Hola, madre.
Hace mucho que no te escribo cartas… no desde que era ni?o, ?verdad?
Bueno, solo querĂa decirte que no te sientas culpable.
TĂş eres una buena madre, la mejor.
No podrĂa haber tenido una mejor madre que tĂş, asĂ que… no llores.
SĂ© que eres fuerte.
A papá no le gustaba verte llorar, y yo tampoco.
Perdón… por no haber protegido a tu nieto y a Lyra, pero era eso… o dejar que el mundo se acabara.
Gracias, mamá, por ser tan buena madre.
Te amo.
Hasta pronto.
No me busques, sabes que no me encontrarás.
Hasta nunca.”
La carta temblaba entre los dedos de Nymeria, y junto a ella, sus lágrimas caĂan una a una sobre el papel.
El silencio llenaba la habitaciĂłn como un manto pesado.
Una madre rota… pero también orgullosa.
Su hijo, aun siendo un ghoul, era tan humano como su padre.
Tan puro, tan lleno de sentimientos que el mundo no merecĂa.
Ella lo sabĂa, y eso la desgarraba más.
SintiĂł una mezcla de orgullo y dolor que la dejĂł sin aliento.
Por un instante, cerrĂł los ojos y solo murmurĂł:
—Mi peque?o Zharet… lo siento.
Mientras tanto, en la playa, los chicos habĂan terminado de comer.
Nadie hablaba.
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El mar seguĂa golpeando la orilla, como si tambiĂ©n esperara una respuesta.
Finalmente, Eisvard rompiĂł el silencio.
—?Y ahora qué haremos…?
Nadie supo qué decir.
Todos sentĂan lo mismo: la culpa.
SabĂan que habĂan herido a Zharet… y tambiĂ©n a Nymeria.
HabĂan lanzado palabras que pesaban más que cualquier arma.
Kira fue la primera en hablar, su voz temblorosa, quebrada.
—DeberĂamos… pedirle perdĂłn. A Zharet.
Noli negĂł con la cabeza.
—?Y cĂłmo podrĂamos hacerlo? ?DespuĂ©s de todo lo que dijimos? No merecemos ni mirarlo a los ojos…
Cada palabra sonaba más rota que la anterior.
Kaelion apretĂł los pu?os, la mirada fija en la arena.
—Tal vez no lo merezcamos… —dijo al fin—. Pero quedarnos aquĂ sin hacer nada serĂa peor.
Zharet también es parte de esta familia.
Y la familia… se cuida.
Esa Ăşltima frase hizo que todos se miraran entre sĂ.
No habĂa más que decir.
SabĂan lo que debĂan hacer.
Terminaron de recoger en silencio.
Y con el corazĂłn pesado, subieron juntos hasta la habitaciĂłn de Nymeria.
Cuando tocaron, la puerta se abriĂł lentamente.
Nymeria los mirĂł, los ojos aĂşn hĂşmedos, el rostro cansado.
Y antes de que pudiera decir algo, los chicos se arrodillaron.
—Perdón… —dijo Noli—. Por lastimarla a usted… y a Zharet.
—No sabĂamos nada —agregĂł Kaelion, bajando la cabeza—. Fui injusto. Fui cruel.
Por un momento, Nymeria no supo qué responder.
Solo los observĂł, temblando.
Y entonces, sin decir nada más… los abrazó.
Fue un abrazo cálido, lleno de amor y de dolor contenido.
Los chicos quedaron inmĂłviles, sorprendidos.
Hasta que escucharon su voz, entre sollozos:
—Los perdono…
Ya no se sientan mal.
Ustedes no sabĂan nada.
Y Kael… Kael no querrĂa verlos asĂ, ?verdad?
Esa frase los destrozĂł.
El peso de todo cayĂł de golpe, y por primera vez en mucho tiempo, todos lloraron.
El grupo entero se quebró en silencio, abrazando a Nymeria, dejando que las lágrimas lavaran un poco de la culpa.
Muy lejos de allĂ…
En un paraje desconocido, bajo un cielo cubierto de nubes negras, Zharet caminaba solo.
Sus pasos eran lentos, pesados.
El viento helado cortaba su piel, pero el verdadero dolor ardĂa por dentro.
Cansado, furioso, dolido, golpeĂł una monta?a con todas sus fuerzas.
Una, dos, tres veces.
Hasta que las rocas se fracturaron.
Hasta que sus manos sangraron.
Y cuando su cuerpo ya no resistió más, cayó de rodillas, llorando.
—Perdón… —susurró.
Lo repitiĂł una y otra vez.
—Perdón… perdón…
Cada palabra más fuerte, más desgarradora, hasta que su voz se convirtió en un grito que estremeció la tierra.
SabĂa que cuando Kael muriĂł, Ă©l ya habĂa visto el destino.
SabĂa lo que iba a pasar, pero no pudo intervenir.
Tuvo que dejarlos sufrir.
Tuvo que mirar, impotente, cĂłmo el dolor consumĂa a todos, incluso en su ni?ez, cuando los observaba desde las sombras.
Y ahora… estaba solo.
Con la culpa, con los recuerdos, con la voz de su madre llorando en su mente.
GolpeĂł el suelo una Ăşltima vez, hasta que el eco se perdiĂł entre las monta?as.
Y, temblando, murmurĂł:
—No soy un buen hijo…
Perdóname, mamá…
Su cuerpo se encogió, hundido en el suelo, mientras el viento arrastraba sus lágrimas.
El dolor de un hijo arrepentido, el llanto de una madre que aĂşn lo amaba, y el vacĂo que dejaba una familia rota…
todo se mezclaba en un mismo eco que el mundo entero pareciĂł guardar en silencio.

