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EL ECO DE LOS JURAMENTOS

  El eco del cráneo del sexto consejero quebrándose bajo el hierro de Kael pareció quedar suspendido en el aire viciado de la Gran Sala mucho después de que sus pasos se perdieran por los pasillos. El silencio que siguió no fue de paz, sino de puro terror. Los líderes de la Unión se quedaron mirando el cuerpo inerte y el charco espeso que se filtraba por las juntas del mármol. Kael tenía razón: aquello que acechaba en la niebla no venía a negociar, y ellos solo eran sombras envejecidas esperando el hachazo final.

  La noticia del incidente se filtró por las grietas de la ciudadela como el veneno. Para cuando la capital emergió de su habitual penumbra gris a la ma?ana siguiente, el rumor ya corría por los callejones: la corrupción había alcanzado el corazón del Consejo y Kael, el verdugo de la Unión, había tenido que arrancar la infección de raíz. Para los ciudadanos que sobrevivían bajo la lluvia de ceniza, aquello era la prueba final: si los propios Consejeros estaban cayendo ante la brea, nadie en Morvhal estaba a salvo.

  Fue en medio de ese clima de paranoia que el Consejo tomó su decisión. No podían castigar a Kael por el asesinato; lo necesitaban demasiado. Pero tampoco podían permitir que su presencia les recordara, cada vez que cruzaban el pasillo, lo cerca que estaba el abismo de sus propios cuellos.

  Kael abandonó la ciudadela atravesando los pasillos de mármol donde los guardias de gala se pegaban a las paredes al verlo pasar, conteniendo el aliento como si el aire que exhalaba estuviera infectado. Al salir a las calles, la realidad le golpeó con el olor a ceniza húmeda. La gente se amontonaba en las esquinas y, al verlo, el murmullo de la multitud se cortaba en seco. Algunos hacían se?ales de protección con las manos; otros simplemente se daban la vuelta. Para ellos, Kael era el recordatorio viviente de que la muerte ya estaba dentro de los muros.

  Caminó hasta los niveles más bajos de la ciudad, donde la piedra es más fría, hasta llegar a su puerta. Solo cuando el pesado cerrojo de hierro encajó en su sitio, se permitió soltar el aire que parecía llevar horas reteniendo.

  Esa noche, en la peque?a y austera vivienda de piedra que Kael compartía con el silencio, la marca de su pecho le dio el primer aviso serio. Se quitó la túnica empapada de sudor y se miró en un fragmento de espejo roto. La cicatriz tenía un relieve violento, palpitando con una luz carmesí tan tenue que parecía un fantasma bajo la piel.

  —Otra vez —susurró.

  Cerró los ojos y la habitación desapareció. Volvió a la humedad gélida de aquella catacumba, al momento exacto en que su vida dejó de pertenecerle. Recordó el eco de dos pares de botas sobre la piedra, una sincronía perfecta que se rompió cuando el aire mismo pareció espesarse. No recordaba rostros, solo la sensación de estar allí por una necesidad que superaba su voluntad. No hubo advertencia. En el centro de aquella negrura, algo despertó.

  Sintió de nuevo el impacto: un proyectil de brea líquida que surgió del vacío, golpeando su pecho con la fuerza de un mazo de guerra. Escuchó el crujido seco de su propio esternón astillándose. Recordó aquella mano familiar que se cerró sobre su hombro, un agarre que le quemaba la carne de puro esfuerzo para que no cayera. Fue un dolor doble: la sustancia hirviendo dentro de sus huesos y el peso de aquel apoyo desesperado que intentaba retenerlo en el mundo de los vivos.

  Pero lo que vino después dolió más que el hueso roto. El recuerdo se ti?ó del carmesí de una traición. La misma mano que lo sostuvo en el abismo fue la que, a?os más tarde, lo empujó al vacío con el brillo de una hoja de acero. La marca en su pecho no solo era brea; era el eco de un amor que se pudrió hasta volverse veneno.

  Rangar apoyó su pesada cabeza en la rodilla de Kael, sacándolo del trance con un gemido bajo y vibrante. El contacto físico, cálido y real, rompió el hielo de la catacumba. Kael hundió la mano en el pelaje espeso del cuello del animal. Rangar cerró los ojos, buscando la palma de su due?o. Al hacerlo, la luz vacilante de la vela iluminó el vacío donde debería estar la mitad de su mandíbula; una deformidad que para Kael era el mapa de una lealtad sin límites.

  —Tú también te acuerdas, ?verdad? —susurró Kael, con voz de náufrago.

  Se inclinó hasta que su frente descansó contra la del perro. Solo Rangar conocía el sonido de su respiración cuando el pánico de la marca amenazaba con asfixiarlo.

  —Ma?ana salimos, viejo amigo. Si el eco de ese lugar me ha encontrado aquí, estas piedras no serán suficientes para escondernos. Pero mientras estés conmigo, al menos el silencio no será tan profundo.

  Al amanecer, Kael fue convocado de nuevo a la sala principal. El ambiente olía a incienso barato usado para tapar el aroma a hierro de la noche anterior. Los Consejeros restantes lo miraban desde una distancia prudencial.

  —Oakhaven ha caído en silencio —dijo el Sumo Consejero, evitando mirar la mancha oscura que aún quedaba en el suelo—. No han llegado carretas de grano en tres días. Si la ruta no se reabre, Nivrael morirá de hambre. Irás allí, revisarás lo ocurrido y eliminarás cualquier rastro de corrupción. No regreses hasta que la ruta sea segura.

  Kael esbozó una mueca que no llegó a ser sonrisa. Sabía que lo enviaban porque tenían miedo de tener a su verdugo cerca.

  —Lo que quieren es que me pierda en la ceniza —sentenció Kael—. Pero iré. No por ustedes, sino porque el hambre no entiende de jerarquías.

  El alba no trajo luz, pero la Plaza de Armas bullía con una actividad calculada. A diferencia de otras veces, el Consejo no había ocultado la partida; al contrario, habían permitido que una peque?a multitud de ciudadanos hambrientos se agolpara tras el cordón de guardias. Necesitaban que la ciudad viera esperanza, o al menos la ilusión de ella.

  Bren terminaba de ajustar las cinchas de los caballos con movimientos secos, ignorando los murmullos de la gente. A su lado, dos figuras aguardaban bajo la sombra de un arco de piedra, fundiéndose con la oscuridad como herramientas que prefieren no ser vistas.

  —Kael, estos son los únicos que no escupieron al suelo cuando oyeron quién iba a liderar la marcha —dijo Bren, se?alando a los rastreadores con un gesto amargo.

  El primero en dar un paso al frente fue Haldor. Era un hombre esculpido en cuero viejo y raíces secas. Sus ojos se clavaban en cualquier lugar excepto en el rostro de Kael; era la precaución instintiva de quien evita mirar a un depredador que ya le ha ganado la posición. Había perdido a su estirpe en la gran hambruna tras el muro y su único lenguaje era el rastro sobre la ceniza.

  A su lado, Kira terminaba de encerar la cuerda de su arco. Era notablemente más joven, de facciones afiladas y mirada desconfiada. No vestía uniforme, sino capas de pieles superpuestas. Se mantenía tensa, con los hombros rígidos, como si el aire que rodeaba a Kael estuviera viciado de una forma que sus pulmones no querían procesar. Ambos mantenían la distancia que se le guarda a un pozo envenenado.

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  De pronto, un murmullo de asombro recorrió a la multitud. El pesado chirrido de unas ruedas de hierro anunció la llegada de un carruaje con el emblema de los Juramentados. La gente estiró el cuello, algunos incluso soltaron vítores ahogados. De él descendió un joven cuya armadura brillaba con un patetismo insultante en medio de la mugre ambiental.

  —?Y este quién es? —preguntó Kael, cuya voz cortó el entusiasmo de la plaza como un cuchillo.

  —Es Jarek —respondió Bren en un susurro—. El hijo del comandante Valerius. El Consejo lo impuso al amanecer. Dicen que es "el legado de la Unión". Su padre fue el juramentado que mantuvo la línea en el asedio de Vadrenn. Enviar al hijo del héroe más grande frente a toda esta gente es la única forma que tiene el Consejo de que crean que esto es una misión de honor y no una limpieza de sangre. él es el rostro de la expedición para el pueblo; tú solo eres el acero que los protege de la verdad.

  Jarek se acercó, cuadrando los hombros mientras saludaba con la mano a un grupo de ciudadanos, intentando que su voz no flaqueara al llegar ante Kael. Llevaba una espada larga con un pomo en forma de ala de fénix.

  —Se?or Kael —dijo Jarek—. Es un honor servir en esta expedición. Mi padre siempre decía que la unión es nuestra única muralla y…

  —Si quieres honrar a tu padre, aprende a caminar sin que tu armadura grite —cortó Kael, sin darle tiempo a terminar la frase—. El acero de tu familia no detendrá a lo que hay ahí fuera si decides que tu orgullo es lo único que tienes para ofrecer.

  Kael dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal. El olor a jabón caro de Jarek le revolvía el estómago; era el aroma de los que no conocen el sudor del miedo. Golpeó con un dedo el peto impecable del joven; el metal limpio resonó como una campana fuera de tono en medio del silencio de la plaza.

  —Brillas demasiado, muchacho. En el mundo real, el brillo solo sirve para que las sombras sepan a quién matar primero. Tu padre murió por una línea en un mapa, pero tú vas a morir porque crees que esa capa limpia te hace especial.

  —Mi padre fue un héroe... —empezó Jarek, con el rostro encendido por la humillación.

  —Tu padre no está aquí —sentenció Kael, dándole la espalda—. Eres un adorno que el Consejo me ha colgado al cuello para que la gente no me escupa al salir. Asegúrate de no estorbar, o te juro que Rangar no será el único en esta plaza que pierda un pedazo de cara.

  Rangar soltó un gru?ido bajo, como si estuviera subrayando la amenaza. Sin esperar respuesta, Kael montó en su caballo negro, un animal de ojos turbios que parecía tan cansado de la existencia como su due?o.

  El viaje hacia el sur fue un descenso a un purgatorio de polvo. A medida que se alejaban de las torres de Nivrael, la capital que se alzaba como un coloso en el centro de la región, la ceniza dejaba de ser una molestia para convertirse en una mortaja. Aunque seguían bajo la protección de los muros de Vadrenn —aquella barrera legendaria que rodeaba la provincia entera—, el paisaje se volvía cada vez más hostil. Las casas que bordeaban el camino ya no eran edificios, sino chozas de barro y cemento resquebrajado, amontonadas como tumbas olvidadas. Aquellos asentamientos, que apenas lograban alimentar al bastión central, parecían ahora lápidas hundiéndose en el gris.

  El grupo avanzaba en un silencio tenso, roto solo por el choque metálico de la armadura de Jarek, que resonaba en la llanura muerta como un cencerro llamando a la desgracia.

  Al caer la noche, se refugiaron en el esqueleto de una antigua posta de caballos, una estructura de cemento poroso que amenazaba con desmoronarse. Bren encendió un fuego peque?o, protegiendo las llamas con piedras para no atraer ojos indeseados de lo profundo de Morvhal. Jarek estaba sentado sobre un bloque de piedra, frotando obsesivamente un trapo contra su peto. Una mancha oscura, densa y aceitosa, se negaba a desaparecer.

  —No se quita —masculló Jarek—. Mi padre decía que la brea era solo suciedad del abismo, que el acero bendito de la Unión podía repelerla.

  Kael, que estaba sentado en las sombras mientras le quitaba los restos de ceniza de las almohadillas a Rangar, soltó una carcajada seca.

  —Tu padre te mintió para que no te orinaras en los pantalones, muchacho —dijo Kael sin levantar la vista—. La brea no es suciedad. Es memoria.

  Haldor y Kira se tensaron al oír la palabra. Jarek dejó el trapo, mirando a Kael con una mezcla de miedo y desafío. El silencio que siguió fue denso, cargado del siseo de las brasas que Bren alimentaba con parsimonia.

  —?Memoria de qué? —preguntó Jarek, con la voz apenas un hilo—. Las crónicas de Lythara dicen que es el residuo de la batalla entre los dioses, ceniza de lo que se quemó hace eones cuando la luz venció a la sombra.

  Kael se detuvo. Sus manos, firmes sobre el lomo de Rangar, dejaron de moverse. El perro levantó la cabeza, soltando un gemido sordo que pareció vibrar en los huesos de todos los presentes.

  —Las crónicas las escriben los que nunca han salido de los palacios de Nivrael —replicó Kael, volviéndose hacia el fuego. Sus ojos negros, desprovistos de cualquier brillo, parecían absorber la poca luz que daban las brasas—. La brea no es ceniza muerta, muchacho. Es lo que quedó de él. Del Dios Caído que tus antepasados no pudieron matar, solo enterrar bajo el suelo que pisas.

  Kael apretó los pu?os bajo su túnica negra. Sintió un pinchazo familiar en el pecho, un calor sordo que amenazaba con expandirse, pero mantuvo el tejido cerrado con fuerza. No era el momento de mostrar la marca; no ante un chico que aún creía en cuentos de caballeros.

  —Cuando los dioses se despedazaron en Lythara, la esencia de aquel que fue derrotado era tan densa y cargada de odio que la tierra se negó a tragarla por completo. Lo sellaron en lo más profundo, pero su sangre se filtró hacia arriba como veneno en un pozo. Esa "brea" es su voluntad buscando un cuerpo, buscando una forma de volver a casa. No es suciedad, Jarek. Es el rastro de un hambre que lleva milenios esperando.

  Kael hizo una pausa, dejando que el sonido del fuego llenara el vacío de la habitación. Miró fijamente la mancha oscura en el guante de Jarek, esa que el trapo no había podido borrar.

  —?Alguna vez te has preguntado por qué nadie regresa de las cuevas profundas de Valyrr? —continuó Kael, bajando la voz hasta convertirla en un susurro áspero—. El Consejo dice que son derrumbes, o falta de aire. Mentiras. Allí abajo la brea es pura, es un océano que respira.

  Jarek lo miró fijamente, con el trapo olvidado entre los dedos, apretado con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.

  —La brea no solo consume, muchacho. Reescribe. Lo que entra en ese lodo negro deja de ser carne y hueso para convertirse en algo que la naturaleza nunca planeó. Esas cosas que acechan en la oscuridad de Valyrr... no nacieron en nidos. Fueron hombres que, como tú, creyeron que su acero era suficiente para mantenerse limpios. La brea les dio una forma nueva. Una forma que solo conoce una orden: recuperar lo que les fue quitado.

  Jarek retrocedió un paso, mirando las sombras de la posta como si pudieran cobrar vida y devorarlo.

  —?Estás diciendo que... que crea monstruos? —balbuceó el joven.

  Kael volvió a sentarse junto a Rangar, dándole la espalda al fuego.

  —Digo que crea soldados que no necesitan dormir, ni comer, ni recordar quiénes fueron. Solo necesitan un eco que los guíe hacia la superficie.

  —Las leyendas son solo verdades que la gente prefiere olvidar para poder dormir de noche —intervino Bren, rompiendo una rama seca con un crujido que sonó como un disparo en la peque?a posta—. El Consejo sabe que la brea está subiendo. Lo saben porque los sellos se están agrietando. Por eso te enviaron con nosotros.

  Jarek miró a Bren, confundido. —?Para qué? Soy un oficial de la Unión. Tengo un deber que cumplir.

  —Eres el cebo, muchacho —sentenció Kael, volviendo a la penumbra de su rincón—. Eres el hijo de un héroe, el "legado" de la Unión. Si algo sale mal, tu muerte servirá para que el Consejo justifique una guerra que no pueden ganar. Y si algo sale bien, ellos se llevarán la gloria y tú volverás a Nivrael con el peto limpio.

  Kael se recostó contra la pared fría de cemento, cerrando los ojos. Rangar se acurrucó a su lado, ocupando el espacio entre él y el resto del grupo, como un guardián entre dos mundos.

  —Ma?ana llegaremos a Oakhaven —dijo Kael en un susurro que cortó el aire—. Si la brea ha llegado allí, prepárate. El acero de tu padre no sirve de nada contra algo que recuerda cómo fuiste creado.

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