Los barcos se acercaban a la costa a toda velocidad. Cuanto más avanzaban, más evidente se volvía el caos. El aire estaba cargado de gritos, de choques metálicos y de rugidos que se superponían unos a otros.
Criaturas de formas irregulares irrumpían desde el estrecho, trepaban por el muelle y embestían sin orden. Los liquidadores habían sido tomados por sorpresa y estaban siendo superados.
—A este paso nos van a masacrar— dijo la capitana, con la mirada fija en la costa—. ?Acércanos por el sur! ?Ahí parecen haber menos monstruos!
—?Sí, capitana!— gritó el conductor del bote, girando con brusquedad.
—?No se supone que los monstruos eran una raza civilizada que habitaba mayormente en el norte?— preguntó Zein.
—Sí, pero también existen los que no razonan— respondió Naoko sin apartar la vista—. Los llaman “salvajes”. Son lo más cercano al Fatum… lo más cercano al maná.
—?Y es común ver algo así?
—Claro que no. Desde la explosión es normal ver ataques peque?os, aislados… pero no esto— dijo, apretando los dientes—. Alguien los está organizando.
El barco ya estaba lo bastante cerca como para distinguir rostros, armas rotas, cuerpos que no volvían a levantarse.
—Al fin podré probar aquellos hechizos que aprendí de Kio en los últimos días— dijo Zein con voz firme.
Antes de que cualquiera pudiera reaccionar, Zein ya se había lanzado fuera del barco.
El viento explotó a su alrededor cuando se impulsó con magia. El espacio entre el bote y el muelle desapareció en un instante. Abajo, la madera y el hierro del muelle se extendían como una herida abierta, cubierta de cuerpos que se agitaban sin coordinación.
Durante la caída, el aire le arrancó el aliento. Zein cerró la mano derecha con fuerza.
El maná respondió de inmediato.
La espada tomó forma en su agarre, sólida, familiar. En pleno descenso la hizo girar sobre su cabeza, ajustando su postura como si el vacío fuera un suelo más. Su cuerpo se tensó, listo para el impacto.
La hoja descendió en diagonal junto con su cuerpo y se hundió en la carne de una aberración justo cuando sus pies tocaron el muelle. El impacto fue seco y brutal; la resistencia duró apenas un latido antes de ceder, y el cuerpo se partió bajo la fuerza combinada de la caída y el filo. La madera crujió al recibirlo, astillándose bajo sus rodillas cuando cayó hincado, y la sangre oscura salpicó las tablas antes de deslizarse entre las grietas.
Zein permaneció así un segundo más de lo necesario, respirando hondo, dejando que el estremecimiento recorriera sus brazos, hasta que apoyó la espada en el suelo y comenzó a incorporarse con una calma deliberada, como si el tiempo a su alrededor se hubiera ralentizado. Al alzarse, las deformaciones que lo rodeaban reaccionaron al unísono: cabezas torcidas girándose hacia él, cuerpos tensándose, garras rascando la madera con un sonido áspero mientras el cerco se cerraba poco a poco.
—Ese idiota…— alcanzó a decir la capitana antes de alzar la voz—. ?Rápido, desembarquemos para poder apoyarlo!
Zein se lanzó al combate sin dudarlo. Cada criatura que se acercaba encontraba un filo preciso esperándola; los cortes eran directos, eficientes, sin adornos innecesarios, y los cuerpos caían uno tras otro sobre el muelle como si el ritmo de la batalla estuviera marcado solo para él. No había rabia en sus movimientos, solo una concentración absoluta, una fluidez inquietante que hacía parecer natural atravesar carne y hueso aun contra aberraciones que jamás había enfrentado.
Cuando la presión aumentó y el espacio empezó a cerrarse, cambió de ritmo sin pensarlo: se hincó de golpe, apoyó una mano en el suelo y el maná fluyó hacia abajo. La madera y la tierra respondieron con violencia, picos de piedra emergieron en un instante atravesando a varias criaturas desde abajo, levantándolas antes de dejarlas caer inertes entre crujidos secos.
No tuvo tiempo de retirarse; otras figuras se le abalanzaron al mismo tiempo, rodeándolo, atrapando sus brazos y negándole el movimiento, el aire volviéndose pesado entre alientos húmedos y cuerpos torpes, hasta que el calor explotó desde su centro. Una oleada de fuego brotó a su alrededor, envolviendo a las criaturas que lo sujetaban; los cuerpos se estremecieron, soltaron presas involuntarias y se desplomaron envueltos en llamas apagadas.
El alivio duró apenas un instante. Un impacto seco le sacudió la espalda, seguido de otro. Rocas lanzadas a una velocidad brutal lo golpearon desde lo alto. Zein logró girarse y esquivar algunas, pero otras encontraron su objetivo y le arrancaron el aire de los pulmones. Al alzar la vista distinguió figuras deformes suspendidas en el aire, arrojando proyectiles sin descanso. Una piedra dio de lleno en su brazo y la espada salió despedida, girando sobre sí misma antes de caer lejos, entre monstruos.
Sin perder tiempo, juntó ambas manos frente al pecho. El maná se comprimió en un punto denso y, al liberarse, un chorro de agua surgió con una presión devastadora, atravesando el aire como una lanza líquida. Las figuras que flotaban fueron perforadas una tras otra, y cayeron desde lo alto con cuerpos retorcidos que se estrellaron contra el muelle.
Al girar sobre sí mismo, percibió el cambio en el campo de batalla. Cada hechizo, cada descarga de maná, parecía atraer a más criaturas hacia su posición. Las aberraciones ya no se movían al azar; convergían desde distintos puntos, cerrando filas. Zein golpeó el suelo con fuerza y la piedra respondió al instante, trepando por sus antebrazos hasta formar unos guantes rugosos y pesados. Plantó los pies, inclinó el cuerpo hacia adelante y respiró hondo.
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Entonces avanzó. Se abrió paso a golpes, cada impacto quebrando huesos, derribando cuerpos, dejando enemigos fuera de combate uno tras otro. La resistencia se acumulaba en los brazos, en los hombros, en cada exhalación forzada, pero no se detuvo. Mientras avanzaba entre la marea de monstruos, un pensamiento se coló en su mente.
?Qué débiles… Esto no se comparaba en nada a los entrenamientos con Lucian? pensó ??Tan fuerte era él… o tan frágiles son estas cosas??
Fuera lo que fuera, Zein no tenía intención de detenerse. Al recuperar su espada, el peso familiar le devolvió estabilidad y enfoque. Volvió a lanzarse al combate con precisión renovada, y los monstruos comenzaron a caer bajo cortes limpios.
A lo lejos, un nuevo sonido se impuso sobre el caos: detonaciones secas y repetidas. Los mosquetes de su compa?ía rugían desde posiciones elevadas, y tras cada disparo, otro cuerpo se desplomaba. El muelle ya no dependía solo de él.
Entre el estruendo metálico y los alaridos de las aberraciones, un grito humano logró abrirse paso entre el caos, claro y cargado de urgencia.
—?Idiota! ??Por qué vas solo al peligro?! ?Y peor aún, sin usar magia de refuerzo!— le gritaron desde algún punto cercano.
Antes de que Zein pudiera reaccionar, la capitana irrumpió en el combate a su lado. Blandía una espada distinta a cualquier otra que él hubiera visto: más curva, de hoja delgada y un solo filo, sin la cruz ancha de las armas que conocía. No estaba hecha para golpes pesados, sino para cortes rápidos y precisos, ejecutados con movimientos fluidos. Juntos avanzaron entre los enemigos, a veces espalda con espalda, alternando ataques sin necesidad de mirarse. Los cadáveres se acumulaban sobre el muelle, formando obstáculos improvisados entre charcos oscuros, madera astillada y restos aún humeantes de mana disipado.
En medio de aquel ritmo letal, algo se quebró. Un pu?o apareció de pronto frente al rostro de Zein. No lo vio venir, demasiado inmerso en el flujo del combate, pero su cuerpo reaccionó antes que su mente. Para él, el golpe se movía con una lentitud absurda. Inclinó apenas el torso, lo justo para que el ataque cortara el aire frente a su cara.
Al girarse, se encontró con su atacante. No era una aberración retorcida como las demás, sino una figura más uniforme, con proporciones cercanas a las humanas, aunque su silueta seguía siendo antinatural. Fue entonces cuando comprendió la magnitud de lo que había esquivado: la onda de choque del golpe sacudió el muelle entero, levantando tablas y lanzando varios cadáveres por los aires como mu?ecos sin peso.
Zein y la capitana se alejaron de un salto, tomando distancia de la criatura.
—Es fuerte… muy fuerte— dijo Zein sin apartar la vista del monstruo.
—Sí. Uno de sus golpes podría matarnos si no tenemos cuidado— respondió ella, ajustando su postura.
Se miraron apenas un instante y asintieron al mismo tiempo. Con la mayoría de las aberraciones reducidas a cuerpos inertes sobre el muelle, toda su atención se centró en la criatura humanoide. Avanzaron al unísono, atacando desde flancos opuestos. Las hojas trazaron arcos precisos, buscando puntos vitales, pero el resultado no fue el esperado. La piel del monstruo cedía apenas, como si cortaran un material demasiado denso, y aunque lograron seccionar carne y arrancar extremidades, estas no permanecían inertes. Ante sus ojos, los bordes mutilados comenzaron a cerrarse lentamente, la materia deformándose y recomponiéndose con una paciencia inquietante.Principio del formularioFinal del formulario
Ambos retrocedieron un paso, sin apartar la vista de la criatura. En silencio, el monstruo observó a Zein y adoptó una postura que él reconoció al instante: juntó las manos del mismo modo en que lo había hecho antes. Un pulso de mana recorrió el aire y, sin previo aviso, un chorro de agua fue disparado hacia ellos.
La velocidad del ataque superó cualquier intento de esquiva. El impacto fue inmediato. La barrera de Zein se tensó al máximo y logró absorber la mayor parte del golpe, empujándolo varios pasos hacia atrás mientras el suelo se empapaba bajo sus pies. A su lado, la capitana recibió el ataque de frente; su magia de refuerzo resistió lo justo para evitar un da?o mayor, pero la fuerza del chorro desgarró parte de su máscara. El fragmento cayó al suelo con un golpe seco, dejando al descubierto un mechón de su cabello que se agitó, empapado, en medio del aire saturado de mana.
Su cabello tenía un leve tono turquesa, uno que le resultó inquietantemente familiar. Le recordó a Naoko.
??Naoko…?? pensó. ?No. Es imposible que sea ella.?
Aquel instante de distracción le costó caro. La visión del mechón expuesto le robó a Zein una fracción de segundo, apenas un parpadeo, pero fue suficiente. El monstruo avanzó y lanzó un golpe directo, brutal, demasiado cercano para esquivarlo. Zein reaccionó por puro instinto, apilando capas de magia de barrera una sobre otra en un intento desesperado por resistir el impacto. La defensa aguantó solo a medias. La fuerza atravesó las protecciones y lo lanzó por los aires, estrellándolo contra una pila de cadáveres que cedieron bajo su peso con un sonido húmedo y seco.
Zein quedó tendido entre cuerpos destrozados, el aire escapándosele del pecho en jadeos cortados. El dolor le recorrió el torso y los brazos, obligándolo a retorcerse mientras luchaba por recuperar el control de su respiración. A unos metros de distancia, la capitana no se detuvo.
Aprovechó la apertura y mantuvo la presión sobre la criatura, atacando sin darle respiro, cortando una y otra vez las zonas ya da?adas. Sus golpes no buscaban fuerza, sino constancia, interrumpiendo una y otra vez la regeneración antes de que las heridas pudieran cerrarse por completo.
Con los dientes apretados, Zein alzó una mano temblorosa y canalizó una magia de curación básica. El alivio fue mínimo, apenas lo suficiente para volver a moverse, pero no esperó más. Se incorporó con esfuerzo, ignorando el ardor persistente bajo la piel, y volvió a lanzarse al combate.
Esta vez atacaron juntos, sin pausas ni retrocesos, abrumando al monstruo con una sucesión ininterrumpida de golpes. Las defensas de la criatura cedieron al fin, y su cuerpo fue partido en secciones que cayeron sobre el muelle, aún convulsionándose en un intento inútil por recomponerse.
Entre los restos que aún se retorcían lentamente sobre la madera empapada, algo distinto llamó su atención. Allí, en medio de la masa deformada, descansaba una esfera negra, intacta, ajena al caos que la rodeaba, como si no perteneciera del todo a aquel campo de muerte.
—?Qué es eso?—preguntó Zein, tocándola con la punta de su espada.
—Su núcleo—respondió la capitana—. Y sin él…
No terminó la frase. Avanzó un paso y atravesó la esfera negra con un movimiento limpio. En el mismo instante, los fragmentos de carne y hueso esparcidos por el muelle se quedaron inmóviles, como si algo invisible los hubiera apagado desde dentro.
—Sin él, ya no pueden regenerarse—continuó, bajando el arma.
Zein se dejó caer al suelo, el cansancio alcanzándolo de golpe ahora que todo había terminado. Su respiración era pesada, irregular. A su alrededor, la invasión había sido completamente repelida; el muelle estaba cubierto de cadáveres, madera rota y charcos oscuros que reflejaban un cielo inquietantemente tranquilo.
Alzó la vista y miró a la capitana. Ella le sostuvo la mirada durante un instante, y entonces Zein, sin decir nada, le dedicó una leve sonrisa.

