# Capítulo 13: Ecos de un Pasado Dorado
El distrito noble estaba muerto.
Zack caminaba por las calles anchas e inmaculadas, sus pasos resonando en el silencio antinatural que envolvía el lugar. Mansiones elegantes se alzaban a ambos lados, sus ventanas oscuras como ojos vacíos observando su paso. Jardines meticulosamente cuidados permanecían inmóviles, sin el menor soplo de viento que agitará sus hojas.
No había gente. Ni animales. Ni siquiera el sonido distante de la ciudad llegaba allí. Era como si la vida misma hubiera sido drenada de este lugar, dejando solo cáscaras vacías de opulencia.
El contraste con el caos y la destrucción del Distrito Bajo era inquietante. Mientras que allí había cuerpos, sangre y ruinas, aquí solo había... ausencia. Una ausencia tan completa que parecía deliberada.
Zack era más humano ahora, la oscuridad de sus ojos casi completamente disipada. Pero el peso que cargaba era inmenso. Cada paso hacia el castillo del Rey Violeta parecía más pesado que el anterior. La culpa por los muertos en el Distrito Bajo. La ira por la implicación del Rey. Y algo más, algo que no podía nombrar: una sensación creciente de que caminaba hacia un enfrentamiento largamente postergado.
Sobre el castillo, el cielo tenía una coloración extra?a; no exactamente púrpura, ni exactamente negra, sino algo intermedio, como si la realidad estuviera siendo sutilmente distorsionada. La Luna Negra vibraba ocasionalmente en su vaina, respondiendo a algo invisible en el aire.
Fue entonces cuando la vio: una fuente de agua cristalina en el centro de una peque?a plaza. Zack frunció el ce?o, confundido. Conocía bien esta zona, había pasado por aquí incontables veces antes, pero nunca había notado esta fuente. Era hermosa, tallada en mármol blanco con detalles dorados, el agua tan clara que parecía hecha de luz líquida.
Algo en ella captó su atención, atrayéndolo como un imán. Zack se acercó lentamente, casi contra su voluntad. La luz de una farola cercana iluminaba el agua, creando reflejos hipnóticos que danzaban en la superficie perfectamente inmóvil.
Al inclinarse sobre el borde de la fuente, Zack vio su propio reflejo. El contraste entre luces y sombras era dramático, dividiendo su rostro en dos mitades: una iluminada, revelando rasgos humanos y familiares; la otra sumida en sombras impenetrables.
Por un momento, todo estuvo perfectamente quieto. El silencio era absoluto. Zack sintió una soledad extra?a, una sensación de aislamiento tan profunda que parecía física, como un peso sobre sus hombros.
Entonces, sin viento ni movimiento alguno, el agua de la fuente se agitó. El reflejo de Zack se distorsionó, ondulando como si se viera a través de cristal fundido. Y cuando el agua volvió a calmarse, los ojos del reflejo ya no eran los suyos: eran más antiguos, más profundos, simultáneamente familiares y extra?os.
Un dolor agudo atravesó su cabeza como un rayo. La Luna Negra vibró violentamente en su vaina, emitiendo un zumbido bajo que parecía perforar sus tímpanos. Zack cayó de rodillas, sosteniéndose la cabeza con las manos, mientras fragmentos de recuerdos comenzaban a invadir su mente como astillas de vidrio.
*La Luna Negra, incrustada en una enorme roca de cristal, rodeada de oscuridad absoluta.*
*Un ni?o con el rostro cubierto de sombras, siendo elevado en el aire, mientras risas distantes resonaban como campanas rotas.*
*Una mujer con cabello dorado y ojos del mismo color, su sonrisa radiante como el atardecer, extendiéndole la mano.*
El dolor en sus oídos aumentó, convirtiéndose en un zumbido insoportable que parecía llenar todo su cráneo. Visiones fragmentadas explotaron tras sus ojos cerrados, demasiado rápidas para ser comprendidas, demasiado intensas para ser ignoradas.
—?BASTA! —gritó al cielo vacío, su voz resonando por las calles desiertas—. ?BASTA!
No había nadie para oír sus gritos. Nadie para ayudar. Nadie para presenciar cuando el dolor alcanzó un pico insoportable y luego, de repente, cesó.
El mundo de Zack pareció disolverse, como tinta en el agua. Las calles, las mansiones, la fuente... todo desapareció, dando paso a un recuerdo completo, vívido y detallado que lo envolvió como una ola.
***
Zack abrió los ojos.
Estaba tumbado en una cama sencilla pero cómoda, en una habitación peque?a y oscura. Se incorporó lentamente, pasándose una mano por el cabello, rapado a los lados y dejando solo una franja en medio. Su rostro estaba libre de cicatrices, su cuerpo más joven, más ligero. Llevaba una camiseta de tirantes blanca y pantalones militares con botas.
La Luna Negra no estaba con él.
Se levantó y caminó hacia la ventana, abriendo las cortinas con un movimiento fluido. La luz del sol inundó la habitación, y con ella, la vista de una ciudad que ya no debería existir.
El País del Poliedro se extendía ante él en toda su gloria: una metrópolis majestuosa con arquitectura gótica moderna, edificios que parecían tocar las nubes, puentes impresionantes que conectaban diferentes niveles de la ciudad. árboles gigantescos, algunos de más de 20 metros de altura, crecían entre los edificios, sus copas formando toldos verdes sobre las calles. Ríos serpenteaban por la ciudad, sus aguas cristalinas reflejando el cielo azul sin nubes.
Las calles pulsaban con vida. Gente a caballo trotaba junto a carruajes ornamentados. Ciudadanos bien vestidos caminaban por las aceras, charlando animadamente. Los perros corrían entre las piernas de los peatones, mientras los gatos observaban todo desde cornisas soleadas. Pájaros coloridos volaban entre los árboles, llenando el aire con sus cantos.
Esculturas geométricas de plata adornaban cada esquina, cada plaza, cada puente: obras de arte matemáticas que captaban y reflejaban la luz del sol de formas hipnóticas. Y en el centro de la ciudad, visible incluso desde la distancia, se alzaba una estatua dorada de 50 metros: la Reina de los Ojos Dorados, con una cría de dragón dorado llamada Kobal a su lado, sus escamas metálicas brillando bajo el sol.
Zack sonrió; una sonrisa genuina y despreocupada, tan diferente de la sonrisa tensa y rara del Zack actual. Había una ligereza en sus movimientos, una ausencia del peso invisible que siempre parecía cargar.
—?Maldición! —murmuró, mirando un reloj en la pared—. Nanashi está esperando.
Salió apresuradamente de la habitación y bajó las escaleras del edificio, saludando a vecinos, ancianos y ni?os com familiaridade e afeto. Una anciana le ofreció un pan recién horneado, que aceptó con un beso en su mejilla arrugada. Un grupo de ni?os corrió a su alrededor, riendo y pidiéndole que mostrara "el truco", a lo que respondió haciendo desaparecer una moneda y reaparecer tras la oreja de un ni?o boquiabierto.
En la puerta del edificio, un hombre alto y delgado fumaba un cigarrillo, apoyado contra la pared con una postura despreocupada. Tenía el cabello largo y blanco que caía sobre sus hombros, la piel tan pálida como la porcelana y ojos de un azul tan intenso que parecían irreales. Tatuajes cubrían cada centímetro visible de su piel: peces de colores nadando por su cuello, perros corriendo por sus brazos y dragones enroscados en sus mu?ecas.
—Llegas tarde, idiota —dijo el hombre, lanzando una nube de humo al cielo.
—Mala mía —respondió Zack, deteniéndose a su lado. Luego, con un tono más animado—: ?Hoy es día de poses?
Una sonrisa lenta se extendió por el rostro tatuado. —Sí, y también el día más importante de mi vida —su expresión se iluminó con una felicidad genuina—. Voy a declararme.
—?Finalmente, cobarde con cara de caballo! —exclamó Zack, golpeando ligeramente el hombro de su amigo.
—?Mira quién habla, rata de alcantarilla sin cerebro! —replicó el otro, devolviendo el golpe con fuerza suficiente para hacer que Zack tropezara.
En segundos, estaban intercambiando insultos cada vez más creativos, pu?etazos y patadas que parecían violentos pero eran claramente juguetones. La "pelea" terminó con ambos cayendo en la acera, riendo tanto que apenas podían respirar.
—Vamos, Nanashi —dijo Zack finalmente, levantándose y extendiendo una mano para ayudar a su amigo—. No quiero que llegues tarde al gran momento.
Comenzaron a caminar por las calles soleadas del País del Poliedro, pasando por mercados coloridos donde los vendedores anunciaban sus mercancías, plazas donde los músicos tocaban instrumentos extra?os y hermosos, y templos donde sacerdotes con túnicas coloridas realizaban rituales complejos que involucraban cristales y luz.
Tras unos minutos de caminata, Nanashi rompió el cómodo silencio. —?Cómo está ella? —preguntó, con su voz repentinamente seria.
Zack estaba visiblemente incómodo, con sus ojos fijos en el suelo. —Bien... —respondió simplemente, con su voz casi inaudible.
Nanashi puso su mano sobre el hombro de Zack, apretando ligeramente. —Relájate, todo saldrá bien. Estoy aquí —luego, con un movimiento rápido, sacó una peque?a bolsa de cuero de dentro de su abrigo—. Toma, 20 monedas de plata.
Zack miró la bolsa como si fuera una serpiente venenosa. —No necesito tu caridad —dijo, empujando la bolsa de nuevo contra el pecho de Nanashi.
—?Cállate y toma el dinero, animal! —gritó Nanashi, riendo mientras golpeaba a Zack en la cara con fuerza suficiente para derribarlo.
Zack cayó en la acera, frotándose la barbilla. Tras un momento de silencio tenso, tomó la bolsa de monedas. —No te lo pagaré —advirtió, metiéndola en su bolsillo.
Nanashi le extendió la mano para ayudarlo a levantarse, con una sonrisa irónica en el rostro. —?Pero cuándo has pagado tú alguna vez?
***
El recuerdo estalló como una burbuja, lanzando violentamente a Zack de vuelta a la realidad. Estaba de nuevo arrodillado ante la fuente en el distrito noble, gritando de dolor mientras la Luna Negra vibraba en su vaina como un animal salvaje intentando escapar.
Por un momento, Zack pareció completamente desorientado, sus ojos moviéndose frenéticamente de un lado a otro, como si no supiera dónde estaba o quién era. Fragmentos de las dos realidades se mezclaban en su mente: el sol brillante del País del Poliedro y el cielo distorsionado sobre el castillo del Rey Violeta; el rostro sonriente de Nanashi y las calles vacías del distrito noble; la ligereza que sentía en ese pasado distante y el peso abrumador del presente.
Lentamente, con dolor, se compuso. Su rostro se endureció con una determinación renovada. Miró al castillo a lo lejos, ahora con una comprensión nueva, aunque incompleta. Había demasiadas preguntas, demasiados recuerdos fragmentados. Pero una cosa estaba clara: el camino a seguir.
Zack se puso de pie, ajustó la Luna Negra en su vaina y continuó su viaje hacia el castillo, sus pasos más firmes y decididos que antes.
El puente que conectaba la ciudad con el castillo era una estructura imponente: arcos de piedra blanca sostenidos por columnas talladas con figuras mitológicas, el parapeto decorado con tallas de batallas antiguas. Como todo en el distrito noble, estaba completamente desierto. Cada uno de los pasos de Zack resonaba en el silencio, como si caminara entre dos mundos.
Al acercarse al castillo, Zack sintió una presión creciente, como si el aire se volviera más denso. La Luna Negra vibraba con intensidad creciente, casi como si estuviera ansiosa, reconociendo algo familiar.
Peque?os detalles inquietantes comenzaron a captar su atención en el camino: sombras que parecían moverse incorrectamente, como si tuvieran voluntad propia; reflejos distorsionados en las ventanas del castillo que no correspondían a lo que debería reflejarse; el sonido ocasional de susurros que parecían venir de ninguna parte y de todas partes al mismo tiempo.
Finalmente, llegó a las puertas del castillo: estructuras enormes de 12 metros de altura hechas de oro macizo, decoradas con tallas complejas que parecían contar historias antiguas. Figuras en relieve mostraban batallas, coronaciones, ejecuciones y rituales extra?os, todos conectados en una narrativa continua que rodeaba las puertas.
Con un esfuerzo considerable, Zack empujó las puertas, que se abrieron lentamente con un gemido metálico que resonó por el castillo vacío. Una ráfaga de viento frío lo golpeó, viniendo de ninguna parte, trayendo sonidos distantes e indistintos: susurros, risas ahogadas, ocasionalmente lo que parecía ser un grito lejano.
El interior del castillo era de una opulencia deslumbrante. Alfombras lujosas cubrían el suelo de mármol pulido. Objetos de plata y oro adornaban mesas y estanterías por todas partes. Escaleras de madera blanca subían en espiral elegante hacia los pisos superiores. Alfombras rojas marcaban caminos por el suelo, todos convergiendo hacia el centro del castillo. Candelabros de cristal colgaban del techo alto, iluminándolo todo con una luz casi sobrenatural, demasiado blanca, demasiado fría para ser natural.
Zack siguió la alfombra roja principal, con sus sentidos en alerta máxima. Cada paso lo llevaba más profundo en el castillo, más cerca de lo que sabía que lo estaba esperando.
Finalmente, llegó al salón principal: una cámara inmensa con techo abovedado, sostenida por columnas de mármol negro. Vidrieras filtraban la extra?a luz del exterior, proyectando patrones complejos en el suelo. Y a 30 metros de la entrada, en una plataforma elevada, había un sillón impresionante.
No era un trono ordinario. Era una estructura grotesca y majestuosa, formada por coronas fundidas de diversas formas y tama?os, fusionadas en una sola pieza. Oro, plata, platino y otros metales más raros se entrelazaban en patrones caóticos, con joyas de todos los colores incrustadas en la superficie. Algunas de las coronas eran todavía reconocibles —una tiara delicada aquí, una corona pesada y ornamentada allá— como si sus due?os originales hubieran sido absorbidos por el trono, sus identidades preservadas solo como trofeos.
Y sentado en este trono, con los pies cruzados y una postura relajada que sugería aburrimiento o una expectativa satisfecha, estaba el Rey Violeta.
Llevaba ropas negras y rojas de una tela tan fina que parecía fluir como el agua alrededor de su cuerpo esbelto. Una corona sencilla, casi modesta comparada con su trono, descansaba sobre su cabello negro como la noche. Su apariencia era inquietantemente hermosa: rasgos perfectos y simétricos, como si hubiera sido esculpido en lugar de haber nacido. Piel pálida e inmaculada como la porcelana. Y sus ojos: violetas intensos, profundos, hipnóticos, que parecían brillar con luz propia.
Ante el trono, se habían dispuesto una silla tapizada en rojo y una mesa baja con bebidas y comida, como si el Rey hubiera estado esperando a un invitado durante mucho tiempo.
Las miradas de Zack y del Rey se cruzaron a través del salón. Había un reconocimiento silencioso entre ellos, como viejos conocidos que se reencuentran tras una larga separación. El aire entre ellos parecía cargado de electricidad, denso con una tensión no resuelta y secretos compartidos.
La Luna Negra vibraba con intensidad creciente en la vaina de Zack, como si reconociera a un viejo enemigo... o a un viejo amigo.
El Rey sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos violetas. Era un gesto calculado, ensayado, como un actor que sabe exactamente qué efecto quiere crear.
—Finalmente —dijo, con su voz melodiosa y terrible al mismo tiempo, resonando por el salón vacío—. Pensé que nunca vendrías a visitarme... —hizo una pausa deliberada, sus ojos violetas brillando con algo que podría ser diversión o malicia—. ...viejo amigo.
Zack sintió otra oleada de recuerdos intentando emerger —fragmentos de conversaciones, risas compartidas, traiciones antiguas— pero los suprimió con esfuerzo. No era el momento de perderse en el pasado. Había asuntos más urgentes en el presente.
Lentamente, deliberadamente, avanzó hacia la silla preparada para él, cada paso resonando en el silencio del salón.
El Rey se?aló la silla con un movimiento elegante de su mano pálida. —Siéntate —invitó, su voz suave como el terciopelo y afilada como una hoja—. Tenemos mucho que discutir sobre el Vacío, sobre Skull... —sus ojos violetas brillaron con renovada intensidad—. ...y sobre la mujer de ojos dorados a la que ambos amamos.
## Cuando los Reinos Caen
Zack vaciló un momento antes de acercarse a la silla preparada para él. Sus dedos rozaron ligeramente la empu?adura de la Luna Negra, listo para desenvainarla ante la primera se?al de traición.
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Para su sorpresa, el Rey Violeta se levantó del trono de coronas fundidas con un movimiento fluido y grácil. No había amenaza en su postura, ni tensión en sus hombros. Se movía con la elegancia natural de alguien completamente a gusto en su propia piel.
—Por favor, siéntate —dijo el Rey, su voz melodiosa resonando por el salón vacío—. Debe haber sido un largo viaje para llegar hasta aquí.
Zack permaneció de pie, sus ojos nunca dejando los del Rey mientras se acercaba a la mesa entre ellos. Con gestos delicados, el monarca levantó una botella de cristal que contenía un líquido rojo oscuro y llenó dos copas.
—Vino del País de la Monta?a —explicó, ofreciendo una de las copas a Zack—. Una cosecha especial. Dicen que las uvas crecen en laderas tan empinadas que los vendimiadores tienen que ser atados para evitar caer al vacío.
Cuando Zack no hizo ningún movimiento para aceptar la bebida, el Rey sonrió suavemente y colocó la copa sobre la mesa. Luego, comenzó a servir comida de fuentes doradas: carnes delicadamente rebanadas, frutas exóticas, panes todavía humeantes.
—?Cómo has estado, viejo amigo? —preguntó el Rey, como si estuvieran retomando una conversación recientemente interrumpida—. ?Han sido los a?os amables contigo?
Zack sintió que su mandíbula se apretaba. Esto no era lo que esperaba. ?Dónde estaba la pelea, el enfrentamiento? ?Dónde estaban las acusaciones, las amenazas? ?Por qué el Rey Violeta —el hombre que aparentemente estaba detrás de la masacre en el Distrito Bajo, que tenía alguna conexión con Skull— lo trataba como a un viejo amigo en una cena casual?
—?Qué es esto? —Zack habló finalmente, su voz ronca por la tensión—. ?A qué tipo de juego estás jugando?
El Rey pareció genuinamente herido. —?Juego? No hay ningún juego. Solo dos viejos conocidos compartiendo una comida —hizo un gesto amplio hacia la comida y la bebida—. Por favor, sírvete.
—Está envenenado —dijo Zack secamente.
Una sonrisa triste tocó los labios del Rey. Sin decir palabra, tomó la copa que le había ofrecido a Zack y bebió un largo sorbo. Luego, se sirvió generosamente comida y comió con evidente placer.
—?Ves? —dijo tras tragar—. Sin veneno. Solo buena comida y buen vino.
Zack permaneció inmóvil, su desconfianza solo aumentando con esta demostración. Finalmente, incapaz de soportar más esta farsa, hizo un movimiento hacia la Luna Negra.
—Ah —suspiró el Rey, dejando el tenedor delicadamente sobre el plato—. ?Todo tiene que resolverse con violencia? —sus ojos violetas se encontraron con los de Zack, cargados de algo que parecía casi... tristeza—. Solo quería un día de paz.
La mano de Zack se detuvo a mitad de camino hacia la espada. —?Paz? —repitió, incrédulo—. ?Después de lo que hiciste en el Distrito Bajo? ?Después de Milos y su ritual? ?Después de todas esas muertes?
—Las cosas son más complicadas de lo que parecen —respondió el Rey, tomando otro sorbo de vino—. Siempre lo han sido.
—Entonces explica —exigió Zack, su voz llena de ira contenida—. Explica por qué estoy aquí siendo tratado como un invitado de honor en lugar de un enemigo. Explica todo este... teatro.
El Rey observó a Zack durante un largo momento, sus ojos violetas insondables. A su alrededor, la atmósfera del salón parecía cambiar sutilmente: las sombras se alargaban como dedos intentando alcanzarlos, la luz de los candelabros parpadeaba como si fuera soplada por un viento inexistente, y ocasionalmente sonidos extra?os resonaban por los pasillos distantes: susurros, risas ahogadas, lo que podría ser un grito muy lejano.
—Realmente no recuerdas nada, ?verdad? —preguntó finalmente el Rey, con su voz más suave—. ?Nada de nada?
Antes de que Zack pudiera responder, una pregunta diferente se formó en sus labios, una que le había estado molestando desde que entró en el distrito noble.
—?Por qué hay tanto silencio ahí fuera? ?Dónde está toda la gente?
El Rey dejó de servir vino, quedándose completamente quieto. El silencio se estiró entre ellos, pesado y opresivo como un sudario. Cuando finalmente habló, su voz era tranquila, casi casual.
—Los maté. A todos.
Zack sintió que se le helaba la sangre. —?Qué?
—A los nobles, a los sirvientes, a los guardias —continuó el Rey, como si discutiera el clima—. A todos los habitantes del distrito noble. No fue violento, si eso te consuela. Fue un ritual sencillo. Simplemente... dejaron de existir.
—?Por qué? —la pregunta explotó de Zack, llena de furia y horror—. ?Por qué le harías eso a tu propio pueblo?
El Rey Violeta miró a Zack con una expresión enigmática: una sonrisa triste que no llegaba a sus ojos brillantes.
—Simplemente era el turno de caer de otro reino —respondió simplemente.
Fue como si esas palabras fueran una llave girando en una cerradura olvidada dentro de la mente de Zack. Un dolor agudo atravesó su cabeza, haciéndole tambalear. El zumbido familiar regresó, creciendo rápidamente hasta volverse ensordecedor. La Luna Negra vibró violentamente en su vaina, como si estuviera ansiosa por ser desatada.
El Rey observó la reacción de Zack con interés clínico. Luego, lentamente, su postura cambió. Se enderezó, creciendo unos centímetros, sus hombros ensanchándose sutilmente. Sus ojos violetas comenzaron a brillar con luz propia, sobrenatural, como faros en la oscuridad.
Cuando volvió a hablar, su voz tenía una cualidad diferente: más profunda, más resonante, como si múltiples voces hablaran al unísono.
—?Soy el apóstol, loco, hambriento!
El dolor en la cabeza de Zack se intensificó, casi haciéndole caer de rodillas. Visiones fragmentadas explotaron en su mente: el País del Poliedro en llamas, edificios colapsando, gente corriendo y gritando por las calles.
—?Soy la luz, la oscuridad o la solución!
Más fragmentos: la mujer de ojos dorados gritando su nombre, las lágrimas corriendo por su rostro perfecto, extendiendo la mano hacia él a través de un abismo creciente.
—?Soy la libertad, el clavo en el ataúd!
Nanashi, con el rostro contorsionado por la agonía, cayendo en un pozo sin fondo de oscuridad absoluta, sus tatuajes brillando como fuego antes de ser tragados por la negrura.
—Pero no soy el Vacío...
El dolor alcanzó un pico insoportable. Zack sintió que su conciencia se desvanecía, como si algo más estuviera tomando el control de su cuerpo. Luchó desesperadamente por mantener el control, pero era como intentar sostener agua con las manos: cuanto más apretaba, más se le escapaba entre los dedos.
Por un instante, todo se volvió negro.
Cuando su conciencia regresó parcialmente, Zack se encontró de pie, con la Luna Negra desenvainada en su mano. La hoja negra atravesaba el pecho del Rey Violeta, pasándolo de parte a parte e incrustándose en el trono de coronas fundidas tras él.
El horror y la confusión inundaron a Zack. No recordaba haberse movido, haber desenvainado la espada ni haber atacado. Era como si su cuerpo hubiera actuado por su cuenta, controlado por alguna fuerza externa.
—?NO! —gritó, con la voz quebrada—. ?Qué hice... por qué yo...?
El Rey Violeta, en lugar de mostrar dolor o ira, parecía casi aliviado. La sangre goteaba de la comisura de su boca, pero sus labios estaban curvados en una suave sonrisa. Con movimientos gentiles, levantó una mano temblorosa y acarició el rostro de Zack con una ternura sorprendente.
—Está bien —susurró, su voz débil pero clara.
Lágrimas brotaron de los ojos violetas del Rey, que lentamente comenzaron a perder su brillo sobrenatural. Su expresión era de una tristeza profunda, pero también de una paz extra?a, como alguien que finalmente encuentra descanso tras un largo viaje.
—Amigo mío —dijo, cada palabra claramente un esfuerzo—, Skull viene. El Vacío... ha llegado —sus dedos trazaron el contorno del rostro de Zack con afecto—. Amigo mío, sonríe, porque nos hemos visto.
Zack sintió un dolor agudo en el pecho que nada tenía que ver con heridas físicas, y una tristeza abrumadora que no podía explicar. Algo profundo y antiguo dentro de él reconocía al Rey como alguien importante, alguien querido, a pesar de que su mente consciente no lo comprendiera del todo.
La Luna Negra continuaba temblando violentamente, incluso incrustada en el cuerpo del Rey, como si tuviera hambre de más, insatisfecha con una sola vida.
Zack intentó retirar la espada, pero sus manos no obedecían. Estaba atrapado en esa posición, sosteniendo el arma que estaba matando a su... ?amigo? ?enemigo? La distinción parecía no tener sentido ahora.
—Lo siento —sollozó Zack, las lágrimas mezclándose con la suciedade y la sangre en su rostro—. Lo siento tanto...
El Rey Violeta cerró los ojos, su cabeza cayendo hacia adelante contra el hombro de Zack. Su respiración se volvió más lenta, más superficial, hasta que finalmente cesó.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de los sollozos de Zack. El salón principal del castillo, con su opulencia y sus sombras, parecía un mausoleo dedicado a un pasado que Zack apenas empezaba a recordar.
Pero incluso en medio de su dolor, Zack sintió que algo cambiaba. La presión en el aire aumentó. El cielo fuera de las vidrieras se volvió aún más oscuro. Y en el horizonte, una sombra inmensa comenzó a formarse, una presencia que hacía que incluso el Vacío pareciera insignificante.
Skull estaba allí.
Y el final apenas estaba comenzando.
Los ojos del Rey comenzaron a perder el enfoque, la luz en ellos atenuándose como una vela a punto de apagarse. Sus labios se movieron una última vez, formando palabras que Zack no pudo oír. Luego, con un suave suspiro, el Rey Violeta se quedó inmóvil.
Zack permaneció paralizado, con la mano todavía en la empu?adura de la Luna Negra, incapaz de procesar completamente lo que había sucedido. La sala del trono, el castillo, el cuerpo del Rey... todo comenzó a disolverse como tinta en el agua. Zack sintiu que su propio cuerpo se volvía pesado, su conciencia flotando a la deriva, como si fuera arrastrada por una corriente invisible.
***
Agua. Fría, viscosa, envolviéndolo por completo.
Zack "despertó" flotando en un lago de aguas negras y aceitosas. Sobre él, un extra?o cielo nocturno se extendía infinitamente, donde las constelaciones brillaban en rojo en lugar de blanco, formando patrones que ningún astrónomo había catalogado jamás.
El aire estaba cargado de un olor fuerte y nauseabundo a carne quemada. Alrededor del lago, Zack podía distinguir vagamente los contornos de árboles gigantescos, extra?as formaciones rocosas y, a lo lejos, luces que podrían ser de una ciudad... o algo que se hacía pasar por una.
Intentó mover sus brazos para nadar, pero descubrió que no podía. Su cuerpo estaba completamente paralizado, como si sus músculos hubieran olvidado cómo responder a las órdenes de su cerebro. Lenta e inexorablemente, comenzó a hundirse en las aguas negras.
Pensamientos frenéticos corrían por su mente mientras se hundía: confusión sobre dónde estaba, qué le había pasado al Rey, si esto era la muerte o simplemente otra pesadilla. El agua negra entró en su boca, en sus pulmones, y ni siquiera pudo toser para expulsarla.
Fue entonces cuando lo oyó: el sonido de alguien nadando vigorosamente, chapoteando el agua con fuerza, acercándose rápidamente a donde él se hundía. Unas manos jóvenes y fuertes lo agarraron, tirando de él hacia la superficie justo cuando estaba a punto de perder el conocimiento.
—?Maestro! ?Maestro! —gritó una voz familiar, pero extra?amente más aguda de lo que recordaba.
Zack fue arrastrado hasta la orilla, tosiendo y expulsando el agua negra de sus pulmones. Cuando finalmente logró enfocar su visión, se encontró con un rostro que conocía íntimamente, pero que estaba... mal.
Era Orpheus. Pero no el Orpheus que conocía; este era mucho más joven, casi un ni?o, de no más de 15 a?os. Su rostro aún no tenía las cicatrices y líneas de preocupación que Zack conocía tan bien. Sus ojos todavía brillaban con una inocencia que se había perdido hacía mucho tiempo.
—??Maestro!! ?Aquí estoy! —exclamó el joven Orpheus, con su voz llena de preocupación y devoción.
Zack permaneció completamente inmóvil, con los ojos muy abiertos en un shock absoluto. En su mente, solo tres palabras resonaban como un mantra desesperado: "???Dios mío!!!"
El joven Orpheus sacó rápidamente una toalla de su bolsa y comenzó a secar a Zack, hablando rápidamente sobre lo preocupado que estaba cuando lo vio en el lago.
—Simplemente desapareciste del campamento —dijo, frotando vigorosamente los brazos de Zack con la toalla—. ?Busqué por todas partes! ?Qué hacías en el Lago de las Sombras? Todo el mundo sabe que es peligroso nadar aquí, las aguas tienen propiedades extra?as.
Zack permaneció en absoluto silencio, todavía intentando procesar dónde estaba y qué estaba pasando. Su mirada recorrió los alrededores, absorbiendo detalles que confirmaban sus temores.
árboles colosales de 50 metros se alzaban a su alrededor, sus raíces rojas expuestas serpenteando por el suelo como venas gigantes. El denso follaje en tonos naranja y rojo creaba una copa que bloqueaba parcialmente el extra?o cielo. La tierra bajo sus pies era negra y fértil, casi grasienta al tacto. Grandes piedras negras estaban esparcidas por el paisaje, algunas con inscripciones antiguas en lenguajes que pocos mortales podrían leer.
Y al fondo, más allá del bosque alienígena, se veían los contornos de una ciudad gigantesca, sus luces brillando como estrellas caídas. Una energía densa e palpable lo impregnaba todo, alterando el propio entorno: el clima, el suelo, incluso los pocos animales extra?os que se movían en las sombras.
No había duda. Estaba en el Continente Rojo: el lugar más peligroso y temido de todo el mundo.
Notando el estado mental perturbado de Zack, Orpheus intentó aligerar el ambiente, cambiando el tema a algo que claramente lo emocionaba.
—Maestro, practiqué esa técnica que me ense?ó —dijo, con sus ojos brillando de entusiasmo—. El desplazamiento rápido con doble rotación. ?Logré ejecutarlo perfectamente ayer! ?Recuerda que prometió que cuando dominara esta técnica y cumpliera 15 a?os, podría participar en mi primera caza? —su sonrisa se ensanchó, revelando dientes perfectamente alineados que aún no habían sido rotos y remendados incontables veces—. ?Y hoy es el día, Maestro! ?Finalmente tengo 15 a?os!
Zack miró al joven frente a él, intentando reconciliar esta versión de Orpheus con el hombre oscuro y atormentado que conocía. Este ni?o aún no había pasado por los horrores que darían forma a su carácter, aún no cargaba con el peso de las incontables vidas que arrebataría, aún no conocía la verdadera naturaleza del mundo y del Vacío.
Lentamente, Zack comenzó a entender dónde estaba: no en un sue?o o alucinación, sino transportado de alguna manera no solo en el espacio, sino en el tiempo. A un periodo en el que Orpheus era todavía su aprendiz, antes de los eventos que los separaron, antes de... todo.
Un conflicto interno se formó en Zack: ?debería revelarle a Orpheus quién era realmente y lo que sabía del futuro? ?O debería fingir ser el Zack de este tiempo para no alterar eventos que ya habían ocurrido? Y más importante aún: ?qué significaba su presencia aquí? ?Era una oportunidad para cambiar el pasado, o simplemente otra capa de tortura elaborada por el Vacío?
Antes de que pudiera decidirse por completo, Orpheus extendió su mano, ofreciéndose a ayudar a Zack a levantarse.
—Vamos, Maestro —dijo, su joven rostro iluminado por la anticipación—. La caza nos espera, y prometió que sería especial.
Zack aceptó la mano extendida, levantándose con un esfuerzo que parecía tanto físico como mental. Al hacerlo, notó algo inquietante: su mano fue automáticamente a su cintura, donde debería estar la Luna Negra. Pero en su lugar, solo había un espacio vacío. La espada había desaparecido.
Sus ojos se elevaron al horizonte, donde las luces de la ciudad distante parpadeaban como ojos vigilantes. Una pregunta oscura se formó en su mente, más inquietante que todas las demás:
?Qué exactamente estaban a punto de "cazar" en el Continente Rojo?

