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Purgatorio Terrenal

  I – Leonor

  El festín en nombre de lord Thomas y ser Vyler Maine se había celebrado hacía unas horas en el Salón de Banquetes. Por desgracia, el capitán de guardias durante la expedición del Intendente Mayor se hallaba ausente. Había mostrado su arrepentimiento de no poder presentarse con una carta. Según leyó, se había sentido indispuesto del estómago desde que arribara a la Capital. Mala suerte para el caballero.

  Los doce comensales que lo acompa?aban tuvieron el placer de degustar una riquísima selección de vinos veraniegos antes de pasar a la comida.

  En la mesa central se servían una inmensidad de platillos diferentes. Para Leonor, no existían distinciones entre platillos principales, entremeses, postres ni nada que se le pareciera. Al fin y al cabo, todo entraba de la misma forma. Y mientras le echaba los dientes a un trozo de pan de ácimo untado con mermelada de fresas, arrugó la frente en un esfuerzo por recordar todo lo que había comido.

  ? Un crujiente pavo con relleno de verduras, un par de manzanas acaramelas, un guiso de calabaza, cebada y cerdo; queso frito con trocitos de jamón ahumado; unas cuantos píncheles de frutas, para mantenerse ligero. Todo bien acompa?ado de hidromiel y sidra. ?

  Se sorprendía a veces de cuánto podía tragar sin que engordase una onza.

  Apenas se dignaba a dirigir la palabra a los invitados y hacer oídos a sus conversaciones, dedicado con esmero a los sabores que le azotaban el paladar. Todo su mundo de alegrías giraba en torno al dulce, el salado, el agrio y el picante de cada comida.

  Y más tarde, se entretuvo mordisqueando con delicadeza una pechuga de pollo.

  — Qué bueno es ser el Rey.

  Entre Edward y Ashton, comenzaron a servir manjares a base de maíz, café, plátano, ca?a y otros tantos nombres de los cuales poco había oído hablar.

  Por lo que se rumoreaba, hacía cosa de un a?o, un marinero barmano y su tripulación habían vuelto de una travesía, trayendo consigo un cargamento de exóticas comidas, artesanías y la promesa de una tierra nueva y rica al oeste del Continente del Ocaso. Se habían perdido en alta mar, pero el rumbo incierto los arrastró a encontrarse por error con una ?isla?, que luego resultó era una región vastísima, habitada por hombres y mujeres de piel de bronce. Este hecho había causado gran revuelo y escepticismo, pero entonces varias de aquellas reliquias allende a Dranova yacían a su mesa, listas para que fueran paladeadas.

  Recordó entre risas que, en cierta ocasión, el Arzobispo Headmund, quien ya no asistía a los banquetes con tanta regularidad, se levantó con la cara roja de indignación en medio de una cena, para darle uno de sus acostumbrados sermones.

  — Majestad, me siento obligado a deciros que antes de jurar mis servicios a la Corona, lo hice ante la Casa de Dios. La Fe debe estar por encima de todo. Es preciso que, aún ante todos los presentes, humildemente deba advertiros que lo que hacéis… Vuestra voracidad insaciable… Es una terrible gula. Un pecado capital, os recuerdo.

  — Tranquilizaos, Alexander — Leonor levantó una mano con la voz y la razón un tanto comprometidas por la bebida. — ?Cómo puede ser esto gula, si siempre tengo hambre? Además, Dios me hizo así, yo solo obedezco su voluntad. — Su propia carcajada sumada a las de sus compa?eros de copas, provocó ecos en las paredes iluminadas por cien candelabros.

  De un momento a otro, entre tanto los criados se deshacían de la vajilla y acomodaban un siguiente platillo sobre los manteles, su consejero carraspeó e hizo sonar la porcelana con un tenedor, anunciándoles a los comensales un nuevo brindis. Con un rápido gesto de mano del Rey, los violinistas y arpistas aliviaron su vivaz tonada.

  — Majestad, se?ores — En su siempre sosegado rostro se exhibía una sonrisa de labios apretados. —. A pesar de que lord Thomas sea el invitado de honor de este banquete, quisiera agradeceros a todos por haberme permitido servir a vuestro lado durante tantos a?os. Han pasado muchos. Pero nunca es tarde para sentirse agradecido — Alzó su copa, y los comensales lo imitaron. —. En fin, qué este brindis sea por vosotros, la Corte del Rey. Por el reino. Y en especial por mí querido Rey. Una nueva y maravillosa era se cernirá pronto sobre esta nación, gracias a cada hombre sentado en esta mesa. Disfrutad lo que resta de la cena.

  II – Konash

  Konash reía de angustia, recostado al pie de su cama, al no poder asomarse a la ventana a gritar a los cuatro vientos del baluarte. Rompecorazones yacía sobre su regazo y la armadura platinada, lo más lejos posible, esparcida sobre el suelo de la habitación.

  ?El Arrogante? comenzaron a llamarlo, nobles y plebeyos por igual, aquel día en que fue ungido con el título de caballero. Naturalmente siempre había pecado de arrogante. ?Y cómo no hacerlo cuando nadie en todo el reino había sido capaz de desmontarlo en una justa, ganarle en combate singular o siquiera darle juego en batalla? Todo el que alguna vez fue tan valiente o tan estúpido como para plantarle cara en un verdadero duelo no era entonces más que comida para los gusanos.

  El orgullo de quien fuera el más grande caballero no le cabía en el pecho; era un monstruo imparable al que llevaba alimentado durante treinta a?os. Todo este tiempo lo había empleado en distinguirse entre los demás hombres, en sucederse mejor que ellos en cada aspecto de importancia. Aunque no tuviera el sentido del deber enfermizo y la servidumbre de su hermano, que siempre había sabido reprochárselo, Konash siempre había sido más que él; y siempre él lo había tratado de menos.

  Hasta entonces no había sido consciente de que los bajos instintos de un mortal constituirían el paso en falso que lo haría caer al abismo.

  — ?Con que derecho me juzgas, Vyler? — soliloquió, amargado, oprimiendo los dientes. — Si ambos somos de reconocida habilidad, ?por qué insistes en mantenerte modesto en una posición como la nuestra? La caballería… No soy honrado. No soy imbécil. He roto mis votos que juré reverenciar, lo sé. No ha habido semana en estos últimos tres a?os en las que no lo hiciese. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. ?Crees que me importa, Vyler? Yo no quise esto.

  La hoja de platino damasquinada lo cegaba, extraviado en sus lamentos, cuando se bebía la luz de los braseros de su celda en el Baluarte del Rey.

  Vestía con ropas finas y se paseaba con coraza reluciente, pero más allá de esto, acostumbraba a vivir igual que un prisionero. Atrapado entre cuatro paredes sin ningún lujo y escasa comodidad. Comprometido a recibir con reverencia cualquier orden y escoltar a sus amos a donde quiera que estos fuesen. Konash había tenido incluso que donar la mitad de sus riquezas y esconder la otra al unirse al servicio. Y a medida que se acercaba el día del ungimiento de su discípulo como caballero, sus obligaciones iban en aumento. Oportunidades como las de los torneos de la Capital eran las pocas en las que se le permitía salir libre durante un día.

  Pero qué iba a saber el obseso de Vyler.

  — ?Por qué todos me llamáis arrogante con tanto desdén? Las cartas están sobre la mesa, y han mantenido a mi favor desde el día en que nací. Miradme, os pregunto, ?qué importancia tiene la humildad para alcanzar el éxito? ?Qué ganáis con rendiros ante la distinción de alguien más? — Suspiró. —. La maldición de la conquista, ?no? Aquellos que se rinden en el camino a sus deseos, dedican sus vidas a menospreciar los logros de los demás. Vuestro único mecanismo para sobrellevar esas patéticas vidas.

  Existía la posibilidad de que fuera excomulgado y ahorcado por quebrantar sus sagrados votos. A ojos de la Iglesia, habría cometido tantos pecados como el que menos en la ciudad, pero nada de ello importaría por culpa de la intachable armadura que estaba obligado a portar al momento de su confesión. Lo que alguna vez le trajo el mayor orgullo, sería entonces su condena.

  Si lo hubiera sabido…

  ? Será mejor que supliques perdón a Dios y al Rey — le había dicho Vyler. — Si fuera tú, entregaría esa espada que llevas y esperaría a que no me ahorcasen por ello ?. Tenía que cambiar, todo en él estaba forzado a cambiar, pero no ocurriría así de la noche a la ma?ana. Y no ocurriría así en una vida entera.

  No iba a pedir perdón. Pues nadie lo valía. Ni siquiera aquel al que llamaban Dios.

  Creyó que sentiría el peso del mundo sobre sus hombros al tratar de levantarse, dispuesto a renunciar a su puesto, al título y a su vida. Por el contrario, recibió con indiferencia lo sencillo que fue. Desde ni?o, sostener una empu?adura entre los dedos lo había hecho sentirse más osado. En cada batalla que librara. Antes que suplicar de rodillas por misericordia y tener que ver alguien desde abajo, decidiría morir. Estaba decidido a hacerlo. Si rogara por su vida, habría perdido su honor verdadero. Y al igual que a un samurai, la muerte por seppuku, o como fuera que se llamara, era una alternativa a una vida de vergüenza. Aunque fuese por motivos totalmente distintos.

  Pero antes debía entregar la espada para conocer su destino. Era menester de ello. Un caballero de la Guardia de la Realeza tenía que morir en su puesto, si así le era encomendado, y dar la vida por la Familia Real. Para bien o para mal, ya no estaba en él cumplir con su palabra.

  Konash jamás había deseado servir a nadie, incluso a un Rey. O una Reina. Alice Liongborth lo había engatusado con halagos y promesas vacías, para que prestara su vida y, al mismo tiempo, la desperdiciara, al resguardo de la suya y las de sus ni?atos herederos del reino. Había sido ella, con vileza y diplomacia, quien sabía de su prodigiosa destreza, la que lo había enajenado para su propio beneficio.

  Su sobrino y escudero ya era un hombre. Si alguna vez le había ense?ado algo, sabría qué hacer en un futuro. Y aún tenía a su padre para ayudarlo.

  Una a una, cogió las distintas partes que componían su armadura y se las sujetó al cuerpo, tensando las correas. Primero el peto platinado de inscripciones grabadas, en segundo las hombreras, luego los quijotes. Así hasta que solo restó el yelmo con visera que en raras ocasiones usaba. Cuando hubo terminado, se ci?ó la espada con un cinturón, y fue a mirarse al espejo por última vez.

  Entre los cabellos largos que le caían sobre su bien parecido semblante, se coció una sonrisa al imaginar cómo sería tan exquisito espectáculo; al pensar en el rostro que Alice, Leonor y sus súbditos pondrían con verlo arrojar al suelo su armadura y juramentos. La expresión de espanto, cuando lo vieran quitarse la vida, si debía llegar a tal extremo. No hizo falta imaginar esto último, pues fue la misma que su reflejo desencajó al escuchar de súbito un golpe contra la puerta.

  — ?Ser Konash Maine! ?Vuestro descanso ha concluido! ?Y el de todos los demás! — Aquella voz, fuese quién fuese, rugía con impaciencia. Volvió a asestar otro duro manotazo — ?Ser, levantaos! ?La ciudad está siendo atacada!

  III – Jerome

  Bajo la cota de malla y sus ropajes de blanco y verde, sudaba lo indecible por el calor que emanaba de las calles. El caos era anaranjado y amarillo, pero también había llamas danzantes que jamás había osado imaginar. Estas consumían las casas de madera con un matiz plateado, y otras del color del cielo abierto trepaban por los árboles hasta derribarlos. Nada las detenía de acabar con todo a su paso, cuando se propagaban por el suelo. Levemente alcanzaba a escuchar el ta?ido incesante de las campanas de la catedral. Sin embargo, el magnánimo recital de las espadas, el crepitar del fuego y el coro de gritos desgarradores demandaba toda la atención de tan pérfido desconcierto.

  Una mujer de brazos casi tan finos como la espada que llevaba en manos se precipitó hacia él, dejando ver con su rugido que solo conservaba cuatro dientes en la boca. Jerome Callaghan respondió al ataque instintivamente, y el acero chocó con el bronce igual de afilado. Una segunda guerrera pintada, de escaso atractivo y ropajes remendados, salió a escena con un garrote, en cuanto Jerome se hizo para atrás con la guardia y broquel en alto.

  Se enteró de que sus hermanos de profesión lo habían dejado solo contra dos enemigos que surgieran entre la muchedumbre. O puede que hubiesen muerto en el camino. El garrote trazó un semicírculo en el aire, y los clavos que llevaba se ensartaron en el escudo de Jerome. Lo siguiente que sintió fueron los tirones furiosos que aquella criatura apuraba, mientras la primera de sus enemigas seguía adelante con la hoja de bronce refulgiendo en una estocada mortal. Enseguida, le concedió su broquel, con todo y garrocha, a aquella que tanto lo anhelaba, y esquivó el golpe como pudo. En un momento dado, un hilillo de sudor se le había metido en un ojo, así que luchaba solo como un tuerto lo haría.

  — ?Viejo de mierda! — bramó la desdentada. — ?Muere ya! — Blandió el arma en alto, y descendió con un chillido salvaje.

  Jerome, de reflejos rápidos y músculos cansados, tuvo tiempo de posicionar su hoja entre ambos. Inclinadamente, no de la mejor forma. A decir verdad, fue un movimiento torpe para toda su experiencia. Y en menos de lo que demoraba el restallido de un relámpago, el bronce besó al acero y le sacó chispas, al tiempo que continuaba cayendo en dirección a su rostro. Su nariz rozó la punta de la espada, y la base de esta le destrozó una de las cruces de su arma, para después rasgarle el dorso de la mano derecha.

  Rezó a Dios y maldijo en la misma oración muda. Pero cuando el golpe siguió de largo y cayó contra la tierra, fruto de su fuerza, Jerome aún con todo su dolor, le atravesó el corazón de una punzada. Un segundo antes de que su enemiga se desplomara al suelo, retiró la espada. Su barbita blanca en forma de candado se ti?ó de gotas rojas. En el acto, se volvió hacia su próximo objetivo, que por más ridículo que fuese, esgrimía su garrote con el peque?o escudo aún pegado a él. Cuando Jerome dio una zancada hacia adelante, su oponente ambicionó con aporrearlo, pero su arma era entonces más pesada. La mujer fue lenta, y no le presentó mucha dificultad destriparla con un tajo bien dado en el estómago.

  Jerome ya no era tan joven como alguna vez, de manera que al final del combate se tomó unos segundos para recuperar el aire. Y no era para menos. Había perdido a su caballo en una escaramuza tiempo atrás, y se había visto obligado a correr una gran distancia pintando con sangre a los enemigos. Junto a sus compa?eros, había matado a cinco y herido a otros dos. Desgraciadamente también había perdido todo rastro de ellos y de cualquier otro hombre que vistiese con sus insignias.

  No había formaciones, puntos de reunión ni un objetivo claro; solo confusión y desorden entre los suyos. Los pocos que aún eran. Ante la anarquía reinante de las calles, se llevó una mano al rostro, y fue allí donde un ramalazo de dolor lo sujetó con sus garras. Dirigió la vista hacia el dorso de su mano, y lo que vio le dejó un vacío en el pecho. Como las cuerdas de una lira sangrienta, los tendones quedaban expuestos al viento, y se movían con la acción de sus dedos. Necesitaba un médico, pero antes un caballo. Aún conservaba la mano menos hábil. Asió con ella la espada, y corrió en pos de su deber con la ciudad.

  Más adelante no recordaría haberse envuelto las heridas con las telas de su uniforme, pero allí se encontraban las vendas improvisadas. Corrió por calles ribeteadas en fuego y desesperación, ba?ado en el manto de su propio sudor. Se detuvo a coger aire una vez más, y después siguió corriendo. La armadura era tan pesada como los a?os que se le venían encima, pero no desistió, y puso un pie delante de otro. El camino se desolaba más y más a cada cuadra. Tal parecía que la batalla se había movido a otro lugar y él se había quedado rezagado. No tenía conocimiento de qué dirección seguía, o si de verdad eran suyos los pies cansados que sin desistir gritaban con exasperación ?un paso más?.

  Treinta o cuarenta, mil o diez mil, no llegó a saber cuántos metros recorrió antes de que otra espada se mostrara ante sus ojos al girar en un recodo.

  — ?Detente! — El ni?o se esforzó para parecer intimidante, pero las lágrimas en sus mejillas causaban una impresión muy distinta. — ?Te lo advierto! ?Detente! — Se adelantó un paso, y vaciló una estocada que no se decidió a dar. El arma era muy pesada para él.

  Jerome puso fin a su carrera, casi sin aliento. El instinto le gritó que echara mano de su espada, aunque fuera solo un ni?o. La razón le susurró que no lo hiciera. Elevó las palmas al aire, y trató de aplacarlo. Y, dicho fuera de paso, hacer lo propio con su corazón que rasgaba sus límites.

  — Tranquilo, ni?o — masculló. —. No temas. Soy de la Guardia de la Ciudad.

  — ?Y eso qué? — No aguantó más el llanto. —. Eres como todos ellos.

  Con un par de ojeadas supo que no tendría más de once a?os, y que no abultaba más que uno de ocho. Absorbió por la nariz y se limpió con la manga de un jubón curtido. Los brazos le temblaban por el peso del acero, pero su voluntad aún seguía poniéndola de por medio.

  — Tienes alma de guerrero — apuntó Jerome con una sonrisa, al tiempo que arrojaba su espada a un lado y se acuclillaba para ponerse a su altura. —, pero no es de hombres amenazar a un desarmado. No hay honor en ello.

  La rareza del momento lo había obligado a centrar toda su atención en el chico y no en los corceles que se agitaban nerviosos a su espalda. Por extra?o que fuese, aún en completa libertad, el delgado alazán rondaba en círculos, en lugar de salir despedido por el miedo. Y el corpulento bayo pisoteaba la tierra y lo observaba como si estuviese a punto de embestirlo.

  — ?Qué estás haciendo aquí solo y con esa espada? — ? ?Y con estos caballos? ?

  De pronto, el ni?o se puso más nervioso. Abrió la boca y casta?eteó.

  — Lo… Lo estoy protegiendo a él. — Hizo un gesto en dirección a la vera del camino en la que se acomodaba el cuerpo de un hombre que daba se?ales de estar muerto o inconsciente. Era demasiado joven para que fuera su padre.

  — ?Es tu hermano? — Lo vio asentir de reojo, indeciso, pero toda la inquietud del soldado estaba con el caballo color crema que lo fulminaba con la mirada. — ?Y tienes algún nombre, ni?o?

  — A-Abel.

  — Jerome. — No dijo nada más en los instantes posteriores. Se dedicó a evaluar su situación. Estaba herido de la mano de la espada y muerto de cansancio. A los únicos que podía salvar eran aquellos dos jóvenes desvalidos, pero para ello tendría primero que escapar de la Capital, arrojando al olvido su deber.

  — Por favor, vete.

  Echó para atrás la capucha de mallas, para que Abel pudiera observar bien su rostro marcado por los a?os.

  — Quiero ayudar, de verdad quiero ayudar. Solo suelta esa espada. No podemos estar aquí por mucho más. Los malos podrían volver en cualquier momento.

  La mente de un ni?o encerraba algunas veces cuestiones inconcebibles para un adulto. De un momento a otro, la inocencia le hizo perder su intrepidez y bajó el arma.

  — ?Ayudarás también a Connor?

  — Si tu caballo no me mata primero. — Brotó de él una risa nerviosa. El caballo resopló al instante, como si se tratara de una respuesta.

  Abel hizo lo que le pedía. Bajó la espada, y se irguió de puntillas para acariciar el morro del animal de tan particular gesto.

  — Ya, caballito. No nos hará nada.

  No quiso lanzar los dados, así que se distanció más de su acero. Fue en busca del hombre recostado en la pared a punto de caerse a pedazos.

  ? Qué espanto ?, pensó cuando vio que el corcel lo seguía con la mirada. Mas quedó impresionado al descubrir que un rastro de tierra conducía hasta él. ?No solo lo ha defendido con una espada más pesada que él, también lo ha arrastrado fuera del camino.?

  — ?A dónde iremos? — preguntó Abel.

  ? Pertenezco a la Guardia de la Ciudad. Mi deber está aquí — Se examinó las telas empapadas en sangre. Cuando trató de alzar a Connor, el ni?o tuvo que prestarle su ayuda. Pese a todo, no había de otra más que reconocer que se estaba haciendo viejo. —. Así como estoy, no podré proteger a nadie más. Y tampoco puedo dejarlos solos. ?

  — Dime que será lejos de la ciudad — siguió a la desesperada. —. Mi padre y mi tío, no sé dónde están, pero… Sé que podremos volver luego. Cuando el Ser regresé.

  Y el deber murió con los ojos temerosos de aquel ni?o.

  IV – Leonor

  — Su Majestad — ser Annick el Undécimo se inclinó ante su Rey. Se retiró el lustroso yelmo, y expuso los hilillos de sudor que le corrían la frente. —, el enemigo traspasó los muros de la ciudad hace diez minutos.

  Ser Agnar Ramsey llegó un instante después e hizo lo propio con un rostro atiborrado por la frialdad inherente de la Guardia de la Realeza.

  — Aún se desconocen sus identidades y preceptos, mi Rey, pero una legión de incontables soldados se dirige hacia aquí. Llegarán ante el puente levadizo en cuestión de nada.

  Leonor no hizo ademán de detenerse a escuchar sus informes de situación. Aguzó los oídos, sí, pero sin llegar a darles mucha importancia. Leann Sheldrake, su pupilo y, en aquella única ocasión, su escudero, batallaba para ajustarle las correas de una armadura que jamás se había molestado en usar; láminas de hierro esmaltado en blanco con remaches en oro. El chico, por su parte, aún esperaba que alguien, quién fuese, le ense?ase alguna coraza para vestir.

  — ??Dónde están esos desgraciados!? ??Dónde mierda se han metido los hombres de Hengist!?

  Ninguno de los caballeros platinados, incluso aquellos cuatro que lo seguían de cerca con sus resonantes pisadas metálicas, supo que responder. El desconcierto y las maldiciones parecían estar en boca de todos, más allá de cualquier reflexión. Los gritos exaltados de Su Majestad arrojaban ecos cargados de furia y confusión a los arcos de piedra que se elevaban por los amplios pasillos.

  A decir verdad, nada parecía tener el más mínimo sentido en aquel momento. Todo hecho transcurría como una horrible pesadilla dónde cada posible acción era un fallo más y dónde cada pisada era un atajo hacia un abismo inminente que emergía de la nada. ?Cómo un ejército había sido capaz de penetrar en la ciudad ante sus narices? ?Acaso los más de cinco mil hombres de la Guardia de la Ciudad les habían dado paso seguro hasta el baluarte? En lo que respectaba a Nathan Hengist, el hombre era más bien un fantasma que se había desvanecido de alguna manera a la mitad de la noche sin que nadie supiera nada de su paradero. Cada noticia apuntaba a que la última línea de defensa la proporcionarían las inexpugnables murallas del bastión y los nidos de arqueros en sus almenas coronadas.

  Leonor no llegó a saber con exactitud las veces en las que blasfemó al cielo ni mucho menos le importó que las damas estuvieran allí para escucharlo. La preocupación había dado paso a la intranquilidad, luego a la ira, y finalmente al miedo. Un miedo que, como Rey, no se animaba a demostrar. La primera orden que espetase había sido la de mantener bajo prioridad la vida de sus hijos y la de su querida esposa, pero no había tardado en enterarse de que Alice se le había adelantado varios pasos. La muy espabilada se encontraba alistando la partida junto a Richard y Elliot, una vez Leonor se había acercado a lanzarle la imposición de que serían enviados lejos de la Capital, tal como el protocolo decía.

  Para aquellas alturas, se hallarían cruzando los pasadizos subterráneos que llevaban fuera de la ciudad. Cuando menos, albergaba esta única certeza en la que reconfortarse.

  La Sala del Trono permanecía muy lejos como para conglomerar allí a todo cortesano y espada noble del castillo. Por ello, se había visto en la necesidad de decidir una audiencia precipitada en el Salón de Banquetes. Espaciosa y bien resguardada como cualquier otra, y aunque no tan se?orial, no le quedaba de otra. Los restos de su guardia mermada de dieciséis hombres se fueron uniendo a él poco a poco, a medida que sus urgidos pasos lo llevaban a su destino. Ser Konash, la mejor espada del reino, fue el último en aparecerse. Y por lo que le indicaron estos, su esposa había tomado la custodia de ocho espadachines platinados en la huida.

  El Paladín de su guardia, ser Arthur Cahill, con el yelmo de penachos azules bajo el brazo, se adelantó entre los demás caballeros de la escolta, para abrirle las puertas. Un centenar de candelabros en las paredes iluminan la enorme sala, donde las personas que aguardaban inquietas redoblaban su número. En esta oportunidad no hubo heraldo que anunciara su llegada, y aun así todas las cabezas voltearon a verlo al unísono: cortesanos, damas, criados, ni?os y el remanente de los se?ores que había invitado para audiencias y banquetes anteriores, todos como si fuesen un solo individuo. Esperaban de él una mano de apoyo en momentos de necesidad, lo veía en el brillo de incontables ojos turbados, pero lo cierto era que Leonor estaba más sediento de respuestas que cualquiera. Buscó a Edward entre la multitud que guardaba silencio como si un velatorio se llevase a cabo, sin advertir que su consejero se había puesto a su izquierda.

  — Majestad. — reverenció rápidamente.

  Extendió un brazo en un arrebato de desasosiego, lo cogió por la casaca, y lo atrajo de golpe. Cuando lo tuvo justo delante, abrió la boca, pero las palabras no surgieron sino hasta unos instantes después.

  — ?Qué está sucediendo aquí, Edward? — Le habría querido gritar. Al final, todo sonido surgió como parte de un tenue farfullo.

  — Justo lo que pensáis, me temo — dijo con su malnacida tranquilidad. Solo cuando le mantuvo la mirada desmesurada, se animó a seguir. —. Majestad. Un enemigo, cuya identidad aún no conocemos está en la ciudad.

  — Es la Horda de las Bestias, Ma-Majestad. — oyó mascullar a alguien, lo que generó una oleada de voces consternadas entre los presentes. Cuando se giró Nathan Hengist yacía en la entrada con ambas rodillas sobre el piso de mosaicos.

  El Rey se acercó de una zancada, y vio como este se estremecía por la sarta de maldiciones que se le avecinaba. Sin embargo, Edward tuvo el atrevimiento de poner una mano entre los dos.

  — Capturaron o asesinaron a los centinelas y abrieron los portones del norte y del oeste desde dentro. De cualquier otro modo no pudieron haber entrado en la ciudad sin ser vistos — Bajó la mano lentamente. —. Os lo ruego, Majestad. Es momento para mantener la cabeza fría y las armas prestas.

  — Lord Edward habla con verdad, Su Majestad. — dejó saber el conde que se suponía estaba a cargo de las defensas.

  — ?Qué has estado haciendo todo este tiempo? — El Rey se giró hacia él.

  — Me hicieron llamar al cuartel central de infantería a media madrugada — Observó cómo intentaba ponerse en pie débilmente, tanto que un espadachín tuvo que ayudarlo. Solo entonces, se percató de los manchones de sangre de su capa bruna y en su armadura de cuero tachonado. —. Era una trampa. Escapé de la muerte por un centímetro. Con mis heridas, me costó trabajo poner en orden a mis hombres y mucho más regresar hasta aquí, Majestad.

  A las afueras los cuernos de guerra bramaron hasta resonar en las paredes. La sala se encontraba próxima al patio principal, que con toda seguridad devendría en un caos de espadas en cualquier segundo. ? No, este castillo es inexpugnable — se dijo como único medio para conservar la calma. —. El castillo no caerá ?.

  Pero ?y qué había de la ciudad?

  — Varios de mis oficiales están muertos — siguió el conde Hengist. — y muchos de mis hombres en las calles también.

  — La mitad de los hombres pueden llegar a ser Guardia de la Ciudad, si se lo proponen — ser Arthur se llevó una mano al pomo de la espada —, pero solo uno de cada cinco mil puede llegar a convertirse en caballero. — Su rostro alargado y amarillezco se transformó en un ce?o fruncido formidable — Majestad, si la ciudad cae, seremos la última línea de defensa de la soberanía.

  Aún mudo de consternación, se vio obligado a asentir. De inmediato, se escuchó la hoja del Paladín siendo desenvainada. Y acto seguido, los dieciséis hombres de la guardia blandieron su fulgor de platino en el aire, mientras prestaban juramento solemne a gritos con una mano en el corazón. Eran en realidad quince, puesto que ser Konash Maine ya no estaba entre los caballeros… De cualquier modo, el Rey unió su acero dorado al conjunto de espadas que relucían en la sala.

  — Le regamos a nuestro Se?or Todopoderoso — comenzó lord Thomas Worthington, encogido y trémulo entre los hombres. Otros prestaros su voz a la oración opacada por el ímpetu de los espadachines. —, que nos brinde su santa protección de estas aberraciones de Satán. El Se?or es mi pastor, nada me…

  De improvisto, se escuchó un descomunal golpe que venía de no muy lejos y que ahogó todas las voces de los presentes en un silencio sepulcral. Un segundo más tarde, se volvió a escuchar, incluso más fuerte.

  V – Brynjar

  La tercera embestida desencajó el marco de la enorme puerta doble del castillo. Los goznes superiores de hierro no cedieron, sino hasta la cuarta carga de las bestias de hueso. Con un largo cuello como el de una tortuga y el cuerpo encorvado como las hienas de Apidauros, el Ossisquama en que Ramskull cabalgaba aguardó, babeando hiel asquerosamente, a recibir alguna orden. Pero su jinete no se impacientó con la siguiente arremetida; el celta aguardaba a su vez, dirigiendo la mirada cubierta por el cráneo de carnero, al Rey de la Horda de las Bestias.

  Rex Azus montaba a lomos de una segunda fiera de escamas de hueso. Estas poseían tres pupilas en cada ojo dispuestas como esquinas en un triángulo; una de oro en su cumbre, y otras dos carmesí en su base. Brynjar había saqueado ciudades y aldeas en los tres continentes del mundo desde que tuviera edad suficiente para que el miembro se le pusiese duro por sí solo, pero jamás había llegado a conocer cabalgaduras tan inmensas y excepcionales como aquellos Ossisquamas, que todavía ni adultos eran.

  — ?Desestimados hijos de la gran puta! — rugió con extrema furia, cuando ambas monturas se adelantaron a dar el último golpe. — ?Aquí venimos a joderos las fiestas!

  Brynjar Gunderson no era hombre que midiera sus palabras, y el furor de las setas y plantas alucinógenas de la legión Ulfhednar solo intensificaba más su inmenso delirio por la lucha. Era vikingo hasta la médula, aunque llevase puesto un casco de metal celta con cuernos bajo la mata desgre?ada de cabello.

  En lugar de destrozarse en mil pedazos ante semejante carga, las puertas se abrieron de par en par, cuando la tranca se oyó resquebrajarse en dos. El rugido de todos sus hermanos lo acompa?ó a tierra prometida. Con el hacha de doble filo en manos y la saliva que salía despedida con cada bramido, encabezó toda la cólera de cientos de a?os de templanza celta. ?Cuántos eran los que lo seguían? No tenía la mínima idea. Tanto daba igual si eran diez mil gigantes o diez enanos. Sentía corriéndole por las venas la fuerza necesaria para asesinarlos también a ellos, si decidían interponerse en su camino. Si alguna vez llegaba a saborear el inconmensurable poder de un Demogorgón, de seguro este no sería más que una pizca de su voluntad cuando se hallaba en trance.

  Brynjar era gordo y musculoso a parte iguales, tan alto como el mismísimo Rey, pero gracias a la amanita muscaria, la belladona y el bele?o negro creía volar por los aíres con cada zancada como si tuvieses alas y fuese tan ligero como una pluma.

  — ?Por Azus! — vociferaron en desordenado clamoreo decenas de gargantas.

  — ?No solo por mí! ?Por Nuada, quien nos guía! — Rex Azus evocó el nombre del dios guerrero que en teoría había portado la espada que entonces blandiese. — ?Y por nuestros caídos!

  En medio de su demencial arrebato, mandó a la mierda cada formación o estrategia. Su corazón latía con tal impulso que por momentos sentía que le ganaba la carrera a las gigantescas fieras de hueso que galopaban a su espalda. De pronto, el pasaje se tornó negro. Las galerías superiores desde la que se disparaban saetas cayeron en un abismo de ceguera. Para él, ya no existía otra cosa que un espacio vacío donde los enemigos delante eran siluetas blancuzcas y los aliados a sus sienes jirones de humo negro.

  — ?Por Odín! — Lanzó un tajo oblicuo con su garrafal hacha. Aquella silueta la detuvo con su pecho un instante después. — ?Por la gloria!

  Las gotas de sangre al retirar el arma del cadáver volaron con diminutas alas de cuervo, y ti?eron el suelo de un arcoíris llameante de mil colores que se extendió rápidamente hasta el infinito. El Bifr?st, el camino divino hacia Asgard, se revelaba ante él en el punto álgido de toda su grandiosidad como guerrero.

  — ?Formación en testudo! — gritó Rex Azus. — ?Muro de escudos, ahora!

  Con el solo roce de su filo, las sombras blancuzcas se desparramaban al suelo como una cascada efímera. Cuando alcanzaba sus cuellos flácidos, los desmembraba de un corte limpio. Oía sus gritos y veía cómo en sus cabezas sin rostros se formaba una boca antes de desaparecer. Venían de dos en dos y morían de dos en dos. No eran rivales para su ímpetu desmesurado.

  — ?Brynjar! — creyó haber escuchado de Ramskull. — ?A la formación!

  Sin embargo, no había precepto alguno ni fuerza capaz en Midgard, la tierra de los hombres, que pudiera despojarlo de su mundo de alucinaciones.

  — ?Arqueros, responded! — De lejos, el único sonido que descollaba entre tanta algarabía conjunta era el poderoso vozarrón del Rey.

  Casi de inmediato, una saeta hendió el aire desde un lugar alto con el chillido agudo de una mujer, para terminar por empotrarse en su hombro derecho y atravesarle las pieles de lobo que hacían las veces de armadura. Si la imagen de una doncella espectral de piel azulada, una Ninfa quizás, no hubiese estado allí para se?alarle el lugar en el que fuera herido, no habría advertido nunca el proyectil. Insensible al dolor y al razonamiento, rompió la flecha a la mitad, y la arrojó a un lado con un nuevo arranque de ira. La hermosa mujer que flotaba ante sus ojos se fragmentó como una copa que cayera al suelo, cuando a la desesperada se impulsó y lanzó el hacha de mango largo en dirección hacia el enemigo. Había atravesado a la Ninfa con la misma facilidad con la que se cortaba el aire, pero la sombra que surgió detrás de ella la detuvo con su cuerpo antes de derrumbarse. Fue otra silueta tan blanca como la leche.

  En aquel momento rebosante de confusión, la verdadera figura del hombre saltó a la vista: de aspecto fiero, barba crecida y piezas sueltas de metal repujado. Descubrió que había sido uno de los suyos, pero no importaba en lo absoluto. El accidente no había sido más que un triste soplo en un huracán en el que tantas vidas que se tomaban a la vez.

  — ?Azus, mirad! — alguien, no supo quién, tomó la palabra. — ?Los arcos que sostienen a las galerías!

  En un ligero episodio de lucidez, Brynjar divisó como su Rey se?alaba con la espada a su fiera de escamas de huesos adónde tenía que dirigirse. Aunque no solo este, sino también el Ossisquama de Ramskull, fueron arriados por el furor de la batalla. Tres o cuatro segundos después, las columnas inclinadas de apoyo de los balcones comenzaron a ser derrocadas una a una. Y una multitud de galerías se vino abajo, llevándose consigo a todos sus ballesteros. Si aquello fue real o no… Si el poderío de aquellos animales era tan monstruoso, no llegó a saberlo con exactitud.

  Una oleada de sombras iba de camino a cernirse sobre él. Y de golpe y porrazo, Brynjar se había convertido en poco más que una gota de agua en el océano. Parecía que todas aquellas barreras con las que no se habían topado al penetrar en la ciudad y en el baluarte, estaban abarrotadas allí adentro. Sin embargo, cada una de las siluetas eran blancas y peque?as.

  ? Quiero a un puto platinado. Por mis cojones que quiero a una puta sombra platinada ?. Ser Arthur Cahill y su penacho de paladín sobre el yelmo, ser Konash Maine el Arrogante combatiendo a dos espadas, ser Covan Thompson y su calva, les habían hablado tanto de ellos que había so?ado con matarlos cientos de veces. Echó al olvido el hacha de mango corto que colgaba de su cintura, y se precipitó a las sombras a punta de mordiscos y enérgicos pu?etazos.

  — ?No más putas sombras blancas!

  A su entorno, se componía la canción de las espadas, pero Brynjar entonaba una muy diferente con sus manos. Uno, dos, tres, fue quitándolos del camino, pero eran demasiados, así que sus dientes amarillos tomaron parte en el asunto. A algún que otro lo cogió por sorpresa, y en menos de lo que cantaba un gallo, yacían sin una oreja, sin tendones en el cuello o con la sangre saliendo a borbotones de los bocados que revelaban sus peque?os cuerpos. De nuevo, con una caricia que lo hizo estremecer, la Ninfa surgió de la nada para se?alarle sus heridas. Eran un sinnúmero de ellas, pero no sentía más que piquetes en el torso y un cosquilleo en la entrepierna.

  Había jirones de humo negro a sus costados. ? Aliados ?, pensó con una brizna de cordura. Uno de sus hermanos celtas agitó en alza una hoja de bronce brillante, pero antes de que descendiera a su objetivo, Brynjar lo divisó primero. Cogió las sienes de la sombra blanca con ambas manos, y le propinó un cabezazo entrecejo descomunal, que hizo que el cráneo de alguno de los dos crujiera como una nuez. Si había sido el suyo, no lo sabría hasta mucho después. La barba pelirroja sobre el rostro redondo se le salpicó de sangre. En breves, el aliado cuya apariencia no distinguía de ningún modo se abalanzó sobre un segundo enemigo. En esta ocasión, se encontraba muy lejos para darle alcance antes que él, así que cogió por el hombro a su aliado, y lo empujó hacia atrás.

  — ?Es mío! ?Lo vi primero! — Hablaba de manera tan comprometida a causa de todo lo ingerido que a duras penas el mismo entendía lo que decía. — ?Ven aquí, cabrón!

  El jirón de humo se volvió con extrema rapidez, y le dio a probar de su propia medicina en todo el labio. Una y otra vez en cuestión de nada.

  — ?Compórtate! — Con cada golpe que el rostro de Brynjar propinaba al pu?o de aquella silueta ennegrecida, la voz iba tomando forma de un cuerpo humano. — ?Soy yo, vikingo descerebrado!

  Hacia el final, el cráneo de carnero mastodonte sustituyó al rostro vacío de la humareda. ? Ramskull ?, mencionó una voz. Los hilos de sudor y sangre le corrían por el torso desnudo. En esencia, la única protección que evocaba eran las de los avambrazos de cuero endurecido, su distintivo yelmo de hueso y las gladius de bronce que portaba en cada mano como una extensión más de su cuerpo.

  Brynjar Gunderson pesta?eó repetidas veces y sacudió la cabeza, para poner en orden sus ideas. Ramskull lo entendió al instante como un vestigio de cordura, de manera que reanudó su instinto de lucha en contra de los cristianos. Avanzó tres zancadas, desvió las estocadas de dos oponentes y desgarró un cuello con su filo. Se hallaba a punto de escenificar el mismo acto de beligerancia, cuando se vio superado por una hilera de soldados que acribillaba a todo el que tocaba con sus picas. Se adelantaban hacia ellos como una formación impenetrable de tarjas, que los obligaban a retroceder. En cada escudo de cuerpo completo se grababa el Dragón Blanco de la Flor de Lis sobre sinople y blanco.

  Ramskull extendió un brazo e intentó empujar a Brynjar hacia atrás, con tal de hacer todo lo posible por alejarse del beso del metal, pero no había espacio que pudiera separarlos.

  Volvió la vista atrás, y observó como todos los celtas se api?aban como borregos balantes dentro de un corral. El salón era enorme y las cabezas que la poblaban demasiadas. ?Cómo había llegado hasta aquel lugar? Si tuviera que volver sobre sus pasos, se perdería sin lugar a duda. De todos modos, la retirada nunca había sido una opción que cruzara por su mente, o por la de alguno de sus hermanos celtas. Se aferró a su odio y al mango de su hacha de mano.

  Por suerte, las fieras de hueso, los Ossisquama, se posicionaron a sus flancos. En lugar de lanzarse al ataque, se acercaron despacio, irguiéndose como dos torres a cuatro patas. Gru?eron, babearon, lanzaron dentelladas, y mostraron las filas de dientes afilados como cuchillos. Las puntas de las picas se estampaban contra sus cráneos alargados como los de un coyote, pero no conseguían atravesarlos.

  Un segundo antes de que Brynjar se decidiera a impulsarse al ataque, una luz sobre su cenit llamó toda su atención. En el cielo, se abría un ojo, un disco colosal y cegador rodeado por la más completa oscuridad. Debajo, sobrevolaban un centenar de Valquirias con radiantes armaduras aladas y llevando en manos las almas de los guerreros caídos directo hacia el Valhalla.

  ? Aún no, Padre de Todo. Aún necesito de más méritos y limpiar mi nombre. ?

  Al fondo del salón, se abrió una compuerta, y de ella surgieron finalmente las sombras de platino.

  VI – Konash

  Salvajes y sanguinarios carniceros, feroces guerreros de implacable vigor, eso eran. ? Pero, no tienen la menor disciplina en el combate. Ni mucho menos maestría en sus ofensivas nada dignas de mención. ?Cómo han conseguido llegar hasta aquí? ? Para pisar el suelo de la Antecámara a la Sala del Trono, la barbarie tenía que haber recorrido media ciudad, cruzado el único puente hacia el baluarte, derrumbado el rastrillo y salido ilesos de la lluvia de flechas del adarve y las espadas del patio principal. Porque había habido resistencia, ?no era así?

  De lo poco que estaba realmente seguro era que no había sensación más placentera que el calor de la batalla; eso y de que su inmenso orgullo lo llevaría a la tumba de un modo u otro. Aquella energía desenfrenada y el violento cosquilleo en cada fibra de su cuerpo, no era comparable incluso, con la locura suscitada por los encantos de sus amantes. No existían momentos en los que se sintiera más vivo que en aquellos en los que juraba estar a un mal paso de la muerte.

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  En todos los siglos de Dranova, ningún espadachín platinado había osado renunciar a su puesto, o al menos, no había existido Rey que sacase a la luz tal extravagancia. Aun así, Konash estaba decidido a morir por su necedad. Que más daba si era la espada de un verdugo o la de un animal de la Horda de las Bestias. No huiría. No por sus juramentos como miembro de la Guardia de la Realeza, sino por su honor y por su memoria. ?Qué se diría de él, si escapaba de una batalla? ?Qué se diría de él, que jamás había caído derrotado? La degradación a un caballero pusilánime sería la mayor de las deshonras, lo mismo que sufrir una muerte lenta y dolorosa a manos de los mismos que lo idolatraban día y noche.

  Ser Arthur Cahill y sus hombres debían estar ri?endo hombro con hombro contra mil y un salvajes en aquel instante. En cuanto a él, se hallaba recorriendo junto a la soledad del rumor de sus pisadas metálicas un pasadizo elevado que lo llevaría a la escaramuza. Descendió a través de una miríada de pelda?os hasta dar con los pisos inferiores. Cuando giró la perilla de la puerta al fondo, se topó con el cántico de las espadas y la carne. Delante, fluía el acero en un mar de combatientes en la Antecámara a la Sala del Trono. Claramente los superaban en número. Los usurpadores se cubrían con pieles de oso, de lobo y piezas sueltas de hierro o bronce, mientras el último bastión del reino lo hacía con sobreveste y cota de mallas.

  Pero en absoluto todos se ataviaban con la carga de quién había tomado una vida. Decían otros que ninguna era tan pesada como la de ser Konash Maine.

  Al tiempo en que desenvainaba a Rompecorazones con la diestra, cogió impulso, y arrojó hábilmente la lanza con punta de platino directo hacia la podredumbre con su otra mano. Dos pececillos que combatían dándose las espaldas picaron el anzuelo. El arma los empalizó a ambos; a uno le atravesó estómago; y al otro la parte baja del espinazo. En la retaguardia de aquella tropa, el fulgor que expelían las placas platinadas de su armadura pasaba por momentos desapercibido.

  — No en mi guardia. — pensó en voz alta dejando escapar una carcajada, y luego de desenfundar una segunda espada sin nombre y precipitarse hacia su pesca de alima?as de pericia más bien inexistente.

  Temeridad, precisión, soltura, alacridad… Todo ello y más llevaba consigo cada uno los movimientos magistrales que describían sus fugaces estocadas, como un tifón de platino que giraba sobre sí mismo una y otra vez. Ser Konash hizo del suelo de mármol un lienzo donde pincelaba con el color rojo de sus enemigos. Un artista de la guerra se decía él, que, a diferencia de su adorada sobrina, no se manchaba las manos de la tinta, cuando expresaba sus sentimientos en papel.

  Los tajos horizontales rasgaron cuellos, las estocas transversales del platino amolado seccionaban sus corazas a medio elaborar y los pinchazos entrecejos les arrancaban la vida de un instantáneo lamento. Algunos pocos arremetían de vuelta, pero muchos vieron el negro antes de advertir qué los mató. Se abrió paso sin rumbo claro, ya que solo danzaba por puro gusto. Todos conocían el filo de sus espadas de uno o dos esfuerzos. No contaba las bajas. Desde ni?o no había sido bueno para contar hasta números tan altos.

  En un momento dado, un hombre de cabello y barbas rebeldes lo divisó entre la muchedumbre. Cuando lo oyó bramar entre tantos gritos y gemidos, ser Konash supo lo qué haría a continuación y lo qué le depararía el destino al pobre hombre. El salvaje se adelantó a su propia muerte, hacha en mano, mientras al caballero le daba tiempo a darle la espalda, abrirle un boquete en la cerviz a un sujeto, decapitar a otro y desviar la pica de alguien más con un ligero movimiento. Y sin más, extendió hacia atrás a Rompecorazones sin necesidad de darse la vuelta. Un segundo bastó para que el muy imbécil se ensartara en ella.

  Ser Konash poseía profundas destrezas mayores a la de cualquier mortal, pero sobre todo una vanagloria que no le cabía en el cuerpo y que no hacía más que acrecentarse con cada victoria.

  Continuó sintiéndose como pez en el agua ante el rigor de una adversidad que, para él, era poco más que una ilusión. Hacía a?icos a todo el que tocase, y nadie osaba, por más suerte que tuviese, siquiera besarle la inmaculada armadura con su filo. Sonrió como siempre lo hacía. Carcajeó, además, pero un pasmo de indignación acabó por amargarle el buen talante. Cuando se giraba en medio de un combate, una flecha pasó volando cerca de su sien. Algunos mechones de cabello negrísimo pagaron el precio de aquella insolencia. Soltó un bufido de desprecio al verlo a la distancia, tratando de recargar el arco. Sin embargo, ser Lawrence Mansfield se encargó de él antes de que pudiera hacer algo.

  ? Qué manera tan vil de irse. Qué ser tan despreciable ?, pensó por milésima vez en su vida. Desagradable era saber que hasta el más consagrado y habilidoso de los caballeros podía morir en manos de un donnadie sin una pizca de valor. Los a?os de entrenamiento ni la habilidad importaban cuando el proyectil de un arco o de una ballesta salía despedido directo hacia la cabeza o el corazón. Precisamente por esto, nunca había estimado lo más mínimo al protegido de su hermano.

  Pasó bastante tiempo hasta darse cuenta de que había recorrido gran parte de la sala, dejando atrás a una copiosa caterva de cadáveres. Los vientos soplaban a su favor, según saltaba a la vista. No tenía ni que pensar, solo fluía, dejando que sus instintos hicieran el resto. Pero no resultó así por mucho. Una idea le llegó de algún lugar, abarrotándole el pensamiento en un instante. Todo ello, sin comprometer la pericia con la que impartía su justicia personal.

  ? Raymond Hailstone, ?podrá ser? ?, recitó en su mente con una risa que se exteriorizó. Era improbable, pero allí estaba una tercera opción. Una salida al suplicio de todos sus deberes. En el mejor de los casos, si terminaba con la vida del renegado, conseguiría el indulto real. ? ?Cómo podría la Iglesia y la Corona cortar la cabeza de aquel quien los salvó? ?

  Rompecorazones hizo de nuevo honor a su nombre al perforar como manteca el pecho de un hombre de la Horda. Ser Konash sostuvo el cadáver con una mano en un arrebato de júbilo. Sin importar los kilos de metal platinado, se sintió tan ligero como si no llevase nada encima.

  — ??Cómo podrían negar mi renuncia después de algo como eso!? — preguntó al cuerpo inerte.

  Aquella interrogante llevó a otra mucho más sombría: De sus quince dizques hermanos juramentados, ?cuántos yacerían aún de pie? Muy a su pesar, los necesitaba.

  En simples palabras, la Horda de las Bestias no eran nada más que salvajes. Si su líder caía en batalla, si se cortaba el delgado hilillo que los mantenía unidos, no tardaría en cundir la anarquía entre ellos y caerían como moscas. Pero de poco valía aquella perspectiva alentadora, si el castillo cayese primero.

  Los buscó con la mirada.

  Divisó a ser Arthur batallando codo con codo junto a siete caballeros al fondo de la sala. Respaldados por los ballesteros en las galerías inferiores, mantenían a raya la ofensiva sobre los descansillos de la escalera.

  Divisó también al que parecía despuntar como la cabeza de la Horda: a un hombre de una armadura de hierro tan oscura como la noche, y a otro más al lado de este, que descendía de un salto de su monstruosa montura. Aquellos animales, porque de hecho forcejeaban dos, lanzaban dentelladas y coletazos al remanente de las fuerzas del reino. Las puntas de las lanzas arrojadas no surtían efecto. En cambio, los hacían enfurecer más.

  Bajo ser Konash no había nada más que orgullo y la intrepidez ciega de un megalómano. De resto, era un cascarón vacío en busca de algo que lo llenase. Así fue cómo consiguió sorprenderlos por detrás, a base de empujones, cortes y pinchazos a todo lo que se interpusiera. Pero no hubo nada que hacer, salvó frenarse, cuando una descomunal hacha se incrustó en el suelo ante sus pies. A juzgar por el aspecto desmejorado y babeante de espuma de aquel hombre, o no se hallaba dentro de sus cabales o perfectamente estaba poseído.

  — ?Come mierda y muere! — creyó escucharle rabiar con dificultad. De inmediato, desempotró su arma de doble filo de las grietas en el mármol, y le lanzó un hachazo paralelo al suelo con todas sus ansias.

  Haciendo uso de una genuflexión, el caballero esquivó el ataque como pudo. Pero el pobre y bárbaro idiota que pasaba por allí, para atacar su flanco derecho, no corrió con la misma suerte. El hacha lo partió en dos a la altura del abdomen, y mandó a volar la parte superior de su cuerpo.

  Un segundo y tercer escuadrón de piqueros había surgido de la Sala del Trono, reemplazando a los que cayeran presas de las bestias de hueso.

  A Konash no le había dado tiempo a incorporarse del todo, cuando una espada corta de bronce se cruzó en su camino. Jamás había visto en persona a Raymond Hailstone, pero desvió la estocada, con la certeza de que aquel hombre tras el yelmo de carnero no podía tratarse de él. No era lo bastante alto como para encajar en su descripción, aunque sí rápido y resuelto con sus gladius. Lo entretuvo con sus ataques a dos manos más de lo que le hubiese gustado. Para cuando el berserker se unió a la batalla entre voces guturales, a Konash se le irritaba ya desmesuradamente la paciencia.

  — ?Raymond! — Se dejó los pulmones en un momento dado en el que logró distanciarse un poco de los dos. — ?Raymond! — Por lo visto, se hizo escuchar, porque el primer hombre en el que había posado sus ojos, el de la armadura sombría, se giró de forma brusca después de acabar con la vida de un caballero platinado.

  Sin pensárselo una vez, Konash le advirtió que iría a por él, se?alándolo con una espada, mientras reía como solo un demente podría. Un único tajo en el lugar indicado y todo acabaría allí. Tendría el indulto real y una vida plena de libertad y desenfreno.

  Pero ni uno ni dos fueron suficientes. Raymond era ágil, a pesar de su aspecto recio. Tanto el berserker como el carnero, tardaron un par de movimientos más en reunirse junto a él. Con las espadas cruzadas, una ante el pecho y otra detrás de la espalda, se creó un espacio en el que guerrear entre los cadáveres. La terna describía círculos a su entorno antes de enzarzarse contra Konash, pero el temperamento irascible del vikingo con el rostro tatuado delataba todos sus asaltos. Y en breves, se halló plantando cara a tres combatientes. Giraba y lanzaba ataques a Raymond con la izquierda, mientras cortaba los intentos del carnero con la diestra y hacía oídos al del hacha. Ni siquiera le molestó admitir que había llegado a sudar más de un par de gotas. Repetía sus ataques, como si no hubiese un ma?ana, porque de cierta forma no lo había, pero los muy hijos de puta se rehusaban a morir de buena voluntad.

  Las mejillas le dolían y el aliento escaseaba ya de tanto reírse.

  Acto de reflejo, esquivó de un giro un hachazo que llevaba a su hombro como objetivo. De la fuerza impregnada en el arma, esta se hundió en el suelo como la última vez. Sin embargo, Konash se valió de su ingenio para separar el mango del acero con un tajo, lo que ocasionó que saltaran astillas. En seguida, se volvió hacia Raymond, no sin antes dejarle un corte rápido en el pecho al vikingo, el más iracundo de los tres.

  Diez minutos de gloria fue lo que alcanzó a tener, pues su error fue despreciarlo. Si la herida que había recibido el berserker enardecía en él algún sufrimiento, lo maquilló muy bien tras su endemoniada rabieta. El caballero había estado prestando cuidado al carnero, que lo había eludido e intentado rodear, y a un Raymond que con una mirada de sangre y estocadas describía cómo todo su coraje salía a flote. Y mientras esto sucedía, el vikingo le incrustó la punta del asta justo en la corva, donde el reverso de su rodilla se desprotegía por la articulación de la armadura. Los dientes de madera se comieron toda la carne y hueso. El ramalazo de dolor fue tal, que cortó una maldición a medias, y lo forzó a hincarse.

  Se mostró magistral en su defensa, aun siendo incapaz de levantarse. Se mostró, incluso, deseoso de alcanzar el indulto o la muerte, lo que primero viniese, al repeler y contraatacar desde su amarga desventaja. Pero finalmente tiró las esperanzas que había depositado en Raymond, cuando después de amenazar con mandar al Infierno a quien lo había herido, perdió al tiempo el equilibrio y las espadas de un brutal coletazo. Un Ossisquama, a la orden del carnero entrevió, lo arrojó diez metros más allá de donde se encontraba, hasta estamparse duramente contra el cuerpo de un desafortunado.

  — Tanto nadar para ahogarse en la orilla — le dejo saber alguien al poco rato. Puede que el mismísimo Raymond. —. Ser Konash el Arrogante, ?admites tu derrota?

  Nunca en su vida había perdido un combate. No había habido hombre que lo derrotase. Y así seguía siendo.

  — Necesitasteis de dos lacayos y una mascota abominable — decía esto entre aquejadas risas, mientras se retorcía en gesto arrollador, deseando librarse del tormento en su rodilla. —. En lo que a mi concierne, moriré imbatido. Arrasad con toda la ciudad, si es lo que queréis. No podría importarme menos.

  VII – Leonor

  Si hubiera quien en todo Dranova se tomase literal la expresión ?cagarse del miedo?, sin lugar a duda, sería Thomas Worthington. Tal vez el pobre hombre fuese conocido por ser un cobarde acérrimo, pero Leonor, en toda su falsa compostura, no podía recriminarle su falta de vergüenza al haber echado a correr, cuando se supo la noticia. Un pu?ado más de cortesanos, docenas de criados y algunas mujeres siguieron sus pasos. El resto se quedó de pie a morir junto a su Rey.

  — Es un cobarde, pero vivirá — pensó en voz alta. —. Al menos más que yo.

  — No mientras sigamos en pie, Majestad. — aseguró ser Annick Dyrne con aires de confianza.

  Al momento, aquellos otros tres que se habían quedado a resguardar al Rey dieron su palabra bajo todo el peso de sus votos: ser Matthew Claremont, ser Agnar Ramsey y ser Desmond Broadbent. Se mantuvieron a la expectativa, con espadas prestas entre los guanteletes y miradas fijas en la puerta doble del salón, en lo que duró todo aquel espectáculo de voces que montaba la tribu errante de satánicos que se vitoreaba por sus pasillos como si ya hubiesen conquistado la gloria. Su macabra canción era rasposa. Balbuceos y gru?idos constantes, a sus oídos.

  — El antiguo himno de victoria de los celtas. — había dejado en claro su pupilo. Leann Sheldrake se había armado con la parte superior de una armadura dise?ada para un hombre y no para un muchacho de su edad. La espada que empu?aba, apenas y podía levantarla debidamente.

  ? Este chico ha sido mi pupilo, ?qué le ense?ado que no sean malos hábitos? ? Leonor volteó a ver a su corte, a cada uno. Ellos sí que habían sabido hacerse sus mentores. Dorian Stockwell, era un hombre duro corrompido por la dejadez de la corte, pero aún persistía en él un poco del adiestramiento militar que lo había forjado almirante, con espada en manos; Ashton Lyall mostraba los bigotes tan caídos por la desesperanza como sus propios hombros, pero allí se encontraba con un machete de cocina; Nathan Hengist, inequívoco y vivaz, se habían guarnecido con una maza de hierro y sobreveste, junto a cinco de sus súbditos. Y los demás…

  De todos ellos, por extra?o que le pareciera, era su consejero al que se veía más agitado, con una daga que se sacudía tanto como el resto de su cuerpo. Minutos antes, lo había visto toser hasta sacarse unas gotas de sangre, después comió de algo que llevaba en sus bolsillos, y se esforzó por hacerlo pasar con un jarrón de agua.

  ? Su secreto, quizás. Una droga — conjeturó. —. Claro, ?de qué otra forma puede hacerse cargo de todo lo que he dejado en sus manos sin agobiarse? ?

  No le dio mayor importancia.

  La algarabía y los rugidos de la Horda de las Bestias se intensificaron. Y nada más acercarse, cesaron de súbito. En un tonto arrebato de optimismo, el Rey se hizo a la idea de que todo había acabado de alguna manera, pero el último rayo de sus efímeras esperanzas se desvaneció tras el violento abrir de aquellas puertas. Apretó los dientes, y a su vez, los dedos en torno a la empu?adura de su acero damasquinado, más por reflejo de la impotencia que por disposición a combatir.

  — De lo que serviría. — masculló con una ira que no daba lugar a un respiro.

  Irreal todavía le resultaba que estuviera sucediendo. Casi sin impedimentos, y con tal prontitud.

  En su historia no habría más vuelta de hoja, concluyó al presenciar a los zarrapastrosos con sus barbas densas sobre cabezas pintadas de aspecto demacrado. Solo reconoció un rostro entre las decenas que entraban a raudales, empujándose unos a otros como la crecida de un torrente humano, y era aquel el último rostro que habría ansiado ver en su vida. La mayoría iba vestido con cuero curtido y ropajes remendados, pero el muy infeliz vestía una armadura negra, impoluta, ornamentada con plata al borde de cada placa. A diferencia de sus hombres, se encontraba bien afeitado.

  — ?Problemas en el paraíso, Leonor? — resonó su voz inclemente. Y alzó sus brazos para recibir el aliento irascible de sus soldados.

  Fue extra?o. Surrealista, en realidad. La muchedumbre noble que se congregaba en el salón de banquetes había aguardado en vasto silencio y sin mover ni un músculo a que alguien, quién fuera, dijese una palabra. Al morir el vozarrón de Raymond Hailstone, nació una huida en desbandada. Quienes alzaron sus gritos fueron ellos, sus sirvientes, y no los salvajes que los asediaban.

  — ??Qué pasa!? — berreó un bárbaro de laboriosas trenzas en el cabello y un escudo de madera ensartado por una veintena de flechas. — ?Se acabaron ya las flechas? — El resto de aquellas bestias con piel humana rio.

  Todo aquel que portaba un arma, aguardaba impaciente la orden de alguno de los dos Reyes que intercambiaban ojeadas.

  — ?Maldito traidor! — rugió ser Desmond sin poder contenerse.

  — ?Infiel! — gritó Ashton Lyall, solo que con marcada vacilación. — ?Qué Dios os castigue por vuestra falsedad!

  Raymond Hailstone dio un paso al frente, y respiró de aquellas palabras como si fuesen el elixir de la vida misma. Carcajeó mostrando sus dientes.

  — Infiel, ?eso piensas? — Pronunciaba cada sílaba como si llevase mil a?os esperando a hacerlo. — Para todos los que están a mis espaldas tú eres el verdadero infiel. ?A cuál de todos los dioses te refieres?

  — Al único. Al verdadero dios.

  El Rey de la Horda de las Bestias blandió a una mano la espada de las leyendas, la espada del dios pagano Nuada, y describió un arco fugaz hacia el suelo.

  — ?Tu dios no es más que la fe que guardas por el miedo que sientes!

  Con su gesto marcial, una primera línea de unos veinte hombres avanzó hacia la presidencia de la sala con un bramido propio de salvajes. Como respuesta inmediata, tres de los espadachines platinados se precipitaron a zancadas hacia ellos sin esperar la menor orden. Raymond recibió el primer ataque con su espada a manos del Undécimo. Al mismo tiempo, ser Matthew Claremont se proyectaba hasta un hombre con cabeza de carnero como yelmo, y ser Desmond Broadbent se enzarzaba contra tres impíos a la vez.

  — ?Agnar! — Para cuando el Rey se volvió hacia el guardia que había quedado a su lado, ya era muy tarde. Con aire amenazador, ser Agnar Ramsey le arrebató el arma de un golpe de plano con la espada. Y velozmente la cogió en el aire con una de sus manos, y la cruzó en torno a su cuello. Todo sucedió tan rápido que no dio tiempo a otra cosa que tragarse su propia incredulidad junto a su saliva. — ?Agnar! — chilló. — ?Agnar, por un demonio! ??Qué crees que haces!?

  — ?Qué os parece que hago, Majestad? — carcajeó como solo la insolencia de la juventud lo permitiría. No lo había dejado en evidencia antes, pero en aquel segundo mostró lo joven y estúpido que era tras los cabellos casta?os que le caían sobre la frente. — Aquí es cuando os traicionamos — Se dirigió a los tres caballeros que le daban de que ocuparse a una veintena que iba en ascenso. — ?Deteneos ahora! ?Deteneos o degollo a vuestro Rey!

  ? Vuestro Rey ?, repasó en su mente, y entonces lo comprendió. Ninguno que se hiciera llamar hombre cambiaba de bando tan fácilmente. Había conspirado en su contra desde un principio. La impresión fue un duro golpe justo en las entra?as. De profuso abatimiento, cerró los ojos y se dejó caer a sus brazos, esperando a que la muerte viniera por él, de manera que no observó nada de lo que sucedería a continuación. Los sonidos le llegaron distorsionados, nada más caer arrodillado al suelo. Se enteró por el impensado silencio que anegó la sala, que los tres pilares que sostenían su reino se habían rendido o derruido.

  Para bien o para mal, el collar de lágrimas rojas que pensaba recibiría nunca llegó, pero la patada en la espalda lo cogió por sorpresa. Se derrumbó de bruces, inerte, al suelo. Al cabo de un rato de haberse entregado a sus enemigos, abrió los ojos e intentó levantarse apoyándose débilmente sobre un codo.

  — Al ponerle precio a mi cabeza — dijo aquella voz dura. Sus grebas de un metal impecable era lo poco que alcanzaba a ver. —, no tuve el tiempo para tirarte esto a la cara — Dicho y hecho, una piececita de acero rectangular le golpeó la frente, y cayó entre tintineos al piso. —. Ni escupir ante tu decisión, Rey de la Indolencia.

  Leonor cogió la chapa platinada sin atreverse alzar la vista todavía. Abultaba lo mismo que dos pulgares juntos. En un principio no supo lo que era, pero tan pronto como le dio la vuelta lo averiguó. Sobre la superficie deslustrada se hallaba grabado a presión el número IV. Era la misma chapa que los caballeros de la Guardia de la Realeza llevaban ce?idas a la armadura en la parte baja de la cerviz, y hubo un tiempo en el que el infeliz había alcanzado a ser el cuarto de mayor autoridad entre las filas.

  — ?Por qué, Raymond? — inquirió Leonor, afligido. — Siempre me lo he preguntado. ?Por qué nos traicionaste?

  — Me lo quitasteis todo alguna vez — Arrojó el yelmo engalanado con penachos a sus brazos. —. Y ahora todo os lo voy a quitar — Con la cabeza cercenada goteando sangre del Paladín aún dentro, era más de lo que sus ojos podían ver y más de lo que su estómago aguantase. Así que el Rey la hizo un lado. —. Esto es simple, Leonor. Ojo por ojo. Diente por diente.

  Finalmente hizo acopio de todo el valor necesario para echar un vistazo a su entorno. Los caídos en batalla eran incluso menos de lo que hubiese imaginado. Vio a ser Matthew que yacía muerto, de espaldas sobre una pila de tres bárbaros. Vio al hombre de la cabeza de carnero retirar bruscamente su espada corta de la axila del aún vivo ser Annick; el arma le había perforado el punto débil entre las hombreras y el peto. Vio a ser Desmond de pie, desarmado y con la promesa del filo de su propia arma siendo esgrimida en su contra. La escaramuza también se había cobrado la vida de dos valientes criados y otro pu?ado de los hombres de Raymond. En cuanto al resto de su corte, se encontraban rodeados de enemigos o simplemente no los alcanzaba con la vista.

  El Rey de las Hordas de las Bestias se erguía como una torre oscura de hombreras acorazadas bajo hombros anchos, que caminaba sin rumbo y estudiándolo todo. De un momento a otro, comenzó a silbar en alto como si estuviese llamando a un perro. Su semblante bien podría haberse resumido en un ce?o fruncido y una gran nariz.

  — No seáis tímido, lord Thomas. Sed valiente y venid a aquí — Se giró hacia el otro extremo de la habitación. —. No soy hombre de paciencia y ya he esperado demasiados a?os para que deis la cara. ?Venid!

  — Ha salido corriendo con el rabo entre las piernas. — rio el del carnero.

  — A sus habitaciones — afirmó ser Agnar con una sonrisa. —. Saltar por una ventana le vendría mejor que seguir huyendo.

  ? Escoria sin honor, maldito seas ?, pensó el Rey rechinando los dientes. La ira lo hizo levantarse.

  — Y este cachorro ense?a los dientes — siguió, apuntándolo. Se acercó, y lo pinchó suavemente en la pierna hasta que sus telas vieron una mancha de rojo. —, pero no mordería otra cosa que no fuera un muslo de pollo grasiento.

  Leonor apartó la hoja de un manotazo desesperado, con lo que se hizo da?o.

  — Ni?ato insolente, ?cómo te atreves? — De una zancada rápida, le propinó un sopapo con la mano salpicada de sangre. — ?Yo mismo te nombré caballero! — En el instante en que preparó un pu?o para sacarle los dientes, unas manos firmes lo sujetaron por detrás. Se dio la vuelta, forcejeando apunta de empujones y coraje. Pronto se percató que era el canciller y su pupilo los que lidiaban para contenerlo.

  — ??Cómo os atrevéis vos!? — aulló el caballero traidor enarbolando su espada en lo alto, con el rostro congestionado y dispuesto a asesinarlo.

  Fue el almirante Dorian quien corrió para interponerse entre ambos, aun cuando estuviese desarmado. Sin embargo, no hizo falta que diera su vida en sacrificio. Raymond Hailstone había cerrado los dedos articulados del guantelete en torno a la espada y alzado la otra mano. Detuvo veloz el ataque antes de que hubiese sido consumado.

  — ?Suficiente, Agnar! — El vozarrón hizo que se estremeciera. —. Aunque lleves una parte de mi sangre en tus venas, me importas menos que una mierda.

  — ?Vuestro padre? — lanzó con horror Leann sin dirigirse a nadie en concreto.

  — Ni hablar, pelirrojo — Agnar se sacudió la manaza que se había posado en su antebrazo. —. No esa clase de parentesco.

  Pero lo cierto era que tenía la edad para fuese su hijo. Ser Agnar decía tener veinte a?os. Había sido juramentando y honrado con la armadura hacia solo dos. Y desde aquel entonces había servido fielmente, sin un solo rastro de deslealtad.

  Aun así, el Rey no quería guardarse nada.

  — ?Yo mismo solicite que fueras parte de mi guardia, bastardo sin madre!

  — Y ese fue solo uno de muchos errores, Majestad. — El caballero había abierto la boca, pero no fueron aquellas sus palabras. — ?Cuántos más pensáis que cometisteis?

  La Horda de las Bestias había rodeado a lo que restaba de ellos. Los criados, la corte, las familias… No serían más de unos cincuenta indefensos frente a un centenar y medio armado de bárbaros, cuyos impulsos se mantenían al margen. De un traidor a otro, Raymond Hailstone apartó de un empujón desde?oso a ser Agnar. Se volvió hacia aquella voz, sin siquiera amenazar con derribarla.

  — Una desafortunada coincidencia para vos que lo eligierais para vuestra guardia — Sobre la barbita en forma de pica, lord Edward mantenía aquella sonrisa taimada de siempre. —. Sí, a decir verdad, es un bastardo. ?Cómo lo supisteis?

  De repente, sintió ganas de vomitar. Las piernas le temblaron como si de gelatina fuesen y el rostro se le llenó de arrugas en una irreprimible expresión de espanto.

  ? No — fue lo poco que concibió. —. No vos. ?

  — Olvidadlo. Hay asuntos más apremiantes — siguió con ojos donde no cabían el contento y con su verborrea tan característica. —. Puede que parezca un joven, pero está más cerca de sus cincuenta que de sus cuarenta. Se conserva bien. Quizás demasiado bien. — Volvió la vista hacia el caballero. —. ?Cómo lo hacéis, ser? ?Fuiste hechizado? ?Alguna pócima?

  Ser Agnar Ramsey se encogió de hombros, mientras carcajeaba. Después, colocó un dedo índice sobre los labios, como diciendo que se llevaría a la tumba su secreto.

  — Válgame Dios. Nos rodeamos de traidores — lord Dorian Stockwell escupió a sus pies. —. Judas, ?os habéis vendido por treinta monedas de plata una vez más?

  Lord Edward decidió no responder. Entretanto, el Rey estaba demasiado estupefacto como para que lograse decir cualquier cosa. Fue Raymond el que se adelantó para romper el silencio repentino que se había forjado.

  — Antes de retirarme quiero verme con Su Alteza. ?Dónde está?

  — Muerta — Su concejero le sostuvo la mirada a Leonor sin animarse a pesta?ear. —. Sospechaba algo de lo que sucedía. Algún bocón se lo habrá dicho. A Alice Liongborth nada le importaba más que sus hijos, por lo que intentó huir tan rápido como le fue posible. Ahora comparte el sepulcro con sus tan amados príncipes.

  — Quiero ver sus cuerpos. — Su tono no admitía negativa alguna.

  — Cuando os plazca — Por fin se dispuso a mirar a Raymond, quien le sacaba casi dos palmos de altura. —. Solo aseguraos en disponer de muchos hombres y palas para trabajar por quién sabe cuánto. El túnel por el que pretendía escapar se le vino encima a mitad de camino.

  — Mientes — musitó el Rey, apartando toda la bruma de su desconcierto. De golpe fue una ira ciega lo que sintió. —. Se te dan bien, ?no? — Si no hubiesen sido por sus cortesanos amenazados a punta de espada, quienes tiraron de él, habría saltado sobre aquel desgraciado. — ?Tu palabra no vale más que toda la escoria de la que te rodeas ahora! ?Cagas en el plato del que comes, Edward!

  — Como de lo que algún día sembré. — le corrigió.

  Pero antes de que su desasosiego pudiera espetarle cualquier otra cosa, el malnacido de Raymond se coló en su vista, abriéndose paso entre los dos.

  — De los hombres con menos fortaleza que he conocido, pretendiendo menospreciar a otros que mayor respeto se merecen. Repugnante. Como honran el apellido en lugar del más apto. Débiles como tú, poseyendo más derechos que cualquiera. Muchos más que las espadas obligadas a dar la vida por ti — mencionó esto último, volteando a ver a un ser Annick sentado en el suelo, derrotado, malherido, junto al cadáver de ser Matthew. —. Tanto entregan y tan poco les dais a cambio, vosotros injustos.

  — ?Acaso un perjuro, un animal como tú, es merecedor de más respeto? — Ser Annick dejó escapar un esfuerzo por levantarse, pero el brillo de la espada corta que se mostró cerca le recordó su estado. Y el reguero de sangre que cayó a sus pies no hizo más que desalentarlo. — ?Más digno de cualquier derecho te crees?

  — Mejor reinar entre los salvajes, antes que servir a un indolente.

  — ?Por qué mis hijos? — protestó Leonor, ya desesperanzado. — Y mi esposa.

  — ?Ahora os preocupáis por Alice? — Edward se asombró con gracia.

  — Una culpable más de un crimen detestable — intervino de nuevo el infame y traidor, dándole la espalda a su Rey. —. Una mano que desde hace quince a?os escogía a quien robaba la libertad…Veremos ese túnel del que habláis — Raymond se le quedó observando con ojos entrecerrados a Edward. —. A mi regreso. — Observó una última vez todo el panorama con impaciencia, y se dirigió a sus hombres. — ?Todo el que aún respire será mi prisionero! ?Llévense a estos a los calabozos!

  — ?Os vais tan pronto? — indagó el consejero, mientras la mitad de la Horda forzaba ya a hombres, mujeres y ni?os a salir del salón, a punta de patadas e insultos.

  — No tiene caso. El trabajo está hecho, tanto la ciudad como el baluarte han caído. Tengo mejores cosas que hacer que en presencia de un pseudorey y en espera de un cobarde. — Pasó junto al hombre de la cabeza de carnero, y asintió en su dirección sin detenerse. —. Te los dejo a cargo, Ramskull.

  De torso desnudo y empapado por la sangre de sus enemigos, Ramskull se colocó detrás de Edward. El ?pseudorey?, por su parte, comenzó a gritar antes de que Raymond cruzara el umbral de la puerta.

  — ??Por qué!? ??Por qué destruir todo lo que hemos construido!?

  — Todo lo que he construido — En algún punto, no llegó a saber cuál, su consejero se había hecho con una manzana. Le dio un mordisco, avanzó hacia él, y se la introdujo en la boca por el otro extremo. —. Si vuelves a explotar de esa manera, haré que maten al ni?o.

  Una vez hecha la amenaza, ser Agnar le atizó tal tirón al joven Leann, que bien pudo haberle dislocado el brazo. Lo apartó del resto de la corte, y se mostró más que dispuesto a cumplirla. El peto de acero de su pupilo se le había sido arrebatado junto al poco valor que poseía.

  Escupió la manzana con violencia, injuriado, aunque guardó todo su discurso para sí mismo. Se lo había dado todo, aquel hombre le debía la vida. Lo había sacado del agujero, de sus humildes raíces, por su intelecto. Por más extra?o que le resultase, la ingratitud y descarada alevosía de su mayor confidente sentaba peor que la muerte de su mismísima esposa. No podía decir lo mismo acerca de sus dos hijos.

  En pocos momentos, no quedó nadie más en la sala que la reducida Corte del Rey, dos docenas de salvajes y un pu?ado de criados que habían sido retenidos por el sujeto que se hacía llamar Ramskull. Edward les ordenó que instalaran una mesa sencilla y sillas para todos. Los de la Horda no tomaron asiento, por más que el consejero insistió. Mientras colocaban los manteles, velas y demás, divagaba en los temas tan intranscendentes que le precedían. Parecía aguardar algo o a alguien.

  — ?Por qué habéis hecho algo como esto? — arrojó lord Dorian, a su derecha. El canciller se encontraba a su izquierda. A Leann se le cedió una silla igualmente, pero ser Agnar no le quitaba los ojos de encima.

  Edward Stanford, sentado al otro lado, alzó un dedo para pedir silencio.

  Entonces supo que ciertamente esperaba a alguien. Se instaló una única silla próxima al traidor, y aquello dejó en evidencia otro de los errores de Leonor como Rey. El conde Hengist se sentó a su lado, y colocó el enorme martillo sobre la mesa.

  — A estas alturas ya no me sorprende — siguió el almirante, escupiendo sobre la madera. —. Siempre me parecisteis ruin, fácilmente corruptible.

  — Vos teníais ese honor militar y entereza religiosa que podía resultar muy arriesgada — comentó el consejero, masticando otra manzana. Llenaba sus ademanes de una actitud soberbia, insólita en él. —. Por ello lo elegí a él y no a vos.

  — Hengist — balbuceó el Rey, con desprecio. — ?Qué te llevó a hacer esto?

  — Lord Hengist. No soléis llamarnos con nuestros títulos. Pero ahora tendréis que hacerlo, Leonor.

  — Motivaciones llanas — dejo saber Edward. —. Oro, plata, títulos, tierras…

  Por un segundo, volteó a ver al hombre que se erguía en la presidencia de la mesa. Ramskull no usaba asientos ni palabras.

  — Los traicionará en cuánto pueda. Es su naturaleza.

  — Basta de charlatanería — Resultaba impensable que alguien como Edward dijese aquello. —. Todos vosotros os habéis preguntado por qué — Volvió a toser con aspereza, y después dejó escapar una risita. —. Si me traicionan o no, no es de importancia. Mis días ya de por sí están contados.

  Los cortesanos que yacían a la mesa y el Rey, consternados, se miraron unos a otros en silencio mutuo.

  — ?Estáis muriendo? — dijo Leonor al final.

  — Lenta y dolorosamente. Una enfermedad que terminará por llevarme a la tumba.

  ?Un hombre que no tiene nada que perder. Pero…?

  — ?Y qué ganáis con todo esto? ?Qué os puede interesar si estáis a punto de morir?

  — El placer de haber llevado a cabo la mayor estratagema de la historia — dijo, encogiéndose de hombros. —. La satisfacción de saber que Dranova no volverá a ser lo que era tras mi muerte. Cuando vuestro padre os cedió la corona, vos me cedisteis el poder detrás del trono gracias a la pereza que os domina. No durasteis un mes como regente, en realidad. Todo lo que hoy es el reino es gracias a mí.

  Rechinando los dientes de cólera, Leonor dio un pu?etazo a la mesa. Empujó la silla hacia atrás al levantarse, pero la espada de ser Agnar estuvo rozando el cuello de su pupilo antes de que pudiera hacer algo más.

  — Pagaréis por esto.

  — No hay peor ciego que el que no quiere ver — Rio con sobrada altanería. —. Y vos, Antigua Majestad, sois el tuerto que reina sobre los ciegos.

  — ?Es que no teméis por las consecuencias de vuestros actos? Tengo Fe de que os quemaréis por toda la eternidad.

  — ?Fe? ?En tu dios? Que sentimiento tan básico — La voz de Ramskull se escuchaba amortiguada tras el yelmo. Sacó uno de sus largos cuchillos de bronce, y clavó la punta sobre el tablero. —. Toma asiento.

  Y de vuelta al confabulador... De un gesto de mano le indicó a una de las criadas que se acercara, con una bandeja de vino y copas vacías. Hizo que colocara esta sobre los manteles, y de inmediato, comenzó a apilar una a una las copas hasta conseguir una torre de cristal cada vez más alta.

  — Dorian, Ashton e incluso vos, Leann — habló sin perder de vista su creación. —, ?cuándo erais ni?os y jugabais a construir algo, lo que sea, un castillo de arena o una casa en la nieve, nunca sentisteis esas ansias de destrozar todo de un manotazo una vez estuvo terminada? He estado reteniendo esta sensación durante decenios.

  El Rey de mala gana obedeció al salvaje.

  — No tuve esposa ni hijos — siguió. —. Dediqué mi vida al reino. Y ahora, al final del camino, quiero acabar con todo — Tiró la base de la torre con un golpecito, y toda la estructura se vino abajo, haciéndose a?icos contra la madera. Hizo empleo de una pausa, al admirar el hilillo de sangre que una esquirla había causado. —. Se me prometió que sus hechiceros rojos me ayudarían a sobrellevar mi enfermedad, retrasándola y haciéndola indolora. Podrían salvarme con un ritual, es posible, pero la muerte sería una bendición si se comparará con la cura.

  — Edward — Leonor se encontraba ya sin energías suficientes para odiarlo. —, vi algo en vos, cuando éramos jóvenes. Aunque juré que no ahondaría sobre tu pasado, yo os saqué de la inmundicia en la que vivíais, y os traje a la Corte a que nos sirvierais a mí y a mi familia, porque supiste demostrar vuestro ingenio. — ? Pero fui incapaz de ver lo que eras realmente. ?

  — Las monarquías — suspiró con amargura. —. Hijos indignos que reciben el poder de padres aún menos competentes. Se ba?an en riquezas, mientras los de abajo se pelean para llevarse a la boca lo poco que sueltan. Me dais asco. Pero no sois la peor carro?a de la humanidad. Hay otros que, en vez de tomar el poder por la fuerza, como los Liongborth, enga?an y escupen a la gente a la cara, utilizando el miedo de los más débiles para sus lucrativos fines — Tan pronto como se hubo levantado, la Horda de las Bestias cogió a la Corte y al Rey por la fuerza, y los encaminó fuera del salón. —. Creyendo que pueden conseguir su ansiada salvación si rezan… Siento lástima por el pobre hombre que necesita llenarse la cabeza con mentiras para poder dormir tranquilo por las noches.

  VIII – Raymond

  Renegado, apóstata, traidor, sacrílego, asesino… En todo ello y más se había convertido el día en que fue excomulgado por la Iglesia. ?Cuánto tiempo había pasado desde que rompiera cada uno de sus votos sagrados en aquella noche de invierno? Cuando se estaba lejos de todo, eludiendo a la muerte, y conviviendo con salvajes, se perdía la cuenta de los a?os. Fácilmente hubieran podido pasar veinte o veinticinco a?os desde que hubo pisado la Capital por última vez. En un principio, había enumerado las lunas que sobrellevaba en la abrumadora soledad de su exilio. El hambre, la sed y las ansias de hacerles pagar con la misma moneda habían sido su única escolta antes de reinar entre los bárbaros.

  Se había pasado su juventud dando tumbos, navegando a ciegas y perdido, y cuando creyó haber conseguido el rumbo correcto en manos de una divina doncella, un viejo incauto lo hizo naufragar. Aún tenía asuntos pendientes con Thomas Worthington, pero aquello podía esperar una noche más. La mujer que lo había llevado a la ruina, en cambio, no. Aquel rostro estaba profundamente cincelado en sus pensamientos.

  Su montura cubierta por piel de hueso era formidable, de mayor tama?o que cualquier semental que hubiese montado o visto nunca. El Ossisquama, la indómita bestia a cuatro patas, no alcanzaba todavía el cenit de su madurez, pero ya abultaba lo de dos caballos y el brutal poderío de tres. Montó a horcajadas, empleando el saliente de sus escamas para ayudarse a ascender hacia su vasto lomo duro como roca. Raymond lo arreó con una palmada y un gru?ido. Los rugidos y gru?idos eran de lo poco que entendía. En lugar de riendas, guiaba al animal palpando los pe?ascos de hueso que se le formaban y sobresalían de la cresta dorsal, y que le recordaban a la forma de un karst.

  — Magnificas murallas, ?no es así, ser? — Le hubo dicho el rey Darren IV, cuyos huesos se ennegrecían ya bajo tierra, en su primer día vistiendo la armadura platinada. — Ni diez mil embravecidos hombres podrían asediar este impenetrable castillo.

  ? No diez mil hombres — se dijo, mientras cruzaba el rastrillo que daba directo a la única entrada y salida de la fortaleza. —. Necesité de tres mil. Un tercio de mi ejército, dos Ossisquama y una docena de buenos aliados dentro, que supieron encontrar su punto débil. ? Raymond se alejó con una sonrisa siniestra de la isla aparentemente inexpugnable. ?Qué más daba poseer gruesas y altas murallas, puertas macizas y una excepcional defensa? Si Judas terminaba por confabular y vender de nuevo a su Se?or...

  Por encima de él solo se alzaba y podía alzarse el cielo rebosante de estrellas. Un esplendor nocturno coronaba su primera victoria en tiempos de guerra; mismo nubarrón gris lustroso que lo acompa?ase tantas ocasiones en vela y que en los bosques brillaba con incluso mayor intensidad. Ante la Gran Nube Celestial no se había hartado de comparecer en todos sus a?os. Era un velo hecho de polvo asaltado por cuantiosos astros, y en cuya envergadura se atrapaban membranas y mucosa, como sangre que se regara hasta encontrarse seca.

  La luna, durante pocos días todavía blanca, era su competidora más brillante. O así le pareció hasta que un grupo de estrellas rebeldes y portadoras de gran luz surgieron parar cruzar el firmamento con fugacidad, y desaparecieron sin dejar rastro.

  ?Un buen augurio al fin? No supo cómo interpretarlo.

  Los celtas eran propensos a creer en la adivinación, aunque los druidas no hicieran más que errar en sus intentos. Y por lo que sabía la Horda, la luna de sangre se produciría en una noche pronta. Sin embargo, los días de la ira y la venganza habían ya dado inicio.

  La ciudad era un recital de alaridos sin precedentes; un cántico entonado en el dolor. En las mismas calles empedradas en las que había crecido, se alzaban al cielo nocturno jirones de humo y gritos del alma. Entre las hendiduras que existían en las rocas de la calzada anegaba la sangre. El camino pasaba por vecindarios acaudalados plenos de cadáveres aquí y allá. Solo uno de cada veinte de los cuerpos derrumbados había pertenecido a uno de sus hombres. Los pocos que huían por miedo a perder la vida lucían más como el pueblo llano que como nobles ciudadanos: haraposos, sucios y necesitados.

  El consejero del Rey y el conde de la Capital, habían embutido durante meses en las filas de la Guardia de la Ciudad a escoria que se vendía por unas cuantas monedas; otros, por el contrario, habían sido corrompidos con vagas promesas. En su mayoría, eran ellos los que se encargaban del trabajo pesado. Y por su lado, varios miles de la Horda de las Bestias, como buenos salvajes que eran, se dedicaban a cosas de salvajes: acabar con todo lo que no pudiesen saquear o violar en primer lugar.

  El viento trajo consigo el olor de la ceniza.

  Vio con sus propios ojos las residencias de dos y tres plantas de alto que había conocido hacía una vida y que llevaba la mitad de ella sin recordar. Pese a esto, sí recordaba los rostros alegres de las personas que alguna vez las habían habitado. Recordaba con absurda claridad cada una de las cosas que lo llevaron a so?ar con vivir acomodado y respirar de una distinción incluso mayor en la lejana fortificación de los Hailstone. En algún momento, antes de unirse a la Guardia de la Realeza, creía que era a lo máximo a lo que podía aspirar.

  — La utopía de las falsas ilusiones. — Tenía el rostro alargado invadido por una sonrisa. En él, descollaba la sombra de una cicatriz que la recorría de cabo a rabo como el curso de un río.

  En algún lugar de su interior se encontraban las ansias para urgir a la monstruosidad que montase y llegar hasta su tan codiciado destino, la furia para cortar toda cabeza que se interpusiera y la fuerza para seguir luchando por su divina doncella aún después de caer muerto. Pero tenía que mantener al margen sus emociones en todo momento como Rey de la Horda. Y como nuevo Rey autoproclamado de Dranova.

  ? Vine de la nada. Llegué muy lejos en la vida con mi esfuerzo, antes de regresar a una miseria más terrible a causa de un error. Ahora vuelvo a estar en la cima — Debió detenerse justo allí. —. Espero no volver a caer. ?

  Había enviado a dos pelotones a usurpar las Dagas Sagradas que yacían ocultas. Los hechiceros de sangre y Kurt habían recibido el mismo precepto para apoderarse por la fuerza de las que, para las misas, habían sido resguardadas bajo la catedral. De poder haber tomado cada asunto por sus manos, lo habría hecho de buena manera, pero no era posible estar en tres lugares a la vez y, además, conquistar el corazón de la ciudad. Se las vio negras en el instante en que delegó las llaves de su redención a alguien más. No tuvo más remedio que dejar la que, solo para él, constituía la más importante al más inepto de sus oficiales, cuando se quedó sin más piezas que mover en el tablero; al resto de sus hombres, los necesitaba en otras posiciones para ganarle la partida al Rey Indolente.

  Pasó casi un cuarto de hora cabalgando con excelencia y frialdad, pese que a el Ossisquama fuese tanto o más rápido que un equino. Cuando estuvo cerca del lugar de encuentro, en calles más humildes y semidesoladas, divisó la incomodidad en el rostro cicatrizado por heridas rituales de la druidesa, y supo de inmediato que algo había salido mal. Rhiannon no dijo palabras, solo espoleó a su caballo de regreso apenas hubo cruzado miradas con él. Raymond finalmente apretó el paso de su montura. No tardó en darle alcance, y ella no tardó en detenerse en un recodo segundos más tarde.

  El peso de su propio cuerpo fue más de lo que pudo cargar al ver los ojos decaídos y temerosos que lo observaban desde abajo. ? Han fallado — supuso con desaire. La sangre se le heló de golpe, solo para hervir de rabia instantes después. —. Esta gentuza me ha fallado. Debí saberlo. ? Descabalgó de un salto.

  Lo poco que quedaba del pelotón se reunió tímidamente y con gestos de dolencia que acompa?aban a su andar. Casi todos estaban vivos; una docena de pie y tres cuartas partes sentados o arrastrándose por allí con sus heridas sangrantes.

  — Nueva Majestad. — reverenció el soldado raso al frente del grupo.

  Rex Azus caminó hacia él a zancadas, cerró los pu?os en torno a su sobreveste, y lo alzó con ira sobrehumana.

  — ??Dónde está!? — Lo sacudió cual mu?eco de trapo. Rowan no era un hombre especialmente alto ni tampoco corpulento. — ??Dónde está ella!?

  El Ariete se adelantó un paso.

  — Huyó, y se llevó la Daga Sagrada.

  ? No es posible. Con tantos soldados… No es posible. ? ?Cómo Aloy habría podido escapar de semejante grupo? Marcus Brandfort no era más que un caballero oxidado y despojado de dicho título.

  Sin embargo, la realidad resultó más cruda de lo que pensaba.

  — No huyó — corrigió Rhiannon apuntado a algún lugar entre la arbolada de hombres que se erguían rectos como pinos. —. Está muerta.

  — ?Qué? ?Muerta? — inquirió consternado el Ariete.

  Fueron justo estas las palabras que Raymond dijo en su mente, pero con un tono infinitamente más desamparado. Dejó caer al hombrecillo al suelo. Se dejó mostrar por más de un instante con la mirada pérdida y la boca abierta en un gesto indigno de un Rey. Le dio un par de vueltas a la idea, y después apartó a empujones a los soldados que intentaban cubrir la escena con sus cuerpos. Se le escapó un suspiro de lo más profundo de su pecho, cuando la vio recostada a una pared que se derrumbaría por sí sola en cualquier momento. De igual manera, Raymond sintió que estaba por derrumbarse.

  ? Aloy, mi divina doncella. ? La luz de sus ojos se había extinguido. Lo sabía, aunque los tuviese cerrados. Su mirada plateada se había esfumado a los albores de la oscuridad. Si no hubiera recuperado la compostura a último momento, se habría llevado las manos a la cabeza y empezado a gritar para que todo dios lo escuchara maldecir.

  — No lo entiendo, Su Majestad — siguió el Ariete. —. Atenea escapó, de eso hablo. Ella se llevó la Daga. No sé nada respecto a esta mujer.

  A Raymond le temblaban las manos como a un anciano. Al cerrar los pu?os, la debilidad se transformó en un ímpetu reprimido a duras penas. Se giró lentamente hacia su oficial más incompetente, con una respiración ronca y a la vez tenue como un silbido; el estertor típico que se le escapaba siempre que lo consumían las ganas de destripar a alguien; ?Los estertores de la muerte?, lo llamaban sus súbditos. Lo fusiló con una mirada asesina.

  — Quería la Daga — les espetó a todos con un vozarrón profundo. —, pero más importante la quería a ella viva ?Porque ella me pertenecía! — Hizo una pausa, para luego echar mano de la Espada de Nuada en su cintura. — ?Eran ella y su maldito esposo! ?Nada más! — La vena abultada en su frente amenazaba con eclipsar a la cicatriz. Liberó el acero damasquinado, y rugió a los cuatro vientos. — ?Era un trabajo sencillo, por un demonio!

  — No resultó tan fácil — De todos los presentes, el Ariete, tan solo un par de dedos más alto que el Rey, era el único que osaba verlo a los ojos. —. Su Majestad… Había dos personas más. Había incluso caballos que nos atacaban. Como veis, los que aún están en el suelo fueron pisoteados o arrollados por ellos.

  Los demás hombres habían hecho espacio para que los dos gigantes se miraran mutuamente sin mayor obstáculo.

  — ?Qué otros dos? — Raymond oprimió los dedos en la empu?adura.

  — Del hombre con el rostro tapado nadie está seguro. Apareció de la nada. Nuestras heridas de flechas vinieron por parte de él.

  — También estaba Atenea, Mi Rex. — Rowan tuvo la repentina valentía de alzar la vista, pero esta murió apenas Raymond le prestó atención.

  — ?Atenea? — El nombre sonaba extra?o a sus oídos.

  — Atenea Pryce. — sostuvo un soldado infiltrado en la Guardia de la Ciudad, que se intentaba tapar la herida de su hombro con una mano.

  ? ?Pryce? ?Tuvo una hija? ? Sus informantes de poco habían servido. Incluso, con la ayuda de lord Edward no había conseguido de Aloy más información que el apellido falso que había adoptado al casarse con Marcus Brandfort, el paradero de su morada y la presunta existencia de una Daga Sagrada entre sus pertenencias. Después de tantos a?os, imaginaba que su divina doncella había rehecho su vida cuando los obligaron a separarse, pero nunca quiso creer en nada de lo que sus temores le decían.

  ? ?Es mentira! — se gritó para sus adentros — No ?Esto no puede ser! ?

  Raymond quiso blandir el arma para hacer pagar al soldado por sus falacias, pero pronto descubrió que ni siquiera se encontraba empu?ándola. Yacía tendida en el suelo como una espada cualquiera, rodeada por una nubecilla de tierra que había levantado. Se enteró al momento de que se le había resbalado de entre los dedos.

  Un golpe más le abolló el pecho, y se encontró por fin demasiado débil, demasiado perplejo, como para abalanzarse sobre ellos.

  — En el caso de que sea verdad, importa realmente poco lo que digas — indicó Rhiannon a modo de ri?a. —. Dos o cuatro, ?cuál es la diferencia? Fracasaste horriblemente con más de treinta hombres a tu espalda, Ariete.

  Todos lo observaban, tenía la certeza de que así era, aunque no los viese hacerlo. Salvajes como ellos lo poco que respetaban era el poder.

  El Ariete respondió a las palabras de la druidesa, pero Raymond solo escuchó un balbuceo lejano. Su mente comenzó a jugar con espejismos de sombras en un mundo que daba vueltas y se tornaba cada vez más oscuro con cada parpadeo. Estaba a rebosar de odio, pero aún más de tristeza y un vacío como el que jamás había sentido se iba tragando todo lo demás. La mujer por la que lo había arriesgado todo se había ido. Todos sus a?os de sacrificios no habían servido ni para oír su voz por última ocasión.

  Caminó sin aliento ni vida hacia el cuerpo de Aloy. Todo juicio, emoción o sentimiento se fueron desprendiendo de él con cada paso que arrastraba. Aún después de incontables noches de espera, su belleza continuaba impecable, majestuosa, como si el tiempo se hubiese detenido solo para ella. Los ángeles, si existían, debieron de tenderle un manto seráfico de juventud eterna.

  De hombros encorvados y rostro caído, se inclinó sobre ella para cogerla en brazos. Su piel era como la recordaba, perfecta y tersa como la del durazno, salvo que el tacto era entonces muy auténtico y no una enso?ación.

  Se levantó repleto de heridas y calcinado por la rabia que había ardido en él desde hacía décadas. Se hallaba también decepcionado de cómo habían sucedido las cosas. Decepcionado enormemente de que Aloy hubiera tenido el anhelo de continuar su vida lejos de él.

  Y como a un títere, fuera del control de sus propias acciones, se detuvo de soslayo junto al Ariete. No tenía las fuerzas, ni las ganas siquiera, de asesinarlo.

  — Viniste a nosotros sediento de poder. Te dimos una oportunidad, una única tarea, la de mantener la discreción hasta el momento indicado y lo echaste a perder con tu insolencia. Te obsequiamos una segunda…, para que volvieras a fallar. Ya me las veré contigo después.

  Alguien, no supo quién, se ocupó de recoger su consagrado acero.

  Más adelante, cuando hubo llevado a hombros su inmenso dolor hasta el baluarte, depositó a su amantísima sobre una mesa de piedra en una habitación peque?a y sin ventanas. Sus rizos rubios y níveos consumían todo el brillo de las velas. La desvistió con delicadeza, y cuidó del horrible corte en su cintura. Después la coció con aguja e hilo, con manos que ya no temían a simple vista temblar y sufriendo lo indecible por su despojado amor. Con un pa?o sumergido en agua, le limpió el rostro, los brazos, los pechos, el vientre y finalmente más abajo de la cintura, deseando caer muerto junto a ella con cada respiro. De poco valió desempolvarla, cuando la ba?ó de sus lágrimas y lamentos entrecortados por bocanas de aire.

  — Durante quién sabe cuántos malditos a?os maté, mentí y hui sin vivir tranquilo un solo día por el deseo de volver a estar contigo, Aloy — le dijo, mientras pasaba los dedos por el contorno de su vientre hasta llegar más allá, donde el vello dorado crecía entre el nacimiento de sus piernas. —. Llegué al punto de aborrecer a otras mujeres, porque no pude encontrar a ninguna que fuera la mitad que tú.

  Incapaz había sido en aceptar a otra, ya que por demasiado tiempo sintió que ella era la indicada. Malditas las ilusiones de su juventud que lo hicieron pensar que solo había una persona para cada uno, y aborrecible el desenga?o al darse cuenta del azar de que cualquiera podía significar algo para otra. O quizás, por inmensa que había sido su tozudez no pudo hallar a otra mejor que Aloy, pese a todos los a?os transcurridos.

  Los siguientes detalles que intentó perpetuar en su memoria fueron el tono rosáceo de sus pezones, lo blando y tibio que aún estaba su cuerpo, y el olor a rosas que desprendía su cabello. ?Cuánto tiempo faltaría para que se perdieran para siempre? ?Cuánto tiempo para que todo fuese carne negra y hedor a muerte? La sola idea de imaginar tales encantos pudriéndose con cada minuto lo enloquecía. Lo hacía querer golpear las paredes hasta destrozarse los nudillos.

  Le dio un beso en la frente y otro después en los labios sin poder escapar de la tonta ilusión de hacerla despertar de su letargo. Cogió una de sus manos entre las suyas, y cerró sus dedos en tornos a los de él.

  — Mi bella durmiente, si los dioses existieran, de seguro te habrían traído a esta tierra para atormentar al resto de mujeres con tu gracia. No existirá nunca otra como tú. — ? No, aún hay una más. Igual de hermosa ?, se dijo con una brisa de esperanza. Sus hombres le habían contado de camino al castillo de la increíble semejanza entre madre e hija. — Juré a mi alma y corazón que batallaría por un siglo de ser necesario, si eso me hacía merecedor de una noche entre tus piernas — Una a una, se fue deshaciendo de las piezas negras y plateadas de su armadura. En unos segundos, el ahogo de sus palabras fue a menos, y el impulso de sus deseos se redobló. —. Y así lo he hecho — Despojado de todo aquello que no fuese un descabellado vicio, la atrajo hacia él, y se acercó a su oído. —. Encontraré a tu hija, Aloy. Por ti, por mí, por nosotros. Por todas las noches que pasamos juntos y en especial por esta, juro que encontraré a Atenea. Mantendré vivo tu recuerdo a través de ella.

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