fue.

  —Nunca haría eso —respondió—. No te niego que, para llevarme mejor con las personas que quiero, es bueno conocer su pasado... pero solo accederé a eso si esa persona quiere contarlo. Nunca lo exigiría.

  —Ahora entiendo lo que me contaste —dijo Abel, observando a Kael—, de que el joven heredero no demuestra la edad que tiene.

  —Bueno, ya están todos los insumos en las bodegas —anunció Redda.

  Jacki y Lasan se acercaron en ese momento.

  —No hay comida más rica y acogedora que la que se prepara con amor y cari?o —dijo Redda—. ?Están listos, peque?os?

  —?Sí, se?ora! —respondió Jacki con entusiasmo.

  —?A la orden! —a?adió Lasan.

  —Entonces vamos adentro para comenzar —dijo Abel.

  Y así, otra parte importante de la ciudad de Cautares se mostraba ante Kael: una atmósfera cruda y difícil que se mantenía a flote gracias a los deseos y esfuerzos de aquellos que, en algún momento, habían sufrido lo mismo.

  El interior de la iglesia contrastaba con su exterior derruido. Aunque las paredes mostraban grietas y el techo dejaba ver vigas antiguas, el lugar estaba limpio, ordenado y sorprendentemente cálido. El aroma a le?a y a hierbas secándose impregnaba el aire, mezclándose con el murmullo lejano de los ni?os que eran guiados a otras salas.

  Kael avanzó con curiosidad, observando cada rincón. No había lujos ni adornos innecesarios, solo lo justo y necesario para que el lugar funcionara. Camas simples, mesas de madera gastada, mantas remendadas con cuidado. Todo hablaba de carencias... pero también de esfuerzo constante.

  Jacki y Lasan se movían con total naturalidad, como si cada pasillo y cada puerta fueran recuerdos grabados en su memoria. Reían con algunas monjas, ayudaban a mover cajas y respondían preguntas de los ni?os con paciencia infinita.

  Kael no podía evitar compararlo con la mansión. Allí, todo estaba pensado para la comodidad, la seguridad y el prestigio. Aquí, en cambio, cada objeto parecía haber sido ganado con sacrificio.

  —Este lugar... —murmuró—. Se siente distinto.

  Redda lo escuchó, pero no respondió de inmediato. Se limitó a observar a los ni?os que, desde lejos, espiaban con curiosidad cada movimiento.

  —Aquí no hay espacio para distracciones —dijo finalmente—. Cada día es una lucha silenciosa por sobrevivir un poco más.

  Kael apretó los pu?os sin darse cuenta.

  —Pero también hay sonrisas... —a?adió—. No se sienten derrotados.

  Redda lo miró de reojo, con un leve gesto de aprobación.

  —Porque alguien decidió no abandonarlos —respondió.

  Abel se adelantó y abrió una puerta más grande que las demás. Dentro, una cocina amplia esperaba a ser utilizada. Las mesas estaban limpias, los utensilios ordenados y una gran olla descansaba sobre el fogón central.

  —Aquí es donde ocurre la verdadera magia —dijo la monja—. Un plato caliente puede cambiar el día de un ni?o... y a veces, su vida entera.

  Jacki se arremangó de inmediato.

  —?Manos a la obra! —dijo con una sonrisa amplia.

  Lasan asintió, ya organizando los insumos descargados.

  Kael se quedó quieto unos segundos, observándolos. No había obligación en sus gestos, ni quejas, ni cansancio aparente. Solo voluntad.

  —?Puedo ayudar? —preguntó.

  Abel lo miró con sorpresa, pero no lo detuvo.

  —Si así lo desea, joven amo —respondió—. Pero recuerde que aquí no hay títulos, solo manos que trabajan.

  —Entonces está bien —dijo Kael—. Hoy solo soy Kael.

  Mientras se movía entre cajas y sacos, Kael sentía cómo algo dentro de él se acomodaba. No era culpa, ni pena... era comprensión. Comprensión de que el mundo no era justo, y de que ignorarlo no lo hacía desaparecer.

  Miró a los ni?os que se asomaban desde el pasillo, esperando con ansiedad la comida. Algunos reían, otros apenas hablaban, pero todos compartían la misma mirada expectante.

  Este mundo no perdona, pensó. Y tampoco espera...

  Pero también entendió algo más.

  Si no espera... entonces alguien tiene que actuar.

  Redda lo observaba desde la distancia. En silencio, sin interferir. En los ojos del joven amo veía algo que no muchos nobles tenían: una chispa peligrosa, una mezcla de empatía y determinación que, con el tiempo, podría cambiar más de lo que él mismo imaginaba.

  —El castigo será duro esta noche —dijo Redda, rompiendo el silencio.

  Kael sonrió apenas.

  —Lo sé —respondió—. Pero hoy... valió la pena.

  Abel cerró los ojos un instante, como si esa simple frase le confirmara algo que ya intuía.

  Y así, entre ollas humeantes, risas infantiles y muros agrietados, Kael comprendió que Cautares no solo era una ciudad de nobles y entrenamientos... sino también un lugar lleno de inocentes, sostenido por aquellos que se negaban a rendirse.

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