Los pasos de Acind Issacs sonaron en el adoquinado como el ta?ido de una campana de catedral, como si sus pies fueran los del mismo Atlas. Graduales, poderosos, hondos. Pero Acind no medía más de veinte centímetros.
Su cuerpo era diminuto comparado con los altos edificios y los colosales muros que lo rodeaban. Peque?o como una hormiga frente a un acantilado. Qué raro. Hacía tiempo habría temblado ante su presencia. Ahora los veía como un decorado más de la naturaleza, como una monta?a común antes del Estallido. ?Tanto había cambiado? Parecía lejano. Mucho, mucho atrás.
Acind apretó los dedos y formó un pu?o. La Canción sonó en sus venas. La sintió retorcerse, casi sin control. Miró los altos edificios y suspiró levemente. Si quisiera, podría derribarlos con solo mover el índice. Tenía el poder. ?Cuándo se habían convertido sus sue?os de ni?o en realidad? Por mucho que ya hubieran pasado a?os, seguía sin acostumbrarse a este ?nuevo? mundo y a lo que podía hacer.
Acind continuó avanzando por el camino musgoso y agrietado que marcaban los adoquines. Esquivó una fila de calaveras húmedas y se detuvo a oler el viento. No había más luz que el resplandor de una fogata lejana. Aunque su olfato le decía todo lo que tenía que saber. Agua de lluvia, troncos podridos, hormigón desvencijado, y los Endriagos.
Lejanos, sí, pero presentes. Aquello también estaba fuera de la normalidad, igual que muchas otras cosas.
Los Endriagos quizá eran la cosa más anormal de este nuevo mundo. A diferencia de los gritos nocturnos, la verde penumbra, el día frío, su alma chirriante… ellos no admitían palabras.
Reconoció uno solo. La enorme sobrecarga de partículas corrompidas manaba de modo ininterrumpido de una torre cercana. Se hallaba en un radio de 500 metros, lo que indicaba que su fuerza era descomunal.
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—Maestro, creo que está solo.
Acind se sobresaltó, luego asintió, con el rostro ensombrecido. Volteó a mirar a su compa?era. Habría preferido que se quedara en la Base Cero, pero Hycanothia tenía la particularidad de ser bastante testaruda. La esbelta mujer era mayor que él, pero creía en verdad que era su maestro y nada en el mundo la convencería de lo contrario. Quizá debía ser más enérgico con ella, se recordó.
—?Vale la pena? —volvió a preguntar Hycanothia por enésima vez.
—Diez mil fragmentos no se encuentran debajo de las piedras.
—Podríamos recolectarlos si asesinamos a todos los Endriagos de las otras zonas.
—No. Debe ser este.
—?Por qué? —Hycanothia miró sin expresión la torre.
—Porque este Nigromante de los Invertebrados tiene un Elemento Especial.
Acind se agachó y con el dedo índice tomó una muestra de los adoquines.
—Humedad —dijo su compa?era.
—Dorada —agregó Acind.
—?No es demasiado para nosotros dos?
Acind se quitó la capucha. Empezaban a caer gotas heladas. ?Sería también culpa del Endriago? Su larga capa roja hondeó. Al quedar al descubierto, sus cabellos Poseídos se removieron como si tuvieran vida propia, y revelaron en el extremo superior de su frente los glifos de los Predestinados. Sin responder aquella pregunta incómoda, reanudó la marcha. Sí, a él también le preocupaba. Había sentido curiosidad la primera vez que escuchó del tema, pero ahora estaba más que interesado. Quería el Optinium.
Caminaron unos minutos hasta la entrada de la torre 16. Los adoquines se cubrieron de una capa dorada como el oro cada vez más espesa. La puerta de cristal azulado parecía la boca de un inmenso portal y la luz que salía de ella semejaba la llama del infierno.
Ambos se acercaron sin prisa y con cuidado. El Conjunto Residencial ERGO, la Zona Negra a la que nadie se atrevía a acercarse, salvo los muy poderosos o los muy estúpidos, tenía la particularidad de ser altamente impredecible. Ningún Visionarius había podido interpretar los Caminos.
—Hay personas en la torre —dijo Hycanothia con la voz rasgada.
—?Crees que sean los del grupo de Magos o los del grupo de Caballeros?
Hycanothia suspiró.
—Más importante. ?Qué haremos?
—Nada —apostilló Acind, con tono frío.
—Deben ser Medios, quizá sobrevivan.
Acind torció los labios.

