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🖤 Capítulo 32: Secretos de Sangre y Corazones Rotos

  I. El Despertar del "Inmortal"

  Después de que Kesi le contara a Amreh sobre la conspiración de la Segunda y Tercera esposa, el cielo se oscureció, pero de una forma hermosa, permitiendo que la oscuridad brillara con luces tan brillantes como los sue?os que son las estrellas...

  —?Qué hago aquí? Estoy en los aposentos de la soberana... ?Qué pasó? —Amreh se incorporó alterado.

  —Despertaste, ya es de noche —dijo Tibar con calma.

  —?Qué me pasó? En serio, dime cómo llegué aquí. ?Fue por mis propios pies? Si se enteran de que dormí aquí, el soberano me va a matar. ?Adiós, vida! —Amreh decía con ansiedad, moviendo las manos.

  —Calma, la soberana lo sabe. Te desmayaste por una picadura de abeja, pero ya no la tienes. Te revisaron y solo tenías un pellizco, así que no te preocupes —Tibar intentó tranquilizarlo.

  —?En serio? Ya recuerdo... Entonces, ?fue mentira lo de la conspiración? —dijo Amreh, más relajado

  —Vaya, despertó la princesa, sjjsjs —Kesi se burló desde una esquina, con una sonrisa traviesa.

  —Hija de... ?Fue tu idea que yo estuviera desmayado? —Amreh la miró con enfado.

  —Ah, ?me vas a insultar? Yo también sé hacerlo. ?Quieres pelear? —dijo Kesi, desafiante, poniéndose en guardia.

  —Sí, a ver —Amreh asintió, aceptando el reto.

  —?Vengase para acá, eh! —Kesi decía mientras levantaba los pu?os, lista para la acción.

  Mientras tanto, en la Sala del Trono, el eco de la celebración se apagaba. Las antorchas chisporroteaban, proyectando sombras alargadas sobre las paredes de piedra.

  —Bueno, ahora pueden retirarse, todos —dijo Hadram con autoridad, su voz resonando en la sala.

  —Debo irme a mis aposentos a ver a Amreh, así que nos vemos —dijo Lizarel con seriedad, su mirada fija en Hadram.

  Sin embargo, antes de que pudiera alejarse, la mano de Hadram se cerró sobre su mu?eca. Era un agarre firme, pero no violento, cargado de una insistencia que Lizarel reconoció de inmediato.

  —?Qué sucede ahora? —preguntó ella, manteniendo su máscara de indiferencia.

  Hadram no respondió con palabras. Con una fuerza suave, la guio de regreso y la sentó en el gran trono de oro y marfil. Se quedó de pie frente a ella, rodeándola con su presencia.

  —Hadram... —dijo Lizarel con confusión, sin entender el gesto.

  De repente, él se inclinó y la besó. Fue un beso cargado de urgencia y una desesperación que Lizarel no esperaba. En las sombras de las columnas laterales, Melkart, que no había podido marcharse, observaba la escena. Sintió como si una daga le atravesara el pecho al ver a la mujer que amaba en brazos del verdugo de otro hombre Hadram.

  —Hadram, ?qué te sucede? —dijo Lizarel, apartándose un poco, aún confundida por el inesperado beso.

  —Perdón, perdón, mi amor. Debí decírtelo antes. Lizarel, yo te amo y no quiero perderte. Sin ti, mi vida sería un infierno —decía Hadram con una voz cargada de tristeza, sus ojos brillando con sinceridad.

  —?En serio? ?Y Leora? ?Ella no era tu primer amor? —preguntó Lizarel, con una mezcla de esperanza y duda en su voz.

  —No, no. Siempre serás tú mi primer amor, mi flor de lirio. Te amo, y discúlpame, amor —dijo Hadram, acariciando el rostro de Lizarel con ternura.

  —Aún sigo enfadada contigo, tú lo sabes —Lizarel respondió, aunque su tono era más suave.

  Hadram solo pudo acariciar el rostro de Lizarel y besarla con delicadeza, intentando transmitir todo el amor que sentía por ella.

  En los aposentos, la "batalla" entre los siervos había escalado a niveles épicos. —?Vaya, eres muy fuerte para ser una enana!

  —Vaya, eres muy fuerte —dijo Amreh, sorprendido por la fuerza de Kesi.

  —Sí, además, te quité un poco de pelo, sjjsjs —dijo Kesi alegre, mostrando un mechón de cabello en su mano.

  Kesi mostró el trofeo con orgullo. Amreh se llevó la mano a la cabeza, horrorizado. —??QUé?! ?Mi pelo largo! ?Sabes cuántos a?os lo cuidé y no dejé que nadie me lo cortara? ?Y ahora, una ni?a como tú...? —dijo Amreh con enojo, sintiendo que su paciencia se agotaba.

  —Ah, ?me vas a echar eso en cara, ?eh? ?Ven aquí! —dijo Kesi, desafiándolo nuevamente.

  —?Ven aquí si te atreves! —desafió Kesi. Amreh se amarró lo que quedaba de su cabellera con rapidez. —No te tengo miedo. Ahora sí, ?prepárate!

  Se lanzaron el uno contra el otro, agarrándose de los cabellos en una pelea campal que desordenó muebles y alfombras.

  —?Ahhhh, mi pelo! Ahora yo también... —gritó Amreh, sintiendo el dolor de los tirones que Kesi lo hacía sufrir.—?Ahhhh, ahora sí te pasaste! ?Mi pelo es más sagrado, tonto! ?Tonto! —Kesi gritó enojada, decidida a vengarse.

  —?Ah, ya entendí, toma! —Amreh respondió, jalando el cabello de Kesi con más fuerza.

  Hadram caminaba por los corredores cargando a Lizarel en brazos, como si fuera el tesoro más preciado de su reino.

  —Es hora de que descanses, mi amada, sí —dijo Hadram, mirando a Lizarel con ternura.

  —A pesar de que me cargues, aún sigo enfadada —dijo Lizarel, en las manos de los hombros de Hadram.

  —Ya lo sé, pero te amo, lo sabes —dijo Hadram, besando su frente.

  —?Así? Entonces, si estoy enojada, ?aún me amas? Dime —Lizarel dijo con un tono de desafío en su voz.

  —Claro que sí, mi amada esposa —Hadram respondió con una sonrisa.

  Al abrir la puerta de los aposentos, ambos se quedaron paralizados. El cuarto parecía haber sido el escenario de una guerra civil. Amreh y Kesi estaban en el suelo, despeinados y jadeando, aún con las manos en el cabello del otro.

  —?Qué carajos está pasando? —Hadram preguntó confundido, mirando a su alrededor.

  Mientras tanto, Melkart se encontraba sentado en un banco de piedra del jardín, con la cabeza entre las manos. Las lágrimas corrían libres por sus mejillas, reflejando la luz de la luna.

  —Hijo... —la voz del Rey de Jerusalén resonó en la noche

  —Padre... —respondió Melkart, secándose las lágrimas rápidamente, intentando recuperar la compostura.

  —Estás llorando, hijo. Dime, ?qué te aflige? —dijo el Rey de Jerusalén con preocupación.

  —No, no... Es solo tu imaginación —Melkart mintió, intentando ocultar su dolor.

  El Rey de Jerusalén se sentó a su lado y le puso una mano en el hombro. —Hijo, yo te conozco. Sé que nunca me ocultas tus sentimientos. Dime qué pasa. Sabes bien que un hombre que llora no es débil, sino valiente. Cuéntale a tu viejo padre —el Rey de Jerusalén decía con compasión.

  —Es que... Yo amo aún a Lizarel, padre —confesó Melkart, dejando que las lágrimas fluyeran libremente.

  Al escuchar a su hijo decir la confesión el Rey solo pudo mantener calma.

  —?Kesi, Amreh! —gritó Lizarel, entrando en los aposentos.

  Kesi y Amreh voltearon, aun agarrándose el cabello mutuamente.

  —Soberana... —dijo Amreh, intentando soltarse.                                                                                                   — Miren lo que hicieron. El cuarto está todo desordenado, como si hubiera pasado una tormenta, por los dioses —Lizarel decía, observando el caos a su alrededor.                                                                                                               — Disculpa, soberana, pero este peque?o monstruo me empezó a golpear. Usted lo sabe, mi soberana —dijo Amreh, mintiendo para evitar el castigo.                                                                                                                   — Soberana, yo no haría tal cosa. él lo hizo. Además, usted sabe que nosotros no la enfadamos. Fue él quien comenzó —Kesi decía, mintiendo también, pero con un toque de arrepentimiento en su voz.                                                                                               — ?En serio? No lo creo. Mientes, serpiente —Amreh la acusó con enojo.                                                                                        — Ah, ?con que quieres ir a la pelea? Bien, hay que pelear —Kesi decía, frunciendo el ce?o y preparándose para otro round.                                                                    — Hey, dejen de pelear. Vine aquí a descansar, pero al ver que no es así, entonces me iré a los aposentos de mi marido, ?les parece? —Lizarel decía seria, intentando poner fin a la disputa.                                                                                                    — sjjsjs —Hadram se reía desde la puerta, observando la escena.                                                                                           — ?Qué pasa, marido? ?Por qué te ríes? —Lizarel preguntó, curiosa.                                                                                          — Es que... Se ven como hermanos peleando sin saber el motivo, sjjsjs. Kesi, tu sierva, toda despeinada por la pelea, y Amreh también. ?Qué divertido! —Hadram se reía a carcajadas.                                                                                                     —Hombres... —Lizarel decía con seriedad, negando con la cabeza. —Chicos, vayan a dormir ahora, ya. Es una orden. Duérmanse aquí, dormiré con mi marido —Lizarel decía seria, intentando imponer su autoridad.                                                                                           — Vámonos, hay estos me hicieron la noche divertida, sjjsjs —Hadram decía riendo, tomando la mano de Lizarel.                                                                         — Todo por tu culpa, bruja —Amreh decía enojado, se?alando a Kesi.                                                                                          — Aguántate, idiota —Kesi respondió feliz, ignorando el insulto.                                                                                             — Ay, si fueras mi hermana, te daría una paliza para que se te quite lo tonta —Amreh decía enojado, frustrado por la situación.                                                                   — Hazlo, no te tengo miedo. Ven aquí, ven —Kesi decía alegre, desafiándolo nuevamente.                                                                                  — Cobarde. Como sea, yo dormiré en la cama y tú... —Kesi decía, planeando su venganza.                                                                                 Amreh se abalanzó sobre la cama, impidiendo que Kesi se acostara.                                                                                           —No te dejaré dormir aquí. Yo me quedé. Tú perdiste, bruja —Amreh decía triunfante, celebrando su victoria.

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  —Deja que duerma allí, déjame —Kesi decía frustrada, intentando recuperar su lugar en la cama.

  —No, no. Yo te gano. Duérmete en el piso, perdedora —Amreh decía feliz, disfrutando de su triunfo.

  —Ash, pero te ganaré. Esto yo lo empezaré, tonto —Kesi fruncía el ce?o, tramando su venganza para la noche siguiente.

  VI. EL AMOR PROHIBIDO Y LOS RECUERDOS

  Mientras en el jardín se iluminaba por la luna aun el príncipe Melkart y el Rey de Jerusalén hablaba sobre el tema de este amor prohibido.

  —Al verla con otro, mi corazón se parte, padre, y no sé qué hacer —Melkart decía llorando, sintiendo que su mundo se desmoronaba.

  —Hijo mío, sabes bien que ella fue elegida para casarse con el Rey de Jericó cuando era una bebé —decía el Rey de Jerusalén, intentando consolar a su hijo.

  —Pero, padre, ?por qué con él en vez de con nosotros? —Melkart decía, sintiendo que la injusticia lo consumía.

  —Lo sé, hijo. Tú sabes que antes de venir aquí, fuimos a Hai para que se pudiera resolver. Lo recuerdas —decía el Rey de Jerusalén, recordando el pasado.

  El vértigo de sus recuerdos los llevó al pasado...

  —?Cuánto tiempo? —dijo el Rey Yusuf, recibiéndolos.

  —Sí, hace cinco meses que no nos vemos. ?Cómo ha estado, y su esposa y sus dos hijas? —Dijo el Rey de Jerusalén, mostrando su interés.

  —Bien, pero ahora no sé cómo está mi otra hija, la verdad —dijo el Rey Yusuf, con un tono de preocupación.

  —?Su otra hija? ?Selene? —dijo el Rey de Jerusalén confundido, sin entender a quién se refería.

  —Ah, ?no lo sabe, ?verdad? —Rey Yusuf preguntó, notando la sorpresa en el rostro de su amigo.

  —No, ?qué pasó? —dijo el Rey de Jerusalén, mostrando su curiosidad.

  —Mi hija mayor, Lizarel, se casó hace seis meses con el príncipe de Jericó —dijo Yusuf serio, revelando la noticia.

  —?En serio? No me invitó a la boda —dijo el Rey de Jerusalén, sintiéndose un poco ofendido.

  —Sí, pero supe que estaba en guerra y decidí no molestarlo. Disculpé si lo hice sin querer —dijo el Rey Yusuf, intentando disculparse.

  —Está bien, no hay problema. Y dígame, si en caso fallara, ?usted podría casar a su hija Lizarel de nuevo? No sé... —dijo el Rey de Jerusalén, insinuando sus intenciones.

  —?Qué pretende decir? —dijo el Rey Yusuf, frunciendo el ce?o.

  —Bueno, pretendo decir que, si usted podría casar de nuevo a su hija, no sé... —dijo el Rey de Jerusalén, intentando ser más claro.

  —?Quiere decir que si en caso muere mi yerno, podré casarla? Dependiendo si mi hija queda embarazada, no creo, pero si no, tal vez... Espera... ?Usted quiere a mi hija como su esposa, eh? ?Está tan viejo! —Rey Yusuf dijo medio irritado, comenzando a entender la situación.

  —No, no yo... —dijo el Rey de Jerusalén con ansiedad, intentando negar sus intenciones.

  —Soy yo, yo quiero casarme con su hija Lizarel —dijo Melkart, interrumpiendo la conversación.

  —?Tú? ?Por qué? —dijo el Rey Yusuf, sorprendido por la declaración.

  —Porque yo amo a su hija más que su yerno, soberano —dijo Melkart, mostrando su valentía.

  —sjjsjs, ?en serio? Te enamoraste de mi hija, vaya, cuánta osadía, en serio, pero es algo bueno, pero hay algo que debes saber: el amor solo es una etapa, ya que en todos los reinos nadie, nadie se casa por amor, sino al contrario, es por matrimonios arreglados. Aún eres muy joven para entender —dijo el Rey Yusuf con seriedad, intentando darle una lección.

  El vértigo de los recuerdos termina

  —Creo que el padre de Lizarel es más astuto que yo —dijo Melkart, admitiendo la inteligencia del rey.

  —él es reconocido por ser un rey duro, por eso Lizarel es parecida a su padre, seria, y la belleza de su madre, que es igualita a ella. Es por eso que creo que debes olvidarla. Viste cómo ella se ponía feliz al estar con Hadram —dijo el Rey de Jerusalén, intentando hacerlo entrar en razón.

  —Aunque lo intente, mi corazón es como una jaula, no puedo, no puedo, padre, ayúdame, por favor —decía llorando y con desesperación, sintiendo que su corazón se rompía.

  —Hijo... —el rey de Jerusalén no pudo terminar la frase, sintiendo la tristeza de su hijo.

  En los nuevos aposentos reales, el ambiente se volvió denso. Hadram intentaba mostrarle a Lizarel el lujo que había preparado para ella

  —Mandé a preparar estos nuevos aposentos, siendo nuevos reyes de Jericó. ?Te gusta? Dime —decía Hadram, mostrando su orgullo.

  —Sí, pero es diferente —decía Lizarel con frialdad, sin mostrar emoción.

  —Pensé que te alegraría y...—decía Hadram, sintiéndose un poco decepcionado.

  —?Crees que me importa eso? ?Crees que me importan las joyas, las telas, todo? Dime —decía Lizarel, mostrando su desinterés.

  —Claro, eres mi esposa. ?A quién no le gustaría estar completa de joyas? —Decía Hadram, sin entender su punto de vista.

  —A mí, no. Yo no amo nada de eso, sino estar encerrada en este palacio lujoso, donde solo hay falsas sonrisas, aduladores, siervos... Eso, ja, eso es lo que define un palacio. Aunque sea grande y sea más rico, no habrá amor como en el pueblo que vive en el campo, eso sí lo hay —decía Lizarel, mostrando su desprecio por la vida palaciega.

  —No es así. En el pueblo no es lo que aparenta. Sí hay buenos, pero hay malos. Además, sabes que en los pueblos se casan con matrimonios arreglados, así como nosotros los de la sangre real. Si tú fueras campesina, tal vez diría lo mismo, pero tú naciste en este lugar más lujoso y más siendo mi esposa, mi querida Lizarel —decía Hadram con seducción, intentando cambiar su perspectiva.

  —Así, no me importa esto, nada, pero tal vez tengas razón, pero ?será que el pueblo sabe que tú, tú mataste a tu padre para llegar a ser Rey? Dime, dime si no es cierto —decía Lizarel seria, lanzando la acusación.

  —?Qué estás tratando de decir? —Decía Hadram confundido, intentando evadir la pregunta.

  —Ja, no te hagas el idiota que no entendiste, porque yo sé la verdad y debes decírmelo —decía Lizarel seria, exigiendo una respuesta.

  —Ja, aún sigues aferrada en lo que pasó, vaya —decía Hadram, con una sonrisa burlona.

  —Así es, porque de la nada muere el Rey y nosotros nos volvemos reyes así, de la nada, un mes que pasó —decía Lizarel, con un tono de sospecha.

  —sjjsjs, eso pasó porque los dioses... —decía Hadram, intentando justificarse.

  —Los dioses, vaya qué excusa perfecta para un asesino, ?no es así? ?Crees que soy idiota? Lo vi cómo asesinaste a tu propio padre para ser Rey, no lo niegues porque lo sé —dijo Lizarel con seriedad, confrontándolo directamente.

  —Ja, entonces si lo sabes, entonces sabes que mi padre nunca quiso a mis hermanos porque ellos eran débiles en ser amables, ja, así fue cuando era un ni?o, él quería mucho a mis hermanos, sí, pero él había decidido quién se sentaría en el trono, si fui yo, yo quien sí era digno, ?sabes por qué? Porque era más serio como mi padre. —él siempre fue quien me consintió tanto que mis propios hermanos no sabían que su muerte estaba próxima, hasta que cuando ellos ya eran grandes, mi padre mandó a matar a mis hermanos uno por uno. El mayor murió envenenado, después de 3 meses mi hermano murió por una flecha montando un caballo y mi hermana lo vio y ella era más diferente, era muy fuerte, ella pedía justicia más que nada, pero después de un a?o mi hermana y mi madre decidieron huir del palacio y así fue que lo hicieron, pero mi padre mandó a hombres a que mataran a mi madre y mi hermana lanzándole flechas y ellas muriendo de la peor manera. Es por eso que no me odies, yo lo maté sí, pero porque merecía justicia —decía Hadram con seriedad, revelando su oscuro pasado.

  —Pero eso no justifica que hayas hecho bien —Decía Lizarel, sin mostrar compasión.

  —Así, entonces qué hago, dime, ?revivo a mi padre, sjjsjs? Verdad que no. Además, te voy a decir la verdad, ?sabes por qué lo hice? —decía Hadram, acercándose a ella.

  —No lo sé, tú dime, dime, ?por qué? —decía Lizarel, esperando la respuesta.

  —Porque ya había recibido amenazas de que, si este mes no te coronabas como reina, ellos te matarían —decía Hadram con seriedad, revelando una nueva verdad.

  —?Qué? —decía Lizarel confundida, sin entender lo que estaba pasando.

  ?? Capítulo XXXII: Secretos de Sangre y Corazones Rotos

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