Cacería en el infierno blanco
Cinco infectados rompieron una ventana y escaparon hacia el bosque cercano. Eran las diez de la noche cuando salimos tras ellos. Tras seguir sus huellas por poco tiempo, encontramos la tienda de campa?a de unos excursionistas. Estaba desgarrada de adentro hacia afuera, como si el pánico los hubiera obligado a atravesar la lona con sus propias manos para huir de algo indescriptible.
Seguimos el rastro por un sendero hasta que las huellas desaparecieron. Allí, encontramos a dos personas trepadas a un pino; sus ojos desorbitados reflejaban un terror absoluto.
—?Vienen por nosotros! —gritaban desesperados.
Tenían el cuerpo salpicado de manchas de sangre que no eran suyas. El Superior, impasible, decidió que no podíamos arriesgarnos a que el mundo se enterara de lo ocurrido.
—Quitenles la ropa. Es evidencia biológica —ordenó con frialdad.
—?Estamos a -15 grados! ?Se van a morir! —le grité, horrorizado.
—Nada se habla, Dmitri. Es parte del contrato —sentencia.
Les arrebatamos todo, dejándolos solo en ropa interior, abrazados al tronco del árbol mientras el frío extremo de la zona consumía sus vidas.
Las huellas se bifurcaban. El Superior dividió el pelotón: mi grupo seguiría el rastro que se alejaba del campamento, mientras los demás regresaban. Caminamos lo que se sintieron como kilómetros, con las botas hundiéndose en la nieve espesa, hasta que encontramos a dos infectados inmóviles. El frío les había congelado los pies al suelo; fueron eliminados con un disparo seco en la cabeza.
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El otro grupo informó haber encontrado tres cuerpos más en el suelo. No tenían manchas de sangre; la hipotermia los habia reclamado primero. Los dejamos atrás, convirtiéndolos en parte del paisaje helado del Monte Karzovik.
El final en el barranco
Seguimos el rastro hasta el borde de un precipicio. Allí encontramos a los tres infectados faltantes; ya eran cadáveres rígidos, reclamados por la hipotermia. Cerca de ellos, al borde del barranco, se encontró un grupo de cuatro excursionistas sobrevivientes. Dos de ellos presentaban manchas de sangre en los ojos, se?al de un contacto biológico directo.
Para evitar que cualquier rastro del Agent-A fuera detectado, se les extrajeron los ojos y se le cortó la lengua a uno de ellos. Los otros dos civiles no mostraban signos de infección en ninguna parte de sus cuerpos, pero el Superior decidió abandonarlos a su suerte en el frío extremo mientras nos retirábamos.
Para que las autoridades locales no sospecharan lo que realmente había ocurrido, el equipo se encargó de silenciar a los testigos de la forma más atroz imaginable. Sus gritos mientras eran mutilados eran desgarradores; alaridos de agonía absoluta que se perdían en medio de aquella monta?a desierta y olvidada por Dios.
14 de febrero de 1987
Las noticias informaron que todo había sido una avalancha y que los excursionistas, en su desesperación, habían sufrido de paranoia extrema debido al frío. MedicN.G. Quedó ante la opinión pública como una empresa ejemplar, incluso elogiada por detener sus investigaciones científicas para colaborar en la búsqueda de los cuerpos.
Yo renuncié ese mismo día. La empresa me dejó marchar sin resistencia, sabiendo que el contrato que firmé me obligaba, bajo pena de muerte, a no pronunciar ni una sola palabra.
Hoy, el mundo conoce este evento como el Incidente del Monte Karzovik; Yo, sin embargo, lo conozco como el Caso Sever. Cada vez que cierro los ojos, vuelvo a ver el suelo cian manchado de sangre y los rostros de aquellos jóvenes que eliminamos para proteger un secreto que no nos pertenece.
ESTADO DEL EXPEDIENTE: CERRADO

