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Capítulo 17 Entre flores y cadenas

  I. PRIMEROS INICIOS DEL JUEGO

  Pasaron unos días desde lo ocurrido, pero la segunda esposa seguía intentando intimidarme disimuladamente. Yo sabía bien cómo era: me manchaba la ropa, dejaba animales en mi camino, buscaba cualquier forma de incomodarme. Para mí, todo eso eran berrinches de ni?a, aunque tuviera cincuenta a?os y aún siguiera inmadura.

  —Disculpa, perdón por empujarte, pensé que eras una sierva —dijo la segunda esposa con falsa cortesía.

  —No se preocupe, solo los que se equivocan más se vuelven más olvidados, ?verdad? Disculpé —respondí con calma.

  Ella se puso irritable, pero a mí me empezó a gustar el juego que intentaba imponer.

  —Esa chiquilla me hizo humillar, pero no quedará así —murmuró con odio.

  Mientras tanto, el Rey Zekeriel estaba en el jardín, sentado y admirando el paisaje.

  —Soberano y suegro, ?qué hace aquí? —pregunté con curiosidad.

  —Viendo el paisaje, me gusta —respondió con serenidad.

  —Ya veo, entonces debo irme, no quiero molestarlo.

  —No, ven —me detuvo.

  —?Le gusta el jardín?

  —Sí, me recuerda a mi difunta esposa.

  —Su esposa… la amaba.

  —Sí, era muy bella, bondadosa, delicada, paciente y sabia.

  —Me imagino.

  —Cuando la recuerdo, la recuerdo como estas flores.

  —Vaya, usted poético.

  —No, soy malo en eso… pero me recuerdas a ella, en serio. Por eso prometí a tu madre que te protegería.

  —Gracias, usted lo ha hecho.

  —Yo no tuve una hija, pero tú lo serás.

  —Y usted un padre…

  Siempre fui feliz con mi suegro, que me trataba como a una hija. Todos los días me llevaba a conocer lugares dentro del palacio y me ense?aba a montar.

  —Debes sentarte recta, el caballo no es fácil. Sé que ya te has subido, pero pronto te gustará.

  —Bien.

  —El caballo debe sentirse seguro y cómodo contigo, con paciencia.

  —Claro.

  —Calma, el caballo debe estar tranquilo.

  Aunque sabía poco de montar, él me ense?aba más, incluso cómo se combatía en la guerra.

  —Debes aprender a agarrar la espada y mantener el equilibrio, porque si no, el enemigo te mata. ?Quieres intentar?

  —Sí, claro.

  This book was originally published on Royal Road. Check it out there for the real experience.

  Tomé la espada y empecé a atacar disimuladamente, mientras el Rey Zekeriel me respondía.

  —Vaya, eres buena. ?Dónde aprendiste?

  —Cuando era peque?a.

  —Digna de una princesa de Canaán y digna de ser reina.

  —Sí, claro.

  Hadram nos observaba desde la terraza, cada vez más enamorado de mí.

  —Vaya, Lizarel, eres buena, lo sabes.

  —Sí.

  —Tu esposa es la indicada, ?verdad que tenía razón? —dijo el Rey.

  —Sí, más siendo la más bella de todas las mujeres —respondió Hadram.

  —?En serio?

  Hadram me besó delicadamente.

  —Te amo, mi esposa, y siempre será así, lo sabes.

  —Lo sé. Bueno, debo irme al harén, con su permiso, soberano y suegro.

  —Claro, mi nuera, ve.

  Al irme, dejé al Rey y al príncipe en el establo.

  —No digas nada, sabes bien que Lizarel es mejor que la que elegiste —dijo el Rey con seriedad.

  —Papá, tú lo sabes, yo…

  —Sabes bien que ella no era nada, solo lo que trabajaba. Lizarel es mejor, y siendo princesa de Hai tiene las cualidades de ser reina.

  II. En el harén

  La segunda esposa estaba acostada, comiendo fruta y mirando a las cortesanas ensayar.

  —Qué aburrido ensayar —dijo la tercera esposa.

  —Eso es cierto, solo quieren llamar la atención —respondió la segunda con odio.

  —Mira quién llegó.

  —Lizarel de Hai, esa idiota sigue siendo débil, ya verás.

  —Ella ya viene.

  —Vaya, ?qué haces aquí? Tu suegro no te soportó, ?verdad?

  —Eres cananea como nosotras, pero vienes del reino inútil de Hai.

  —A pesar de ser bella y joven, pronto serás marchita como un tallo seco…

  Me hacían comentarios malos, pero yo permanecía tranquila.

  —Ups, perdón, derramé vino en tu vestido, disculpa —dijo la tercera esposa con burla.

  —?Qué vas a decir, ?eh? —preguntó la segunda.

  —Nada. Vaya, ?es todo lo que pueden hacer para humillarme?

  —?Cómo osas!

  —?Me vas a pegar? Hazlo, no te tengo miedo. Si lo haces, mi suegro te matará. Así que con su permiso, bruja. Aunque seas joven, tu amargura te marchitará más rápido.

  La segunda esposa se llenó de odio, mientras yo mostraba mi verdadera naturaleza.

  —Esa maldita perra me insultó, ?MALDICIóN! —gritó furiosa.

  III. Amreh y las nuevas siervas

  En otra sala, Amreh examinaba nuevas siervas. Era común en aquella época ver esclavos de todas las edades: ni?os, jóvenes y adultos. Las chicas traídas de Jericó tenían entre doce y dieciocho a?os, algunas nobles caídas en desgracia, otras de pueblos distintos. Llegaban con polvo en la piel, marcas de látigo y miradas apagadas.

  —Muy delgada… asquerosa… vaya, qué linda, seria y calmada. ?Cómo te llamas?

  —Me llamo Kesi.

  —?Cuántos a?os tienes?

  —Doce, soy egipcia.

  —Pareces de dieciocho.

  —Eso dicen, pero esa es mi edad —respondió con firmeza.

  —Me agradas, espero que nos llevemos bien.

  Kesi fue llevada a ba?arse. La sierva la ayudó con delicadeza.

  —Pareces que te han latigado, ?no te lastiman?

  —No, poco me importa. Eso es para débiles.

  —Pareces como Lizarel.

  —?Lizarel? ?Quién es ella?

  —Es la esposa del príncipe Hadram, futura reina. No se deja intimidar y es muy bella.

  —Si no se deja intimidar, entonces la admiro.

  Kesi era distinta a las demás siervas. Alta para su edad, con una mirada firme que no se quebraba. Había nacido en una familia rica de Egipto, pero su belleza eclipsó a la de su hermana mayor. Por eso fue vendida: su altura y su rostro delicado eran vistos como una amenaza dentro de su propia casa. Desde entonces, aprendió a callar, a resistir, y a no mostrar lágrimas.

  En el ba?o, mientras el agua con pétalos la rodeaba, Kesi pensaba en su pasado: los banquetes de su infancia, las voces de su madre, los celos de su hermana. Todo había quedado atrás. Ahora estaba en un palacio extranjero, y aunque era esclava, su espíritu no se doblegaba.

  —Ella es linda, mucho más que otras —dijo la sierva sobre Lizarel.

  —De ser bella es mala.

  —Sí, pero con las siervas no.

  —Eso la hace humana, no como las personas que disfrutan maltratar.

  La sierva la vistió con un nuevo atuendo y la llevó a su cuarto. Kesi se sentó en la cama, observando las paredes sencillas, y pensó que quizá ese lugar sería el inicio de otra vida. Admiraba a Lizarel en silencio, sin saber si algún día sería su amiga… o su enemiga.

  2. Comenta tus teorías.

  3. ?Sigue la novela!

  ?Nos vemos en la próxima actualización!

  


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