El viento frÃo de la madrugada soplaba en las Tierras Libres. La luna menguante iluminaba el campo de entrenamiento de la Luna Creciente, donde Kael se esforzaba hasta el lÃmite. Su lanza, reforzada con el alma de su madre, brillaba levemente mientras golpeaba los mu?ecos de práctica una y otra vez.
Desde las sombras de un risco cercano, unos ojos oscuros lo seguÃan con atención.
Kaelion estaba allÃ.
El Experimento no emitÃa sonido alguno. Su respiración era imperceptible, su cuerpo casi se fundÃa con la penumbra. Aun asÃ, en su interior, una tormenta silenciosa ardÃa.
—Ese es el portador… —murmuró para sà mismo, con voz baja y distorsionada.
Cada movimiento de Kael, cada error en su técnica, cada instante en el que dudaba… Kaelion lo analizaba como un depredador que estudia a su presa.
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Pero lo que más le llamaba la atención no era la lanza ni la destreza fÃsica. Era el brillo del alma que se manifestaba cada vez que Kael entrenaba con determinación.
—No es como los demás… su energÃa es distinta —pensó, mientras su ojo izquierdo palpitaba con un resplandor rojo.
Kaelion dio un paso hacia adelante, como si quisiera acercarse, pero se detuvo. Algo lo contenÃa. No era miedo… era duda. Esa chispa de humanidad que aún resistÃa dentro de él no le permitÃa atacar, no todavÃa.
El amanecer comenzó a te?ir el horizonte, y Kael, exhausto, dejó caer la lanza al suelo antes de desplomarse sobre la hierba. No sabÃa que, más allá de la colina, alguien lo habÃa estado vigilando toda la noche.
Kaelion retrocedió lentamente, perdiéndose en la bruma matinal.
—Pronto… descubriré qué eres realmente, Kael.
Y asÃ, el Experimento se convirtió en una sombra constante: siempre observando, siempre analizando… esperando el momento exacto para entrar en su vida, ya sea como aliado inesperado o como enemigo implacable.

