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Los ladrones de Antigua Luna (Parte 2)

  El banco de Antigua Luna colindaba con edificios en todas direcciones menos el sur. Resultaba difícil que entrara el sol por las ventanas. Sin embargo, más que un error de arquitectura, al tratarse de una ciudad conglomerada, pocos ventanales en Antigua Luna tenían el lujo de encarar al este o al oeste. Para ello, Grupo Oro contaba con las lámparas de aceite más modernas. Brillaban todo el día y quemaban sin emitir aroma. Además, proveían una atmósfera artificial al interior de los muros, digna de un edificio capitalino.

  En donde más brillaban estas lámparas era a lo que los empleados se referían como “la parte de atrás”.

  —Aria —llamó su jefe—, venga. No te escondas de los clientes.

  —No me estoy escondiendo.

  —Tu descanso terminó hace más de un minuto.

  La tomó de ambos hombros desde la espalda.

  —Sé que estás nerviosa —dijo mientras la empujaba—. Es tu primer día y has tenido malas interacciones con los clientes, pero estoy aquí. Y te prometo que te acompa?aré.

  Otro empleado llamó al jefe. “Fer, ?podrías venir a checar esto?”.

  —Claro que sí.

  Y éste dejó sola a Aria.

  Por la puerta del banco entró una mujer con una trenza francesa, la trenza más grande que Aria hubiera visto, seguida de un hombre sin más vello facial que unas patillas largas; el atuendo del hombre se parecía al de un oficial y su rostro, a los dibujos que Aria veía en los catálogos de ropa, por lo que le pareció lindo.

  —Buenas tardes —dijo Verónica—, me gustaría cobrar este cheque.

  Aria lo inspeccionó.

  —?Tiene una cuenta con nosotros?

  —No, pero pagaremos la comisión. El resto, nos gustaría retirarlo en efectivo.

  Mientras Verónica decía esto, la chica tomaba su manual y memorizaba las estipulaciones. Escuchó que mencionó el efectivo. Su jefe le había explicado, como parte del porqué fue contratada, que habían sido robados el día anterior.

  Volteó a ver a su jefe, que seguía ocupado.

  —No tenemos esa cantidad de efectivo; lo lamento.

  Verónica puso los ojos en blanco, lo cual detonó pavor en la recepcionista.

  —Sería un total de dos mil ochocientos.

  Los ojos de Verónica se convirtieron en dagas.

  —No —discutió—. Sería un total de tres mil doscientos cincuenta.

  —Es que la comisión para clientes sin cuenta es del veinte por ciento en cheques mayores a tres mil.

  —??Qué?!

  “Por favor no me grite” murmuró Aria, pero nadie la oyó. Víctor se disculpó y dijo que habían tenido un día largo. El jefe de Aria se percató de esto.

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  —Discúlpenla, es nueva y no sabe lo que hace. Pero son bienvenidos a crearse una cuenta en Grupo Oro, así no pagan comisión alguna —se?aló sonriendo, tomando el lugar de Aria—. Es en esa fila de ahí.

  Luego, rega?ó a Aria por no mencionar lo de crear la cuenta.

  Las filas eran algo que la se?orita Lombarde detestaba.

  —?Qué clase de pocilga de segunda no tiene efectivo?

  —Usted no debe de leer el periódico —dijo la persona formada enfrente. Y se inclinó para cuchichear como buen mensajero clandestino—. Fueron robados.

  Víctor giró la cabeza como si lo hubiesen llamado.

  —?Robados? —quiso saber—. ?Por quién?

  La mujer delante del hombre en la fila volteó para susurrar también.

  —Fueron los hermanos Severino. Han estado atracando por Rumbo Largo.

  El oficial asintió con la cabeza, procesando la información. Había oído de los hermanos Severino, pero recordaba que su área de trabajo estaba mucho más al oeste.

  —?Han atracado algún otro lugar?

  —Solo el banco —dijo la mujer—. Pero Mildred Bustamante dice que vio a uno de ellos paseando por la joyería.

  Víctor volvió a asentir. Pocos bandidos se atrevían a asaltar la misma ciudad más de una vez, pero los hermanos Severino eran famosos por eso: llegaban a un sitio y vaciaban el banco junto con dos o tres negocios.

  —?Conoces a estos hermanos? —le preguntó Verónica.

  —He oído de ellos. Quizás Rex también los conozca. —Se despidió de las personas con un cordial cabeceo y se dirigió a la salida—. Vamos.

  Verónica se tardó unos segundos en darse cuenta que se estaban yendo, pero finalmente se apresuró para alcanzar a Víctor y dejar el establecimiento.

  —?A dónde vamos? —preguntó la mujer.

  —Estos hermanos nunca roban un solo lugar. Si solo han robado el banco, quiere decir que apenas vienen llegando a la ciudad y se quedarán un par de días más.

  Verónica entendió a lo que se refería.

  —Entonces el dinero del banco está… ?en algún sitio por aquí?

  —Es posible. —Se detuvo brevemente para ubicarse; se dirigía a los establos.

  —?Claro! Y entonces podremos cobrar en efectivo.

  Víctor miró a Verónica con el ce?o fruncido, medio preocupado por las prioridades de su compa?era.

  —Y, además —a?adió la mujer casi tartamudeando—, sería lo correcto.

  —Sería lo correcto y además podríamos cobrar el cheque —corrigió Víctor amablemente.

  Verónica asintió con la cabeza y siguió caminando con su compa?ero.

  ★

  Rex acababa de dejar a los caballos cuando vio a Víctor y Verónica acercándose. El hombre caminaba con determinación, por lo que Rex supo que tenía un plan o alguna idea.

  —?Cómo les fue en el banco? —les preguntó para ser cortés.

  —Terrible —respondió Verónica—. No tenían efectivo.

  —Porque los asaltaron —a?adió Víctor, nuevamente priorizando la información—. Los hermanos Severino.

  Rex alzó una ceja, visiblemente perplejo.

  —?Tan al este?

  Víctor confirmó con un cabeceo.

  —Creo que siguen aquí. Una mujer dijo que vio a uno de ellos acechando la joyería.

  Rex se cruzó de brazos, considerando el plan tácito que se estaba formando.

  —No tienen una recompensa por aquí, ?o sí?

  —Pues… no. Pero tienen el dinero del banco.

  Al forajido se le dibujó una sonrisa de codicia y orgullo.

  —?Ah! Me gusta como piensas. Si los atrapamos, podemos quedarnos con las monedas.

  El oficial suspiró y se llevó la mano al rostro.

  —No, Rex. Devolveremos las monedas.

  La sonrisa de Rex desapareció.

  —Ah…

  —Pero podremos cobrar en efectivo y quizás nos den una recompensa —a?adió rápidamente la se?orita Lombarde para no perder por completo el interés de Rex—. Después de todo, sería un servicio público.

  El hombre gru?ó por lo bajo, pero terminó por asentir.

  —?Quieres ir a buscarlos entonces?

  —Creo que no perdemos nada con intentarlo —confirmó.

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