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Capitulo 2: Mientras el hielo escucha

  El mundo frente a ellas parecía haberse detenido por completo. El aire, pesado, se llenó de una quietud inquietante. Un silencio denso envolvía la escena, como si el tiempo mismo hubiera quedado suspendido. La duda floreció entre ellas, creciente, una pregunta que se instaló en sus mentes con una fuerza inexplicable. ?Qué significaba todo esto? Elyndra, confundida, sintió cómo su corazón latía con fuerza en su pecho, una sensación extra?a que la empujaba a buscar una respuesta que, por más que lo intentara, no encontraba. Aquella palabra, aquel nombre... ?Qué conexión tenía con ella? Su mente recorría recuerdos, tratando de anclar algún significado, pero era como si un velo invisible la separara de lo que alguna vez había conocido. Cassandra. El nombre resonaba en su mente, y sin embargo, no podía hallar ningún vínculo, ninguna imagen que lo relacionara con su vida.

  ?Se habrá equivocado de persona? pensó por un momento. Pero el peso de la situación, las experiencias vividas en los últimos días, le decían que esto no era un simple error, no podía serlo. No era solo una coincidencia. Algo en su interior le decía que esto era mucho más grande, mucho más complejo de lo que su mente podía comprender.

  —Yo... — sus palabras se quebraron en su garganta, atrapadas antes de salir. El mundo parecía haberse tragado todo lo que debía decir. ?Qué debía decir? El desconcierto la embargaba, y por un instante, todo a su alrededor perdió sentido. No conocía a ninguna Cassandra, ni siquiera sabía qué hacía que ese nombre sonara tan importante.

  Sin embargo, el peso del momento, esa incertidumbre que parecía congelar su alma, fue abruptamente interrumpido por una presencia que, al menos por un segundo, la sacó de su trance. Eldric, quien apareció como un faro de luz en medio de la oscuridad, y con su llegada, algo dentro de Elyndra pareció calmarse. Más allá del misterio que seguía flotando en el aire, la simple visión de él acercándose, con una sonrisa sincera y ojos llenos de alivio, hizo que todo lo demás desapareciera. Ver a Elyndra y Nyra con vida, sanas y salvas, era todo lo que importaba en ese momento.

  Eldric se acercó a Elyndra como si no pudiera creer que la estuviera viendo nuevamente. Sus brazos se abrieron con una fuerza inesperada, rodeándola en un abrazo que estaba lleno de una mezcla de felicidad, alivio y emoción. Las lágrimas, peque?as y brillantes, se escapaban de sus ojos, dejando un rastro de genuina dicha en su rostro.

  –?Elyndra! ?Qué bien que estén bien! – su voz vibraba con la pureza de su alegría. No había palabras que pudieran describir lo profundo de su emoción, pero sus ojos, su sonrisa, y las peque?as lágrimas que no podía contener lo decían todo. Elyndra pudo sentir cómo su corazón se encogía ante la calidez de su abrazo. Era un respiro en medio del caos.

  Pero ese alivio que Elyndra sentía no era compartido por todos. Odette, que observaba la escena en silencio, dio un paso atrás, sintiendo cómo la confusión la invadía. Todo en Elyndra era igual. Su rostro, sus gestos, sus ojos... todo en ella seguía siendo idéntico a lo que había conocido. Sin embargo, había algo profundamente distinto. Algo en su mirada que hablaba de una desconexión, un vacío. Como si lo que alguna vez compartieron ya no existiera. Odette había oído aquel nombre, Elyndra. Pero lo que le desconcertaba aún más era que, en el fondo, se sentía como si el rostro de Elyndra estuviera reclamando algo que ella no podía dar.

  –Elyndra... – murmuró Odette, el nombre flotando en el aire como una palabra ajena, algo que ya no encajaba con lo que había frente a ella. Su voz tembló al pronunciarlo, como si, al decirlo, estuviera rompiendo una barrera invisible que las separaba.

  Elyndra, al oírla, frunció el ce?o, una sombra de incomodidad cruzando su rostro. Ella no entendía a qué se refería, no comprendía el significado oculto en las palabras de Odette. Su mirada, perdida, era el reflejo de una mente que luchaba por encajar las piezas de algo que no lograba comprender.

  El silencio se hizo más pesado, y las palabras de Odette, que flotaban en el aire, parecían pesar tanto como el tiempo mismo. Elyndra no sabía qué responder, pero la mirada que compartieron, aquella fracción de segundo, dijo mucho más de lo que las palabras podían expresar.

  Pero incluso en medio del alivio por el reencuentro, había un peso mayor. Una sombra más densa que la calma temporal que Eldric sentía al verlas a salvo. Porque cuando Nyra se acercó a Shaknir, algo en él cambió. Su mirada se volvió borrosa, su cuerpo se tensó. No hacía falta que nadie dijera una palabra, él lo supo al instante. Algo había salido terriblemente mal. Lo leyó en el rostro de Lirael, lo leyó en la mirada del desconocido que caminaba a su lado.

  Pero no fue él quien lo dijo primero. Fueron las gemelas. Almira, incapaz de sostener la ansiedad en su pecho, fue quien lo rompió, quien dio voz al temor que las devoraba por dentro.

  –?Dónde... dónde está Haleth?

  Las palabras se deslizaron como un cuchillo sin filo. Lentamente. Cortando no solo el aire, sino a cada uno de los presentes. Almira lo sabía. Lo había sentido desde el primer momento en que no lo vio bajar del vehículo. Pero decirlo en voz alta... era otra cosa. Era sellar la herida que jamás podría cerrarse. Tal vez, una parte de ella esperaba escuchar otra versión, una improbable esperanza, una mentira piadosa. Pero lo que encontró fue otra cosa.

  Lirael no pudo sostener la mirada. Y en sus ojos no hubo furia, ni rabia, ni consuelo. Solo pérdida. Una pérdida que la devoraba desde dentro y que ahora salía como un río desbordado. Cayó de rodillas frente a las gemelas, sin poder más.

  –él... él se sacrificó para que pudiéramos escapar... –su voz temblaba, rota, apenas humana– El búho de hielo... atacó el lugar y... y yo...

  Las palabras ya no salían. Lo siguiente fue solo llanto. El tipo de llanto que no pide consuelo. El tipo de llanto que solo puede nacer cuando se ha amado con todo el corazón.

  El mundo se quedó en silencio. Nadie allí conocía a Haleth tanto como ellas, solo ellas podían comprender lo que se acababa de perder. Almira y Serwin, al escucharla, no dijeron nada. No gritaban, no lloraban. Solo caminaron hacia ella, lento, como si cada paso fuera una súplica. Y al llegar, la abrazaron. Fuerte. Como si pudieran impedir que se quebrara del todo. Como si su abrazo pudiera reconstruir algo de lo que ya se había ido.

  En ese instante, no hicieron falta palabras.

  Othriel, por su parte, permanecía inmóvil. El dolor estaba ahí, sí, pero era distinto. No era agudo. Era punzante, denso, una culpa que se le anudaba en la garganta. No había llorado aún, no porque no quisiera, sino porque una voz en su mente no dejaba de repetírselo: ?Y si fue tu culpa?

  Dio un paso hacia ellas, pero entonces la mirada de Drunken lo detuvo. No con dureza. No con juicio. Solo con una orden silenciosa que no admitía resistencia.

  –Ven conmigo –dijo el mayor, su voz tan áspera como una monta?a erosionada por el tiempo.

  Othriel obedeció. Se colocó a su lado, sin saber si lo hacía como castigo o refugio.

  –Entonces... ?Está muerto? –preguntó Drunken finalmente.

  Su voz fue fría. No como el hielo del mundo afuera, sino como algo más profundo. Como una roca que ha resistido mil inviernos sin quebrarse. No hubo lágrimas. No hubo rabia. Solo una dureza que no ocultaba dolor, sino que lo contenía. Porque si él caía, si él se permitía ceder al peso de la pérdida, otros también caerían.

  Pero en sus ojos había algo más. No incredulidad. Algo más primitivo. Una necesidad.

  Una Necedad.

  –él se quedó para enfrentarse a uno de los hombres de Khoron – Dijo Othriel, la voz más estable ahora, pero con cada palabra como un pu?al– Jamás había visto algo así... era una cosa... monstruosa. No era humano. Era como un demonio hecho carne. Se quedó atrás para detenerlo... y alguien mas había llegado.

  Esa última frase lo cambió todo.

  –Otra figura llegó y el invierno parecía llegar con ella. No pude verla con claridad, pero... lo juro por mi vida... era él.

  Drunken se quedó quieto. El silencio volvió a caer como un muro sobre ellos. El nombre no fue dicho, pero no hacía falta. Su rostro cambió. La necedad, esa chispa que lo mantenía firme en la negación, se fue apagando poco a poco, con la presencia de aquel sujeto sabía que sus posibilidades eran bajas.

  Entonces habló, con la voz de alguien que no está dispuesto a dejar ir del todo.

  –Entonces... ?eso significa que no lo vieron morir, no?

  Era una pregunta. Pero también una sentencia. Una promesa. Una chispa.

  Porque para algunos, mientras no haya un cuerpo, mientras no haya certeza... la esperanza vive. Aunque duela. Aunque arda.

  –Por el momento, tenemos que ver dónde será nuestro próximo destino – Dijo Drunken, sus palabras cargadas de la misma dureza que su mirada. Su voz, aunque firme, denotaba la fatiga de alguien que había llevado demasiado tiempo en una lucha que no había elegido– Lograste averiguar algo... La última pista nos llevó a... bueno, a ella.

  Con un gesto de su mano, se?aló a Odette. La joven se encontraba allí, quieta, inmóvil, como si el peso de todo lo sucedido la hubiera petrificado. La frialdad en su rostro no era solo por el frío exterior, sino por el torbellino emocional en el que se encontraba atrapada. Sin decir palabra alguna, Odette se retiró lentamente del grupo. Sabía que, por ahora, su presencia no era necesaria. Ellos necesitaban espacio para procesar, para decidir qué hacer a continuación. Y ella... ella necesitaba también un respiro, un resguardo en su mente.

  Othriel, que había estado quieto todo el tiempo, tomó la palabra en cuanto se dio cuenta de que Odette se alejaba.

  –Tengo algo, algo grande, pero esto no te va a gustar... tenemos que ir a Lunvaris.

  Las palabras cayeron como un peso sobre el grupo. Y Othriel, al igual que Haleth, conocía a Drunken demasiado bien. Sabía que ese nombre, ese único nombre, cambiaría todo.

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  La reacción fue inmediata. La expresión de Drunken se transformó al instante, como si una ola de emociones lo hubiera golpeado. Su rostro se endureció, pero también reflejó una confusión interna, un choque de pensamientos que se entrelazaban en su mente a una velocidad vertiginosa.

  Lunvaris era un nombre que traía consigo demasiados recuerdos, demasiadas cicatrices. Un lugar de promesas rotas y traiciones escondidas, donde cada rincón guardaba secretos demasiado oscuros para ser revelados, demasiado peligrosos para ser ignorados. Para él, Lunvaris representaba la sombra de lo que una vez fue y la oscuridad de lo que jamás quiso ser.

  El aire a su alrededor se volvió denso. En ese breve silencio, los demás lo observaron, esperando alguna reacción, una respuesta. Pero en la mente de Drunken, las emociones chocaban entre sí como si fueran fuerzas opuestas, y por un momento, no sabía qué hacer con ellas.

  No era solo el nombre de Lunvaris lo que lo afectaba. Era todo lo que representaba: el pasado, las decisiones que había tomado, las que había dejado de tomar. Aquellas que aún lo perseguían y que quizás, en ese momento, lo condenaban.

  –?Lunvaris? –su voz salió rasposa, como si el aire le quemara al hablar– ?Estás seguro de lo que estás diciendo, Othriel?

  Pero la respuesta de Othriel fue clara. No había duda en sus ojos, solo una determinación inquebrantable.

  -Lo estoy. Y sé que no te gusta, pero es la única opción. Lo que estamos buscando está ahí. Y si no vamos, no tendremos ninguna respuesta.

  El peso de sus palabras se instaló entre ellos, como una piedra que no podían mover. Lunvaris era una jaula mental para él. Pero las opciones eran limitadas. La búsqueda de respuestas los había llevado hasta ese punto. Ahora, solo quedaba seguir adelante.

  Drunken cerró los ojos, respiró hondo. La brisa fría acarició su rostro, pero no fue suficiente para calmar el incendio que ardía dentro de él. Había algo que lo mantenía en pie, algo más profundo que la frustración o la rabia.

  –Pero hay algo más... –Othriel se detuvo un segundo, dejando que su mirada recorriera los rostros del grupo. Su voz, aunque serena, llevaba un peso ineludible –Según el patrón que ha seguido el búho de hielo, su próximo destino es este lugar.

  El silencio que siguió fue brutal.

  Aquel nombre, cayó como un conjuro maldito entre ellos, congelando el aire. Todos habían perdido a alguien por su causa. Eldric, con el pu?o cerrado, solo podía pensar en la venganza. Pero para quienes lo habían enfrentado, quienes habían sobrevivido al infierno que traía consigo, sabían que enfrentarlo no era valentía, era una sentencia de muerte.

  La única opción real... era huir.

  –?Pero cómo nos vamos? En el vehículo apenas cabemos seis – Exclamó Elyndra, rompiendo el silencio con un dejo de urgencia. Sin embargo, algo más latía en su mente. Una nueva pregunta, una más, en medio del caos de pensamientos que la golpeaban desde que había llegado: ?Cómo habían llegado ellos hasta aquí, si no había otro transporte?

  No hizo falta que la expresara.

  –Tenemos una nave –respondió Lirael, con un hilo de voz aún templado por el dolor– La robamos hace unos meses. Pero se averió y no sabíamos cómo arreglarla... nadie entre nosotros. Nadie, excepto Othriel.

  Todas las miradas se volvieron hacia él. Allí estaba la respuesta: una chispa de esperanza entre tanto humo y ruina. La figura de Othriel, que hasta hace poco parecía perdida entre la culpa y el silencio, volvía a ser esencial.

  –Lo mas probable es que me tome una semana, pero espero tenerla para antes de que llegue el búho de hielo.

  Y así, con la amenaza del búho de hielo a la vuelta de la esquina, comenzaron a prepararse. Sabían que lo que les esperaba podría ser mucho peor que cualquier cosa que ya hubieran enfrentado. Pero por ahora, lo único que podían hacer era resistir. Y esperar que, cuando llegara el momento, estuvieran lo suficientemente preparados.

  La noche finalmente cayó sobre ellos, envolviéndolo todo con ese silencio espeso que sólo llega cuando el cansancio ya no puede sostener los pensamientos. Era la hora en que cada herida intentaba cerrarse, aunque fuera en falso. Donde el dolor se escondía detrás de los párpados cerrados, fingiendo que al despertar todo estaría bien... o al menos no peor.

  Pero no todo dormía.

  El hielo seguía despierto.

  Cubría la ciudad como una corona muerta: resplandeciente, inamovible y cruel. No había calor que pudiera desafiar su dominio. Ni rezos. Ni redención. Sólo el frío eterno, como un dios antiguo que ya no escucha.

  Odette no volvió. Lo sabían.

  Y aunque la preocupación los rondaba como un animal hambriento, ninguno se atrevió a salir tras ella. ?A dónde ir, en un mundo tan blanco y vacío que ni Dios parecía haber dejado huellas? Todos entendían, en mayor o menor medida, que ella necesitaba su espacio.

  Todos... menos Shaknir.

  La ausencia de ella lo punzaba más que el hielo. No pudo dormir. No mientras ella estuviera allá afuera. No era protección. No era deber. Era algo más antiguo. Algo que dolía sin explicación.

  Así que salió.

  Atravesó el corazón muerto de la ciudad y la encontró.

  A unos metros de distancia, sentada en lo alto del tejado de una casa que se negaba a desmoronarse, como ella.

  Su silueta, recortada contra el cielo, parecía esculpida en hielo. Pero no lo era.

  La luna, en su máximo esplendor, brillaba solo para ella. Como si la reconociera. Como si, en su modo distante, le guardara luto.

  Shaknir ascendió en silencio. No por temor, sino por respeto.

  Y aun antes de voltear, Odette lo supo.

  Sintió su presencia como se siente el cambio en el viento antes de una tormenta.

  No se giró de inmediato. No necesitaba verlo para saber que era él.

  –No puedes dormir – Dijo él, su voz tan baja que apenas perturbó la noche.

  –Tampoco tú –respondió ella, serena. Su voz era como el hielo que los rodeaba: aparentemente frágil, pero capaz de sostener ruinas, incluso mundos.

  Por un instante, no hubo palabras.

  Solo la noche.

  Y ellos.

  La ciudad bajo sus pies parecía una pintura rota. Las casas, como huesos blanqueados, emergían de la escarcha eterna, y la luna proyectaba sombras largas, como recuerdos que se negaban a morir.

  –?Sabes? —dijo Shaknir tras un largo silencio– Cuando era ni?o, creía que el hielo hablaba. Pensaba que si escuchabas bien, te contaba historias. Secretos de quienes se perdieron en él.

  –Y ahora... te dice algo? –preguntó Odette, sin apartar la vista del horizonte.

  –Solo tu nombre– respondió él, sin dudar.

  Ella cerró los ojos.

  No para huir de lo que había oído, sino porque algo dentro de ella se rompió en silencio.

  No de dolor. No del todo.

  Fue algo más profundo.

  Como si el alma, por fin, hubiera recordado cómo respirar.

  –A veces pienso... que todo esto no es real –confesó ella– Que voy a despertar en otro lugar. En otro tiempo. O simplemente que estoy muerta.

  Shaknir no respondió.

  Pero su silencio no fue vacío.

  Fue compa?ía.

  Mientras todos dormían, buscando en el descanso una tregua contra los miedos del día siguiente, Almira despertó. No con calma. La pesadilla seguía aferrada a su piel, pegada a los bordes de su respiración. Una visión demasiado vívida: Haleth muriendo solo, su voz tragada por el hielo, su mirada perdida entre sombras. No había despedidas. No hubo abrazos. Sólo la distancia. Solo el final. El frío del umbral la golpeó como un recordatorio de que el mundo seguía ahí, implacable, esperando. Sabía adonde iba exactamente, pero necesitaba respirar fuera de esas paredes que ahora parecían demasiado estrechas.

  Pero sin saberlo, una sombra más se despegó del interior de la casa. Serwin la seguía, no por preocupación ni por miedo, sino por algo más profundo. Una certeza antigua, nacida del vínculo que solo ellas compartían. Siempre había sido Almira quien la había sostenido, quien decía las palabras justas cuando el mundo se volvía insoportable. Esta vez, sabía que le tocaba a ella.

  Cruzaron la ciudad sin palabras. Almira al frente, Serwin unos pasos detrás, como si el silencio mismo las guiara. El hielo crujía bajo sus botas, y el viento se colaba entre las estructuras abandonadas, ululando como un animal viejo y herido. A cada esquina, el sonido de algo cayendo, algo partiéndose. Pero ellas avanzaban. Hasta llegar al salón.

  Un antiguo salón de baile seguía en pie. Resistía como si el tiempo lo hubiera olvidado a propósito. Por dentro, las figuras heladas seguían tomadas de la mano, congeladas en un vals sin fin. Algunas parecían estar riendo. Otras, giraban con los ojos cerrados, como si aún escucharan la música. Almira cruzó el umbral con pasos lentos, y ahí, entre las sombras congeladas y el eco del pasado, habló.

  –Sé que vienes detrás de mí, Serwin. Te conozco de toda una vida... y de todas las que falten. Acompá?ame un rato, ?Si?

  Serwin salió de su escondite con una sonrisa breve, algo apenada. Se sentó junto a su hermana en una de las mesas cercanas a la pista. El hielo había devorado las cortinas, las ventanas, pero no el alma del lugar. Había algo puro allí. Algo intacto.

  –Recuerdas cuando llegamos aquí por primera vez? –Dijo Almira, sin apartar la vista del salón– La ciudad era un campo de batalla helado. Sombras congeladas, cuerpos en posiciones de pelea, todos atrapados en su último aliento. Era horrible. Por eso Haleth y Othriel empezaron a destruirlas.

  –No estábamos de acuerdo –murmuró Serwin– Lirael se molestó. Yo... yo solo pensaba en lo injusto que era borrar lo poco que quedaba de ellos.

  –Pero Haleth se me acercó –continuó Almira– me miró a los ojos y me dijo: "?Puedes ver más allá de lo evidente?" Entonces lo entendí. No era arte, no era memoria. Eran gritos congelados. Confusión. Dolor atrapado para siempre. No querían que su último recuerdo fuera odio. Así que empezamos a liberarlos, a darles un final más digno.

  El sonido del viento rasgando la ciudad a lo lejos les recordó dónde estaban. Todo afuera era ruina, hielo, silencio roto. Pero dentro del salón, solo quedaba un silencio tranquilo. Como si el tiempo se hubiera detenido por compasión.

  –Destruyeron solo el centro. Después Drunken dijo que era inútil, que debíamos enfocarnos en...

  –La misión –dijeron ambas al mismo tiempo y rieron suavemente. Esa risa, ese respiro compartido, valía más que cualquier descanso.

  –Haleth encontró este lugar poco después– dijo Almira, su voz un poco más baja– Nos lo mostró como quien comparte un secreto. Dijo que si algún día el mundo nos dolía demasiado, viniéramos aquí. Le sorprendía que el salón hubiera resistido. Que aún quedara algo que no se hubiera rendido. A veces pienso que fue porque aquí la gente vivió su momentos mas felices... antes de que todo se perdiera. Tal vez por eso el hielo no pudo tocarlo del todo.

  El silencio volvió. Pero ya no pesaba.

  –?Recuerdas cuando perdimos a mamá y papá? –dijo Serwin, su voz temblando apenas– Aquella ventisca... estuvimos días atrapadas. No sabíamos si íbamos a sobrevivir. Y entonces, como si el mundo nos respondiera, llegó él. Drunken. Y detrás, un Haleth joven, decidido, con esa mirada que siempre llevaba. Lirael y Othriel también... eran tan peque?os, pero mas grandes que nosotras.

  Almira asintió, conteniendo una lágrima que no era solo de tristeza. Era una lágrima de memoria, de gratitud, de todo lo que no podía ponerse en palabras. Habían perdido muchas cosas, pero también habían encontrado una nueva familia.

  –Todo lo que aprendimos fue de él... de Drunken. Pero para nosotras, Haleth siempre fue más que un guía. Fue nuestro hermano mayor. Nos cuidó, nos protegió... –La voz de Almira comenzó a quebrarse. Cada palabra pesaba más que la anterior– Cargaba tanto sobre sus hombros... y lo único que yo quería... lo único que necesitaba...

  No pudo seguir. Las lágrimas se abrieron paso, silenciosas primero, luego incontrolables. Su cuerpo tembló, no por el frío, sino por todo lo que se estaba rompiendo dentro de ella. Serwin no dijo nada. Solo la abrazó. Un abrazo firme, sin condiciones, de esos que no curan... pero sostienen.

  –Yo solo quería aliviarle un poco el peso– continuó Almira, entre sollozo–- Que supiera que podía contar con nosotras. Que ya no éramos unas ni?as esperando a ser protegidas. él siempre supo que, tarde o temprano, esa carga nos tocaría a nosotras. Pero mientras él viviera... no nos dejaría sentirla. Y ahora...

  Guardó silencio. Respiró hondo. No había más que decir. Ya lo había dicho todo. Pero Serwin sí tenía algo que a?adir. Algo que solo el amor profundo y el duelo podían ense?arle.

  –No estamos aquí solo para sobrevivir a su ausencia– dijo con una fuerza inesperada en su voz– Estamos aquí para honrarlo. Para demostrarle que no protegió en vano. Que cada sacrificio valió la pena. No carguemos con su peso solas... llevémoslo juntas, como él lo habría querido. No como ni?as que fueron protegidas... sino como mujeres que ahora protegen lo que él amó. Nuestra familia, nuestro futuro.

  Almira alzó la vista. Hubo un instante de sorpresa en sus ojos. Y luego, una risa breve, suave, que rompió un poco la tristeza que las envolvía.

  –Jamás pensé escucharte decir algo así –rio, secándose las lágrimas– Quién eres y qué hiciste con mi hermana?

  Serwin frució el ce?o fingiendo molestia, y le dio un par de golpes suaves en el hombro. Ambas rieron. No porque el dolor se hubiera ido, sino porque sabían que podían compartirlo. Y eso, a veces, era suficiente.

  Y así, bajo la cúpula de cristal helado, con la luna reflejándose en los ventanales rotos como una lámpara apagada del pasado, las gemelas se quedaron ahí. Juntas. Como siempre.

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