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Atenea III

  Fue extra?o al principio. Se estaba viendo a sí misma, de pie en la oscuridad junto a su cama, como fuera de su propio cuerpo. Dormía envuelta por los brazos de su madre, atrapada una vez más en la pesadilla que tanto había querido olvidar. Ante ella se desarrollaba una imborrable imagen de su infancia distante. Pero la remembranza no evocaba en Atenea emociones ni pensamientos. Sin en el más mínimo recuerdo hasta que la tragedía sucedía frente sus ojos como si fuese la primera vez y sin nada que pudiese hacer para impedirlo. El fantasma del pasado siempre había sabido retornar en sue?os desde lo más recóndito de su memoria.

  El cándido fantasma de su hermano nonato.

  Era tan peque?a en aquel entonces. Siete u ocho a?os, no lo recordaba bien. Su melena dorada lucía tan espesa y ondulada como de costumbre, pero sus mechones níveos aún no habían brotado en ella. Y pese a que no hubiera velas o chimenea, podía vislumbrarse plenamente en la negrura de la habitación.

  No solía tomarse demasiado en serio lo que las personas le decían sobre el extraordinario parecido con Aloy. Pero una vez allí, escudri?ándose de oreja a oreja la verdad resultaba innegable.

  El sentido del tiempo parecía aletargado junto a la ni?a acurrucada. Cuando se descubrió a sí misma sacudiéndose dentro de la cama y escuchó los posteriores quejidos de su madre, no hubiera sabido decir si habían pasado unos segundos o un par de horas.

  En los confines de la penumbra se produjeron el murmullo de una pisada, el crujido de la madera y un lamento ahogado que lo acompa?ó todo. Instantes después, el lejano sonido se repitió en el mismo orden y volumen. Y luego sucedió por tercera vez. Más fuerte y cercano. La ni?a se despertó con ojos cansados, y se quedó mirado el techo, adormecida, hasta que percibió el rumor a la distancia. Fue entonces cuando se estremeció. Quiso meterse entre las sábanas y aferrarse a su madre al primer momento, pero la curiosidad la hizo mirar hacia la puerta. Esperaba, aunque no quería, ver algún fantasma o monstruo allí delante, donde solo habitaba la oscuridad y el silencio.

  — Mamá, hay ruidos afuera. — escuchó decir a la peque?a Atenea con voz temerosa.

  Aloy se mantenía aún apresada por las garras de un sue?o profundo.

  El crujido en la madera retornó, y la ni?a no pudo evitar sollozar a causa del espanto. Se sentó sobre la colcha, cogió uno de los brazos de su madre, y lo oprimió con fuerza.

  — Mamá, hay ruidos afuera. — repitió esta vez casi como un lloriqueo.

  Finalmente despertó, y miró a su ni?a con bastante pesadez y sosiego. Sin embargo, al advertir su gimoteo y los murmullos en el pasillo, abrió los ojos de par en par. Se aferró a Atenea, y se enderezó en la cama con una súbita exhalación. Atenea trató de lloriquear de nuevo unas palabras, pero ella le cubrió la boca con una mano.

  — No hables. — le ordenó en un susurro apenas audible.

  — ?Estás seguro de esto? — hizo oídos a una voz rancia y áspera, que parecía rondar el pasillo al otro lado de la puerta. — ?Seguro que el muy cabronazo está fuera? — En respuesta, Aloy y Atenea palidecieron. Se apretujaron una a la otra, con la respiración cortada de tajo. Inmóviles como ídolos de piedra.

  — Cierra la boca de una vez. — se quejó una segunda voz, más joven y mucho más baja.

  Atenea se alzó un tanto hasta posarse a la altura de su madre.

  — ?Es papá? — le susurró con los labios casi pegados al oído.

  Aloy dio se?ales de sortear su comentario. O tal vez no alcanzó a escucharlo en primer lugar. En gesto protector, cogió entre una de las suyas la mano de su ni?a, y al borde del pánico, se llevó la otra hacia su vientre abultado como si estuviese a punto de reventar.

  No quería perderlos de ninguna forma. Jamás.

  Marcus yacía fuera de la ciudad, trabajando en los campos de cultivo. Atenea había albergado la ilusión de que su padre hubiese vuelto, pero el horror dibujado en el rostro desvaído de su madre le arrebató sin piedad cualquier esperanza. Después de esto, sintió como el miedo corría por sus venas, embotándole manos y pies. Aquellas voces no volvieron a musitar nada más, y el rastro de sus pisadas se fue apagando y muriendo. Ambas no tardaron en hallarse envueltas en un silencio abrumador, entorpecido solo por el latir fragoso de sus corazones.

  Segundos después, a sus oídos arribó el tenue rechinido de la puerta al abrirse, ruido miserable que sofocó todos sus sentidos.

  La ni?a observó a la oscuridad por no supo cuánto, cada instante se le hacía una eternidad. Pero no apreció vestigio alguno de movimiento, y comprendió que no se trataba de la puerta de su habitación. A pesar de esto, no pudo contener más sus temores, y se echó en el regazo de su madre, intentando ahogar cada gimoteo. Trató de llevarse las manitas hacia el rostro, pero estas se encontraron con el cuerpo de su madre. Y de allí en adelante se dedicó a seguir con delicadez el contorno de su vientre con la yema de sus dedos.

  El embarazo estaba ya muy avanzado, y Aloy le había prometido que nacería en un par de meses, o incluso menos. Aquello logró tranquilizarla un poco hasta que sus dedos percibieron un leve abultamiento que asomaba por el abdomen de su madre. Hacía fuerza, y parecía moverse, inquieto.

  ? Hermanito — pensó con una sonrisa dibuja en su rostro, despojada de improviso de todos sus miedos. —, ?Intentas coger mi mano? ?.

  La mujer apartó las manos de su hija. Y aunque el temor la sofocaba como una soga al cuello, había tomado ya una decisión inextinguible. Había decido, sin apenas audacia, luchar a rega?adientes, para defender a sus hijos. A la peque?a que temblaba a su lado y al ni?o que aún llevaba dentro. Era el varón por el que Marcus rogase, su instinto se lo había estado gritando desde la primera se?al de embarazo.

  Subió a Atenea a sus piernas. Y besó su frente, ambas mejillas e incluso la nariz.

  — Atenea, quédate aquí en silencio. ?Está bien? No salgas a menos que te lo diga.

  Asintió, mientras su madre aún la colmaba de besos y caricias nerviosas. Su tono de voz, severo y a la vez suave, le había sido susurrado tan de cerca que Atenea pudo respirar de sus aires de tenacidad. Pero sin saber cómo ni por qué, una húmeda calidez resbaló sobre sus mejillas. Más tarde pudo darse cuenta de que las lágrimas no eran suyas, sino las de su madre. Abrió la boca, buscando decir algo, cualquier cosa, en aquel momento de confusión, pero de sus labios no se levantaron palabras, tal como ella se le hubiera pedido.

  — Ocúltate bajo la cama. — murmuró Aloy al darle el centésimo beso. Y su hija obedeció con cautela y sin siquiera rechistar.

  Aloy se levantó de la cama. En los últimos días decía sentir el cuerpo tan pesado como si cargara con su propia armadura, pero entonces un extra?o fuego, que se avivaba en su interior, la empujaba hacia la puerta sin hacerla mirar atrás. Arrastró, discreta como una sombra, lo pies descalzos hacia el tocador, y tanteó su superficie hasta toparse con el grueso hierro de un candelabro. Retiró los retos de cera, y se aproximó a la puerta. Una vez más se llevó una mano hasta la curva de su vientre bajo el camisón, y rogó entre dientes a Dios por su resguardo.

  La peque?a Atenea miraba en silencio estupefacto bajo su cama, mientras se producía el lamento discreto de las bisagras de la puerta. Y como si de un restallido de lucidez se tratara, en unos cuantos segundos lo dilucidó todo. Había llegado hasta allí reviviendo los recuerdos de una horrorosa noche con los ojos de un muerto, sin pesta?ear, observando desde la distancia, pero en lo absoluto razonando. Se descubrió bajo la piel de la ni?a que había sido alguna vez, consciente de que se trataba de una pesadilla. Y aún con ello continuó temiendo a un horror del cual jamás había sabido despertar.

  La puerta se cerró sin emitir sonido.

  Las pisadas de su madre se escuchaban más distantes cada vez. Eso pensaba, aunque jurase que atendía cada una de las palpitaciones de su corazón. ?O quizás era el de Atenea? El rumor se cortó, y fue bruscamente sucedido por un atropellado revuelo de forcejeos, golpes, gritos y blasfemias, ahogados por las pulsaciones que atestaban sus oídos con estridencia abrumadora. Se llevó las manos a la cabeza, y trató de gritar, pero su boca permaneció silente, como sellada por el pánico. Y por algún tiempo, el ruido la envolvió en su velo inquebrantable, tanto que el mundo parecía palpitar a su alrededor con desesperada violencia. Las sacudidas de su corazón se tornaron tan rápidas que se volvieron un único zumbido, hasta que de pronto un silencio de muerte se presentó ante ella. Creyó entonces que se había quedado sorda, por cuanto el silencio se prolongó hasta lo insoportable.

  Un desgarrador y resonante alarido inundó las sombras.

  — ?Atenea! — escuchó gritar a su madre con impaciencia. — ?Atenea! ?Atenea!

  ? No salgas a menos que te lo diga ?, le recordó una vocecita en su cabeza.

  — ?Atenea!

  Salió de abajo de la cama con apuro, y corrió. Se abalanzó contra la puerta, y de pronto toda la oscuridad se convirtió en una luz cegadora que estalló delante de su rostro. La luz más blanca que recordara haber visto en su vida.

  — ?Atenea, despierta!

  El resplandor empezó a desvanecerse, mientras aún percibía los frenéticos gritos de su madre y una imagen borrosa de su habitación se presentaba. Enderezó su cuerpo, estirando los brazos en un brusco intento por aferrarse a algo de lo cual su angustia no halló evidencia, pérdida en un mar de confusiones. Al fin se había zafado del mal sue?o.

  — ?Tenemos que irnos ahora!

  Aloy yacía a pie de la cama. Sobre su piel, tan lívida como la luna, se tallaba un gesto de inquietud que deformaba su semblante.

  — ?Apresúrate, hija!

  El mundo seguía dando vueltas, y Atenea solo podía luchar para ponerse de pie de forma tambaleante. Su desconcierto aún la hacía cautiva de impericia. Con los ojos deslumbrados por el candelabro que descansaba en la mesilla, se echó los cabellos hacia atrás, y entonces recordó la pesadilla. Se sacudió, pesta?ó más de una vez, y el retrato de su madre cogiéndola por los brazos la espantó de sobremanera.

  — Mamá, ?estás bien? — La conmoción se reflejó en sus rostros. Atenea se tomó su tiempo para observarla, y notó que el bulto de su vientre había desaparecido. A decir verdad, lo había hecho ya hacía muchos a?os.

  — ?Vístete! ?Ve por tu armadura! — ordenó, con su innato don de hacer oídos sordos en momentos de ansiedad. — ?Debemos irnos de la ciudad ahora!

  — ?Irnos? ?En mitad de la noche? — Su madre trató de salir con prisa, pero Atenea consiguió cogerle una mano y detenerla bajo el marco de la puerta. — ?Qué está sucediendo? ?Por qué estás tan nerviosa? — Y al instante percibió que estaba temblando desmesuradamente.

  Aloy tragó saliva, pero se quedó sin habla.

  — Por favor — siguió Atenea. —, tranquilízate. Dime qué está ocurriendo.

  — La Capital está siendo atacada — consiguió decir, evadiendo su intranquilidad por un breve respiro. —. Ve por tu armadura. Ahora. — Retrocedió un par de pasos sin perder la vista de sus ojos, y después salió corriendo por el pasillo.

  — ?Atacada? — se dijo con incredulidad.

  ? Puede que siga so?ando ?. Recorrió con la mirada su habitación en busca de un indicio que delatara que seguía dormida. Respiró profundamente, poniendo en orden sus ideas, determinada en mantener la cabeza fría. Realidad o no, fue en busca de su espada y armadura.

  A medida que se ataviaba con su saya de lino y el cuero de su coraza, comenzó a henderse en su mente a la posibilidad de que todo estuviese ocurriendo realmente. Con presteza, ci?ó la correa y la vaina de su espada a la cintura, escogió unas botas de piel que le llegaban casi hasta las rodillas, y abrochó a la espalda su rodela del mismo modo que otras mujeres más endebles se ajustaban un prendedor. Atenea no hizo tiempo para cepillarse el cabello, asear su rostro ni ninguna otra frivolidad antes de salir por la puerta a paso vivo. En el corredor reinaba la oscuridad. Mientras se concentraba en atar las tiras de sus avambrazos, el chirriar de una tabla suelta bajo sus pies la transportó de vuelta hacia la pesadilla. Para espantar el recuerdo, se despabiló, y sin apenas levantar la vista, cruzó en la esquina. Fue allí donde percibió un sollozo y una respiración forzosa que la hizo desencajarse del espanto.

  — Cari?o, ven aquí — escuchó decir a una mujer con voz queda. —. No tengas miedo, todo estará bien. Ven y ayúdame.

  Tras el relampagueante escalofrío que precedió su conmoción, Atenea alzó la mirada, y vislumbró entre las sombras a su madre abatida de espaldas en el suelo, con el vientre y los brazos repletos de sangre. El camisón blanco que llevara se había tornado carmesí oscuro. Y sus ojos… Dios… La tristeza de sus ojos era como una estocada dolorosa a las entra?as. El resto de su cara desprovista de esperanza incluso más. Entre lágrimas y lamentos Aloy trató de tumbarse hacia un costado.

  — Necesito ayuda, mi ni?a — siguió Aloy, arrastrándose sobre la espesa ciénaga roja que se esparcía a ras del suelo a velocidad irreal. Levantó una mano ensangrentada para alcanzar a su hija. —. Tu hermano necesita ayuda pronto.

  Atenea se fue alejando, dando pasos hacia atrás. Se halló en vilo de repente, casi sin espacio en su cabeza para dejarse horrorizar. ?Había salido de una pesadilla solo para entrar en otra?

  — ?Atenea, haz lo que te digo! — recibió en tono cruel.

  Pisada tras pisada, la charca de sangre la persiguió cual olas de mar que llegasen a la orilla. Retrocedió hasta que estuvo a punto de echar a correr, pero algo detrás de ella la detuvo.

  — ?Haz lo que te digo!

  Se giró bruscamente, llevándose la mano al pu?o de la espada. El susurro de la hoja se escuchó por un instante, que se extinguió cuando alguien puso otra mano sobre la empu?adura.

  — No es el mejor momento para entrar en pánico. — escuchó decir a una voz irónicamente sobresaltada.

  Su vista terminó por acostumbrarse a la falta de luz. Entonces divisó al no tan dichoso rostro de su padre, quien la observaba con ojos inquietos. Marcus se guarnecía con un peto de cota de malla, una falda de loriga del mismo material y guanteletes de cuero negro. Nunca lo había visto vestido de aquella manera. Lucía un rostro de encaje marcial y la postura de un guerrero más allá del abdomen un tanto cebado.

  — ?Has entendido lo que dije? — expresó el hombre con rudeza.

  — No. Lo siento.

  Y aun menos reparó en las siguientes palabras, cuando se hubo girado a la penumbra para descubrir que había ocurrido con la figura de su madre agonizante. Tanto Atenea como Marcus eran los únicos en el corredor.

  Marcus resopló, impaciente. Se acercó a ella, y le cogió el rostro con sus manos.

  — No entres en pánico, Atenea. No eres una mujer cualquiera y mucho menos una ni?a — Las circunstancias habían provocado que la severidad desplazara cualquier vestigio del hombre apacible que solía ser. —. Escúchame con atención. Tenemos que salir de aquí lo más pronto posible. La ciudad ya no es segura para nosotros… Toda la costa ya no es segura. Nos iremos muy lejos, pero primero necesitaremos caballos.

  Atenea se meneaba, patidifusa, con cada sacudida que Marcus le propinaba. Seguía sin dar crédito a lo que oía, y él solo sabía angustiarse más con cada segundo perdido.

  — Resguardaré la entrada de la taberna — siguió. —, mientras ayudas a tu madre a provisionarse con lo que necesite. Nada más lo imprescindible. Mantente a su lado y protégela. Yo las esperaré. Solo daros prisa, ?está bien?

  No llegó a saber cuántas veces asintió con la cabeza. Cargando con toda la responsabilidad, plantó los pies en la tierra finalmente.

  ? “No eres una mujer cualquiera y mucho menos una ni?a”, acaba de decirme. Por Dios, claro que es verdad. Todo esto es real, y yo todavía agobiada por mis putas pesadillas como si fuese una chiquilla. ?

  — Lo haré. Lo haré.

  — Bien — Marcus le dio una palmada en el brazo, y salió corriendo hacia lo que le deparaba el destino. Dio unas cuantas zancadas hacia el frente, y se volvió ante una Atenea que había empezado a seguir sus pasos. —. Hija — su voz se había serenado de pronto. —, allá afuera habrá gente que querrá hacernos da?o por muchos motivos. Si nos atacan… Esto no será un torneo, ?lo entiendes? Tendrás que…

  — Lo sé — lo interrumpió con frialdad. —, no soy una ni?a.

  En esta ocasión fue ella quien dio el primer paso a la salvación, y presionó con empujones a su padre, para que dejara de perder tiempo de una buena vez. No había nervios ni miedos que la avasallaran, solo una inmensa incomodidad que se introdujo en su conciencia como anillo al dedo; seguramente tendría que verse en la necesidad de tomar la vida de un desconocido por las leyes del acero, para salvar a los suyos.

  Cuando hubieron terminado con lo poco necesario que había para embolsar en la alacena, sus pasos las llevó a las dos a atravesar el jardín. Por encima de los muros, atendió un clamor distante entonado por gritos de mujeres y el ta?ido de los cascos de los caballos, acompa?ados por el son de llamas enardecidas. La amenaza se había vuelto más real que nunca. Ya en la taberna, Marcus terminaba de apilar a modo de barricada sillas y mesas tras la puerta principal. Pero dejó su trabajo a medias cuando escuchó las pisadas afanosas a su espalda.

  — El establo más cercano está a unas diez calles — se?aló Atenea. —. Es demasiado lejos.

  — Es lo único que tenemos — respondió Marcus con voz severa, al tiempo que de la parte trasera de su cinturón sacaba una daga de vaina purpúrea muy oscura, casi negra. —, y debemos hacer mucho con lo poco que está a nuestro alcance. — Tendió el arma a Aloy, y esta la envolvió rápidamente con un pa?uelo blanco, en lugar de empu?arla.

  Atenea observó aquello con ojos confusos.

  ? ?Cuál es la finalidad de un arma que se envuelve con telas? ?, caviló por un segundo. Pero al siguiente no le permitieron darle más importancia. Marcus desenfundó su espada, y abrió la marcha para salir por una ventana a un costado, no sin que antes Aloy, a punta de tirones, los reuniera y vociferara una rápida plegaria al Cielo.

  Saltaron a un callejón estrecho entre un muro de piedra y otro de roble. Y caminaron en silencio entre las sombras, mientras las calles gritaban en medio de las luces anaranjadas y rojizas de las llamas. Su padre marcaba el paso con postura intrépida y Atenea resguardaba la retaguardia con escudo y espada en manos. Su madre se movía tensa entre ambos con el peque?o saco de provisiones entre sus brazos, y la daga en la cincha que ce?ía su vestido.

  Cuando el resplandor del fuego azotó sus rostros, la calle de tierra se extendía ante ellos de este a oeste. Ciertas casas se consumían por las llamas y la multitud corría despavorida en cualquier dirección. No parecía haber enemigos ni aliados. Tampoco había una batalla librándose frente a sus ojos, como había esperado en un primer momento. Sin embargo, no pudo pasar por alto la azorada algarabía y el olor a madera quemada que pululaba en el aire.

  Marcus volteó a ver a su esposa e hija, con la conmoción ausente en sus ojos, y tragó saliva mientras las contemplaba. Atenea se debatía entre una frialdad que estudiaba cada detalle del ambiente consumido por el terror y un vaivén de emociones inexpresables. Pero cierto fue que Aloy casi soltó un chillido, cuando un jinete mal herido de la Guardia de la Ciudad pasó galopando y espoleando duramente a su montura. El hombre llevaba sobre la grupa a otro de piernas cercenadas con mu?ones que lloraban sangre. El caballo, quizás tan imperado por el ardor de la cruzada como su jinete, arrolló a una anciana que deambulaba en medio de la muchedumbre. La plétora de hombres y mujeres que se precipitaban a su alrededor no hicieron el menor ademán de interesarse por ella.

  Marcus se acercó, y con sus dedos anduvo por la piel angustiada de su esposa, que parecía haber echado raíces a orillas de la calle, hasta posarse en su mejilla. No hicieron falta palabras cuando él le obsequió una sonrisa más cálida que las llamas que afloraban a su espalda. Aloy volvió en sí misma.

  Se movían deprisa sin mirar sobre sus hombros a todo lo que dejaban atrás con su huida: una vida de recuerdos. Los corazones amedrentados que los rodeaban huían a cualquier rumbo posible con gritos sin palabras, que se desprendían de sus gargantas, como los de un animal asustado. A un costado de la calle, una construcción de madera se derrumbó desde sus cimientos por acción de las zarpas de fuego que bailaban en su interior. El estrépito y conmoción se llevaron consigo cualquier lamento.

  Atenea asió su escudo para apartar a los hombres y mujeres que amenazaban con demorarla, y su padre se unió a ella con su acero poco después. Entre tajos de plano con la espada, empujones y maldiciones se abrieron camino a la salvación.

  ? Todos huyen como si hubiera enemigo al cual temer ?. Se perdió en la idea de que no había visto más filo más allá del suyo. La multitud que corría en dirección contraria los había arrojado a un lado del camino, cuando Atenea divisó de soslayo el brusco meneo de una sombra.

  — ?No te detengas por nada del mundo! — dictaminó su padre al derribar a un hombre que sin intención iba a lanzarlo lejos.

  Sin embargo, la sangre caliente de Atenea quebrantó aquella última orden al instante. A la vera del caudal de gente que se les abalanzaba, la imagen de un carromato abandonado a su suerte era el estrado de un acto más de barbarie; la miserable síntesis de una mente extraviada y descompuesta que luchaba a rega?adientes por desgarrar el faldón de una mujer quien berreaba amilanada por su doncellez comprometida.

  Aquel harapiento hombre consiguió destrozarle su vestido con un par de tirones. Y mientras la baba salía despida de entre sus dientes amarillentos, se apresuró para montarla como si ella le perteneciera, como si fuese su maldita yegua. Poco antes de obligarla a abrirse de piernas, una mano lo cogió por la mata de pelo hirsuto, y lo arrojó al suelo con fuerza brutal.

  — ?Atenea! ?Sigue adelante! — se enfureció Marcus, que no había vislumbrado nada de la escena, aparte de que su hija se rezagaba.

  Nuevamente hizo caso omiso de una orden.

  Pateó al hombre con furia desmesurada, como si de su sangre fuese la mujer a la que había salvado de entre sus garras, y le propinó un planchazo en el rostro con el plano de la espada. Observó por un segundo a la muchacha por la que había desafiado a su padre, y descubrió que detrás de unos mechones negros y desgre?ados se escondían unos ojos que la observaban con admiración y asombro. Qué poco duró aquel brillo. Pareció suceder en un pesta?eo, cuando el hombre demacrado se puso en pie como un rayo, y cargó contra Atenea.

  Con un rápido movimiento inconsciente, interpuso aquellas u?as largas lejos de su cuello. Y se vio obligada a forcejear con algo más que una simple brizna de indecisión, puesto que arrancarle la vida de una punzada no había estado entre sus planes, o al menos no quería que lo estuviese. Aquella escoria berreó palabras que llegaron a sus oídos como un farfullo incomprensible. Sentía su aliento pestilente demasiado cerca, pero Atenea se resistía a ejecutarlo. De manera que resolvió empujarlo con su escudo unos cuantos metros de distancia. Y allí, entre el fuego que cobraba vida a su alrededor, lo apuntó con su acero en virtud de una amenaza que jamás se cumpliría.

  Todo se tornó negro rápidamente. Puede que solo hubiese transcurrido un abrir y cerrar de ojos, cuando aquel hombre se encontró con una espada atravesándole el pecho antes de que consiguiera ponerse en pie. Atenea se estremeció al ver caer ante sus pies las gotas rojas que brotasen, y poco después sintió helar la sangre entre sus venas, al reconocer la silueta que se había cernido sobre él. El hombre cayó de rodillas con la boca abierta y un último atisbo de vida.

  Jamás se había sentido tan fuera de lugar.

  Su madre la cogió por un brazo, y la obligó a marcharse a punta de tirones. Su padre le sonrió una vez más, pero en él no halló otra cosa más que tristeza, mientras retiraba el acero del réprobo al que había ultimado.

  — Las cosas van así, cari?o. Tenía que hacerlo.

  Mas ella lo entendió al momento, aunque le pesara.

  La huida fue precedida por la canción mal entonada que parecía azotar cada rincón. El pueblo llano era cada vez menos numeroso, pero aquello no fue motivo suficiente para que se hiciera más sencillo el paso a través. Y por lo que sabía, los enemigos no eran más que fantasmas, puesto que no habían alcanzado a atisbar ninguno.

  Y más adelante, como si fuera por una mala broma del destino, un escuadrón de infantería de la Guardia de la Ciudad parecía batirse en duelo con siluetas que la multitud no permitía ver con claridad. Su familia se habría alejado al primer indicio, si la batalla no se estuviese librando justo en el recodo que tenían que cruzar para hallarse en los establos. Cuando llegaron hasta ellos, de la escaramuza solo quedaban tres hombres de pie y una docena de cuerpos esparcidos por el suelo. Dos de ellos llevaban las ropas de la Guardia de la Ciudad con una enorme cruz invertida en el torso; un tercero vestido con pieles de animales saqueaba el uniforme de uno de los cadáveres.

  — ?Celtas? — inquirió Aloy, con voz tambaleante, como si estuviera a nada de caer al llanto.

  — Detrás de mí — dictaminó Marcus. —. Protege a tu madre.

  Fue exactamente lo que hizo. Y aquellos tres hombres se levantaron en armas contra su padre sin pensárselo dos veces, como si una locura asesina se hubiese apoderado de ellos. En cuestión de segundos, se enzarzaban ya en combate. Una vez, hacía muchos a?os, Marcus le había ense?ado a esgrimir una espada, y tiempo después, Atenea había acabado por superarlo en habilidades…

  No había manera de que aquel hombre que se movía con tanta fuerza y gallardía fuera su padre. Uno, dos, tres, incontables golpes, asestó a cada uno sin llegar a recibir un ligero roce de las demás hojas. Aquel harapiento que había estado saqueando los cuerpos fue el primer en reunirse con la muerte. La espada le perforó la garganta.

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  ? ?Se habrá estado limitando todos estos a?os? ?

  Aloy no le dio tiempo a una contestación, cuando le sacudió un hombro.

  — ?A tu derecha! ?Ahí!

  Un cuarto hombre se aproximaba a ellas entre zancadas, con un hacha de mango corto en mano firme. Atenea reaccionó pronto, y el arma de su enemigo hizo saltar chispas a su escudo, que resistió semejante golpe. Sucedió demasiado rapido, demasiado fácil. En el acto, sus instintos tomaron el control, y sin apenas dudarlo se hizo con la vida de aquel hombre. De un ligero forcejeo y un posterior tajo a su cuello, en un instante le rasgó la piel. Un torrente de sangre surgió del desconocido al tiempo que se desplomaba al suelo.

  Marcus había masacrado a los suyos, saliendo airoso del combate.

  Se había cobrado su primera víctima. Había tenido que hacerlo. Su madre se encontraba indefensa a su espalda. Pero nadie le dio un respiro con el que pudiera digerirlo ni tampoco tregua.

  Se escucharon unos aplausos y una fingida y áspera carcajada.

  — No esperaba menos de ti — De armadura esmaltada en negro, su complexión era casi antinatural. La empu?adura del mandoble despuntaba por encima de su hombro. Y en su rostro malogrado se cocía una concentración de odio inhumana —. Te dije que esto no había terminado.

  ? Tienes que estar jodiéndome ?, fueron las pocas palabras que se atrevieron a pasar por su cabeza en el momento que vislumbró al Ariete parado y envenenado de rencor en medio de la calle.

  — ??Ves lo que me has hecho en el rostro, mujer!? — siguió entre gritos. Detrás de él, se habían detenido tres carretas a caballo de las que apeaban más y más hombres. —. ?Te haré lo mismo, salvo que con un martillo! ?Te arrebataré toda tu belleza, pero antes te follaré mil veces!

  Uno a uno, el número de enemigos fue en ascenso velozmente. Para cuando el Ariete desenfundó el mandoble con brusquedad, ya comandaba un pelotón de treinta soldados dispuestos en semicírculo. Solo un pu?ado iba bien equipado con espadas y cota de malla, aquellos que se pertrechaban como la Guardia de la Ciudad; los demás, eran caras curtidas que llevaban porras, mazas, hachas y partes de armaduras de cuero remendado o pieles.

  — ?Qué tan trastornado estás? — Atenea dio un paso, pretendiendo razonar con un animal. — ?Todo esto por caer derrotado en un torneo?

  En un ataque de ansiedad, Aloy cogió a su hija por el cinturón de la vaina y la obligó a retroceder.

  — No es momento para que intentes ser valiente. — clamó ella, que sabía hasta qué punto podía llegar su osadía a veces.

  — Es todo lo que es. Estoy aquí solo por ti — dejó saber el Ariete. Alzó los brazos con solemnidad. La gigantesca espada que llevaba en mano era casi el doble de largo y ancho que la de Atenea. Y, aun así, su demencial fuerza lo hacía blandirla fácilmente. —. Para todos ellos es diferente.

  Tensó el brazo y apretó los dientes de mera impotencia e indecisión. Por fortuna, se encontró con los ojos de su padre, quien estuvo allí para hacerle saber que no estaría sola contra el peligro. Al mismo tiempo, un hombre del pelotón se posaba junto al Ariete, y desenrollaba un pergamino antes de echarle un ojo.

  — Sí, son ellos. El gordito y la rubia del fondo. Los tenemos.

  De inmediato, Marcus le puso una mano en el hombro.

  — Escúchame con atención — susurró. —. Solo uno parece tener predilección hacia ti. Los demás nos quieren a nosotros. Vete ahora mismo y podrás escapar.

  — Si estos son los desgraciados que asedian la ciudad — Atenea sintió como su madre le cogía el brazo desde atrás. —, ?por qué vosotros?

  — No hay tiempo, vete — apremió Aloy con rigor. —. Te estoy dando una or…

  ?A dónde se pensaban que iría si no era con ellos?

  El grito del magno soldado la hizo estremecerse y que se ahogara en su propio coraje.

  — ?Ya, venga, inútiles! — A la fuerza, hizo avanzar a unos cuantos. — ?Vayan a por el ex-caballero! ?Yo me ocupo de las otras dos!

  — ?Están aquí por la Daga, no por ti, Atenea! — Su madre la sacudió con violencia. El calor del momento atizaba un fuego en sus padres que a sus voces y gestos volvía severos.

  ? ?Ex-caballero? — quedó desconcertada. — ?Daga? ?. Cuatro hombres del pelotón se adelantaban, y el Ariete se preparaba para cargar con todo su odio irracional espoleado por el deseo de rearmar su despedazado orgullo.

  Pero llenó sus pulmones de voluntad e ímpetu, ante el riesgo de perderlos.

  — Tu misma lo has dicho, madre. Ya no hay tiempo — Volvió la vista hacia Marcus. Al verlo malogrado por la rabia, supo lo que debía decir. — ?Me diste una orden y solo una orden! ?Hacer todo para mantenerla a salvo! ??Cómo esperas que lo haga, si me pides que huya!? — Acto seguido, la hizo para atrás, y se precipitó hacia los hombres que intentaban acabar con su padre. — ?Después de tantos a?os de peleas y entrenamientos, no hagas como que no puedo defenderme!

  Atenea Pryce llevaba un demonio dentro que la cegaba y en ocasiones podía despertar con el más mínimo roce de impertinencia. Encolerizada, se interpuso en la carga de los enemigos. Dejó atrás a Marcus, y entre espadazos e injurias se forjó un camino hacia adelante. Repartió tajos, veloces y precisos, y se hizo un hueco entre los cuatro primeros sin darles tiempo a respirar. Hubo alaridos, rasgaduras y ta?idos de la espada, pero no sangre. Cuando una quinta sombra se cernió sobre ella, vio de soslayo como un destello encima de esta se asomaba. Atenea le propinó una patada al hombre que hasta entonces estaba encarando, y del golpe resultante, se impulsó hacia atrás. La monstruosidad de casi dos metros que era el espadón del Ariete le rozó una pierna, y se enterró en el suelo levantando una nube de polvo.

  — Ha llegado la hora de saldar cuentas, tú y yo — le dijo al situarse frente a ella. El grupo con el que antes combatía entonces agredía a su padre.

  Se elevó de una pirueta, y se preparó para recibirlo. De nuevo, la talla sobrehumana del Ariete la dejaba en mala posición. No se animó a tomar la iniciativa. Eligió esperar el ataque carente de celeridad, y lo esquivó.

  ? Ya no es una espada de entrenamiento. Es un condenado mandoble. ? Bloquear no era algo con lo que ambicionará. Con semejante tama?o y fuerza de su acero, tal vez pudiera romper su escudo de un golpe. Si exageraba, no estaba dispuesta a averiguarlo. Su poder no estaba en duda, pero su paciencia era escasa y nunca lo había visto defenderse.

  Una vez se hubo cansado de fallar tajo tras estocada, el Ariete lanzó un golpe en paralelo al suelo. Atenea lo vio venir desde un buen inicio, y arqueó el torso hacia atrás y flexionó las rodillas en un mismo movimiento. La hoja pasó a un par dedos de su rostro, tan cerca que logró cortar uno de sus rizos dorados. Cuando estuvo a punto de yacer encorvada como un papel, la rodela de su mano izquierda se encontró con el suelo. Se apoyó en ella, y lanzó una brazada de tierra hacia el grave rostro de su enemigo.

  El Ariete restalló en alaridos, cuando sus ojos se llenaron de mugre. Se llevó una mano al rostro y la poca gracia que aún restaba en él se desfiguró por la ira. Sin embargo, sus violentos intentos estuvieron lejos de quedarse allí. Asestó patadas al suelo en busca de una Atenea que trastabillaba al retroceder, y atacó, sesgando nada más el viento con su espadón y la vista nublada por la desgracia.

  — ?Suficiente! — bramó, cuando su empe?o no dio frutos. — ?Ya es suficiente! ?Mátenla! ?Mátenlos a todos!

  Atenea volvió corriendo hacia su madre. No supo que había sido de Marcus ni de cómo resultara su pelea. Pero el chillido y rostro pálido de Aloy le dio una idea bastante desalentadora. Con el corazón en la garganta, se giró bruscamente. Había cuatro hombres inertes en el suelo, y su padre se retiraba con un corte oblicuo a la altura del estómago como recuerdo. Aloy fue en su búsqueda, y trató de que se apoyara en ella, aunque Marcus no lo necesitara. De su herida bajo la cota de malla, brotaban algunas lágrimas de sangre, pero se mantenía en pie.

  — Se ve peor de lo que es en realidad — les anunció a ambas. —. He estado en peores condiciones.

  Lo que restaba del pelotón avanzaba a paso decidido. Aún eran más de veinticinco, y ellos solo tres. Espadas y hachas en manos, se posicionaron en forma de medialuna. Se les veía fieros, con los ojos de un cazador. Pero en ellos se reveló cierto aire de indecisión en sus últimos pasos. No tardaron en detenerse, titubear y voltearse a ver unos a otros.

  — ?Vivos! — gritó un hombre. Aquel que yacía más atrás, junto a el Ariete — ?Los necesitamos vivos!

  — ?Me vale una mierda! — Se debatía consigo mismo para deshacerse de la tierra en su semblante. — ?Mátenlos o lo haré yo y después iré a por todos vosotros!

  En pocos momentos, uno de los hombres, que por sus ropas se presumía un guardia de la ciudad, prestó su iniciativa. Su casco nasal y la cota que le llegaba hasta los pómulos dificultaba ver si en él residía una pizca de vacilación. Su arremetida fue dirigida hacia Atenea. Sin embargo, Marcus hizo de escudo, y bloqueó el tajo con su espada. Acto seguido, lo empujó hacia atrás con un gru?ido de esfuerzo. Y el guardia tropezó con sus compa?eros.

  — Dios, por favor. — rogó Aloy.

  Atenea se sintió de súbito acorralada, vulnerable, cual perro en un callejón, más allá de tener acero y hierro entre las manos. A su lado, Marcus se tragaba su dolor entre chirridos de dientes y se apretaba el abdomen con una mano, para frenar el sangrado. De inmediato, un segundo, un tercero y un cuarto se decidieron a actuar, pero el Se?or al que su madre tanta convicción profesaba pareció entonces responder a sus plegarias.

  Al principio no había nada más que oscura desesperanza, y de ella nació un silbido que murió fugaz ante Atenea. Y, después otro, y otro más… Hasta que perdió la noción de cuántas eran las flechas emplumadas que surcaron el aire. Cuando los proyectiles comenzaron a empotrarse en sus cuerpos, los zarrapastrosos celtas detuvieron su avance y la conmoción se reflejó en los rostros de todos. Cayeron arrodillados, aún vivos; cada uno exhibiendo el asta en medio de la ingle, como emulando un miembro erecto. Uno de ellos habría soltado un quejido, al igual que el resto, a causa de su virilidad pérdida, si Marcus no le hubiera rebanado la cabeza de un tajo. Y en breves, una carga de caballería rompió con los soldados en formación, que se fueron dispersando para evitar caer arrollados. Hubo más disparos y confusión, mientras despacio Atenea descubría que la caballería en la que volcaba sus esperanzas eran en realidad cuatro monturas. Cuatro caballos sin jinetes, que intentaban barrer a su paso.

  — ?Rowan, los arcos! — gritó un hombre.

  — ?Formación! — escupió otro. — ?Mantengan la formación!

  De reojo Atenea vio a una sombra moverse con rapidez por las azoteas, y de ella brotó una flecha más desde la oscuridad que el fuego no alcanzaba. El caos rojizo se extendía a su entorno, y chisporroteaba con voracidad en múltiples casas. Hasta aquel instante, no les había prestado su debida atención.

  — ?Quédate aquí! — le ordenó Marcus, presto a aprovechar la fragilidad del enemigo. — ?Ya sabes qué hacer!

  Y sin más, lo desobedeció de vuelta. Atenea lo cogió por un brazo.

  — ?Estás lastimado! — Lo escuchó soltar un lamento, cuando lo atrajo hacia ella con apuro, motivo por el que se convenció más de sus palabras. — ?Tú quédate y protégela!

  Y lo dejó allí, con el ardor aún presente en su mirada y dos sujetos malheridos para que se encargara él de quitarles la vida.

  ? Es lo correcto. Debería cuidarlo a él también ?, se dijo.

  Hubo más disparos y gritos que surgieron de distintas gargantas. Los caballos piafaban y pisoteaban la tierra en busca de la cabeza de algún hombre, pero no conseguían tener éxito. Un guardia de la ciudad la divisó entre la podredumbre, y fue hacia ella. Separó los labios al momento de atacar, pero su rugido fue de dolor y no de furia. Una flecha se le había empotrado en toda la rótula. Por consiguiente, Atenea blandió el acero para terminar el trabajo.

  ? Una o dos… ?Cuál es la diferencia, si ya me he manchado con sangre? ?. Rápida y certera, un segundo antes de que le atravesara el pecho, le llegó la brillantez de unos hilos que se ce?ían a la emplumadura del proyectil. Luego, hizo oídos al afilado siseo que los hilos produjeron, cuando la flecha se separó del cuerpo, y voló de vuelta hacia el arco que lo había lanzado y a la mano que la había acoplado.

  él, de jubón acolchado bruno y gesto irascible tras la bufanda que le cubría la parte inferior del rostro, en un santiamén tensó su arma y disparó la flecha que antes había atrapado en el aire. Flecha que, en vez de asesinar, indispuso a su enemigo con dolor y no con muerte. En esta oportunidad, fue un codo lo que destrozó. Y según le contaron sus ojos, de nueva cuenta aquel hombre hizo ademán de su hábil truco. Para cuando uno de los que llevaba la cruz invertida en el pecho intentó ejecutarlo, asió un par de flechas de su carcaj y las empleó magistralmente como cuchillos. Retrocedió para ponerse fuera del alcance del hacha de su contrario, y lo aguijoneó hasta los dientes con gráciles movimientos, que se insertaron lejos de cualquier punto vital. A pesar de que gritase como si no tuviera más que odio en la sangre, mientras lo hacía.

  Si era un enemigo, no parecía el caso. Los caballos lo rodearon trazando círculos a su alrededor, antes de volver a cargar contra los celtas. Se movían como si una sola cabeza los espoleara. él sacó una flecha del carcaj a su espalda, tensó el arma y disparó en el mismo efímero segundo. Cada uno de los proyectiles llevarían un nombre escrito por azares del destino, porque ninguna de ellas en lo absoluto fallaba.

  Y los enemigos siguieron cayendo. Con habilidad deslucida a causa de su herida, Marcus les obsequiaba una imitación de su corte de cuando en cuando. Atenea tuvo que tragarse el sufrimiento de haber dilapidado a más de un hombre, pero aquel sujeto de movimientos precisos que los ayudaba, por la razón que fuese, no les daba a muerte; los hacía sangrar y que se retorcieran de dolor, pero no les arrebata la vida por más que ellos ambicionasen con quitarle la suya. Incluso el corcel crema que lo acompa?aba se limitaba a dar coces que postraban en tierra sin necesidad destrozarles el pecho.

  Pronto, la mitad del pelotón cayó en desgracia.

  ? Podríamos huir, sí — pensó. —, dejarlo aquí solo. Se las apa?aría. ? Sin embargo, el pensamiento pasó volando casi sin ningún efecto. Su padre y su madre eran buenas personas, honestas, honradas, que no darían su brazo a torcer ante equiparable felonía.

  De una manera u otra, resultaba imposible. A orillas del camino, arribó dando tumbos una carreta más, de la cual saltaron una docena de soldados de la Guardia de la Ciudad con aquellas insignias sangrantes en su sobreveste.

  — ?Mierda! ?Mierda! ?Mierda! — vociferó, desesperado, un hombrecillo detrás de todos con un arco descargado en la mano. — ?A la rubia la necesitamos viva! ?El plan, joder!

  Se refería a su madre, estaba casi segura. Pero era demasiado tarde, los hombres y mujeres que iniciaban la embestida de armas llevaban el demonio entre las sienes. Los que yacían en el suelo, aún con vida, se arrastraban para nada más estorbarles. Cuando Atenea tuvo unos escasos segundos para respirar, buscó con la vista al más peligroso de sus enemigos sin acierto alguno.

  El de la bufanda azul y armadura acolchada se giró hacia ella.

  — ?Largo de aquí! ?Váyanse! — Pero en el instante en el que uno de sus donairosos corceles recibió una miríada de flechas en el vientre, regresó a las andadas con cuchillos arrojadizos en sus manos. Dispuesto a hacer pagar al pu?ado de arqueros, sacó a relucir una furia desbocada y sus otras habilidades de combate a distancia.

  — ?Atenea! — oyó gritar a Marcus. — ?Resguárdala! — Su padre se enardecía con un brote de pericia milagrosa contra tres hombres. Esgrimía la espada con una mano, pues la menos hábil se encontraba ensangrentada. Atenea se desperezó el miedo que hubo descollado en ella por un instante, y corrió hacia él. — ?Por el amor de Dios, a mí no! — le dejó saber al cortarle la mano del arma a un supuesto guardia. — ?A tu madre! ?Ve con ella!

  Lo hombres del Ariete lo habían arrastrado lejos de su esposa, o al menos él había tomado distancia con tal de mantenerla lejos de todos los que lo atacaban. Atenea pronto entendió que los habían envuelto por los flancos, sorteando la defensa que ella y el desconocido había estado guarneciendo con convicción de acero. No tenía caso seguir allí. Hacía tiempo que solo se mantenía a la expectativa. Antes, los celtas se habían concentrado nada más en los caballos, pero entonces se enfrentaban a su padre.

  Su madre se hallaba al fondo, a un costado del camino, con la daga despojada de las telas níveas en sus manos, aunque sin mucha idea de qué hacer, carcomida por el pánico.

  Cuando ambicionó con llegar hasta ella, alguien le cortó el paso. Atenea le lanzó un tajo, pero el hombre retrocedió, evadiendo su ataque. Y muy pronto, otro soldado se sumó a la contienda, por lo que se entretuvo más de lo que le hubiese complacido. Sin pausa ni vacilación, le costó deshacerse del primero, abriéndole una zanja en la garganta, mientras el segundo también le presentaba batalla. La vida se le salía a borbotones, mancillándole la pechera y el cuello a la doncella.

  ? No más de esto — pensó, aturdida. —. Que se acabe ya. ? Aunque el cuerpo se le moviese con soltura y voluntad propia, la mente y el corazón noble no soportarían que volviese a asesinar. Se hallaba de regreso en una pesadilla, una de la que nunca podría despertar.

  — ?Nooo! — un chillido se alzó por encima de todo lo que había en el mundo.

  Aquel que aún yacía en pie, vivaz y esgrimiendo una espada, se precipitó hasta ella. Separó los labios al son de un gran bramido, y enalteció el filo de su arma en lo alto, mientras la compasión y la falta de costumbre de una damisela consumía toda la ferocidad de la guerrera que antes fuera.

  Había estado conservando la guardia baja. Cuando volvió en sí misma y se decidió a actuar torpemente, era demasiado tarde… Alguien más había decido por ella su destino; una sombra del color de la canela se interpuso en medio de ambos de una estampida. La yegua alazana que brotó ante sus ojos desbarató la intentona del contrario, y con la misma se marchó, para pisotear con sus cascos a alguien más.

  — ?Marcus, cuídate de él! — En la segunda venida de aquella voz malcontenta, descubrió que era su madre, la que con tanto ahínco advertía a su esposo.

  ? Atenea, ayúdalo. ?, le susurró alguien sobre el hombro.

  — Protege a tu madre. — le había ordenado Marcus.

  Sometido por un innúmero de celtas de la Horda, su padre se había dejado el cuerpo y alma combatiendo. Pero sus fuerzas iban en decadencia. Una pila de cadáveres se erigía a sus pies, mientras danzaba entre ellos sin gracia ni aliento. Al cabo de infinitos esfuerzos, condenó a uno más por las leyes del acero, y se tambaleó para después caer sobre una rodilla. Una silueta negra como la noche se cernió sobre él desde un punto ciego a su espalda. Salpicado de heridas, Marcus alzó la vista hacia Atenea para obsérvala una última vez, resignado pues. Su sonrisa fue tímida y en sus ojos brillantes se contaba una historia de mil preocupaciones dirigidas hacia ella.

  Atenea abrió la boca envuelta en un manto del más puro horror, pero fue Aloy la que desgarró los vientos con su grito inhumano.

  El espadón del Ariete cayó desde cielo como un rayo acerado, y como manteca le abrió una brecha desde el hombro hasta el corazón.

  El mundo se desmoronaba para ella. Aquella risa áspera que se proclamaba campeona antes de tiempo era la misma que había escuchado en el torneo, pero a diferencia de aquella vez, la doncella guerrera estaba al borde de las lágrimas.

  — Debiste prestarle tu escudo, rubiecita. — le anunció, con una mueca sonriente en un horrible rostro en el que caían gotas de rocío sanguinolento.

  Aunque cerrase los ojos, seguía viendo la escena en sus adentros. Avistaba al verdugo y al cadáver de su padre, con un garrafal corte sobre un hombro que se abría paso de forma transversal hacia su pechera como una boca abierta, sonriente y espantosa. De nuevo Atenea intentó gritar, y el arrebato de emociones le quebrantó a la vez la voz y el aliento.

  — Dejarás de mirarme de esa manera — siguió entre risas. —, cuando te haya arrebatado también la doncellez, esos hermosos ojos y la vida.

  Su padre… Cayó hacia atrás de forma irreal, con el torso dividido en dos.

  Muy dentro de ella se encontraba el odio voraz, para fulminarlo con la mirada, y la locura inenarrable del amor, para asesinarlo al primer contacto, pero las lágrimas le nublaban la vista y las piernas no le hacían justicia al ímpetu de sus deseos. Enarcó la espalda hacia delante en un intento inequívoco por tomar aire o vomitar.

  — ?Maldito! — tronó el llanto de Aloy con un grito de espanto que parecía surgir de un tumulto de gargantas diferentes. — ??Cómo pudiste!?

  Su madre era el reflejo estricto del sufrimiento de Atenea. Apretó los dedos entornó a la empu?adura de la espada, y reunió todo su coraje para enderezarse. Pese a la tormenta de sentimientos que la castigaba, tuvo en claro lo que haría a continuación. Había nacido con la sangre fría y el corazón caliente.

  Entrevió a la silueta borrosa del Ariete apuntar hacia su madre.

  — No te sulfures demasiado. No vivirás lo suficiente para saber lo que haré con Atenea. ?Venga ya! — Y dio un par de pasos antes de que un hombrecillo iniciase el intento de detenerlo a punta de empujones.

  — ??Qué haces, bestia? — aulló con voz aguda. — ?Esas no son nuestras órdenes! ?Llevémoslas vivas!

  — A volar, soldado raso — De un manotazo leve pero bien dado, aquella arma de asedio a dos patas lo apartó de su camino. —. Qué me estorbas.

  Todo sucedió tan rápido que no dio tiempo ni lugar a otra acción.

  Un caballo cargó hacia él, y el Ariete lo esquivó de un salto. El jinete pasó galopando, sí, pero pronto se elevó a dos pies sobre lomo de su montura y se lanzó por los aires contra el enemigo. El desconocido no llevaba armas en las manos: la doncella se había precipitado a hacerse ilusiones. Al mismo tiempo y sin previo aviso, una mujer surgió desde detrás de Aloy, y le cerró una sucia mano en torno a la caballera vasta; en la otra mano llevaba un cuchillo serrado.

  — Protege a tu madre. — le recordó el fantasma de Marcus Pryce.

  Atenea no fue lo suficientemente veloz, aunque observara la escena sin quitar ojo y con mil imágenes cruzándole la imaginación por cada instante sucedido en la realidad. Tan inevitable se vislumbraba la tragedia, que ni Dios ni ella habría podido brindarle su ayuda, por más que lo quisiesen.

  Lo siguiente que escuchó fue al Ariete rugir como si una mordaza le amortiguase su fragor diabólico. Alguien dijo: ??Corre!? y Atenea así lo hizo. Después, aguzó sus oídos al relinchido de un caballo, al ruido de un peso muerto estamparse contra el suelo y algo más siendo arrastrado. Con el rabillo del ojo, descubrió que el magno soldado era llevado a rastras por el mismo corcel, con una cuerda ce?ida en torno a su mandíbula. A la desesperada, se tanteaba el rostro, deseando zafarse, sin embargo, lo perdió de vista antes de que tuviera éxito.

  Su madre se había estado zarandeando frenéticamente en cuanto sintió que la cogían del cabello. Y en cuestión de nada, ambas iniciaron un forcejeo vivaz. Pero no duró para siempre ni llego lejos; el enemigo la tenía entre sus garras. De no haber sido por un movimiento proceloso de Aloy, los dientes del arma le habrían rumiado la carne de su vientre. No corrió con mejor suerte. El cuchillo serrado le atravesó la piel de la cadera y fue a parar al hueso. Aloy apenas dio se?ales de haberse enterado. Y en lugar de caer afligida al igual que una delicada dama, retiró la daga de su vaina, y a ciegas, casi como si hubiese sido de un espasmo hecho sin querer, le dividió el rostro y el cráneo a la mitad con una facilidad pasmosa a aquella mujer celta. A Atenea no le quedó de otra que contener el aliento, ante el despliegue apócrifo de fuerzas. Solo cuando hubo vislumbrado la hoja curva irregular y platinada, comprendió que el mérito era del arma y no de su madre.

  Ya había visto una Daga Sagrada, en las dos ocasiones en las que visitase la catedral. Pero el desvelo de aquella reliquia arrojaba más preguntas que respuestas.

  Mientras Atenea se dejaba las piernas acercándose a ella con el corazón en la garganta y tirando por tierra todo lo demás, un sujeto desarmado y más muerto que vivo rodeaba a su madre, para acabar con lo que la celta había iniciado. El aire se le había escapado de los pulmones, pero aun así corría, aunque no pudiese gritar.

  A dos manos, al infeliz bastardo le hicieron falta dos tirones brutales, para retirar el arma y alzarla sobre su cabeza. En esta ocasión, Aloy se lamentó, amenazando con desplomarse tras el doliente gemido y la estela de sangre que hubo asomado. Aún después de haber llegado hasta él y empujarlo a la tumba en la que ya tenía puesto un pie, con todo el poderío nacido de su pena, Atenea no respiró ni emitió sonido más allá del llanto. Su madre se había dejado caer a sus brazos.

  — No, por favor — el sonido de las palabras se le trabaron en la garganta a Atenea, surgieron más tenue que la brisa que las envolvía. Sus fuerzas no dieron para más, y cayó al suelo con ambas rodillas. —. No me hagas esto tú también.

  Aloy ladeó la cabeza, frunciendo el ce?o y el labio a causa del dolor. Ora respiraba, ora gemía, mientras una mirada plateada capaz de ablandar al más cruel de los corazones se asomaba bajo sus pesta?as. No dijo nada, simplemente se dedicó a contemplarla en un mar de lágrimas.

  — No voy a perderte — siguió Atenea, amagando un intento de levantarla. Pero ella se resintió y le cogió la mano con firmeza. El caballo casta?o del que había saltado el desconocido rondaba muy cerca. No tenían porqué ir a los establos. —. Antes de salir de la ciudad, necesitaremos a alguien que curé de esa herida. Bernice, ?la recuerdas? Ella se hizo cargo, cuando te hicieron perder a mi hermanito. Estamos cerca.

  Su madre se apretó con una mano firme el corte en su cintura, que manchaba de escarlata su vestido blanco.

  — No, no voy a llegar.

  — Lo harás — Aunque tuviese sus dudas, se inquietó de cualquier modo. —. Solo déjame…

  — No llores, Atenea.

  — ??Cómo puedes decirme eso!? Mírate. — Rompió a llorar junto a ella. Cerró los dedos sobre las telas de Aloy y los hizo una bola para aprisionárselo contra la herida.

  De pronto, se alzó una barahúnda armónica de decenas de cascos de caballo al galope, que fue en ascenso.

  — ?Rowan! — vociferó alguien.

  — ?Retirada! — Pareció responder. — ?Detrás tenemos a más hombres!

  La doncella dirigió un rápido vistazo hacia el camino. Lo que restaba de sus enemigos, siete u ocho, se precipitaban en dirección contraria a la estampida de caballería de la Guardia de la Ciudad que iba a su encuentro. El desconocido, bendito fuera, se hallaba aún de pie, de espaldas a ella. Se las había arreglado bien, a fin de cuentas. La cola de la bufanda azul que ocultaba su identidad tremolaba al viento.

  — Bernice, no está lejos. Por favor. — insistió. Cuando trató de levantarla con melindre, de la espalda baja de su madre manó un hilo cuantioso de sangre, por lo que se vio forzada a dejarla reposar sobre el suelo nuevamente.

  — Quisiera aferrarme a ti, cari?o. Eres lo más importante en mi vida, pero solo te retrasaría. Tienes que salir de la ciudad.

  — Ganamos. — Fue lo que le dijo, cuando la caballería pasó volando, fugaz, y agitó la brisa a su alrededor.

  — Esta noche, pero no la guerra. él me seguirá acechando hasta que su cuerpo desfallezca. Y si se entera de que existes, irá a por ti también.

  — ?Qué?

  El gesto que Aloy reveló fue en demasía doloroso, acompa?ado de un llanto, como si la vida se le estuviese cayendo a pedazos.

  — Lo lamento mucho. He cargado con una herida como esta tantos a?os. íbamos a decírtelo, Marcus y yo, cuando dejases de ser esa ni?a. Pero lo retrasé todo lo que pude. Nunca quise que dejases de ser una ni?a, mi reto?o. Marcus quiso que te lo confesáramos. Le pesaba, aunque te amara como a nadie. — giró el cuello para observar a lo lejos el cadáver de su esposo tirado sobre la tierra y abierto a la mitad, pero Atenea con dedos suaves no se lo permitió.

  — Mírame a mí, ?quieres?

  — él no era tu padre. — Se había forzado a cerrar los ojos, como muerta de miedo y sufrimiento. —. Pero te amó aún más que yo, si eso es posible.

  Le tomó una eternidad hacer oídos. Nadie, ni el más letrado de todas las naciones, tenía las palabras para describir aquel fogonazo de desenga?o y desolación. Separó los labios antes de que surgiera su voz sin pensamientos y negase con la cabeza violentamente.

  — Eso no es verdad. ?Qué estás diciendo?

  — Te entrenó — insistió su madre. —, te protegió todo lo que pudo. Eras su mayor orgullo y regalo. Lo dejó todo, y no sabes cuánto fue eso, por nosotras dos.

  — No. ?Su cuerpo está allí! — Apuntó, hostigada. — ??Por qué!? ?No deshonres su memoria con… con…! — ?Mentiras?, no se atrevía a decírselo. Pero ?qué motivos tendría la mujer que la había traído al mundo para mentirle en su lecho de muerte? Era presa de la desesperanza, pero se vio obligada a seguir sin mirarla a los ojos. — ?Por qué me dices esto ahora? ?Por qué jamás lo conocí?

  — Porque es un monstruo de sed insaciable. Lo siento, Atenea. Nunca tuve el valor para decírtelo. Y me arrepiento.

  — ?Acaso él? — Se horrorizó al percibir la carga de desprecio inadmisible en ella.

  — No me hagas decirlo.

  Podía sentir cómo le arrancaban el alma a tirones lentos, pausados pero punzantes. Supo de inmediato la magnitud del suceso, del demerito de aquel sujeto cuyo nombre no quería alcanzar a escuchar. En aquel momento, solo quería echarse al suelo a llorar y olvidarse de que alguna vez había tenido una convicción de acero.

  — ?Soy una bastarda? — Paladeó a arcadas el horrendo sabor. — ?Soy el fruto de una violación?

  Aloy se apresuró a rodearla con sus brazos y le dio un beso materno en los labios. Pese a la angustia de la cadera, levantó el torso tanto como le fue posible para abrazarla.

  — No, Atenea. Eres mucho más que eso. Eres mi mayor regalo y orgullo. Lo más maravilloso que he logrado so?ar y que se ha vuelto realidad. — Se detuvo un instante para flanquearle el rostro con las manos y demostrarle con regocijo que hablaba con verdad. —. Mi viva imagen, eres la prueba viviente de que Dios existe y de que hasta el acto más cruel de este mundo puede albergar una bendición. No hay mal que por bien no venga. Y tú eres todo el bien que hemos podido crear, Marcus, el amor de mi vida, y yo.

  Su madre siempre olía a rosas rojas de un verano perpetuo y fresco. A Atenea le trastabilló el habla en esta ocasión. No lograba comprenderlo del todo. A decir verdad, no quería comprenderlo. Aloy no pudo más y se dejó caer, pero ella estuvo allí para sostenerla y que el abrazo no muriese.

  — él está con los celtas. Tienes que irte. No dejes que te encuentre jamás.

  — Iba… Yo iba a ganar ese torneo — le confesó su sue?o. Quería que aquello saliese por fin de su cabeza y estuviese en la realidad, antes de que viera cumplido el sue?o de su madre, al que le había cogido cierto gusto sin decir palabra; que concibiera hijos y se asentase en compa?ía del amor de su vida. —. Quería que utilizásemos ese oro para viajar…, para que conociésemos el mundo, todos juntos. Me he imaginado esos lugares cientos de veces. Ver los atardeceres, las estrellas, que comiésemos juntos platillos que ni te imaginas y viviésemos. Juntos. Sin preocupaciones. — Y por increíble que resultara en primera instancia, había un lado de su espíritu que sufría a horrores y otro que estaba en completa calma, pues su madre aún respiraba.

  La depositó en el suelo con mucho cuidado, y ella se presionó de nuevo la herida.

  Se hizo un silencio interrumpido por la brisa. El corcel ansioso que había estado yendo de aquí para allá se detuvo ante ellas y gentilmente inclinó la cabeza para olisquearlas y resoplar.

  Atenea miró hacia arriba para recibirlo, y después volteó a ver a su alrededor. La calle habría estado desierta y hecha ruinas, sino fuera por el desconocido y sus leales corceles. El hombre se acopló el arco compuesto a la espalda, y giró medio cuerpo justo a tiempo, para que compartiesen una mirada. Sus ojos negros brillaban de pena, y la mitad superior de su rostro le pareció magnifica a la distancia.

  ? Gracias. Mil veces.?

  — Promete estas dos cosas — escuchó de Aloy. — ?Te acuerdas de la canción que solía cantarte cuando eras peque?a? Nuestra canción.

  — El Encanto de la Vida. — asintió, con ayuda de una triste sonrisa.

  — Cántasela a tus hijos cada noche, si quieres tenerlos. Sin falta, hasta que sean adultos, como hice contigo. Y qué solo la escuché el hombre al que amarás. Dios quiera que sea tan bueno como Marcus.

  Entrelazó sus manos con una de las suyas.

  — Lo prometo, pero… Dijiste dos cosas. ?Qué hay con lo otro?

  Su madre le besó la frente, ambas mejillas e incluso la nariz. Y le dijo por última vez que la amaba. Enseguida envainó la Daga Sagrada, y se la tendió envuelta en sedas.

  — Lleva veinte a?os en nuestra familia. Un secreto más que debimos ocultarte, pero estas eran órdenes de un Rey. — La recibió como un último regalo. —. Le pertenece a la Corona y también pueblo. Es mi deseo que la protejas de las garras de aquellos que solo siembran el caos para conseguir sus ambiciones. Me avergüenza reconocer que debería decirte que salves a tantos como puedas, pero lo único que quiero ahora es que te vayas lejos, a donde la Horda de las Bestias no pueda conseguirla. Hay otras en la ciudad, pero no tendrán esta.

  — Lo prometo. — Le besó el dorso de la mano con el que tomaba juramento. — Madre, ?el padre al que amo, Marcus, era un caballero? ?Cómo consiguieron una Daga Sagrada? ?Por qué?

  Aloy le devolvió la sonrisa triste que hasta entonces no había atendido que se petrificara también en el rostro de Atenea.

  Dos gotas de agua, una tan bella y deslumbrante como solo la otra podía serlo.

  — Adelante, cari?o, el tiempo no se detendrá por nosotras.

  No sin antes mirar atrás y verla llorar de afligida felicidad, como un dulce sabor salado, mientras las lágrimas de Atenea discurrían sobre sus mejillas, subió al corcel con el peso de una promesa, dos perdidas y un vasto camino en soledad por delante. Contempló al galope lo que le depararía el futuro, y no pudo evitar echar una última mirada a la ciudad que había sido su vida. El recuerdo de Ross y Moira la avasalló, y ante la presencia del llanto que amenazaba con asomarse, juró al Cielo que volvería por ellos. Solo necesitaba que el dios de su madre los mantuviese con vida hasta hallar la forma.

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