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Sangre sin sabor

  Nivrael, erigida en el corazón de Vadrenn, era el último resuello de un mundo que se negaba a morir. La región, la más vasta de las cinco, se alzaba como un titán blindado por cordilleras que ara?aban el cielo y muros que desafiaban la razón. Aunque dentro de la capital la ceniza descendía como una maldición constante, la ciudad representaba el único vestigio de orden. Más allá, en las tierras abiertas de Morvhal, la existencia era una salvajada; un páramo donde la ley se había disuelto bajo el peso del polvo. Los guardias apostados en los portones no vigilaban a quienes entraban; mantenían la vista fija en el horizonte con un terror visceral, conscientes de que aquel muro era la única frontera entre su frágil sociedad y la aniquilación absoluta que aguardaba en la bruma.

  Esa nieve gris no siempre había estado allí. Había comenzado a descender tras la última batalla de los dioses, un residuo ponzo?oso que servía como legado de una guerra que lo había roto todo. Desde entonces, la enfermedad era el estado natural del hombre.

  Kael avanzaba por la arteria principal con una soberbia gélida. A su alrededor, la multitud era un mosaico de miedo y tela. Todos vestían túnicas que los cubrían por completo, una defensa desesperada contra el aire que les carcomía la vida. Los adinerados desfilaban con prendas impregnadas en hilos de oro, pretendiendo que el metal precioso filtrara el destino, mientras los desposeídos se envolvían en trapos sucios que apenas contenían la tos. Todos buscaban en la trama de sus ropas un escudo contra un cielo que solo sabía asfixiar.

  Kael, con su metro setenta y su cabello blanco cortado al ras, cortaba el viento sin protección alguna. Su rostro estaba descubierto, desafiando el veneno que marchitaba a los demás. Las cicatrices que asomaban bajo su ropa eran testigos de un pasado tan lacerante que el presente ya no lograba herirlo. Al pasar junto a la fuente seca, ignoró la estatua del Guardián de las Puertas. Ya nadie rezaba allí; La fe se había podrido hasta convertirse en desprecio. Un hombre usaba la mano de granito del dios para golpear carne rancia, tratando de ablandarla. Los dioses eran ahora estorbos de piedra. Kael los observaba con sus ojos negros y el hombre del altar bajó la vista, intimidado por una mirada que cortaba más que el frío.

  él no tosía. él no tenía miedo. Caminaba a través de la plaga como el due?o legítimo de las sombras.

  A su lado, con un andar pesado que hacía crujir la ceniza acumulada, caminaba Rangar. El animal era una mole de músculos compactos, de pelaje blanco manchado por parches marrones que parecían mapas de tierras olvidadas. A Rangar le faltaba la mitad de la mandíbula inferior, una herida de guerra que dejaba parte de su dentadura expuesta en una mueca de ferocidad permanente. Sin embargo, sus ojos amarillos eran el único lugar donde Kael aún depositaba su humanidad. Eran mejores amigos; el perro lo acompa?aba a todos lados, siendo el único ser capaz de soportar el frío que emanaba del hombre de cabello blanco.

  Antes de subir hacia la zona alta, Kael se detuvo en un puesto de suministros del mercado bajo. Allí, recostado contra una columna de piedra negra, lo esperaba Bren. Era un guerrero de mil batallas, rudo y con una armadura que acumulaba más muescas que a?os de vida. Tenía la mirada cansada de quien ha visto el abismo tantas veces que ya no le teme a la oscuridad. Eran los únicos que se hablaban de igual a igual en todo Vadrenn.

  —Llegas tarde, y tu sombra tiene más hambre que ayer —gru?ó Bren, lanzándole un trozo de carne seca a Rangar. El perro lo atrapó en el aire con precisión letal.

  —La ceniza está más densa hoy —respondió Kael, su voz plana—. Los guardias del muro no quitan la vista del horizonte. Algo los tiene inquietos.

  Bren se sacudió el polvo gris de su capa desgastada. él tampoco usaba las túnicas ba?adas en oro de los cerdos del Consejo; su piel era su único filtro.

  —Dicen que algo se mueve en las fronteras —dijo Bren en un susurro—. Los patrulleros juran que el viento trae gritos que no son humanos, ecos de una guerra que debería haber terminado hace eones. El Consejo está aterrado, Kael. Quieren que veamos qué hay tras el muro antes de que el miedo les detenga el corazón.

  Kael acarició la cabeza de Rangar, sintiendo la rugosidad en la mandíbula del animal. A lo lejos, las campanas de la ciudad central empezaron a doblar.

  —Antes de ir con esos cobardes, vamos a la zona de la brecha, fuera del muro —ordenó Kael—. No pienso entrar a esa sala sin saber a qué nos enfrentamos realmente.

  Fuera del Muro: El Encuentro en la Niebla

  Cruzaron la Puerta de Hierro hacia la vastedad de Vadrenn. La visibilidad era casi nula, una sopa de partículas grises que devoraba la luz. Rangar se detuvo en seco, erizando el lomo. Un gru?ido vibró en su garganta y sus ojos amarillos se clavaron en una masa que emergía de la bruma. Kael se agachó. Frente a él yacía una túnica de seda dorada, destrozada y cubierta de una sustancia negra que parecía quemar el tejido.

  —Uno de los suyos salió —murmuró Bren, desenvainando su acero—. O algo entró y se lo llevó.

  A unos metros, medio sepultado, encontraron a un hombre. Era de la guardia personal del Consejo. Tenía el cuerpo retorcido y sus venas eran hilos negros que palpitaban bajo la piel como parásitos. Kael lo tomó por la armadura y lo levantó sin compasión. El guardia abrió los ojos, velados por un gris mortuorio, y aferró el brazo de Kael dejando una mancha de brea.

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  —...Umbra... —susurró, antes de que la vida se le escapara por los poros.

  Bren escupió al suelo. —Una palabra vieja para un miedo viejo. Si las sombras hablan de nuevo, toda Vadrenn está condenada.

  Kael se puso en pie, limpiándose la manga con indiferencia. En su interior, el nombre resonó con una vibración extra?a. Miró hacia la bruma, sintiendo una punzada sorda bajo su ropa, un peso que no pertenecía a sus cicatrices visibles, sino a algo mucho más antiguo que prefería mantener enterrado.

  —Vámonos —sentenció—. Temen que lo que fue olvidado haya encontrado la forma de pedir cuentas.

  Caminaron de regreso y subieron a la zona alta de Nivrael. Al llegar a las puertas de la Gran Sala, Kael las empujó con el hombro, interrumpiendo el murmullo de los líderes. El estruendo de los batientes de bronce contra la piedra hizo que los consejeros saltaran en sus asientos. El aire perfumado de la sala fue invadido por el olor a ceniza rancia y ozono que desprendía Kael.

  Entró con paso firme, seguido por Bren y el trote rítmico de Rangar. La mandíbula incompleta del perro goteaba una saliva espesa sobre el mármol impecable, una mancha de realidad brutal en medio de tanta opulencia.

  —Espero que su vino sea mejor que su seguridad —soltó Kael—. Porque afuera, sus hombres están muriendo.

  El Sumo Consejero se removió en su asiento, ajustándose el filtro de seda. A su lado, los otros cuatro miembros del Consejo permanecían rígidos. Eran los cinco viejos poderosos de Nivrael. Faltaba una silla. La del sexto.

  —Llegas en un momento de incertidumbre —dijo el Sumo Consejero—. El sexto consejero no regresó de su inspección. Los centinelas informan de sombras, pero nada concreto. Dinos si la frontera es segura para nuestras caravanas.

  —?Caravanas? —intervino Bren con una carcajada seca—. Sus caravanas son ahora astillas y carne negra. No hay nada que comerciar allí fuera.

  Kael dio un paso al frente, obligando a los hombres a retroceder.

  —Encontré el rastro de su sexto hombre. Había una túnica de seda tirada en la mugre de la frontera, destrozada por algo que no tiene garras. Y a su lado, un guardia con los pulmones convertidos en brea.

  El Sumo Consejero palideció. La idea de un consejero fuera de los muros no encajaba con su cobardía. Había un secreto oculto en esa "inspección".

  —?Qué hacía él tan cerca de la brecha? —preguntó Kael, entornando sus ojos negros—. Un hombre que teme a la ceniza no se acerca al borde a menos que busque algo. O a alguien.

  —Era una inspección de rutina... los sellos de la Unión... —balbuceó uno de los líderes.

  Kael lo cortó con un gesto seco. —Su guardia murió con una palabra en la boca: Umbral.

  El nombre golpeó la sala como un mazo. El Sumo Consejero se puso de pie, con las manos temblando sobre la mesa.

  —?Imposible! La Orden del Umbral desapareció hace cinco a?os. Toda Vadrenn se unió, sacrificamos sangre para borrarlos de la existencia. No quedó ni uno solo.

  —Entonces explíquenme —replicó Kael— por qué su sexto consejero ha dejado su ropa en manos de un fantasma.

  De repente, el aire se volvió pesado, como si el oxígeno fuera reemplazado por plomo. Un frío antinatural recorrió las columnas, cristalizando la ceniza en las paredes. Rangar lanzó un gru?ido profundo, con los ojos fijos en el gran vitral del techo, donde las imágenes de los antiguos dioses de Lythara parecían observar con juicio.

  —Kael... —advirtió Bren, aferrando el pomo de su espadón.

  Un estruendo seco resonó en la cúpula. Un impacto sordo, como el de un fardo de carne húmeda cayendo desde el cielo. El vitral se ti?ó de un negro absoluto, una mancha que se extendió como tinta devorando la luz. El techo cedió.

  Un cuerpo cayó pesadamente sobre la mesa circular. Era el sexto consejero. O lo que quedaba de él.

  No llevaba ropa de gala. Estaba envuelto en un sudario de brea negra que supuraba de sus propios poros. Su piel tenía el color de la carne quemada y sus ojos habían sido cosidos con hilo de hierro oxidado. En su frente, marcada a fuego, brillaba una runa que Kael reconoció al instante. Los líderes gritaron, volcando sillas en su huida. El cadáver no se movió, pero de su garganta brotó una voz múltiple y distorsionada:

  —El muro es solo un aplazamiento... La sangre de la Unión ya no tiene sabor...

  Kael se mantuvo firme, con una mano sobre Rangar. Sentía que la marca bajo su ropa empezaba a pulsar en respuesta a esa oscuridad.

  —Bren, saca a estos cobardes de aquí. Ahora.

  —?Y tú? —preguntó Bren, viendo cómo la brea empezaba a pudrir el mantel de seda.

  —Yo voy a ver si este mensaje tiene respuesta.

  Una exhalación de brea gaseosa brotó del difunto, transformándose en una presión de aire negra. El aire se saturó con miles de susurros que conocían cada traición de los clanes y cada pecado del Consejo. Bren se cubrió los oídos, tambaleándose bajo el peso de las verdades que la niebla le gritaba.

  Kael, sin embargo, simplemente cerró los ojos.

  Permitió que los susurros reptaran por su cuello, pero en su interior no encontraron nada más que un páramo de hielo. Sin abrir los ojos, avanzó guiándose por el sonido de las garras de Rangar sobre el mármol. El perro se movía entre la bruma como un fantasma, marcando el camino hacia la corrupción. Al llegar a la mesa, Kael aferró un pesado candelabro de hierro y, con un movimiento brutal, lo descargó contra el cráneo del sexto consejero.

  ?CRACK!

  El sonido silenció la "radio" del Umbral. La niebla se disipó, dejando el olor a carne rancia. Kael abrió los ojos y observó el cuerpo inerte. Rangar soltó un soplido ronco.

  —Demasiado ruido para tan poca sustancia —sentenció Kael, dejando caer el hierro ensangrentado. Se giró hacia los líderes—. Ya tienen su respuesta. El Umbral no viene a negociar. Viene a reclamar lo que ustedes no supieron proteger.

  Kael caminó hacia ellos, ignorando los sollozos del Sumo Consejero.

  —Pensaron que el muro de Vadrenn era eterno. Pero un muro solo es tan fuerte como los hombres que lo defienden. Y ustedes solo son sombras vestidas de oro. Han malgastado el sacrificio de los clanes para vivir en un palacio de cristal mientras Morvhal se asfixia. El Umbral sabe que su voluntad se ha podrido, y ahora vienen a cobrar la deuda que no quisieron pagar.

  Rangar dejó escapar un último gru?ido hacia el trono vacío.

  —Vámonos, Bren —ordenó Kael, dándoles la espalda—. Ya no hay nada que escuchar en este cementerio de seda.

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