Un estruendo en la lejanía hace vibrar las paredes de mi habitación, despertándome. Intento cerrar mis ojos nuevamente, pero a sabiendas de que después del ruido de la primera sirena casi siempre le sigue otra, a rega?adientes me siento al borde de mi cama. Con la mirada perdida y los ojos entrecerrados, estiro mis extremidades y despejo mi mente luego de lavarme el rostro con agua fría.
El silencio sepulcral de mi caravana es interrumpido cuando enciendo mi vieja televisión en el canal de noticias. Mientras busco en mi alacena casi vacía, escucho un reportaje que me revuelca el corazón y hiela mi sangre.
?A la 1:30 a. m., un hombre de cincuenta y un a?os estaba en el portal de su casa junto a su hijo de dieciséis a?os cuando sujetos a bordo de una moto llegaron para asesinarlos?.
Mi cabeza divaga por unos instantes, pero recobro la compostura cuando el vapor que desprende mi peque?a olla toca mi rostro. Temo decir que conozco a los responsables de ese incidente y algo me dice que yo podría ser el próximo.
Al descansar sobre mi sofá, lleno mi estómago con un trozo de pan duro y mantequilla mientras el frío de mi cuerpo se desvanece cuando un líquido marrón cae por mi garganta.
Mi mirada vaga por cada rincón de mi hogar.
Fatigado por una carga invisible, suspiro rendido. Durante semanas mi cabeza me ha atormentado con un pensamiento, una acción que podría ponerle fin a mis problemas, para siempre, pero que, por cobardía o algo más, no he llevado a cabo.
Un escaso sentido de responsabilidad me despierta del trance. Poniéndome de pie, abandono mi caravana, dejando mi jarra de café a medio tomar. La brisa marina golpea mi rostro con suavidad mientras mi cabello se mueve al ritmo del viento.
Caminando entre antiguos juegos de feria, el suelo debajo de mis pies cruje con cada paso y las suelas de mis botas resbalan por el moho y la humedad acumulada en la madera. La vieja rueda de la fortuna sigue en pie, torcida, como si esperara el momento exacto para venirse abajo. Al exhalar mi aliento se congela en el aire.
◇◇◇
Mirando al cielo, los rayos del sol a duras penas traspasan las densas nubes grisáceas que se extienden por toda la ciudad. Sobre una barandilla miro a las gaviotas acicalándose a conciencia, solo siendo interrumpidas con cuando me ven pasar.
Cuando miro a las personas trajeadas caminando a mi lado, ellas sin devolverme la mirada, me pregunto si yo hubiera estado en su lugar si hubiese tomado mejores decisiones en mi vida. Aunque, a decir verdad, sus expresiones apáticas, casi muertas, no son tan distintas a la mía.
Esquivando a la multitud que avanza para alcanzar el último autobús, de repente siento un fuerte agarre sobre mi hombro izquierdo, queriendo lastimarme más que llamar mi atención.
— Hola, Ethan. Cuánto tiempo.
La muerte me susurra en el oído. Al voltear, un tipo rapado y cubierto por una chaqueta militar me intercepta, arrastrándome con él hacia un callejón oscuro.
Peste a basura rancia inunda el lugar, comprimido por grandes contenedores.
— ?Dónde está lo que nos debes? — Pregunta furioso, sus cejas casi tocándose.
— Tranquilo, Armando. — Levanto mis manos. — Todavía no lo tengo.
Dos sujetos detrás de él y tatuados hasta la médula me observan como si quisieran aplastar a una rata.
— Ya se te ha dado bastante tiempo. — Dice uno. — ?Somos tus payasos acaso?
El corazón me golpea el pecho, marcando cada segundo que no tengo. Llevo mi mano al bolsillo, disminuyendo el ritmo al ver como sus miradas se tensan.
— ?Qué es esto? — Armando acorta su distancia.
— Créeme que es todo lo que tengo ahora.
— El patrón lleva mucho tiempo esperándote, mierda.
— Dame más tiempo. Te prometo que ma?ana tendré una part…
Sus nudillos impactan contra mis dientes, empujándome contra el pavimento.
— Hijo de puta, escúchame. Ya te dimos demasiado tiempo, ?entiendes?
Su golpe hace que mis ojos bailen, apenas distinguiendo mi entorno. Armando se agacha para estar a mi altura, aun así, sigo debajo de él.
— última chance. Si para ma?ana no tienes nuestra plata, entonces te cortaré las manos, ?escuchaste?
— Sí… — Asiento, sin mirarlo.
No me puse de pie hasta que se fueron. El concreto lodoso manchó mi camisa beige. Esta semana iba a comer con esos veinte dólares que ya no tenía.
Maldito maricón. — Aprieto la mandíbula.
Pensar que antes era mi amigo…
Sigo caminando a la fábrica, con las encías llenas de sangre y el labio abierto.
◇◇◇
El galpón vibra por la fuerza de la maquinaria y la atmósfera sofocante del lugar hace que mi nuca sude. Sentado sobre un taburete, el capataz mira su teléfono al mismo tiempo que supervisa al personal.
— Buenos días. — Digo, ventilando mi pecho con la camisa. — ?Tiene trabajo?
— Allá. — Se?ala sin mirarme. — Descarga ese camión y deja las cajas encima de esa plataforma.
Mi motivación se va por el retrete al ver el montón de cajas que supera mi altura.
— Es mucho. ?Habrá algo extra?
— Los mismo. Si es que quieres. — Gru?e.
Al no pertenecer oficialmente a la plantilla de trabajadores, me gano la vida ayudando ocasionalmente.
En momentos así normalmente daría media vuelta para irme, pero necesito recuperar lo perdido. Además, tengo otro problema entre manos. Debo pagarles a esos tipos, pero no sé cómo hacerlo. Robar una tienda no es tan fácil como antes, sin mencionar que ya no guardan mucho dinero. Huir es imposible; me encontrarían tarde o temprano.
Detrás de mí una voz aguda y ronca llama mi atención. Al regresar la mirada me sorprendo al ver a un viejo conocido. Quizás él pueda ayudarme.
Como si mis brazos cargasen con bloques de hierro, mi rostro empieza a transpirar como cascada. Es un milagro que nada se me haya caído y me aplaste el pie. Consigo completar este trabajo a duras penas. El sol ya está en lo más alto del cielo. Apenas logrando sentarme para recuperar el aliento, alguien llega para interrumpir mi sagrado descanso.
— Ethan, necesito que lleves estas herramientas al piso de arriba. — Ordena el capataz, tajante.
— Ya voy. Dame cinco minutos. — Digo, secándome el sudor con la manga de mi camisa.
— Ahora. O no te pago.
Se aleja de mí con amplios pasos.
Hijo de puta. — Digo para mí.
La boca de mi estómago arde, como si hubiera comido ácido. Mediodía y sigo sin poder hablarle. Aquí hasta las paredes tienen oídos, y tampoco estoy seguro de querer hacerlo.
Los trabajadores se retiran tras escuchar el golpe de la campana. Con el lugar más despejado, camino hacia él. Siento mis piernas más débiles a cada paso que doy.
Su camisa de tirantes deja al descubierto unos brazos casi esqueléticos.
— Oye, Frank, ?cómo has estado?
Interrumpiendo el pulido de una lancha, él gira para encontrar mi voz.
— ?Ethan! — Dice extendiendo su mano. — Mierda, ?cuánto ha pasado?
Respondo su gesto. Su palma llena de serrín hace que se sienta más áspera.
Unauthorized reproduction: this story has been taken without approval. Report sightings.
— Meses, supongo. — Fuerzo una risa. — Pensaba que aún estabas encerrado.
— No, compadre. Salí ayer. Gracias a Dios.
— Escuché que te llevaron preso por secuestrar a alguien.
— Simón, loco. — Chasquea su lengua, dejando escapar un aliento agrio. — Pero es que también me agarraron porque me quedé cuidando a ese pendejo.
Su mal aliento patea mi nariz como una mula. Es difícil fingir normalidad cuando el amarillo negruzco de sus dientes me roba la atención por un segundo. Me asombra que aún los mantenga en su sitio.
— Ya dime, ?para qué me saludas? No me vengas con cuentos.
Dejo caer mi mirada, ordenando mis pensamientos.
— Verás… — Digo, bajando la voz. — Necesito plata. No sé si puedas ayudarme.
— Qué pena, loco. — Sopla. — No tengo plata para prestarte. Estoy seco.
— No te estoy pidiendo prestado, —Pongo mi mano en la nuca, apretándola. —es solo que, ?no tienes un trabajo por ahí para hacer? Ya sabes. — Asiento.
— Oh, ya te entendí. — Frunce su ce?o y su boca se tuerce en una sonrisa. — Tal vez pueda presentarte a alguien, pero no sé, loco. No quiero que me hagas quedar mal. — Se encoge de hombros.
— Tú tranquilo. — Palmeo mi pecho. — Ya sabes cómo trabajo.
— No es eso.
No me gusta cómo empieza a mirar alrededor. Cuando comprueba que no hay nadie prestándonos atención, me hace una se?a para que baje la cabeza.
— Quiero que tuerzas a alguien. — Susurra.
Mi lengua se bloquea por un segundo, como si algo me estorbase en la garganta. Esperaba lo de siempre. No esto.
Se me eriza la piel de mi espalda. No quiero hacer esto, pero si me niego, yo sería el fiambre en el río.
Frank me golpetea el hombro.
— Oye, tranquilo. Todo bien si no quieres hacerlo.
Me fuerzo a hablar. Mi garganta todavía cerrada.
— ?Por qué lo quieren quebrar?
— No sé, compadre. — Se ríe indiferente. — Solo escuché que el duro de mi zona lo quiere muerto. Pero el loco vive en otro barrio, ?me entiendes? — Hace un gesto vago con la mano. — Si todos van se va a armar un cagadero, pero tú irás solo. Nadie te conoce.
Me froto los párpados con los dedos y levanto el mentón. No digo nada. Me sobresalto cuando la campana golpea otra vez, recordándome lo poco que me queda para decidir.
Algo habrá hecho para que quieran matarlo…
— Ya… dale. — Contesto, mi voz apenas audible.
— De una, loco. — Asiente. — Te voy a dar la dirección y allá te van a decir qué hacer.
Frank rodea su brazo en mi espalda, bajando la voz.
— Escucha, hazlo bien. Si la cagas y se entera alguien yo también estaré jodido.
Salgo del lugar luego de mi pago. El hambre que siento ha desaparecido, y las manos me tiemblan y me hincan las sienes. Tengo que matarlo sin que nadie me vea. No sé cómo.
◇◇◇
El horizonte se ti?e de naranja y el sol comienza a esconderse entre rascacielos. Las hojas de los árboles caen suavemente, girando antes de tocar el piso. Sigo caminando, evadiendo a los ni?os que corretean por el lugar. Cuando los veo mi pecho se aprieta. No sé por qué.
El ruido de los carros me golpea la cabeza. Todos mis planes para no hacer esto terminan igual. No quiero estar aquí. Ojalá y esa persona se lo merezca.
Los rayos del sol se debilitan cuando me adentro en el callejón. Huele a humedad y agua estancada. Al bajar la escalera soy recibido por una puerta comida por termitas, un foco tenue iluminando la entrada y bichos revoloteando alrededor. Una campana tintinea encima de mí cuando entro al bar. Intento parecer normal, pero solo consigo llamar más la atención. Cuando me acerco a la barra el olor a cerveza agria se hace más fuerte.
Muevo mi cabeza hacia todos lados, buscando qué hacer. Un tipo de cabello largo y pa?uelo en la cabeza me habla desde el otro lado de la barra.
— Qué tal. ?Qué te sirvo?
— Dame un sándwich de queso y una cerveza.
El apetito regresa de golpe.
Ocasionalmente lo miro de reojo, esperando el momento adecuado. Detrás de mí se desarrolla un partido. Los comentarios del narrador apenas se oyen entre los gritos de los fanáticos.
Termino mi comida, dejando el plato a un lado.
— Oye, compadre. Vengo por parte de Frank. No sé si ya te avisó.
— ?Frank?
Sin levantar la mirada, limpia un vaso de cristal.
— Frank… — Aclaro mi garganta. — Frank “El Flaco”.
— Ah, ya. ?Te dijo qué ibas a hacer? — Pregunta, su voz más seria.
— Simón. — Asiento apenas. — Dijo que me darías los datos.
Recorre la sala con los ojos. Nadie nos presta atención; todos demasiados ocupados en el partido.
Con se?as me indica que lo siga. Una puerta pesada tras la barra. Huele a cloro y apenas un estante con productos de limpieza.
— Este es. — Indica, sacando una foto arrugada de su bolsillo.
Cabello corto. Más o menos de mi edad. No tiene cara de estar metido en algo así.
— ?Hizo algo para que lo manden a torcer? — Se me escapa una risa torpe.
— No sé, compadre. — Resopla. — Vive en Las Flores, cerca de un parque.
Sigo viendo la foto y mis sentidos se pierden.
— Te voy a dar un número y ahí envías la prueba — Dice, sacándome del trance.
— ?Cuándo termino regreso para que me des la plata?
— No, no, no. — Eleva la voz. — Envías la foto y me tienen que informar de que has hecho el trabajo. Ma?ana puedes venir.
No sé cómo podré venir aquí sin que ellos me encuentren.
— ?Cuánto das? — Mi garganta haciéndose nudo.
— Ciento veinte.
Siento como si un caballo me aplastara la cabeza. Es poco. No alcanzo a cubrir ni la mitad de mi deuda. Pero ya es tarde para buscar algo más.
— Está bien…
— Bien, bien. Cuidado, loco. Si te agarran, no vayas a decir nada. — Se va, dándome una palmada.
◇◇◇
No pensé que usaría este viejo revólver para algo más que asustar a la gente. Lo encontré al allanar esa caravana y no me molesté en tirarlo. Cuando termine esto y consiga un poco más de tiempo… ?entonces qué?
El bus traquetea al pasar por los baches y no me deja pensar. Me duele la cabeza.
Cerca de mí, un ni?o juega con su madre. Lo observo más de lo que debería. Por unos segundos me imagino en su lugar y aparto la vista. La gente cabecea a mi alrededor. En el vidrio apenas puedo ver mi reflejo.
No hay luna ni estrellas. Las nubes negras cubren el cielo como si estuvieran a punto de desplomarse. Es casi media noche, pero todavía hay gente en el barrio. No mucha. Lo suficiente para incomodarme. Camino por la vereda del parque, teniendo cuidado con las raíces que sobresalen de la tierra. Es imposible no mirar al árbol del centro. Su tronco sigue marcado por agujeros de bala.
La casa del tipo está cerca. Un auto rojo detenido más adelante me corta el paso. Tres tipos conversando junto a él. No me han visto. Cambio de dirección antes de que uno me mire.
Saco un pa?uelo negro de mi bolsillo. Respiro y el sudor queda atrapado bajo la tela. Estoy frente a su puerta. Casa número sesenta y siete. Miro de lado a lado, haciendo una última comprobación. El silencio es tan denso que siento que cualquier ruido mío podría delatarme.
Me muevo a su patio, agachado. Mis dedos tambalean cuando trato de poner una bala en el tambor. ?Estará solo?
Soplo con fuerza. No me dijo nada al respecto. O tal vez no quise preguntar. Me pongo de pie como puedo. Mis piernas pierden fuerza.
La puerta no tiene seguro. No sé por qué esto no me alivia. Su sala apesta a alcohol y crack. Apenas iluminada por la luz que entra por las cortinas. Me pierdo entre el desorden. Detrás de una puerta escucho su respiración.
Empujo apenas, lo justo para pasar.
Está dormido, abrigado bajo sábanas. Me cuesta levantar el brazo y me acerco a él. Golpeo algo duro con mi pie.
Me mira sin entender. Da un salto fuera de la cama cuando me ve.
— ??Quién eres!? — Grita.
Retrocedo. La vista se me nubla.
— Tranquilo… — Levanta las manos. — Oye, ?quién eres?
Quiero hablar. No puedo.
Se está moviendo, rodeándome. Intento controlar el temblor de mi mano con la otra. No sirve.
— Suave, baja eso. ?Cómo te llamas? — Baja la voz.
Da un paso hacia la cómoda. Su peso se inclina hacia adelante.
Me ahogo con mi propia respiración y parpadeo para mantenerlo enfocado. Mis brazos caen. Solo un poco.
Se me abalanza encima, agarrándome la mu?eca con fuerza.
— ??Cabrón!!
Caemos al piso. Rodamos. Mi mano pierde el control y mis dedos resbalan.
El disparo estalla.
Por unos segundos, no oigo nada.
Me falta el aire y mi cuerpo apenas se mueve. Algo empapa mi camisa.
Por Dios… Por Dios…
Lo aparto de mí. Quiero mirar para otro lado, no puedo. Tengo los ojos mojados y mi nariz gotea.
Me pongo de pie, mareado. No puedo despegar mis ojos de él, su cabeza abierta. Escucho gritos afuera. No debo de estar aquí.
◇◇◇
No pude dormir. Tenía miedo de que mi puerta cayera en cualquier momento. El ruido del mar apenas lograba tapar el estallido del arma. Siento que debería haber estado en su lugar.
Si hubiera apretado el gatillo en aquel entonces…
Algo golpea la pared desde el otro lado.
Agarro el revólver casi por reflejo y lo escondo detrás.
— ??Ethan!! — Grita alguien. La puerta recibe otra patada.
No quiero salir. Pienso en esconderme y esperar a que se vayan, pero la puerta cede. Armando entra pisando fuerte.
Me agarra del cabello y me arrastra afuera. Caigo boca abajo. Me duelen las mu?ecas del golpe.
— ??Y la plata!? — Escupe. Su ce?o fruncido.
Quiero ponerme de pie, pero tropiezo y retrocedo. Armando no está solo.
— No tengo todo el día.
— Oye… no tengo todo, — Digo, el aire cortado. —pero tengo una parte.
— Oh, ?tienes una parte? ??Dónde está!? — Extiende sus brazos, inclinándose hacia mí.
Mi corazón se detiene por un segundo. Siento que algo taladra mi cabeza.
No envíe la foto. Todo fue tan rápido.
— Ayer hice algo y hoy me van a pagar. Solo tengo que hablar con alguien. — Mi lengua tiembla.
Sus ojos bajan a la mancha oscuro en mi camisa. Se queda mirándola, sin entender.
— ?Cuánto te van a dar?
Mi respuesta no lo tranquiliza. Armando camina de un lado a otro, rascándose la nuca.
No digo nada. Cierro los ojos con fuerza y levanto el mentón. Respiro mal. Muy rápido.
— Ya no. — Dice, sacando una pistola.
— ??Espera!! ??Espera!! ??Espera!! — Retrocedo más. Mi voz rota.
— Te dimos mucho tiempo, loco. — Dice alguien detrás de él. — Y no cumpliste.
— Les voy a pagar. — Mis ojos se nublan. — Lo juro…
Me falta el aire. Aprieto la mandíbula.
Miro arriba. No sé a quién le pido perdón.
Pateo unos barriles, los distrae un poco. Corro, pero mis piernas fallan. Estallidos detrás de mí.
No puedo escuchar, mis ojos pierden claridad. Siento cuchillos calientes clavarse en mi espalda. El aire se me va.

