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Capítulo 30: El Ascenso de los Soberanos de Jericó

  I. El Amanecer de la Frialdad Real

  El sol comenzó a filtrarse por los grandes ventanales de la alcoba, iluminando el rostro de Lizarel con una luz dorada que hacía resaltar la belleza de sus facciones y el brillo de su cabello esparcido sobre las almohadas. Ella seguía sumida en un sue?o profundo, ajena al ajetreo del palacio, hasta que la voz de su esposo la trajo de vuelta a la realidad.

  —Vaya, despertaste —dijo Hadram con un tono de suficiencia—. Yo ya me estoy ba?ando por los siervos, ?lo sabías?

  Lizarel abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de la realidad sobre sus hombros. —Entiendo —respondió ella con voz plana—, es para la coronación.

  —Sí, amor, lo sabes verdad —insistió él, buscando su mirada.

  —Sí, claro.

  —?Por qué no vienes conmigo? —le propuso Hadram con un gesto posesivo.

  —No, gracias —replicó ella de inmediato—. Espero ba?arme de diferente manera.

  Hadram soltó una peque?a risa, entre divertida y altanera. —Vaya, eres más delicada de lo que pensé.

  —Eso fue hace mucho —sentenció Lizarel con frialdad—. ?Puedes dejarme?

  Hadram notó la distancia emocional que ella imponía y su semblante cambió ligeramente.

  —?Por qué me ignoras, ?eh? —dijo él, volviéndose hacia los criados—. ?Esperen, siervos!

  —Porque sí, tú lo sabes —respondió ella sin flaquear.

  —Pero...

  —Pero nada. Espero a que te ba?es —concluyó Lizarel, dando por terminada la conversación.

  —Valla... —murmuró Hadram, regresando a sus preparativos.

  II. El Caos en el Harem

  Mientras tanto, en el Harem, el ambiente era de pura confusión. La Segunda Esposa observaba con indignación cómo las mujeres se movían de un lado a otro.

  —?Por qué se están arreglando? —preguntó con voz chillona.

  —No lo sé —respondió la Tercera Esposa con indiferencia—, pero parece que son todas.

  La Segunda Esposa se volvió hacia una de las criadas con los ojos inyectados en rabia.

  —?Claro! ?Sierva! ?Está listo nuestro ba?o?

  —No, se?ora... —balbuceó la muchacha con miedo.

  —?No puede ser! Son unas incompetentes e idiotas. ?ANDA YA, HAZLO! —gritó, descargando su furia.

  —Sí, se?ora —respondió la sierva saliendo a toda prisa.

  —Qué idiotas son, ?ahg! —exclamó la mujer, consumida por la amargura.

  III. Celos y Lealtades en la Alcoba

  De vuelta en los aposentos reales, Hadram ya estaba vestido con sus galas de príncipe.

  —Ves, estoy listo. ?Me veo guapo? —preguntó, buscando la validación de su esposa.

  —No lo sé —respondió Lizarel, manteniendo su máscara de frialdad.

  —Qué bueno, esa frialdad me gusta, lo sabes —dijo él, acercándose para tocarla con delicadeza, pero ella se apartó al instante. —?Aún sigues enojada?

  —?Porque será? —replicó ella con sarcasmo.

  En ese momento, Amreh entró apresuradamente en la habitación, interrumpiendo la tensión.

  —Princesa, príncipe, disculpen...

  —??CóMO OSAS ENTRAR ASí?! —rugió Hadram, su furia estallando al instante.

  —Lo siento... —murmuró Amreh, bajando la cabeza.

  —él no te está haciendo nada —intervino Lizarel, defendiendo a su aliado.

  —Ja, vaya —dijo Hadram con desprecio, lanzando una mirada fulminante—. ?Amreh!

  Hadram, incapaz de ocultar sus celos, se acercó al siervo y le susurró con una promesa de muerte:

  —Si no fueras siervo de mi esposa, te ejecutaría.

  —Sí, príncipe —respondió Amreh con calma forzada.

  Hadram fijó entonces su vista en la joven que acompa?aba a Amreh.

  —Vaya, qué hermosa chica. ?Cómo te llamas?

  —Se llama Kesi, tiene doce a?os —respondió Lizarel rápidamente.

  —En serio... es muy bonita. Tal vez si fueras más grande quizás... Debo irme.

  Cuando Hadram salió, Kesi suspiró, temblando visiblemente.

  —Princesa, disculpe, yo...

  —Calma, Kesi. Mi marido anda loco, calma —la consoló Lizarel.

  —Tuve miedo —confesó la ni?a.

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  —Calma, sí —a?adió Amreh—. Bueno, para quitar todo esto, ?por qué no ponemos su agua refrescante?

  —Sí, traje flores —dijo Kesi. —Así me van a mal acostumbrar —sonrió Lizarel levemente—. Vamos.

  IV. La Preparación de la Futura Reina

  Amreh se volvió hacia los criados con autoridad.

  —?Claro! ?Siervos! ?Está limpia la tina?

  —Sí —respondieron ellos. —Bien. ?Siervas, entren, vamos, anden! Nuestra princesa no puede esperar. ?Anden ya, ya!

  Lizarel se sumergía en el agua preparada con esmero.

  —Valla, sabes cómo me gusta el aroma, en serio —dijo Lizarel.

  —Son diferentes pétalos —explicó Kesi con orgullo. —Sí, huele muy rico.

  —Pero también pusimos esencias y un poco de leche de burra —a?adió Amreh—; eso ayuda a suavizar la piel.

  —Es lo que dicen —comentó Lizarel con nostalgia—. Mi abuela lo usaba al igual que... mi... madre.

  —Entiendo, bien —asintió Kesi.

  —Debo ya vestirme bien, vamos —ordenó Lizarel saliendo del agua

  — Yo elegiré sus joyas y el vestido —dijo Amreh. él seleccionó las piezas más exquisitas.

  —Primero el vestido para empezar —indicó Kesi.

  —Valla, ?cuál será? —preguntó Lizarel con mucha curiosidad.

  —Es sorpresa —respondió Kesi.

  —?Oh, por los dioses! Es un vestido tan hermoso, con joyas —exclamó Lizarel al verlo.

  —Sí, su esposo se lo encargó para que lo hicieran. —Ah... entiendo —respondió ella ensombrecida.

  V. La Confesión del Crimen

  Kesi notó el cambio de inmediato de Lizarel como la tensión.

  —?Qué pasa, princesa? ?No le gustó?

  —No es eso, Kesi. Peleé con mi esposo. Confío en ustedes, por favor, no le digan nada.

  —Juro ante los dioses que no diré nada —declaró Kesi.

  —Yo también —secundó Amreh—, pero tú no adoras nuestros dioses.

  —?Ah! ?Me estás diciendo que no lo puedo ser por ustedes? ?Yo juro! ?Por qué, princesa?

  Lizarel suspiró, sintiendo el peso del secreto.

  —Es algo más serio que nadie sabría, solo ustedes. Me peleé con mi esposo por algo que nadie sabe, pero yo sí.

  —?Cuál es, princesa?

  —No la interrumpas —rega?ó Kesi a Amreh.

  —él... él... mi marido, él hizo algo que ustedes y nadie sabrían —Lizarel tomó aire—. A pesar de que tengo un marido excelente, pero mujeriego, aun así, creo que no conozco bien a mi marido. Tuve miedo y sigo aterrada. El motivo fue que... yo vi a mi marido.... él... él mató al soberano.

  Amreh se quedó petrificado. —?Qué? Pero eso es grave, princesa.

  —Nunca mentiría, y ustedes lo saben.

  —Entonces, Hadram su marido es el asesino... —Amreh recordó—. Ese día, el príncipe caminó en el corredizo con una bandeja de un banquete hacia el santuario. Cuando llegó con manchas rojas, parecía diferente. Su sonrisa parecía malvada, una mirada fría y distante. En serio fue aterrador. Entonces, su esposo es él, ?verdad?

  —Sí —confirmó Lizarel con dolor—. Cuando él me fue a buscar, yo vi sus manos.

  —Pero no se ponga triste —trató de consolarla Amreh.

  —No es eso. Estoy aterrada, es eso. Me casé, pero creo que no lo conocía bien a él...

  VI. La Gala en la Sala del Trono

  Mientras tanto, en la Sala del Trono, los invitados bebían y las cortesanas bailaban.

  —No entiendo por qué hay celebración —murmuró la Segunda Esposa.

  —No sabemos —respondió la Tercera—, pero parece que todos están aquí, reyes aliados con Jericó.

  En los aposentos, la preparación final continuaba.

  —Ahora que lo saben, no digan nada, sí, por favor —suplicó Lizarel.

  Amreh y Kesi vistieron a Lizarel con esmero y tardando un poco.

  —?Cómo me queda? —preguntó Lizarel.

  —Hermosa —dijo Kesi—. Usted es la más hermosa que nadie puede ni opacarla...

  —Gracias. Bueno, vamos.

  —Sí, princesa —concluyó Amreh—. Será la última vez que diré princesa, porque después será la Reina de Jericó.

  VII. El Encuentro de los Futuros Reyes

  En el corredizo, Hadram esperaba impaciente junto a Tibar.

  —?A dónde estará Lizarel?

  —Calma —dijo Tibar—, su esposa vendrá. ?Y Leora? Usted dijo que era la más hermosa.

  —Estaba enamorado —confesó Hadram—, pero Lizarel es mi esposa, la más hermosa y delicada. Si un hombre la toca, lo mataría.

  —?Quiere decir que solo la vio como una distracción?

  —No tanto... Como Lizarel, ella no es una distracción, ?entendido, soldado?

  —Allí está su esposa —indicó Tibar.

  Hadram se volvió y se quedó sin aliento. Lizarel vestía lino fino, negro con oro y joyas incrustadas y medio natural de maquillaje.

  —Es... es hermosa —susurró Hadram.

  —Soberano, he aquí a su esposa —presentó Amreh.

  —Gracias, Lizarel. Eres más hermosa que la diosa Acera.

  —Gracias por el cumplido —dijo ella con una seriedad gélida.

  VIII. El Ritual Sagrado en el Templo

  Tibar anunció su entrada a la Sala del Trono y todos se inclinaron.

  —Atención todos —dijo Hadram—. Hoy será el nuevo inicio de la coronación. Vamos al templo secreto de nuestros dioses.

  — Como puede decir eso si estamos en la sala del trono, en esta fiesta—dijo la Segunda esposa susurrando y curiosa

  — Es mejor ir, sabes que sí, que si no hacemos caso él nos matara lo sabes vamos — dijo la Tercera esposa

  Llegaron al templo, un lugar majestuoso oculto en el palacio.

  —No sabía que había un templo aquí —comentó Lizarel.

  —Es secreto, pero vamos.

  —Claro —pensó ella—, cómo mentir ante todos que tú mataste al Rey Zekeriel.

  El Sacerdote Baal los recibió.

  —Hoy empezaremos algo único ante nuestros dioses. Las sacerdotisas bailaron ante Lizarel con respeto.

  —Bien, los dioses dicen que eres especial, así que empecemos...

  —Dicen que las mujeres van primero —explicó la Tercera Esposa a la Segunda—. Es un trato especial.

  Lizarel fue llevada a una tina de agua cristalina para ser purificada.

  —?Por qué pusieron una tina de agua? —preguntó Kesi.

  —Es parte del ritual de ser rey o reina —explicó Amreh.

  Lizarel fue purificada con esmero, dejando atrás su pasado como princesa. Al salir, vestía una túnica negra con blanco y bordes dorados. Salió con una postura recta y firme.

  —Mira, es bellísima —susurró Kesi. —Valla, qué insoportable, ?no? —se quejó la Segunda Esposa.

  IX. La Danza de Zhilbáal y el Pacto de Sangre

  Lizarel caminó hacia el altar y se inclinó ante los dioses.

  —Espero que le guste mi devoto a usted, dios Baal. Entonces, Lizarel comenzó a bailar con elegancia y seducción mientras las sacerdotisas la acompa?aban.

  —?Por qué baila? —preguntó Kesi.

  —Es parte del ritual para la coronación. Ella quería ser sacerdotisa de ni?a —explicó Amreh—. Sabe más que cualquier mujer. Decidió ser pura para su marido. Se llama la danza de Zhilbáal.

  Al terminar, Lizarel tomó la navaja que le entregó el sacerdote. Sin dudar, se cortó el antebrazo, dejando caer la sangre en el recipiente sagrado.

  —?Por los dioses! No gritó —exclamó Kesi.

  —No, si gritara, los dioses la considerarían débil —dijo Amreh.

  Lizarel sintió una fuerza interna: —Dioses, aquí está mi sangre. Se la entrego como muestra de mi fuerza y sabiduría.

  X. El Ungimiento de la Realeza Suprema

  Llegó el turno de Hadram. Fue purificado entre inciensos especiales, como ir al agua para ser purificado y luego se vistió con ropajes de Rey.

  —?Oh, dioses! —exclamó el Sacerdote Baal. Hadram y Lizarel se encontraron ante el altar. El sacerdote abrió un frasco de oro. —Ante ti, príncipe Hadram, te ungo como el Rey de Jericó. Y ante ti, princesa Lizarel, te ungo como Reina de Jericó.

  —?VIVA EL REY Y LA REINA! —proclamó el sacerdote. La pareja salió del templo hacia la sala del trono para la coronación oficial.

  —Te vez hermosa —le dijo Hadram.

  —Gracias —respondió ella cortante.

  —Valla, parece que sigues enojada.

  —Así... claro —respondió Lizarel con frialdad.

  XI. La Coronación: Reyes de la Luz y las Sombras

  Llegaron a la sala del trono. El Sacerdote Baal se inclinó.

  —Hoy verán a nuestros nuevos reyes. Al tener la corona en sus cabezas, lo serán oficialmente.

  —Kesi, sostén la corona de nuestra reina —susurró Amreh.

  —Claro que sí, no soy tonta.

  —Lizarel —dijo el sacerdote—, ese será tu última mención de título como princesa. Ahora serás Reina de la Luz y de las Sombras. Colocó la corona sobre su cabeza.

  La corona era dorada crecientes lunares se alinean como guardianes del tiempo, cada uno adornado con cristales que parecen lágrimas congeladas de dioses antiguos. Sobre cada luna, estallidos de estrellas brillan con fuerza, como si anunciaran el regreso de una reina que no teme a la oscuridad. Cadenas delicadas caen como susurros de pactos rotos, cruzando la frente y abrazando los lados, con un colgante final: una luna solitaria que cuelga como promesa.

  —Esa corona simboliza a nuestros dioses —murmuró la Segunda Esposa.

  —Príncipe Hadram —continuó el sacerdote—, ahora usted será el Rey de todos los Tronos, supremo Rey Hadram. Colocó la majestuosa corona de oro sobre su frente era símbolo de poder como al igual el reino. —Ahora estamos ante nuestros soberanos. Que los dioses siempre estén con ustedes.

  Todos en el salón se inclinaron en un respeto absoluto.

  —?VIVA EL REY Y LA REINA!

  —?VIVA!

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