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Capítulo 9 - Una Cuna Vacía

  Un nuevo día iniciaba, y el cambio de estación ya comenzaba a sentirse con claridad. El aire era más frío de lo habitual, húmedo, cargado de un presagio que no necesitaba palabras. Las nubes grises se acumulaban lentamente sobre el cielo, anunciando las lluvias prominentes que pronto caerían sobre la ciudad y sus alrededores.

  Como todos los días, fieles a sus responsabilidades y obligaciones, los miembros de la Casa Sungley iniciaban sus labores desde temprano. Nada parecía fuera de lugar... al menos en apariencia.

  En el patio principal de la mansión, el sonido del acero y de los cuerpos en movimiento llenaba el ambiente. Una gran cantidad de soldados realizaba ejercicios físicos para mantener su temple y disciplina. El sudor corría por sus rostros mientras entrenaban, y entre gritos, risas y respiraciones agitadas, se podía ver al supervisor recorriendo las filas con una sonrisa demasiado entusiasta.

  —?Creo que veo unos uniformes de sirvientas en esas cajas de ahí! —gritó Ken, llevándose una mano a la frente como si inspeccionara el horizonte—. ?Les quedarían divinos, caballeros! Porque no veo soldados... veo sirvientas preparándose para hacer aseo.

  Las carcajadas no tardaron en estallar.

  —?Ay, sí! —respondió uno de los soldados, exagerando el tono—. ?Yo quiero la de faldita corta, mi se?or!

  —?MI GENERAL KEN! —a?adió otro, llevándose las manos al pecho—. ?QUIERE QUE LE HAGA SU CAMA? ?<3!

  Todo el pelotón estalló en risas.

  —Ahhh... —Ken sonrió con malicia, cruzándose de brazos—. Veo que están bastante animados. Perfecto. HOY INICIAMOS CON CIEN VUELTAS A LA MANSIóN. Y como todas somos sirvientas y nos reímos tanto... NOS PREPARAREMOS NUESTRA PROPIA COMIDA CON LA TIERRA DEL SALóN DE ENTRENAMIENTO.

  Los lamentos fueron inmediatos.

  Mientras el general corría entre ellos, golpeando y empujando para mantener el ritmo, una figura se acercó desde un costado del patio. Enta apareció con paso firme, esperando el momento justo para interrumpir.

  —Hola, Ken —dijo finalmente—. Disculpa por interrumpir la sesión de entrenamiento, pero necesito consultarte unas cosas.

  —Ufff... —Ken se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas—. Déjame tomar aire... ufff... bien. Dime, ?qué te aqueja?

  Enta observó el entorno por un instante antes de hablar.

  —Primera pregunta —dijo—. ?Te dijeron a qué hora volverían el amo Laret y el gran se?or?

  Ken se llevó una mano al mentón.

  —Mmm... supuestamente fueron a inspeccionar la zona colindante de la ciudad, la que limita con el Bosque Indomable. Al parecer las fortificaciones defensivas necesitaban ser remodeladas y había que revisar el presupuesto. Si te soy sincero, por la lejanía... yo diría que llegarían tarde en la noche, o quizás ma?ana.

  Enta asintió lentamente.

  —Ya veo... y la última pregunta —continuó—. ?De cuánto es la dotación de soldados custodiando la mansión?

  —Mmm... creo que este turno es de cuarenta soldados —respondió Ken—. Diez dentro de la mansión, diez custodiando las zonas limítrofes y los otros veinte están corriendo como esclavos ahí... y pronto correrán con uniforme de sirvienta <3.

  —Omitiré lo último —dijo Enta con sequedad—. Gracias por la información.

  —?Oye, espera! —Ken frunció el ce?o—. Pusiste cara de "aquí se va a armar la mismísima destrucción". ?Pasa algo?

  Enta tardó unos segundos en responder.

  —Llevo algunos días sintiendo que vigilan el lugar —dijo finalmente—. Olores distintos... fragancias desconocidas. Cosas que no deberían percibirse aquí.

  No hubo tiempo para analizar la respuesta.

  Una explosión brutal sacudió el muro trasero del patio de la mansión. La onda expansiva levantó polvo, piedras y fragmentos de roca, mientras el suelo temblaba bajo los pies de todos los presentes.

  —?SOLDADOS! —rugió Ken.

  No fue necesario decir nada más.

  Los soldados ya estaban armados y en formación, marchando de inmediato hacia el lugar de la explosión. Desde las grietas abiertas en el muro trasero, un rugido gutural se alzó entre el polvo y la piedra.

  De la oscuridad emergieron figuras enormes, de pelaje azabache y ojos incandescentes como brasas vivas.

  Eran Lobos de las Cavernas.

  Bestias nacidas en las profundidades de las monta?as, donde la luz del sol jamás toca el suelo y la única ley es devorar o ser devorado.

  Su pelaje grueso y aceitado parecía absorber la luz de las antorchas. Los músculos se movían bajo su piel con una fluidez casi antinatural, tensándose y relajándose como si cada criatura fuera una máquina perfecta para matar. Su aliento dejaba un rastro denso, cargado de un hedor metálico que mezclaba sangre, moho y muerte antigua.

  Desde una ventana del tercer piso de la mansión, dos siluetas cayeron con fuerza.

  Eran Caria y Holley.

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  Entre los lobos emergió una figura humana, completamente cubierta, envuelta en ropajes oscuros. Su sola presencia emanaba una sensación retorcida, antinatural. No había duda: era el responsable de mover y controlar aquella jauría.

  —?Necesito diez soldados más dentro de la mansión! —ordenó Caria con voz firme—. ?Protejan a los residentes!

  Mientras algunos soldados se retiraban, el encapuchado avanzaba lentamente, acompa?ado por los lobos que gru?ían con ansiedad contenida.

  Uno de ellos se lanzó directo hacia Caria.

  Con un movimiento perfectamente equilibrado, ella dio un golpe de palmas directo al pecho de la bestia. El impacto fue devastador. El cuerpo del lobo se desintegró en el aire, dejando solo pedazos de carne y hueso esparcidos por el suelo.

  —Atacar a muerte a cualquier miembro de la Casa Sungley —dijo Caria, con los ojos encendidos— debe pagarse con la misma moneda. Prepárate para morir por tus actos.

  —?Soldados! ?AVANCEN! —gritó Ken.

  Y así, sin más advertencias, comenzó el conflicto.

  Y así comenzó el enfrentamiento entre el invocador con su jauría de lobos y el héroe acompa?ado por sus tres guardianes.

  —?De verdad crees que unos malditos perros intimidarán a guerreros que han librado batallas contra las abominaciones del Bosque Indomable? —rugió Holley, avanzando sin miedo alguno.

  En ese instante, liberó su aura mágica.

  (Burla).

  Una habilidad exclusiva de aquellos caballeros capaces de soportar cantidades absurdas de da?o. Su energía se expandió como una ola invisible, pesada, dominante. Los lobos reaccionaron de inmediato: todos, sin excepción, fijaron su atención en ella.

  Se abalanzaron con ferocidad.

  Gracias a ese movimiento, el acero azul de Taratios, junto a la heroína, ejecutaron sus ataques de área.

  El primero trazó un amplio arco cortante.

  Corte de Agua.

  El segundo impactó con una fuerza devastadora.

  Pu?o de Roca.

  La combinación fue brutal.

  El lugar del impacto quedó completamente destruido. El suelo se resquebrajó, la piedra saltó en fragmentos y el aire se llenó de polvo y escombros. Cuerpos destrozados de lobos yacían esparcidos por el terreno.

  La única que permanecía en pie, con apenas unos rasgu?os visibles, era Holley.

  Todos confiaban en ella. Todos sabían que, con su barrera activa, podía resistir aquel infierno sin ceder un solo paso.

  Mientras la atención estaba centrada en el caos, una figura se deslizó en silencio.

  Por detrás del invocador, sin que este se percatara, un estoque apuntó directamente a su espalda.

  —Un solo movimiento extra?o y te dejo como un colador... —susurró Enta, con la voz fría como acero—. Ahora responde con la verdad, o tendrás una muerte cruel y dolorosa.

  El encapuchado soltó una carcajada quebrada.

  —Ajjaajajjaajajja... —rió—. Qué lástima... pero no puedes matar a alguien que ya está muerto...

  Con una mirada vacía, carente de toda emoción, el invocador se giró para mirar a Enta.

  Su cabeza estalló.

  —?Enta! ?Estás bien? —gritó Ken desde la distancia.

  Enta observó el cuerpo desplomado y, al acercarse, notó algo que le heló la sangre.

  —Tiene un sello de esclavo... —dijo con voz tensa—. Venía con la intención de morir. Lo obligaron a hacer esto...

  —?Qué? —Ken frunció el ce?o—. ?Y por qué alguien vendría solo a morir?

  Los pensamientos encajaron como piezas de un rompecabezas roto.

  Enta levantó la vista con desesperación y miró directo a Caria.

  —?Venía preparado para morir! —exclamó—. ?Era una distracción!

  Al escuchar esas palabras, la magia en el cuerpo de Caria se encendió a un nivel que solo había sido visto una vez antes: cuando lucharon contra el Rey Demonio.

  Sin titubear, se lanzó en una carrera tan brutal que el aire a su alrededor se deformó. El suelo se resquebrajó bajo sus pies y su velocidad rozó el límite de lo imposible, casi rompiendo la barrera del sonido.

  Su objetivo era claro.

  No existía un lugar más importante en toda la Casa Sungley.

  Mientras corría, una sensación de culpa la devoraba por dentro. Más intensa que cualquier dolor sufrido en el campo de batalla. Más devastadora que la pérdida de compa?eros.

  No podía aceptar haber pasado por alto un error tan monstruoso.

  Para ella, ese instante se convirtió en el mayor error de su vida.

  Avanzó a velocidad supersónica, reventando los ventanales del pasillo de la mansión uno tras otro, mientras el objetivo se volvía cada vez más claro en su mente...

  .

  .

  .

  .

  .

  Dos sirvientas asesinadas.

  Siete soldados muertos.

  Una habitación ba?ada en sangre.

  Las ventanas abiertas.

  Y una cuna vacía.

  Una explosión de energía arrasó con gran parte de la habitación, generando un retumbar que sacudió toda la mansión. El grito que emergió no fue solo de furia...

  Fue un alarido desgarrador de dolor, tristeza y desesperación.

  El fruto de su mayor victoria.

  De su amor más profundo.

  Su primogénito había sido raptado.

  Tan solo unos segundos después, los guardianes llegaron al lugar, horrorizados por la escena que tenían frente a ellos.

  


  


  ...

  ...

  ...

  ...

  ...

  ...

  ...

  ...

  ...

  A casi un kilómetro de la mansión, avanzaba lentamente un carruaje de carga por uno de los caminos secundarios de la ciudad. En su interior viajaban dos sirvientas: Redda y Tana, quienes habían salido temprano para reponer inventario antes de que las lluvias complicaran el tránsito.

  El traqueteo constante del carruaje contrastaba con la tranquilidad aparente del entorno.

  —Ay, qué increíble suerte tuve —dijo Tana con entusiasmo, sosteniendo una peque?a bolsa—. ?Encontré estos dulces de frutas! Le encantan a la se?ora.

  En ese mismo instante, una sombra humana pasó a toda velocidad junto al carruaje, tan rápida que apenas fue una distorsión en el aire.

  Redda lo vio.

  Su expresión cambió de inmediato.

  Al girar la cabeza hacia Tana, sus ojos estaban cargados de una frialdad mortal, una urgencia que helaba la sangre.

  —Escúchame bien, Tana —dijo con voz firme—. Dile al cochero que te libere un caballo y ve a toda velocidad a la mansión. No escatimes en esfuerzo. Si tienes que morir para lograr tu objetivo... hazlo.

  Tana sintió cómo el corazón se le detenía por un segundo.

  —Mi se?ora Redda... ?qué sucede...?

  Redda la miró con un rostro que Tana jamás había visto antes. No era ira, ni miedo. Era determinación absoluta, mezclada con una aceptación silenciosa del peor desenlace posible.

  —El futuro de la Casa Sungley corre peligro —dijo—. Avisa a los guardianes que, estén atentos al cielo que en cualquier momento lanzar é una se?al al cielo. Que se apresuren a vigilar antes. Existe la posibilidad de que lance la se?al antes... si estoy muriendo.

  Tomó aire por un instante, sin apartar la mirada.

  —Me dirijo hacia el centro de la ciudad. Apresúrate, Tana... por favor. Cuento contigo.

  Por un segundo, la dureza de su expresión se quebró, dejando ver un atisbo de lamento. Fue suficiente para que Tana comprendiera la gravedad real de la situación.

  —?Enseguida, mi se?ora Redda! —respondió con voz firme.

  El carruaje se detuvo bruscamente. Los caminos se separaron, y con ellos, los destinos.

  Uno avanzaba hacia el caos.

  El otro, hacia la desesperada esperanza de salvar lo que quedaba.

  Todo con un único objetivo:

  Salvar al heredero.

  Un ni?o que, cruelmente, estaba siendo obligado a pagar el precio del odio y los errores cometidos por generaciones pasadas.

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