—Oye, ?crees que sospechen de nosotras por lo que pasó? —preguntó en un susurro.
—Ja, no lo creo. Mira a esas mujeres... ellas son más idiotas. Si les das joyas o vestidos, ellas van. Sjsjs, es la verdad —respondió la Segunda Esposa con desprecio, mientras una joven sierva le lavaba los pies con aguas aromáticas.
—Sí, es cierto —asintió la Tercera, tratando de relajarse.
La sierva trabajaba en silencio, pero sus manos temblaban ligeramente por el cansancio. De la nada, la Segunda Esposa soltó su copa, dejando que el vino tinto se derramara sobre su regazo.
—?AH, MISERABLE! ?Qué te pasa? ?Eres IDIOTA, EH? —gritó, poniéndose en pie de un salto.
—No, se?ora... no, claro que no —balbuceó la sierva, aterrada.
—Me manché este vestido único. Eres una tonta, ?cómo pudiste? ?Ahg!
—Yo...
—?Quita tus manos inmundas de mi vestido! Esto no te costó nada, idiota... —la Segunda Esposa estaba fuera de sí.
—?LARGO! —ordenó la Tercera Esposa a la sierva—. Amiga, ?estás bien?
—Claro que no.
—Disculpe... —intentó decir la sierva mientras recogía sus cosas.
—?Te disculpas? Pues bien, entonces tus disculpas aquí van...
La Segunda Esposa agarró la tina de madera llena de agua y se la aventó con furia. El agua cayó sobre la sierva, dejándola empapada y tiritando en el suelo.
—Sjsjs, es lo que te mereces por haber ensuciado mi vestido. ?VETE! Antes de que te mande a arrestar. ?LARGO!
La sierva se fue corriendo, sollozando, mientras el eco de sus pasos se perdía en el pasillo. La Segunda Esposa se sentó de nuevo, limpiándose con asco. —Hay que ver qué fastidio con ellas.
Mientras tanto, en la parte baja de Jericó, la vida seguía entre murmullos y el olor a cebada fermentada. En la taberna, las mujeres se reunían para comentar los últimos sucesos.
—Vaya, todo lo que pasó fue muy triste, en serio —dijo la Patrona, limpiando una mesa de madera.
—Muchos murieron —a?adió una mujer sentada cerca.
—Sí, murieron. Lo bueno es que nos salvamos —comentó otra con alivio.
Leora, que estaba apartada, levantó la vista. —?Y Hadram? ?él está bien?
—Me comentaron que él está bien, pero Lizarel sufrió un poco más —respondió la Patrona.
—?Ella?
—Sí, pero ya está bien. Por lo que supe, el príncipe se preocupó tanto que no pensó en su propia vida, sino en la de su esposa.
—Qué romántico... eso es algo que nunca he visto en el príncipe —murmuró la otra mujer—. Lo siento, no debí decir eso ante ti, Leora.
Leora bajó la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. —No te preocupes. Ya me di cuenta de que está enamorado, por eso dejó de verme —dijo con tristeza.
—Lo siento, debí callarme, qué tonta soy...
—No, es mi culpa. Bueno, debo arreglarme, con su permiso —Leora se levantó y se retiró a su cuarto.
—Parece que aún no lo supera —susurró la Patrona.
—Sí, es muy triste.
—?Vino, por favor! —gritó un cliente al fondo.
—Yo se lo llevo —dijo la mujer—. Sé cómo lidiar con estas personas.
En el palacio real, el ambiente era mucho más sereno. Lizarel descansaba en un diván mientras Amreh trabajaba con cuidado.
—Amreh, eres muy bueno cortando las u?as. Eres excelente —comenté, observando mis manos.
—Claro, soy bueno. Si quiere más, lo haré —respondió el eunuco con orgullo.
If you spot this tale on Amazon, know that it has been stolen. Report the violation.
—Claro.
Kesi estaba en un rincón, acomodando las túnicas de seda con precisión. La puerta se abrió y Hadram entró, su capa ondeando tras él.
—Lizarel...
—Amor —saludé con una sonrisa.
Amreh, al ver al príncipe, agachó la cabeza de inmediato en se?al de respeto.
—Déjame estar con mi esposa —ordenó Hadram.
—Claro, príncipe. Kesi, vamos. Con su permiso —Amreh y la ni?a salieron rápidamente, dejando la habitación en un silencio íntimo.
Hadram se sentó a mi lado y soltó un suspiro. —Vaya con el eunuco... siempre quiere estar a tu lado. Te aseguro que se enamoró.
—Oye, no, no es cierto —me reí—. él me ha dicho que no le gustan las mujeres, ?lo sabías?
—Así que... ?ah?
—?Estás celoso? —lo provoqué, arqueando una ceja.
—No. Nunca. Los celos son para los débiles.
—?Ah sí? ?En serio, amor?
—No, no lo soy. Yo...
No lo dejé terminar. Besé a Hadram, deteniendo sus palabras y sus dudas. él me rodeó con sus brazos, profundizando el beso.
—Lizarel, te amo, lo sabes —murmuró contra mis labios.
—Yo más.
—Te amo...
—?Sabes algo? —dije, acariciando su nuca—. A pesar de que aún no eres Rey, te daré herederos.
Hadram se tensó un momento, pero luego sonrió con una ternura genuina. —Yo sé que sí, amor mío.
—?Te imaginas que sea igual a ti o...?
—?O que se parezca a ti, amor? Eh, dime.
—?Tú crees?
—Yo sé que sí, mi amada Leona.
—?Ahora leona? —sonreí.
—Sí. En serio, te amo.
—?Así?
Hadram volvió a besarme con delicadeza, olvidando por un momento las flechas, las guerras y las traiciones que nos rodeaban.
Afuera, en los pasillos del harem, Amreh caminaba con Kesi cuando se toparon con la Segunda Esposa.
—AMREH —llamó ella con voz imperiosa.
—Sí, se?ora —respondió él, deteniéndose.
—Te estaba buscando.
—?Por qué, se?ora?
—Tu sierva me tiró el vino en mi vestimenta. Esta tela es de fino lino de Amorreo, ?entiendes? Algo único.
—Disculpe, yo...
—Se supone que eres el eunuco del palacio que se encarga de los siervos, pero eres un incompetente, un idiota. No tienes experiencia. Le diré al Rey que te expulse, es lo que mereces, novato —escupió ella con veneno.
—Se?ora, yo... —Amreh trató de mantener la calma, pero no pudo evitar que su voz temblara.
De pronto, la Segunda Esposa le dio una bofetada sonora a Amreh, descargando toda su ira en él. Amreh se llevó la mano a la mejilla, aguantando el dolor sin decir nada.
—Y ahora... ?HEY, Tú! —gritó ella mirando a Kesi.
—Mierda... —murmuró la ni?a por lo bajo.
—Eres nueva, ?verdad?
—Sí.
—Ella tiene responsabilidades, se?ora —intervino Amreh, protegiendo a la ni?a—. El Rey lo solicitó, no puede usarla, lo siento.
—?Entonces llama a otra sierva AHORA!
—Sí, se?ora.
—?CUáNTOS INCOMPETENTES HAY! ?AHHHH! —gritó ella, alejándose irritada.
Kesi se acercó a Amreh. —?Estás bien?
—Esa mujer es una...
—Una serpiente —completó Kesi.
—Sí. No sé cómo la aguanto. Cuánto odio tengo hacia ella, ?ahg! Por eso nunca le llegaría a los pies a Lizarel. Yo sé que ella podrá eliminar a esa serpiente.
—Yo sé que sí, ya lo verás... —dijo la ni?a con seguridad.
—Vamos a apoyar a Lizarel ahora.
—Así es. Seamos pacientes; mientras más se agita la serpiente, más cerca está de morderse sola.
—Y así será...
En la Sala del Trono, el Rey Zekeriel estaba sumido en sus pensamientos hasta que Tibar entró apresurado.
—Soberano, disculpe por entrar así.
—Dime, ?qué pasa? Habla.
—Un mensajero...
—?Un mensajero? ?Es de Hai?
—No, es de Herzor.
—?En serio? Tráelo.
Tibar salió y regresó con un hombre cubierto de polvo de camino. —He aquí, soberano.
—Soberano, disculpe. Soy mensajero del Rey de Herzor, y aquí le traigo el mensaje de mi Rey —dijo el hombre, entregando un papiro sellado.
Zekeriel rompió el sello y leyó:
"Hola, Rey Zekeriel. ?Cómo estás? Vaya que soy cordial y modal, ?no? Como sea, deja decirte que ya te mostré mi amenaza, pero dime, ?podrás vencerme? Supe que tu hijo tiene una esposa bellísima, se llama Lizarel. Creo que ella gobernaría mejor aquí y me daría hijos. Tu hijo Hadram sería poco hombre. Pero vengo al grano.
Adivinaste sobre quién sería el traidor, pero deja decirte que hay alguien tan cercano que siempre estuvo allí. Ese traidor está siempre a tu lado. Si lo averiguas, entonces dejaré tu reino en paz..."
El Rey Zekeriel apretó el papiro, sus nudillos volviéndose blancos.
—?Me podría dar su respuesta para el Rey? —preguntó el mensajero.
—Sí. Dile esto: Yo, el Rey, encontraré al traidor y no sabrá cómo acabará su final. Dile eso.
—Está bien, soberano. Con su permiso...
—?Espera! Dile algo más —rugió Zekeriel—. Hadram tal vez sea inmaduro y mimado, pero lo sorprenderá; Hadram gobernará y Lizarel nunca se dejará dominar, porque ella dominará algo que usted nunca podrá. Eso dile a tu Rey.
—Así será, soberano.
Cuando el mensajero salió, Zekeriel no pudo contenerse más y lanzó su copa contra la pared, rozando apenas a Tibar.
—?MALDICIóN!
—Soberano...
—?Ese Rey tuvo la osadía de insinuarse con mi nuera, a quien considero una hija! ?CóMO PUDO, AHH!
—Soberano, cálmese, sí.
—Lo estaré. ?BUSCA A ESTE TRAIDOR EN CUANTO SEA, AHORAAAAA!
—Haré todo, soberano.
—Ve.
En el corredor oscuro cerca de la salida trasera del palacio, la Segunda Esposa esperaba impaciente.
—Pediré que... —comenzó a decir.
—?Pedirás qué? ?Qué pasa? —preguntó la Tercera Esposa, llegando a su lado.
En ese momento, el mensajero de Herzor apareció antes de salir del recinto. —Se?ora...
—?Qué haces aquí? —preguntó la Segunda Esposa.
—Vine a entregar un mensaje del Rey Herzor.
—Entiendo. ?Qué dice el Rey? Dime.
—El soberano de Herzor dijo que, si queremos la paz, deben atrapar al traidor.
—Eso no puede pasar. Yo soy su aliada —dijo ella con una sonrisa gélida.
—Ja, sí. Pero el Rey no piensa lo mismo. Si sigues apoyándolo, él te ayudará.
—?Por qué no le dices que ma?ana le llevaré a Lizarel al jardín? —propuso ella con malicia—. Para tenerla como moneda de cambio. Es una buena idea, ?lo entiendes?
El mensajero asintió lentamente. —Yo le diré y te daré la respuesta. Si viene la paloma con una tela roja, entonces cumple ese plan.
—Apuesto a que aceptará, ya lo verás.
—Con su permiso... —el mensajero se escabulló en la noche.
—?Estás segura de esto? —preguntó la Tercera Esposa, temblando.
—Claro que sí. Quiero que Lizarel pague. Cuando sea así, me libraré de ella, ya lo verás...
—Entonces, que así sea.
—Ya lo verás...

