— Las vistas eran increíblemente hermosas — detalló, seducido por el recuerdo rememorado ya cien veces, que lo hacía mirar a la nada con la dulce alegría sacudiéndose entre sus labios. —. Grace, el agua del fiordo era tan cristalina que hubieses jurado que surcabas a través de un cielo sin nubes.
— ?Y las vertientes? ?Cómo eran? — preguntó la ni?a, inquieta, apresurándose con la pluma para perpetuar cada mínimo detalle en tinta sobre el pergamino.
— La hierba esmeralda y espesa se batía en duelo contra unas plateadas rocas para dominar las pronunciadas vertientes del valle Ragnheidr — Aquella última palabra surgió de una forma tan natural que casi sonó a Nórdico auténtico. O eso quiso pensar. —. A mi izquierda, la ribera serpenteaba y la arena se esparcía hasta los confines del horizonte. Era casi tan blanca como la sal misma.
Tenía la costumbre de hablar lo justo bastante arraigada, y escasas eran las cosas por las que solía emocionarse. Y pese a ello, tuvo que reconocer que había estado parloteando cual cuentacuentos durante una hora, sentado en una silla junto a su cama. En su voz y en las abundantes sonrisas que no permitía desdibujar, se le escapaban tintes de una dicha y fascinación en él inusuales. El selecto grupo de recuerdos que atesoraba del viaje a Vill Eylands lo hacía evocar emociones que rara vez confesaba a alguien que no fuera su adorada Grace.
La peque?a tenía las manos manchadas de tinta. Sus descuidos con la pluma siempre la llevaban a terminar de la misma forma. Y a medida que el relato prosperaba, su sonrisa se pronunciaba más y más, so?ando con entusiasmo tan espectacular paisaje, que muy pronto trataría de materializar en una pintura. Desde hacía ya mucho tiempo, Connor era los ojos, oídos y nariz de Grace y su apasionado arte, por encima de las infranqueables murallas de la Capital, de las cuales ella jamás había conseguido librarse.
— Durante el alba y el crepúsculo — siguió. —, los haces de luz que el sol proyectaba sobre las aguas tranquilas del valle Ragnheidr convertían al fiordo en un camino dorado y escarlata. Era algo maravilloso — Bajó la mirada, y de pronto su tono de voz se redujo a un hilillo melancólico. Tan raras eran las oportunidades y tan lejos estaba aquel lugar, que probablemente nunca regresaría para vivirlo todo de nuevo como la primera vez. —. Un arcoíris se alzaba sobre nuestras cabezas, como el marco de una gigantesca puerta hacia Asgard. Hacia el Valhalla. Los colores eran tan vivos que casi parecía irreal.
— ?Qué es el Balhalá? — se apresuró a inquirir Grace, que había advertido el cambio de expresión en su rostro.
— Querrás decir Valhalla — corrigió. Aquello le hizo gracia. —. Es un lugar donde los dioses nór… — Y un golpe de incomodidad lo hizo removerse en el asiento. Al dirigirle la mirada a Grace intentó ocultar tras una ligera sonrisa toda la lástima que sentía hacia ella. — ? Hay muchas cosas que ignoras, Grace. Por el bien de ambos, será mejor que continue así. No ha sido tu culpa crecer bajo el yugo de las creencias de un dios distinto. ? — Solo es parte de una leyenda bastante bien elaborada — dijo, en su lugar. —. No tiene importancia ahora… Deberías descansar, ya se está haciendo tarde.
— ?No! — protestó aprisa. — Aún hay tiempo. Cuéntame más acerca de Barmania y de Vill Eylands. Por favor, Connor.
Grace suplicó una y otra vez, para que continuara describiéndole la travesía. Se inclinó sobre la cama en un intento fallido por alcanzar su brazo. Las historias que Connor le narraba, según decía ella, la llevaban a un mundo de ideas fascinantes. Y al final, la imaginación la perseguía en sue?os, de los cuales despertaba dando tumbos en medio de un estallido de inspiración para sus cuadros.
Connor se levantó con gesto lánguido, desoyendo los ruegos de la ni?a. Sus buenos ánimos se habían esfumado de un instante a otro. Antes de ir hacia la puerta, se volvió para despedirse, y percibió en el rostro de Grace un gesto mustio y preocupado.
— No estés triste, peque?a. Ma?ana continuaremos. Y cuando regrese de mi expedición a los bosques te atraeré otras historias. Te lo aseguro.
— Ya lo sé — Se sentó con las rodillas flexionadas, abrazándose las piernas contra el pecho, con aspecto pensativo y pesaroso. —. No se trata de eso.
? Tu regalo. Por poco lo olvidaba ?, le cruzó por la cabeza al ver morir su regocijo.
— ?Entonces de qué se trata? — Se acercó, y se acuclilló a pie de la cama.
Grace, cabizbaja, evitó cruzar toda mirada que delatase que estaba a punto de llorar.
— Durante cuatro meses, tú y papá estuvieron fuera — empezó, con ojos húmedos. —. Ahora que ambos están aquí, mi hermano no. Nunca podemos estar todos juntos y alguien siempre parece estar en peligro. Mamá, aunque trata de ocultarlo, está muy nerviosa por lo que pueda sucederle a Valysar. Y yo también — Alzó la vista, por fin. —. Mi hermano está en peligro, ?verdad?
— ?Por qué piensas eso?
— Tuve una pesadilla. Una muy espantosa.
— Tan solo son eso. Pesadillas. No es algo real — Le apretó una mejilla con los dedos, para obligarla a formar una media sonrisa. No dio resultado —. No va a suceder.
— Cuando sue?as no ves la diferencia entre lo que es real y lo que no — mencionó, soltando un leve gimoteo, y en seguida, secó la primera lágrima que brotó de sus ojos con el dorso de una mano. —. Hace unas semanas so?é que tú y papá se perdían en el mar. El barco se estaba hundiendo. Papá cayó al agua. Llevaba la armadura, así que…
— Y, sin embargo, estamos aquí. A salvo. — le recordó rápidamente. No quería conocer el final de la historia, y aún menos que Grace se concentrase en ello.
— Si te vas, tendré que irme a dormir, y entonces volveré a tener pesadillas.
— Temes que tu hermano esté en ellas otra vez. — reconoció Connor.
Grace asintió tras el hipo del lloriqueo.
Connor dejó escapar un suspiro de cansancio, mientras se enderezaba. Caminó sin rumbo por la habitación, meditando unas palabras perfectas para ayudarla. Se llevó una mano detrás de la cabeza, desazonado. Tenía la mente despoblada de ideas, y para colmo, nunca había sabido lidiar de buena manera con la empatía de aquel tipo.
— No puedes pasarte toda tu vida sin dormir — consiguió decir al final. —. Es imposible.
Aquellas palabras no surtieron ningún efecto positivo en ella. A decir verdad, la vio encogerse un tanto más. Nadie hubiese esperado una respuesta tan desalentadora.
— Yo quisiera ser como tú, Connor. Tú no le tienes miedo a nada.
Se le escapó una risotada, estridente, aunque efímera.
— ?De verdad piensas eso? ?Crees que no tengo miedos?
— Nunca he visto que te asustes.
Decidió no responder. No hizo más que vagar por la habitación, mientras tanteaba con la yema de los dedos la superficie de las repisas y cajones de madera. Se detuvo frente al tocador, donde reposaban las llamas de un candelabro de bronce. Y de la nada, surgieron las palabras correctas.
— Cuando era ni?o, poco antes de que nacieras — confesó, al tiempo que jugaba con el fuego. —, le tenía miedo a casi todo lo que me rodeaba. En especial a la oscuridad, al igual que tú. No hacía más que asustarme y derramar lágrimas.
— ?Y cómo superaste el miedo? — Grace se impacientó. — Dímelo. — Connor había dado justo en el clavo; su miedo a las pesadillas solo caía rendido ante el pavor casi irracional que sentía por las tinieblas. Tal era su inquietud, que las sirvientas remplazaban las velas de los candelabros una vez entrada la noche, para evitar que en alguna ocasión despertara en medio de la oscuridad.
— Solía mirar el atardecer por las ventanas de esta habitación y lloriquear nada más porque el sol se ocultaba en el horizonte — declaró, haciendo caso omiso de la súplica de Grace. Cogió entre sus dedos uno de esos magníficos candelabros, y se dirigió hacia la otra esquina del dormitorio, donde se encontraba la segunda fuente de luz. —. Como todo ni?o, prefería la calidez del día a la soledad y silencio de la noche. Un destello de luz me despojaba de mis más profundos temores, mientras que las sombras me aterraban como ninguna otra cosa.
Grace lo siguió con la mirada desde su cama, y observó cómo Connor se posaba delante de la cajonera junto a la ventana de postigos cerrados. La habitación comenzó a oscurecerse lentamente, a medida que iba apagando cada una de las cinco velas del candelabro con dedos insensibles.
— ?Qué estás haciendo? — inquirió ella, nerviosa.
— Lady Elizabeth siempre lograba consolarme cada noche antes de dormir. Y cuando me despertaba a media madrugada y era incapaz de retomar el sue?o, tu bondadosa madre espantaba todos mis demonios y permanecía a mi lado hasta que lograba quedarme dormido. Supongo que hace lo mismo contigo, ?no?
Por lo que leía en su rostro, la ni?a comenzaba a dejar en evidencia sus temores. Apretó las sábanas, presa del desconsuelo y la inocencia, y la escuchó rogar entre dientes para que no apagara el último candelabro.
— Las pesadillas — siguió Connor. — no son más que la manifestación de nuestros miedos. Todo cuanto experimentamos en el día a día afectan nuestros sue?os. Pero todo el terror que puedes llegar a sentir está realmente en tu cabeza… Y verás, hace ya mucho tiempo que decidí afrontar mis peores demonios por cuenta propia.
El fuego restante entre sus manos se desvaneció con un soplido, y la infinita oscuridad se apoderó de la habitación. Pero antes de que Grace consiguiera articular el primer chillido, una peque?a y tenue luz amarilla se encendió en medio de toda aquella negrura, y se posó frente a sus ojos. Tras esto, afloró una minúscula esfera de brillo azul marino al fondo del dormitorio, y otra más de color ámbar sobre el hombro de Connor.
— Sin embargo, mi dulce Grace, tú no eres como yo. — ? Y con suerte, no tendrás que serlo nunca ?, a?adió entre sus deseos.
En un abrir y cerrar de ojos, todo aquel espantoso abismo desapareció; un enjambre de esferas flotantes iluminaba la estancia con su hermosa radiación de cien colores.
— ??Luciérnagas!? — gritó la ni?a, fascinada. — ?Connor! ?Son luciérnagas!
Se permitió esbozar una gran sonrisa, cuando descubrió que ella estallaba de alegría.
— Ahora cuando despiertes por las noches no tendrás que enfrentarte a la oscuridad, porque ellas lo harán por ti.
Los insectos parecían bailar en el aire al son de una tonada sorda, resplandecientes y encantadores. Oscilaban suavemente de arriba abajo y por todo el dormitorio, brindando una promesa de luz perpetua.
Grace se enalteció de júbilo, y se incorporó sobre la cama.
— ?Es magia? — preguntó, embriagada de contento. — ?Cómo lo hiciste?
— No, no es magia.
Las peque?as criaturas se posaron con docilidad, una a una, sobre las holgadas prendas de dormir de Grace, y convirtieron al terciopelo blanco en un vestidillo de luminiscencia extraordinario de colores intensos y variopintos.
— ?Como en mi sue?o! — chilló. El destello de felicidad en sus ojos fue un flechazo conmovedor; y su enorme sonrisa de dientes mellados, encantadora, digna de perdurar en sus recuerdos. Grace todavía era una so?adora, al igual que Connor en su ni?ez. Su obsequio había sido hacer realidad uno de esos sue?os. Uno muy bueno que, según decía, había sido maravilloso.
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Entre risas, Grace comenzó a danzar sobre la cama, con soltura y cada vez más energía. Los peque?os animales parecían estar adheridos a ella. Relumbraban y se mecían junto a su baile.
— Chasquea los dedos. — pidió Connor.
Y eso hizo. Un intento fue suficiente para que el tropel de deslumbrantes bichos se desprendiera con vivacidad y volara hacia el techo, esbozando círculos perfectos alrededor de Grace, como si de un tornado de luces se tratase. Y en breves, una nube de zumbidos se suspendía en el aire, una vez las luciérnagas empezaron a vibrar como abejas agitadas.
— No dejes que salgan de la habitación durante el día — le advirtió, permitiéndose un instante de acritud. —, o de lo contrario las palomas se las comerán.
— Tranquilo, no lo haré. — dijo ella, observando, embelesada, el inusitado firmamento de cien luciérnagas que se fijaban a su techo, titilando como estrellas.
— Grace — comenzó Connor, acercándose. —, como ya te dije: esas pesadillas no son más que la manifestación de nuestros miedos. Todo lo que puedas llegar a sentir está realmente en tu cabeza.
La ni?a bajó la vista hacia él, y asintió con una risita tiritándole en los labios.
— Quizás no pueda hacer nada dentro de tus sue?os — siguió. — Pero, puedo asegurarte que la luz de estas luciérnagas y yo te protegeremos mientras estés aún despierta — Los ojos negros de Grace amenazaban con echar a llorar nuevamente, aunque esta vez no había el más mínimo vestigio de miedo en ellos. — No te mentiré — Connor entrelazó sus manos con las de ella. —. Valysar cabalga junto a un ejército para enfrentarse a un gran peligro, pero los mejores soldados de todo el reino lo acompa?an y él sabe defenderse tan bien como yo. Así que, créeme cuando te digo que tu hermano volverá a casa sano y salvo.
— Está bien.
— Se encuentra muy lejos y no hay nada que dependa de mí para ayudarlo. Sin embargo, estoy aquí, junto a ti, siempre. Y si tus demonios se atreven a volver, pese a esta hermosa luz que nos ilumina, me encargaré de protegerte. No solo a ti, sino también a Vyler y a tu maravillosa madre, porque Connor Bressler ya no le teme a esas sombras que tanto te inquietan. Anda, duerme tranquila de ahora en adelante.
— ?Lo prometes? — gimoteó. La muy sensible tenía las mejillas ruborizadas y hechas un arroyo de lágrimas.
— Lo prometo.
— Gracias — Y lo abrazó tan fuerte como sus peque?os brazos se lo permitieron. Absorbió por la nariz. —. Te amo, hermanito.
Un golpe le atravesó el corazón al percibir su voz dulce, dejando tras de sí una oleada de emoción que lo removió por dentro como un espasmo y lo dejó temblando. Nunca había escuchado aquellas palabras de ella. ?Hermanito?, repasó en su mente. La conmoción hizo que tardara unos segundos en responder a su abrazo.
— Yo también te amo, hermanita. — Se encontró diciendo, sin dejar que la extra?eza de sus palabras aquejara a la sonrisa más honesta y esbelta que recordara admitir. De lejos, Grace y Elizabeth eran las únicas personas a las que se animaba a mostrar cierto cari?o, deseando en cada oportunidad que fuesen su verdadera familia.
— Sin miedo no hay pesadillas — la oyó murmurar, con la certeza de que había espantado todos sus males. —. Pero no solo he tenido pesadillas, ?sabes? — continuó diciendo de pronto, cuando Connor ya se iba. — Por suerte, también he tenido buenos sue?os. Hace poco so?é con la Senda del Viajero.
— ?De nuevo?
Asintió, tan esperanzada como alegre.
— ?Me dejarás ir contigo alguna vez a una expedición?
— A Vyler y a Elizabeth no les gustaría que te alejaras tanto.
— Lo de siempre — Hizo una mueca de fastidio, que por suerte no llegó a ensombrecerle el rostro. —. Papá tampoco me permite que lo acompa?e a uno de sus viajes.
— Hay muchos peligros allá afuera. El trabajo de tu padre no es compatible con lo que quieres.
— Lo de siempre.
— Pero en el bosque no hay tantos peligros para un buen jinete de exploración — Suspiró, dejándose vencer una vez más por los deseos de Grace. —. Cuando seas un poco mayor, tal vez podamos convencerlos de que te dejen acompa?arme un día o dos.
— ?No nos tomaría más tiempo que eso! — vociferó, arrojándose sin mesura a la felicidad, como dándolo por hecho. — Si lográsemos convencer al Hada Morgana para que se nos aparezca, la Senda podría llevarnos tan lejos... Me muero de ganas por conocer esos fiordos y también Barmania.
En la noche más profunda y fría, aquella ni?a era como una vela en medio de la oscuridad.
— Un sue?o a la vez, peque?a Grace.
Dos horas más tarde, la noche estaba ya muy avanzada, y el susurro del viento y la débil proyección de una sombra a su espalda eran sus únicos acompa?antes. El ambiente que reinaba en las calles era desolado, silencioso y, en especial, umbrío, tanto que resultaría escalofriante para cualquier persona crédula a historias de fantasmas.
A Connor esto le traía sin cuidado.
Caminaba con sumo sosiego, mientras contemplaba con admiración el despejado cielo colmado de estrellas. Había escogido a conciencia el camino más largo a casa, para así deleitarse el mayor tiempo posible con el espectáculo que se llevaba a cabo sobre su cabeza. El cielo parecía cobrar vida cuando la ciudad iba a dormir. Un cometa cruzaba el cosmos, cayendo lentamente como una gota que resbalase del cristal durante horas, a la vez que una estrella fugaz atravesaba la noche en apenas un pesta?eo.
La Gran Nube Celestial, la cual los Tesios llamaban ?Láctea? y otros pueblos ?Círculo de Plata?, entronizada y descollante sobre una bóveda celeste con más astros de lo que cualquiera pudiera contar, nutría al firmamento de una belleza ajena a toda comparación, pues a su lado, paisaje o tesoro alguno en la Tierra deslucía hasta parecer frívolo. Era una nube de polvo denso suspendida entre las estrellas. Un gran cúmulo poroso por encima de las nubes corrientes, que salía a resplandecer en las noches y partía el cielo a la mitad. Nada menos que un glorioso velo, opaco en algunas zonas y que en otras parecía brillar con luz propia, cuyos brazos se extendían como ríos de plata, chispeadas por regueros de luz violeta, azul cielo y rojo oxidado.
?Qué habría en ella y qué habría más allá?
Aún con todo ese universo de respuestas que los libros y un par de buenos amigos le habían obsequiado a lo largo de los a?os, perduraban interrogantes como aquella, que lo atosigaban a la hora de dormir, y en ocasiones, lo alejaban del sue?o durante horas.
Connor disfrutaba de la rebosante paz que el callado paraje le brindaba, pues desde hacía mucho tiempo, para su suerte, había aprendido a hallar cierta satisfacción en la soledad y un desinterés total a las supersticiones que dominaban al reino. La mayoría de estas creencias no eran más que un reflejo de la estupidez crónica que azotaba a los más fanáticos de la humanidad, se reservaba para sí mismo.
La Capital rebosaba de calma, incluso por las noches, y de una prosperidad envidiable para otras de ciudades, fuera y también dentro del Reino. Como pudo comprobar durante su última travesía, allí donde iba un dranovense, allende sus fronteras, se atrevía a pavonearse ante toda persona como oriundo de un peque?o Paraíso en la tierra, un Jardín del Edén monumental. O cualquier otra patra?a del estilo. Con poco recato y el orgullo siempre por delante, como si de ellos hubiera dependido la época de prosperidad por la que cruzaban, o constituyese un logro en vida la suerte de nacer donde lo habían hecho.
Pero cierto fue que no pudo evitar contrastarla con las ciudades que había visitado. Lo limpia, lo ordenada y lo segura que era en comparación a las de Barmania, Vill Eylands y también a otras de Dranova, lo dejaba satisfecho.
Tan copiosa parecía la dicha de vivir allí, que había quienes mentían sobre su origen para tener algo de lo que jactarse, y otros venían desde muy lejos para encontrar refugio y una oportunidad dentro de las murallas. ?La obra y gracia del dios de los cristianos?, arrojaban de sus bocas sin vacilación los más apasionados, los más ciegos.
En aquel momento, Connor solo quería irse al bosque, donde las estrellas eran incluso más brillantes y la paz más duradera.
El sendero era amplio, más de lo usual para una calle secundaria, pero tan prolongado que conseguía perderse a lo lejos en la tenue luz que la luna descargaba sobre él. Era la única alma sobre la calle. En muchas ocasiones, así lo prefería. Todos los establecimientos y hogares yacían a puertas cerradas. Un número reducido de antorchas brindaba cierta claridad en algunas secciones del camino, allí donde los ciudadanos las colocaban para dar vida a la fachada de sus hogares.
Bajo trechos de penumbra y otros de oscuridad, avanzó sin darle la más mínima importancia a todas esas leyendas de fantasmas y demonios sedientos de sangre que había escuchado tantas veces. Grace era una muchachita perspicaz; esperaba que se diera cuenta con el tiempo de que sus miedos a lo desconocido no debían condicionar su visión sobre la vida. Los ojos de Connor habían visto cosas que otros no creerían, pero jamás nada parecido a algo que hubiera surgido de la imaginación de un cristiano. Por esta razón, y por mil otras, desconfiaba de todo lo que los adeptos decían.
El collar con chapas de plata que portaba encima de la saya resplandeció con tenue destello, al pasar cerca de una de las antorchas que colgaban de un hogar. Todo el tiempo lo lleva consigo. Era de lejos su posesión más celosamente custodiada. En él había solo dos insignias, poco más grandes que un pulgar. Y a pesar de la plata preciosa, su valor era más emocional que monetario. El nombre de aquella mujer, cuya voz y rostro ya se habían desvanecido de su memoria, se encontraba grabado en relieve en la más significativa de las dos. Y al lado de esta, la del hombre que hubo sido su padre.
Habían muerto hacía más de una década, y Connor evitaba a toda costa cualquier conversación respecto a ellos. Por más que se esforzara en recordarlo, no conseguía más que peque?os fragmentos inconexos de su remota infancia. No los extra?aba, y mucho menos se sentía afligido por la pérdida, pero aun así el pensar en ellos le evocaba un vacío insondable, que no sabía cómo ni pretendía expresar a alguien más.
El viento arreció sus ánimos hasta levantar partículas de arena del suelo, de manera que bajó la vista y colocó un brazo delante de su rostro para cubrirse. Los minutos pasaron, y cuando el aire por fin cesó su embestida, pudo divisar en los confines de la calle, allí donde el camino se bifurcaba, una puerta de rejas abierta de par en par. Las antorchas colocadas a sus lados le hicieron percatarse de aquello. Y sin permitirse demostrarlo con gestos, se encontró sorprendido y ciertamente tenso por aquella imagen evocadora de sospechas. Aun así, continuó avanzando sin aminorar el paso, pero con discreción y vigilando con recelo.
Se percató, y no por primera vez, de que no llevaba consigo su arco ni tampoco flechas. No portaba más armas que un par de cuchillos que utilizaba para jugar, ocultos bajo el cinturón de cuero. Después de todo, en los días en los que no prestaba servicio a la caballería, no le era permitido portar una espada. Pero antes de acercarse más, se hizo con las hojas de un palmo de largo de la forma más disimulada posible.
? Un hombre precavido vale más que uno muerto — Los escondió tras los antebrazos, por debajo de las mangas —. Qué esta ciudad sea muy segura, no quita que las personas mueran en situaciones así ?.
Una vez estuvo a unos veinte pasos, pudo reconocerlo. No se trataba de alguna casa o establecimiento, sino de una simple perrera. Se detuvo a mitad de la calle, frente a la reja de acero oxidado, con la obstinada necesidad de resolver sus dudas. Las antorchas iluminaban el edificio de una planta, mientras la fuerte ventisca amenazaba de nueva cuenta con extinguir sus llamas. El interior de la perrera se encontraba sumergido por la espesa negrura. Un inevitable pensamiento se apoderó de él. Si hubiera algo o alguien allí adentro, observándolo con ojos ávidos, no tenía manera de saberlo. Por un breve momento, consideró coger una de las antorchas y adentrarse en la oscuridad.
? ?Por qué está abierta la verja? Si hay alguien dentro, ?qué está haciendo a estas horas? ?.
Por fortuna, su curiosidad entró en conflicto con la razón. Lo que estaba pensando era de todo menos sensato. No hacía falta pertenecer al Gremio de los Intelectuales para saberlo. Pero antes de que pudiera dar un paso a un costado, un ruido llamó su atención. Al girarse no logró ver nada. La espesura de la noche era muy profunda, aunque sus oídos captaron ese inconfundible sonido de cadenas arrastradas por el suelo. Y tras unos segundos de consternación, vio cómo la criatura salía de las sombras y se revelaba ante la luz de las antorchas.
Solo era un perro.
Era de gran tama?o, y sus ojos desbordaban hambre. Se mostró gru?endo, desenvainado sus enormes dientes. No consiguió reconocer su raza, pero el tama?o de sus fauces y de su cuerpo manchado podría resultarle intimidante a cualquiera. Y a continuación, detrás de este emergieron otros dos perros de constitución tan recia y rostro feroz como el primero. El último se dejó ver, saliendo agazapado de la perrera. Un par de ellos rugían; los otros dos ladraban, cada uno de forma tan enardecida como el anterior. En sus miradas salvajes podía apreciar el ansia incontrolable por saciar su apetito. Las costillas marcadas en sus cuerpos eran fiel testimonio de ello.
Pobres perros.
A Connor lo atacó un profundo bostezo. Por fin, el sue?o comenzaba a hacerlo presa de sus fauces. Si la noche resultaba amable, tal vez no tendría que desvelarse.
Los canes se acercaban con la parsimonia de un cazador precavido, prestos a embestirlo y desgarrar su carne. Connor suspiró, y en su cinto guardó los cuchillos con toda tranquilidad. Se giró hacia el animal más cercano, aquel que se encontraba ante a la verja, y una sonrisa cargada de confianza invadió su rostro marcado de ligeros hoyuelos. Un segundo bastó para que el perro renunciara a sus gru?idos, y luego se sentara sobre sus patas traseras como solo una mascota mansa lo haría. Y con la misma expresión osada, se dirigió a los tres perros restantes.
— Basta.
Uno de ellos, el que arrastraba las cadenas rotas de su collar, se lanzó sin perder más tiempo, pero tan rápido como inició su ataque, quedó petrificado, con las fauces aún abiertas. Connor disipó su rabia y alivió su hambre, valiéndose de una orden muda y poco esfuerzo. También revolvió sus ideas e implantó falsos recuerdos, haciéndole pensar que eran viejos amigos. Cuando hubo salido de su cabeza, el perro terminó por relajarse y lo miró desde abajo con ojos tiernos. Se relamió repetidas veces, a la espera de un bocadillo, y amasó el suelo con sus patas, inquieto, dócil y adorable. Gimoteaba como un cachorrito asustado en busca de cari?o. Los otros dos que se encontraban detrás hicieron lo mismo.
Y de esta manera, las apacibles bestias se acercaron, sumisas y cabizbajas, con el rabo entre las patas, en busca de un poco de comida.
— Y yo que tenía pensado comerme esto más tarde — admitió, al tiempo que sacaba de una bolsa de mimbre unos trozos de pan untado con mantequilla y especias. —. Lady Eliza me lo preparó para el camino. Bien sabe que siempre estoy hambriento — Ellos se reunieron tranquilamente a su entorno, y Connor se arrodilló para repartir las raciones con equidad. —, pero lo necesitáis mucho más que yo. Ma?ana os traeré otro poco.
Los perros habían dejado de lado su voracidad, y con sosiego comieron de su mano. Uno de ellos incluso le lamió los dedos.
Rascó unas cuantas orejas y regaló caricias. Y después de masticar el pan, los animales entraron por cuenta propia a la perrera. Connor miró a los alrededores para cerciorarse de que nadie lo había visto usar su don de Dádiva. Las calles seguían tan deshabitadas como antes, así que se limitó a bostezar.
Y se dirigió a casa para intentar conciliar el sue?o, no sin antes desviar su atención al firmamento plagado de estrellas.

