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Atenea I

  Por absurdo que fuera, la tercera y última ronda de preliminares había resultado más sencilla que las anteriores. Hubo marchado a paso triunfal hasta la arena de combate con una estrategia ofensiva. Y tras dos minutos o menos, se consolidó con una cómoda victoria. No quedaba más que admitirlo. Qué los dos adversarios más competentes se hubieran abatido el uno al otro había influido a su favor.

  Sin embargo, y muy a su pesar, la conquista reflejó un desenlace más agridulce de lo que le hubiese gustado proyectar en primera instancia. En momentos en los que su innata impulsividad se apoderaba de ella, su defensa se vio comprometida y recibió una sarta de briosos espadazos de la mano dos soldados de instruida técnica, que consiguieron despedazar su ya de por sí malogrado escudo de madera. La única protección con la que contaba para el torneo cayó al suelo fragmentada a la mitad antes de que ambos hombres probaran su más absoluta antipatía. Pero al final, Atenea acabó como la última contendiente en pie sin más esfuerzo que un par de peque?as gotas de sudor.

  Poco tiempo después de haberse anunciado su clasificación a octavos de final, un hombre menudo de corte elegante se presentó con una oferta bastante lucrativa como patrocinador de nuevo equipo. Y pese a las tentadoras propuestas, que se iban acrecentando cada vez más, Atenea lo rechazó, puesto que el persistente sujeto llevaba tallado en todo el semblante la palabra embaucador.

  Y aunque, a decir verdad, tendía a la imprudencia dentro del campo de batalla, fuera de este, era más cauta y desconfiada de los extra?os que un gato.

  El resto de la tarde se encontró en el apuro de atender sus obligaciones en la taberna de la familia Pryce. Durante las festividades de oto?o, la jornada de trabajo acostumbraba representar poco más que un pu?ado de platos por hora, debido a que la comida abundaba y los ciudadanos se atiborraban de ella en las calles. Pero en el a?o que trascurría, disfrutaban de una clientela considerable, y lo cierto era que buena parte no acudía por la comida que pudiesen ofrecer.

  No había hecho falta más que un par de días para que las voces recorrieran la ciudad a modo de un torrente que solo sabía hacerse más escandaloso. Por este motivo, más de un indiscreto comensal quiso llamar su atención, para congratularla por lo que denominaban como ?un logro sorprendente?. Aquel tipo de consideración hubiera calado de honra a casi cualquiera. Pero Atenea se esforzó en retribuir los cumplidos con una sonrisa que ocultaba poco sentimiento y un cínico ?muchísimas gracias?, en cada ocasión.

  De los quinientos participantes que se habían iniciado en las preliminares, únicamente cuatro restaban en competición. Los conocidos como ?los neófitos de las finales?, quienes tenían que verse las caras en combate singular junto a una docena de caballeros.

  Un logro sorprendente lo constituía derrotar a un caballero platinado, o como mínimo a un caballero errante, y no a soldados.

  En lo que a ella concernía, llegar lejos significaba poco o nada si no se consolidada con una merecida y trabajada victoria frente a la mejor de las espadas del reino, y con ello se adjudicaba el galardón de trescientos novísmos de oro. Una auténtica barbaridad.

  Aunque llegase a la final, si no obtenía la victoria, su vida no cambiaría en nada realmente, y tendría que volver a servir mesas un a?o más.

  No podía evitar mostrarse osada, ambiciosa, competitiva, tenaz, y, por sobre todas las cosas, orgullosa, pero la avaricia no era algo que se encontrara con facilidad en su naturaleza. Perseguía casi con locura una memorable conquista, no para alcanzar reconocimiento, como otros, sino para demostrarse que podía llegar tan lejos como quisiera hacerlo. Por supuesto, ansiaba la justa retribución de sus esfuerzos en oro, aunque no para su propia causa.

  — Tan solo digo que es... — Los jadeos de Ross se interrumpieron por la expedita arremetida de Atenea. — una estupidez. — logró terminar cuando se alejó un par de pasos tras bloquear el tajo.

  — ?Por qué lo dices? — inquirió ella cuando cargaba de nuevo contra su amigo.

  Aún después de las preliminares, que habían sido casi un juego de ni?os, y las monótonas horas de trabajo, persistía en Atenea un vigor desmedido. Y los nervios por el enfrentamiento del día siguiente no hacían más insuflarle energías con las que continuar entrenándose en los jardines traseros de la taberna.

  Ross se mantuvo firme e intentó cortar nuevamente la ofensiva con un bloqueo cruzado de su pica de latón, pero Atenea intuyó aquello, y cambió el objetivo de su estocada con gran alacridad. Y en cuestión de un pesta?eo, la punta reventada del acero yacía sobre el pecho de Ross a modo de pinchazo.

  Acto seguido, él apartó la embotada hoja con un manotazo y un chasquido de lengua.

  — Porque lo es. Solo piénsalo. ?Por qué la inmensa mayoría prefiere quedarse sentada a la espera de un hombre que las conquiste en lugar de tomar el asunto por sus propias manos?

  — Creo que hablas con la mujer equivocada respecto a un tema que no le interesa. — Atenea se encogió de hombros, fatigada del mismo asunto al que retornaba siempre la conversación desde hacía una semana.

  Era un hombre algo lamido, de cabello rojizo ensortijado y una destreza y suerte ridículamente pésimas para todo lo que estuviese relacionado con ganarse el amor de una mujer; siempre dispuesto a enunciar sus problemas personales a cualquiera que tuviese cerca sin miramiento alguno.

  — Si sienten algo, ?por qué simplemente no toman la iniciativa? Siempre tengo que hacerlo yo. Y ya ves que casi nunca resulta bien para mí. — Un atisbo de angustia se esculpió sobre su tez pálida y pecosa.

  Atenea inclinó la cabeza hacia atrás, y soltó un profundo suspiro al cielo nocturno. Sobre el peque?o patio sitiado por paredes de ladrillo, la noche cernía su hermoso manto estrellado con un millar o más de peque?os astros. Una estrella fugaz recorrió el firmamento en un santiamén, mientras observaba la Nube Celestial con cierto agobio. De un segundo a otro, se encontró muy cansada. Cansada de tener que lidiar con las penas de su amigo. Deseó a la estrella que de alguna forma terminara con el tormento de ambos.

  — Ross, ?quieres por favor dejar de lamentarte tanto? ?En guardia! ?Ahora!

  Pero él no hizo caso ni ademán de posicionarse para recibir un ataque.

  — ?Cuál es el punto? ?Para qué entrenas tanto? En una noche no conseguirás mejorar más que en todos estos a?os. — Dejó caer con intención la pica al suelo.

  — ?Recoge el arma! — ordenó con brusquedad. La impaciencia y el poco tiempo que restaba hasta el próximo combate estaba sacando lo peor de su temperamento.

  Ross se alejó, y trató de despedirse con un gesto de mano. Ni siquiera se interesó en llevar consigo su pica.

  — ?Espera! — se apresuró a seguir Atenea, esta vez con un tono más afable. — Quizás haya algo que podría hacer por ti.

  él se volvió de inmediato.

  — ?Qué podrías hacer por mí?

  — Será un trato y solo funcionará, si logras derribarme tan solo una vez. — Intentó por todos los medios que los ojos no le destellaran de picardía.

  — Nos conocemos desde haceee… como diez a?os y en todo ese tiempo jamás he estado cerca de hacerlo. ?Por qué ahora sería diferente? — le escuchó decir con un tono tan deprimente que le resultó molesto.

  — Porque esta vez simplemente utilizaré una mano. ?Te parece?

  — Sigue hablando. — Ross volvió por sobre sus pasos.

  — Mi tía… Moira, puede que sea viuda, pero aún sigue siendo algo joven. Aunque pensándolo bien, quizás…

  — Está bien — interrumpió con prontitud. — No soy muy exigente — se encogió de hombros. —. Acepto lo que venga. Y es guapa, además. ?Cómo piensas hacerlo?

  — Le platicaré acerca de vuestra gallardía, fuerza y virilidad incomparables, mi lord.

  — Es decir, ?mentirás?

  Atenea asintió con una amplia sonrisa, y empu?ó la vieja espada bastarda con su mano menos dominante.

  — Pero deberás exigirte de sobremanera. — se?aló, muy convencida.

  Y tras una promesa de amor al alcance de sus manos, Ross recobró los ánimos de lucha, y esgrimió su pica de latón con una determinación visible en su mirada. Y en esta ocasión, en un arrebato de temeridad, decidió que él daría el primer golpe. De tal manera que reunió todo su coraje, y se apresuró a arremeter contra Atenea. Instantes después, el antes esperanzado hombre yacía de espaldas sobre la hierba con la punta de su propia arma puesta bajo su barbilla. Atenea ni siquiera le dio oportunidad de saber cómo había ocurrido, aprovechándose de la escasa defensa de quien portaba una pica. Todo había terminado para él.

  — ?Qué tan cerca estuve de derribarte? — El apasionado furor en sus ojos marrones había perdurado tan poco como la contienda.

  Le ofreció una mano, y lo ayudó a sacarse de encima la tierra, la hierba y el desánimo. Se repuso con las pocas energías que parecían restarle.

  — Puede que no haya sido tu peor intento hasta ahora — Entrecerró los ojos al escudri?ar su rostro un tanto lánguido. —. Veintiuno…, tal vez incluso veintidós.

  — ?Qué? — inquirió el pelirrojo.

  — Fuiste tan lento que logré contar las pecas que llevas sobre el rostro mientras cargabas contra mí. Bueno, más o menos — Atenea le entregó su arma con cierta tosquedad, y se retiró a la trastienda. Le habría gustado seguir practicando, pero eligió dejar en paz a su desdichado amigo. —. Deberías trabajar muchísimo en tu ofensiva — Estaba siendo demasiado dura con él, así que se detuvo ante los escalones que daban hacia la estancia, y se volvió para observarlo fijamente. Ross se había quedado inmóvil en medio de la semioscuridad, tal vez meditando sobre Moira y no de los posibles fallos en su embestida. —. No haré demasiado énfasis en ello cuando hable con Moira. No pongas esa cara. Se prudente. Cuando se trata de hombres, mi tía es siempre prudente.

  La taberna de la familia era una edificación modesta de solo una planta, cuya trastienda se encontraba inmediata a aquel jardín de flores bien arreglado. El comedor del establecimiento no era más que un conjunto de sillas y mesas de elaboración sobria en madera sobre caballetes, un extenso mostrador al fondo y una peque?a chimenea a un costado. Madera de roble por doquier y poco color más allá del pardo y un azul y gris deste?idos por el tiempo.

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  Los postigos se encontraban cerrados, y las lámparas sujetas a las paredes brindaban sus últimos destellos en vida a la cena familiar. La quietud y el simple ta?ido de los cubiertos habrían presidido la mesa, si no hubiese sido por las palabras rugientes con las que Marcus expresaba su júbilo habitual, por las carcajadas con la boca repleta de comida de Ross, y algún que otro comentario jocoso o mordaz de Atenea. En lo que respectaba a su madre, Aloy apoyaba el mentón sobre sus manos entrelazadas, muy atenta al diálogo y presta, sobre todo, a irradiar alegría con las sonrisas que dejaba escapar tras cada gesto o comentario.

  Sobre el mantel de lino gris, se posaban cuencos de estofado de chuletas de cerdo, pan de cebada y zanahorias a medio comer; además de una tarta de moras ba?ada en aderezo de fresa agridulce, el tan requerido especial de la casa.

  De un momento a otro, Marcus lanzó una breve chanza sobre pelirrojos que no venía a cuento de nada con la conversación, el mismo chiste repetido cien veces, y Ross Forester se desternilló rápidamente asestando un manotazo a la mesa, mientras su voz se fragmentaba en mil pedazos y surgía como una aparatosa risotada. El néctar violáceo de la tarta de moras corría por las comisuras de sus labios hasta la barbilla.

  — Tu cara es un desastre, Ross. — se?aló Aloy con voz dulce al tiempo que se inclinaba con un pa?uelo para limpiarlo.

  — Muchas gracias. — reconoció, con una mano sobre la boca repleta de postre, siempre dado a las risas en cuanto tuviera un plato de comida delante y el estómago dispuesto a seguir engullendo.

  — No hables con la boca llena. Es de mala educación. — Ross no era un ni?o, pero Aloy acostumbraba a hinchar de gentileza y cari?o a todo el que estuviera a su mesa.

  — ?Cuándo su cara no ha sido un desastre? — comentó Atenea.

  Su madre estaba sentada a su lado, como si no fuera más que un espejo que reflejara la imagen de Atenea. Los azares del destino habían honrado a Aloy con una espesa melena rizada, casi dorada, con algún que otro mechón de la tonalidad más pura de la nieve, una piel blanca tan suave e impecable como la tez de un durazno veraniego y unos hermosos ojos grisáceos. Todo el conjunto de sus rasgos dotados de preciosidad disimulaba demasiado bien las cuatro décadas que habían transcurrido en su vida.

  Aunque el temperamento y los gestos de madre e hija discrepaban la mayoría del tiempo, lo cierto era que en aspecto eran idénticas, de forma casi irreal. Semejantes hasta tal punto que quién las viera le resultaría difícil sostener que no fueran hermanas, a pesar de la edad. Dos gotas de agua, una tan bella y deslumbrante como solo la otra.

  — Tuvimos buena clientela hoy — Su padre no tardó en cambiar de tema. —. No podríamos decir con exactitud que fue un día concurrido, pero un buen día teniendo en cuenta las festividades — Y otra risa jovial se desplegó entre sus mofletes velludos. —. No puedo entenderlo, jamás había ocurrido.

  Ross se llevó una enorme porción de tarta a la boca.

  — Atenea puede que sea el motivo de todo ese barullo.

  — ?Yo? — Arqueó una ceja, haciéndose la sorprendida.

  — Solo digo que muchos comensales de los que traté de hacerme cargo deseaban ser atendidos por ti y no por mí. Bendita seas mujer, me ahorraste muchísimo trabajo hoy.

  ? Ay, no. Otra vez no ?, pensó, mientras se arrepentía de haber cruzado miradas.

  Aloy se apresuró a coger su mano, y esbozó una amplia sonrisa dentada embriaga de gusto. El corazón se le había ablandado como de costumbre, y el vasto amor que le profesaba se reflejó en su ilusionado rostro.

  — ?Es eso verdad, Atenea? ?Más de un hombre está interesado en ti?

  Y haciendo caso omiso de la sensibilidad de su madre, Atenea suspiró y trató sin éxito de apartar la mano con suavidad.

  Los pretendientes siempre habían revoloteado a su entorno como cuervos después de la resolución de una batalla. En todos sus a?os de moza de taberna, habían ido y venido hombres de toda procedencia, edad y alcurnia que trataban de cortejarla por sus encantos. La mayoría de estos flechados, desistían de sus esfuerzos, al notar que poco o ningún triunfo habían conseguido en ganarse su corazón, pese a sus regalos y a toda su presunta cortesía. Y casi nunca regresaban. La mayoría de ellos. Por desgracia, otros insistían de más hasta tornarse peligrosos.

  — Pero algunos de esos pobres tontos estaban más intimidados que cautivados por ella — se?aló Ross entre los trozos de tarta que danzaban en su boca.

  — Y espero que siga siendo así. — deseó Marcus, con una sonrisa, que como todo padre sobreprotector anhelaba la virtud intacta de su hija por sobre todas las cosas.

  — No digas eso, Marcus — ri?ó Aloy a su esposo. —. Si un joven se ha ganado el amor de nuestra hija, lo más correcto es que nosotros…

  — No hay tal joven — interrumpió con un dejo de brusquedad Atenea, llevándose una mano al rostro en gesto importunado. —. No lo hay. No lo ha habido. ?Cuántas veces hemos hablado de esto? Creía que este asunto ya estaba saldado.

  — ?Por qué la inmensa mayoría de los hombres demuestra una desesperación tan evidente al tratar de conquistar a una mujer? — inquirió Ross, como si él nunca hubiese hecho aquello más de una vez. Pero nadie se dignó a prestarle atención.

  Según contaba Ross, en alguna ocasión, un muchacho al que describió como un chiflado de ojos tímidos y nerviosos, con una confianza más bien frágil y ba?ado en un charco de su propio sudor, soltó un chillido, entró en pánico y salió corriendo fuera de la taberna cuando Atenea se acercaba para atenderle. A Ross le gustaba relatar aquella anécdota, quizás era su forma de no apenarse tanto por los cortos dotes de seducción que también poseía.

  — Cari?o — siguió Aloy, esperanzada. —, tienes veintiún a?os. Yo a tu edad te cargaba en mis brazos y te mecía para que te durmieras en ellos. Aún tienes por delante la mejor parte de tu juventud. Seguramente si no abres tu corazón ahora, puede que te arrepientas en un futuro.

  Atenea logró zafarse de la tersa sujeción de su madre con un gesto de desgana. Solía darle aquel mismo sermón como mi mínimo dos veces por mes.

  — ?Podemos no tener esta plática? Hay asuntos más importantes en este momento.

  — Eres hermosa — Le acarició la suavidad de los rizos. —, joven y más capaz de lo que cualquier otra mujer. Todo hombre de rectitud y noble corazón haría lo que fuera por estar contigo. Incluso, Ross podría ser un buen partido para ti.

  El pelirrojo dejó de lado su comida por un segundo, se le quedó viendo con ojos ebrios de entusiasmo y levantó una ceja. Cuando le dedicó una sonrisa, un hilillo de saliva y aderezo púrpura chorreó hasta su barbilla. Y de inmediato, se encogió de la vergüenza, mientras apuraba una mano para taparse.

  — Tal vez cuando el Infierno se congele — bromeó Atenea, tratando de no sonar demasiado áspera.

  En esta ocasión fue Marcus quien liberó una carcajada al aire.

  — No vuelvas a decir algo como eso, Atenea — le reprochó Aloy, que desaprobaba aquellos desprecios sin motivo.

  — Pero si solo era una broma… Lo siento, Ross.

  — Esto es exactamente lo que has hecho siempre, cari?o. ?Cómo puedes pretender hallar a un buen hombre, si ni siquiera te das el suficiente tiempo para…?

  — Madre, lo sé — la interrumpió, haciendo acopio de paciencia y esforzándose para esbozarle una sonrisa dulce —. Puedo ver ese brillo en tus ojos cada ma?ana. El mismo que resplandece de felicidad cuando nos ves a mi padre o a mí — Entrelazó con fuerza sus manos con las de ella. Se había habituado a hacer aquello cuando juraba. —. Sé que eres feliz con lo que tienes y que cómo madre quieres lo mismo para mí. Pero, yo no soy como tú. Sientes que has logrado todo lo que pudiste haberte propuesto para una vida plena y próspera, y puedo comprenderlo. Aun así, tienes que saber que para mí la vida es mucho más que solo venir al mundo para concebir hijos y tener un buen esposo. Te amo y te admiro, pero hay tantas cosas que debo hacer antes de detenerme a pensar en otra familia que no seáis vosotros… Te prometo que llegará el día en que eso suceda, pero no será hoy, y no será ma?ana. ?Puedes entenderlo?

  Aloy enmudeció de sorpresa y del más cándido sentimentalismo. Oprimió un gimoteo risue?o con una mordida de labios, y se abalanzó sobre su hija, sin mostrar intención alguna de apartarse de ella durante un rato.

  — Atenea, está bien — lloriqueó con brevedad. —. Lo entiendo.

  Marcus empujó la silla hacia atrás, y se levantó, pasando del tema una vez más. Hizo un gesto apurado a Ross, y salieron juntos a la trastienda con un tanto de prisa.

  ? ?Y esto habrá sido suficiente? ?Finalmente he logrado persuadirla? ? Tenía dudas al respecto.

  Atenea suspiró de cansancio, aunque también con cierto aire de satisfacción. Era de las pocas ocasiones en las que el asunto no se zanjaba con una discusión acalorada. Se había visto en la necesidad de tenerle excesiva paciencia, puesto que su madre llevaba tantos a?os convencida de sus propias ideas que difícilmente iba a cambiar de parecer.

  Solo el tiempo forzó a Aloy a liberarla de la calidez de sus brazos.

  — ?Qué es lo más importante para ti ahora, mi ni?a? — quiso saber — ?Qué es lo que realmente te hace feliz?

  A menudo se adentraba en una profunda reflexión. Sus padres se habían roto la espalda trabajando durante la mayor parte de sus días para que Atenea no echara en falta la esperanza de una vida plena. Y a pesar de comprender que nunca había sido considerada una carga, le fastidiaba haberse sentido como tal en más de una oportunidad. Por esta razón, fantaseaba con la idea de obsequiarles la mitad del premio del torneo como agradecimiento por tanta saciedad y cuidados. Pretendía que tuvieran un respiro de sus ajetreadas vidas, pero no iba a confesarlo hasta tener el oro entre sus manos.

  — ?Ahora mismo? — Entrelazó de nuevo sus dedos con los de su madre. — Muchísimas cosas. Nuestra familia, en primer lugar. Pero creo que no hay nada en este mundo que me entusiasme más y me colme de emoción que empu?ar una espada y vencer a todos los demás — Rio. —. En particular, vencer a todos los demás. — Quizás era el fulgor de las lámparas de aceite reflejadas en ella, pero en los ojos de Aloy se agitaba un brillo deslumbrante. Su madre simplemente asintió. — ?Por qué aún te resulta tan difícil de comprender, pese a todos estos a?os de discusiones? — siguió con dulzura momentánea.

  Aloy no se apresuró en contestar.

  — No lo sé, no lo sé — logró decir al final. —. Sé que no he hecho lo correcto. Debí apoyarte con todo esto de los torneos desde un principio. Ahora me duele habértelo prohibido durante a?os. No trataré de escudarme de mis errores, aunque sea duro para mí verte exponiéndote a tantos peligros de esa manera.

  — Es imposible que existan tantos peligros como tú crees.

  — Al menos sé que ya no — Suspiró poco antes de reír. — Ya no los habrá — Le palpó la mejilla con un tacto tan suave como la seda y le alentó a que mirara hacia la mesa. —. No tantos como antes.

  Parecía haber llegado allí como por arte de magia. En el espacio que se había creado entre los platos de comida, los cubiertos y las bebidas, se tumbaba una pechera y avambrazos de cuero anillado de reciente y excelsa elaboración. Atenea levantó la vista, boquiabierta, y vio a Ross con una espada bastarda descansando, todavía en la vaina, sobre sus palmas elevadas y a su padre con una rodela de metal pulido con la grafía enorme de una uve invertida y azul en todo su centro; ?Λ?, símbolo de la antigua diosa de ultramar que llevaba por nombre.

  — ?Y bien? — indagó Marcus, inclinándose hacia la mesa. — ?Crees que será suficiente para protegerte, hija mía?

  Escudri?ó la faz de su padre, aún tratando de asimilar la situación. Esta vez no hubo ninguna sonrisa de su parte, cosa muy extra?a en él, sino un par de ojos negros ansiosos. Y en un instante, lo comprendió todo.

  — ?Es en serio?

  De alguna forma, estaba pasando. Así que dejó escapar un resuello de incredulidad, al que siguió una sonrisa de oreja a oreja. Y aunque al principio se fue alzando lentamente de su asiento, tan veloz como un rayo saltó sobre la mesa para abalanzarse con todas sus fuerzas sobre su padre. Marcus la atrapó en el aire, agradecido, aunque se tambaleó, resintiéndose por la carga, y por poco no cayó hacia atrás. Atenea ya no era tan peque?a, y, sin embargo, se aferró a él, rodeándolo en un fuertísimo abrazo, que le impedía moverse. Se dejó ver de pronto tan desbordante de alegría como una ?ni?a?, cuyo peso y fuerza ya le estaban pasando factura a la quejumbrosa espalda de su padre.

  — Esto debió haberte costado un ojo de la cara. — insinuó Atenea cuando sus pies tocaron el suelo y desistió de su asalto.

  — Un ojo de la cara y parte del otro — confesó, un tanto vanidoso. —. No fue nada barato, pero tú lo vales. Sabía que ese desgastado y blando escudo de madera se quebraría más temprano que tarde, así que mandé a hacer todo esto días atrás.

  Acarició con la yema de los dedos el tacto suave y frío del escudo, se volvió una vez más hacia la armadura sobre la mesa y también advirtió como Ross desnudaba la hoja de acero para ella. Era un trabajo sencillo, pero de calidad. Y de repente, la alegría se disipó de un golpe, azotada con violencia por el remordimiento. Atenea era el propósito de un despilfarro más.

  — No, no. Esto es demasiado — Negó con la cabeza. —. Se suponía que yo debía ganar el oro y entonces…

  — Atenea — Su madre se acercó y la cogió del brazo. —, si quieres participar en ese torneo deberás tener la mejor protección posible. Esto no está abierto a discusión.

  — ?Cómo piensas humillar a esos engreídos caballeros con la mera protección de una tela de lana? — curioseó Marcus, envolviendo a su esposa e hija con sus brazos. — Llegarás muy lejos, hija mía. Hasta un ciego podría ver tu potencial. Todos sabrán quién eres, y sucederá más pronto de lo que imaginas.

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