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Capítulo 4 - Kael, Luz del Legado

  Tras el anuncio de la llegada del Gran Lord, todos los miembros de la mansión Sungley se organizaron en fila a ambos lados del pasillo principal, inclinando la cabeza en se?al de respeto. El suelo de mármol reflejaba la luz que entraba por los altos ventanales, y el silencio era tan espeso que incluso el roce de las telas parecía un sonido indebido.

  Al final de la hilera, justo donde el pasillo se abría hacia el salón central, se encontraban Caria y Laret. Ambos aguardaban de pie, erguidos, conteniendo la emoción mientras esperaban la llegada del padre de Laret… y del nuevo abuelo que aún no conocía a su nieto.

  Cuando el lord cruzó finalmente el umbral, Caria y Laret inclinaron levemente la cabeza, con una reverencia impecable.

  —Bienvenido a casa, padre —dijeron ambos al unísono—. Es una gran alegría y una dicha tenerte de vuelta, junto a todos nuestros más grandes caballeros.

  Garbard avanzó un par de pasos antes de responder. Su expresión intentaba mantenerse firme, digna, pero el temblor apenas perceptible en su voz lo traicionó.

  —Levanten sus cabezas… —dijo con tono grave—. Alegría y dicha… esas deberían ser mis palabras. Dichoso y feliz estoy de que me reciban con tanta calidez y cari?o… y no solo eso, sino también con una nueva vida.

  Hizo una pausa breve, respirando hondo, como si necesitara anclar su temple. Cualquiera que lo conociera lo suficiente sabría que estaba luchando contra el impulso de sonreír demasiado, de quebrarse, de dejar escapar lágrimas que no correspondían a la estampa de un Gran Lord.

  Cuando por fin pude observarlo con claridad, quedé impresionado.

  Garbard era imponente.

  Vestía una armadura de acero bru?ido que reflejaba la luz de las ventanas como si cada destello obedeciera a su sola presencia. La cabellera plateada caía libre sobre sus hombros, enmarcando un rostro curtido por los a?os y la guerra. Una barba del mismo tono reforzaba sus facciones duras, marcadas por cicatrices discretas pero elocuentes.

  Sus ojos, de un azul acerado, poseían la serenidad de quien ha visto caer imperios… y la firmeza inquebrantable de quien jamás retrocedió en el campo de batalla. Aunque el peso del tiempo se insinuaba en sus rasgos, su sola presencia irradiaba autoridad: ese tipo de poder que no nace de los títulos, sino de las cicatrices.

  


  


  —Así que este es mi nieto… —dijo al fin, con una voz profunda, resonante como el choque del acero—. Al fin, la sangre de la casa Sungley vuelve a nacer.

  Laret dio un paso al frente, visiblemente orgulloso.

  —Te ha estado esperando todos estos días —dijo—. Aguarda por fin su nombre.

  Garbard asintió lentamente. Luego se acercó un poco más a Caria, su mirada endurecida suavizándose apenas al posar los ojos sobre el peque?o.

  —?Puedo cargarlo? —preguntó con solemnidad, pero también con una delicadeza que contrastaba con su figura imponente.

  —Por supuesto, mi lord —respondió Caria sin dudar.

  Con un cuidado sorprendente para alguien de su tama?o y armadura, Garbard tomó al bebé entre sus brazos. Sus manos, que habían empu?ado espadas y escudos incontables veces, ahora sostenían aquella vida nueva como si fuese un tesoro irrompible.

  Lo miró fijamente a los ojos.

  Ay… ?por qué me mira así el se?or? Ya me está dando miedo…

  En el instante en que la mirada del peque?o se entrelazó con la del lord, algo imperceptible para la mayoría ocurrió. Garbard sintió un leve estremecimiento recorrerle el pecho, como un eco antiguo despertando en su interior. Una vibración sutil, una energía que no era del todo ajena.

  —Está decidido —dijo con voz firme—. Tu nombre será… Kael.

  Caria abrió ligeramente los ojos.

  —Nunca había escuchado ese nombre…

  Garbard sonrió apenas, con una nostalgia profunda reflejada en su mirada.

  —Hace siglos, antes de la Gran Unión, en las profundidades del Bosque Indomable, existió una tribu conocida como los Velka, guardianes del equilibrio entre la vida y la magia.

  —De entre ellos nació un guerrero de alma luminosa, que enfrentó la oscuridad cuando los hombres aún temían nombrarla.

  —Su nombre era Kael, que en lengua antigua significaba Luz del Legado: aquel que hereda la fuerza de los caídos para encender el camino de los vivos.

  —Su sacrificio selló un pacto con los espíritus del bosque, permitiendo que la humanidad sobreviviera al primer ocaso del mundo.

  El salón permanecía en absoluto silencio. Nadie osaba interrumpir.

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  —Desde entonces —continuó Garbard—, pocos han portado ese nombre. En la tradición antigua, nombrar a un hijo “Kael” es una promesa: que su vida será un faro nacido de la herencia de los héroes.

  Tras esas palabras, un murmullo reverente recorrió a los presentes. Garbard levantó cuidadosamente al peque?o hacia la luz que descendía desde lo alto del salón.

  —Y así será —proclamó—. Este es mi nieto, Kael… aquel que hereda la fuerza de los caídos para encender el camino de los vivos.

  El silencio se rompió en aplausos y vítores. El nombre del nuevo heredero de la casa Sungley resonó entre las paredes de la mansión, cargado de orgullo, esperanza y destino.

  Con las formalidades ya disueltas y el peso solemne del recibimiento inicial suavizado por los aplausos y los murmullos, el salón recuperó lentamente su respiración. El eco del nombre de Kael aún parecía flotar entre las columnas, mezclándose con el tintinear leve del metal y el roce de capas empapadas por el viaje.

  Fue entonces cuando, tras el imponente Lord Garbard, ingresó al salón un hombre de porte firme y andar seguro. Cada uno de sus pasos resonaba con un ritmo controlado, como si incluso el suelo se adaptara a su presencia. Vestía una armadura plateada, marcada por el uso constante, no por el descuido, y una capa azul profunda ondeaba a su espalda, pesada por la humedad del camino pero orgullosa en su caída.

  A diferencia de otros caballeros que solían anunciarse con ruido y presencia exagerada, aquel hombre no necesitaba palabras. El aire mismo parecía reconocerlo.

  Su cabello casta?o, algo desordenado por días de marcha, enmarcaba un rostro curtido por el sol y las batallas. La sombra de barba que cubría su mandíbula no hablaba de descuido, sino de noches sin descanso, de campa?as encadenadas y decisiones tomadas bajo presión.

  Era Ken.

  Conocido en Taratios como el Acero Azul, un título que no se otorgaba con ceremonias, sino que se ganaba con sangre y disciplina. En los campos del norte, cuando las hordas demoníacas amenazaron con romper las líneas humanas, fue su espada la que se alzó primero, envuelta en la luz del amanecer. Desde entonces, el azul de su capa se convirtió en un símbolo silencioso de esperanza para quienes combatían bajo su mando.

  


  


  Pese a esa fama, sus gestos eran simples, carentes de arrogancia. Al ver a Laret junto a Caria, su expresión se suavizó, y una sonrisa sincera, casi fraternal, se dibujó en su rostro.

  —Tanto tiempo, mis estimados —dijo, con un tono cercano que contrastaba con su reputación—. Bueno… creo que este ritual no estaría completo sin una buena celebración por el nuevo miembro de la familia, y por la llegada victoriosa del lord.

  Algunos caballeros asintieron, otros intercambiaron miradas cargadas de cansancio y expectativa. El viaje había sido largo, pero la promesa de un banquete parecía devolverles algo de energía.

  Sin embargo, antes de que Ken pudiera continuar, una presencia distinta se hizo notar.

  Tras los pasos de los caballeros ingresó una figura más discreta, sin armadura ni insignias de guerra, pero cuyo andar imponía un silencio diferente. No era el silencio que inspira temor, sino el que obliga a escuchar.

  —No seas tan apresurado, mi se?or Ken —intervino una voz firme y medida—. Primero el lord y los caballeros deben aclimatarse a su llegada y descargar los equipos.

  Redda, la jefa de la servidumbre de la casa Sungley, avanzó con paso preciso. Su postura era impecable, y cada uno de sus movimientos parecía ejecutado con intención calculada. No necesitaba espada ni rango militar para imponer respeto; bastaba con su presencia.

  


  


  Su cabello, recogido en dos trenzas que caían a ambos lados de su espalda como estandartes gemelos, enmarcaba un rostro marcado por los a?os, aunque no por la debilidad. En sus ojos grises habitaba una severidad tranquila, nacida de décadas observando generaciones enteras crecer, caer y ser reemplazadas bajo el mismo techo.

  En la mansión Sungley, todos lo sabían:

  Redda era el verdadero eje de la casa.

  Había criado a Laret desde ni?o, corrigiendo su postura antes que sus palabras, ense?ándole que el apellido Sungley no se llevaba solo en la sangre, sino en cada gesto y decisión.

  —Mi se?or —dijo Redda, inclinando apenas la cabeza hacia Garbard—, ya ordené la descarga de los equipos de viaje y el ordenamiento general. Los caballeros se dirigen a sus hogares para descansar. Le sugiero hacer lo mismo.

  —Esta noche tendré completamente preparado el banquete de bienvenida.

  Garbard la observó un instante más de lo habitual. En su mirada se mezclaban cansancio y reconocimiento.

  —Ah, Redda… siempre tan dedicada y preparada. Muchas gracias.

  Ella asintió con un gesto breve, aceptando el agradecimiento como parte natural de su deber, y luego giró hacia Caria y Laret.

  —Mi se?ora Caria, mi se?or Laret —continuó—, me llena de alegría verlos sanos y enérgicos. Mis felicitaciones por el nuevo miembro, Kael.

  —Tana, por favor, lleva a la se?orita Caria a descansar. No queremos que la se?ora de la casa Sungley se extralimite.

  —?Sí, mi se?orita Redda! ?Enseguida! —respondió Tana con entusiasmo, adelantándose de inmediato.

  Caria sonrió, algo apenada, algo agradecida.

  —Ay, Redda, agradezco la preocupación, pero me siento bien. Incluso podría ayudar con los preparativos para la fiesta de bienvenida.

  Redda la miró con atención, evaluándola de pies a cabeza, como quien mide no solo la salud del cuerpo, sino la responsabilidad del rol que se avecinaba.

  —No se preocupe por la fiesta —dijo sin vacilar—. Me encargaré de todo, ese es mi trabajo.

  —Usted descanse hasta la celebración. Como futura se?ora de esta casa, debe preocuparse solo de sus obligaciones.

  —Está bien… muchas gracias por la preocupación, Redda —respondió Caria, cediendo finalmente.

  Ken soltó una carcajada sonora, rompiendo la tensión.

  —Jajajajaja… Redda, siempre tan rígida y exigente.

  Laret lo miró de reojo, advirtiéndole.

  —Oye, sé más considerado…

  Redda giró lentamente hacia Ken. Su mirada fue suficiente para que el ambiente se tensara un poco más.

  —Mi se?or Ken —dijo con frialdad calculada—, usted también debe descansar. Y, por sobre todo, asearse.

  —Huele a perro mojado. No se ha ba?ado en una semana. Vaya a lavarse y prepárese para la fiesta.

  —?Sí, mi se?ora! —respondió Ken de inmediato, cuadrándose como si estuviera frente a un general.

  Laret no pudo contener la risa.

  —Te lo merecías… pfff, perro mojado —dijo, sacudiendo la cabeza entre carcajadas.

  Redda alzó una ceja, fulminándolo con la mirada.

  —Como heredero de la casa Sungley, muestre más disciplina, mi se?or.

  —Sí… perdón, Redda —respondió Laret, bajando la cabeza.

  a huevo… esa se?ora puede doblegarlos a todos.

  Acaban de llegar muchas personas interesantes. Esto se volvió cada vez más divertido…

  Ojalá llegue luego esa fiesta de bienvenida para conocer a más personas.

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