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Soberbia

  Los ojos de Kiomi apenas lograban separarse, pesados como si les hubieran echado plomo. La luz temblorosa de las antorchas le raspaba las pupilas, obligándola a parpadear mientras la habitación giraba con una lentitud cruel.

  Intentó incorporarse, pero el tirón brusco en mu?ecas y tobillos la dejo sin aire. Cuerdas ásperas, apretadas contra su piel, la mantenían atada al suelo como si fuera un animal capturado. Forzó los músculos, gru?ó por lo bajo… nada. Las ataduras no cedían ni un suspiro.

  Alzó la mirada, respirando por la boca para evitar el olor a humedad y piedra vieja. El lugar era un laberinto de ladrillos ennegrecidos, formando un corredor de celdas que se perdía en la penumbra. Cada antorcha escupía chispas anaranjadas que apenas lograban cortar la oscuridad.

  Una celda más adelante… otra a su izquierda… otra más detrás de esa. Era como si el lugar devorara prisioneros.

  Por un segundo, la imagen de Zein cruzó por su mente. Su pecho se apretó, pero enseguida respiró hondo, obligándose a calmarse.

  —Ese idiota… seguro está bien —murmuró apenas, convenciéndose a la fuerza.

  El tiempo pasó sin forma, medido solo por la aspereza de su garganta secándose poco a poco. Cuando el silencio parecía querer tragarse sus pensamientos, una sombra enorme bloqueó la luz frente a los barrotes.

  Kiomi levantó la vista… y el aliento se le congeló.

  No era un soldado. Era un cadáver vestido con placas de metal tan gruesas que parecían parte del hueso mismo, un monstruo. Sus cuencas vacías brillaban con un fuego tenue y azul. Un necro. El tipo de criatura que uno solo veía cuando era demasiado tarde para hacer algo.

  Kiomi apretó los dientes, pero su cuerpo no respondía como quería. El necro se inclinó, la tomó del cabello sin cuidado y la arrastró fuera del encierro. El suelo raspaba su piel; cada movimiento hacía girar el mundo de nuevo. Intentó forcejear, aunque sabía que era inútil. No tenía fuerzas ni para insultarlo.

  Atravesaron pasillos húmedos hasta que el necro la lanzó al piso de otra habitación más amplia. El impacto la dejó sin aliento por unos segundos. Gimió, apoyándose en un codo para alzar el rostro… y entonces lo vio.

  Zein.

  Suspendido por cadenas que tiraban de sus mu?ecas y tobillos, elevándolo unos centímetros sobre el suelo. El metal se incrustaba en su piel, marcándolo.

  Bajo él se extendía un círculo mágico trazado únicamente con sangre seca, como si alguien hubiera intentado replicar un ritual sagrado con las manos temblorosas. El olor metálico flotaba en el aire, mezclándose con el humo tenue que serpenteaba alrededor de las líneas del símbolo.

  Al levantar la vista, Kiomi distinguió la figura de un hombre cubierto por una túnica negra desgastada, tan vieja que parecía sostenerse solo por costumbre. En su mano apoyaba un bastón coronado por un cráneo humano amarillento, como si llevarlo fuese tan natural como respirar. Cuando sintió su presencia, el hombre giró lentamente hacia ella. Se bajó la capucha con un gesto pesado, revelando un rostro curtido por los a?os y las cicatrices: un guerrero que había sobrevivido a demasiadas batallas. Su cabello blanco y corto apenas ocultaba las arrugas profundas, pero sus ojos, brillantes y tensos, desprendían una juventud peligrosa, casi perturbadora.

  —Oh, peque?a princesa —dijo con una voz áspera, rasgada por el desgaste de alguien que ha gritado más de lo que ha hablado—. Es la primera vez que nos vemos cara a cara, ?no?

  —Perdona, pero… ?te conozco? —preguntó Kiomi, sin dejar de observar cada movimiento.

  —Tú no me conoces, pero yo a ti sí. ?O no… princesa? —le respondió con una sonrisa torcida, casi disfrutando la incomodidad que generaba.

  —Nadie me llama así —dijo ella, irritada, sintiendo el calor subirle a las mejillas.

  —Claro, porque eres una farsa… un fruto de un amor prohibido. Tu padre es un traidor que te abandonó a ti y a tu madre. Y lo peor… —se inclinó hacia ella y la tomó bruscamente de la mandíbula, forzándola a mirarlo a los ojos llenos de un odio que parecía más viejo que él mismo—. Lo peor es que tuvo como hija a un elfo como tú. Tú y todo tu maldito linaje me dan asco.

  —?De qué hablas? —murmuró Kiomi entre dientes, con la mano de él apretándole la boca.

  —Ah, claro —el tipo la lanzó a un costado como si apartara un estorbo que llevaba a?os fastidiándole—. Parece que alguien no hizo su tarea de historia.

  Se incorporó, abriendo su túnica con un movimiento seco. Bajo ella llevaba una armadura antigua, marcada por golpes, quemaduras y el paso del tiempo. Sin embargo, el patrón grabado en el metal le resultaba familiar a Kiomi de inmediato. Era la armadura de los antiguos caballeros de Ilmenor. La misma que había visto en viejos grabados.

  —Soy Arnod, antiguo líder de los caballeros de Ilmenor. Antes de que tu maldito linaje nos traicionara. — se?aló

  —Pero no los traicionamos. Ustedes perdieron la guerra.

  —?No perdimos la guerra! —bramó, y su voz retumbó como si arrastrara a?os de dolor retenido—. Te voy a decir lo que realmente ocurrió…

  En el pasado, mucho antes de que Kiomi naciera, Ilmenor no era un ducado ni una sombra del territorio que ahora ocupaba. Era un reino completamente independiente, orgulloso y autosuficiente, donde la familia real gobernaba en paz sin preocuparse por amenazas externas. Entre sus más fieles protectores se encontraba Arnod, un caballero leal que vivía su vida bajo la convicción de que proteger al linaje real era un honor inquebrantable. Aquella época era su único recuerdo verdaderamente luminoso.

  Pero la desgracia terminó por alcanzarlos. Todo el coloso de Sylvaris cayó bajo la invasión de un imperio que llevaba siglos expandiéndose como una tormenta destinada a arrasar cualquier resistencia. La diferencia de poder entre ambas naciones era tan abismal que el resultado parecía escrito desde el primer día. Aun así, los caballeros de Ilmenor se negaron a rendirse, defendiendo a la familia real hasta el último aliento. Sin embargo, llegó el día en que la lealtad de uno de ellos se quebró. Un solo caballero bastó para venderlos, para entregar a todo el linaje real al enemigo que los acorralaba. Ese traidor… era el abuelo de Kiomi.

  Gracias a su apoyo al Imperio, capturaron a todos los miembros de la familia real. A todos… menos a uno. El hijo del rey, apenas un ni?o, escapó gracias a Arnod, quien lo ocultó entre ruinas, túneles y noches interminables, como un fantasma protegiendo el último vestigio de un mundo que ya no existía. Con el tiempo, el Imperio instauró un nuevo gobierno en Ilmenor, proclamando a aquel traidor —el abuelo de Kiomi— como el nuevo duque. Desde entonces, el linaje de Kiomi fue reconocido oficialmente como “real”, un título que para Arnod no era más que una crueldad a?adida. Para él, eran usurpadores sentados sobre un trono vacío, heredando la gloria de un reino que ellos mismos habían condenado.

  Los a?os siguieron avanzando, la ciudad se reconstruyó sobre los escombros de la antigua Ilmenor, y el padre de Kiomi heredó el poder, manteniendo intacta la mentira que sostenía ese linaje. Mientras tanto, Arnod observó todo desde las sombras, acumulando un odio que no disminuía con el tiempo, sino que lo moldeaba, lo consumía y lo sostenía. Juró que algún día el precio sería pagado, sin importar cuánto tardara. Para él, los cien a?os que siguieron fueron apenas un parpadeo, todos dedicados a cultivar su resentimiento.

  Stolen from its original source, this story is not meant to be on Amazon; report any sightings.

  —Y así pasaron cerca de cien a?os hasta ahora —concluyó Arnod, se?alando a Kiomi con una mezcla de desprecio y triunfo—. Ahora lo entiendes, ?no?

  —?Pero qué tengo que ver yo con esto? —preguntó ella, con la voz tensa, sintiendo un nudo formarse en el pecho.

  ?Jamás había escuchado esa historia… ?será verdad?? pensó, intentando que su rostro no revelara la duda que le carcomía por dentro.

  —Tú y tu maldito linaje nos condenaron a todos. Pero bueno… —Arnod exhaló como quien aparta un recuerdo doloroso, calmándose antes de girar hacia Zein—. Me salió beneficioso que estuvieras con el muchacho.

  Kiomi volteó de inmediato a verlo. Zein parecía estar a salvo, aunque inconsciente. Su respiración era suave, pero su cuerpo seguía inmóvil sobre el suelo junto al círculo ensangrentado.

  —?Qué es lo que quieres de él? —preguntó con un hilo de voz.

  —Oh, ya lo verás —respondió Arnod, avanzando hacia Zein con una mirada fría.

  Arnod volvió a cubrirse con la capucha, ocultando la dureza de su rostro bajo la tela desgastada. Alzó el báculo y comenzó a recitar un hechizo con una cadencia gutural que Kiomi jamás había escuchado. Las palabras parecían vibrar en el aire como si fueran cuchillas chocando entre sí. En cuanto su voz se hizo más profunda, el círculo bajo el cuerpo de Zein empezó a emitir un brillo rojizo que trepaba por las paredes, ti?endo toda la habitación con un tono de sangre fresca.

  El aire se volvió pesado; cada sílaba que Arnod pronunciaba parecía presionar el pecho de Kiomi, dificultándole respirar. El suelo tembló apenas, como si algo debajo de las piedras tratara de abrirse paso hacia la superficie. Kiomi no entendía ninguna palabra, pero sabía que nada bueno podía surgir de un ritual que hacía vibrar el mismísimo ambiente. Cuando la luz alcanzó su punto máximo, una explosión silenciosa llenó la sala, cegándola por completo durante unos segundos que parecieron eternos.

  Cuando por fin sus ojos se acostumbraron, Kiomi sintió que el corazón se le detenía. Del cuerpo de Zein emergía una figura… algo que jamás hubiera creído posible siquiera imaginar. Una silueta humanoide se elevaba como si hubiese estado encerrada dentro de él todo ese tiempo, rompiendo la frontera entre ambos cuerpos como una sombra arrancada de la piel. Su forma parecía envuelta en llamas negras que no iluminaban nada; al contrario, devoraban la luz a su alrededor, dejando fragmentos de oscuridad más profunda allí donde deberían formarse sombras.

  Sus ojos, hundidos como dos abismos sin fondo, brillaban con un blanco tan puro que el contraste con su figura resultaba casi doloroso de mirar. Kiomi sintió que, si los veía por más de un par de segundos, esa blancura podía arrastrarla hacia un vacío del que no volvería.

  La figura se irguió con una postura que emanaba orgullo y desprecio en partes iguales. Observó a los presentes con la misma calma con la que una bestia analizaría un reba?o antes de elegir a quién devorar primero. Incluso los necros —criaturas sin vida, incapaces de sentir miedo— temblaban, sus huesos chocando entre sí como si la figura absorbiera el calor mismo de sus armaduras. Arnod, sin embargo, contemplaba la escena con una expresión casi extasiada, como alguien que por fin encontraba respuesta a un rencor de un siglo.

  Kiomi tragó saliva, sintiendo la garganta reseca. Aquella cosa no solo parecía salida del infierno, sino hecha del mismo material del que se construían las pesadillas. La figura volvió su mirada hacia ella por un instante, apenas un parpadeo… suficiente para que Kiomi apartara la vista y el cuerpo entero le temblara sin poder evitarlo.

  —Era por eso que buscabas a Zein… ?no? —logró decir, aunque la voz le salió quebrada.

  —Así es, mi querida princesa —respondió Arnod con un júbilo que contrastaba de manera grotesca con el terror general.

  La criatura giró lentamente la cabeza hacia Arnod. Sus ojos blancos parpadearon con una luz casi eléctrica, y cuando habló, la voz se sintió como hojas de metal raspando un cristal helado.

  —Tú… —dijo, y cada sílaba pareció romper el aire—. ?Tú fuiste el que me liberó?

  El frío aumentó de inmediato. Las llamas de las antorchas se contrajeron, como si intentaran huir hacia la pared más cercana.

  —Oh, claro que sí, mi se?or. Soy su más fiel siervo. Arnod Gullscream, a su servicio —dijo inclinándose, casi tocando el piso con la frente.

  La figura no respondió de inmediato. Se cruzó de brazos con un gesto lento, como si le diera pereza siquiera existir.

  —?Y? —soltó finalmente—. ?Qué es lo que quieres de mí?

  —Oh, no mucho, mi se?or —Arnod enderezó la espalda, orgulloso—. Solo deseo ver renacer la gloria del demonio que apareció hace casi mil a?os. El grandioso ser que casi erradicó al dios caído de este mundo. El que está por encima de las criaturas mortales… el gran demonio RAVAN.

  Extendió los brazos hacia la figura, esperando una reacción grandiosa.

  —No sé de quién estás hablando —respondió la figura con absoluta neutralidad.

  Arnod parpadeó.

  —?Eh?

  —No sé de quién hablas —repitió, ladeando la cabeza—, pero te ayudaré. Después de todo, facilitaste bastante mi salida del cuerpo de este muchacho.

  Arnod sintió un latigazo de hielo atravesarle la columna.

  ??Cómo que… no lo recuerda? No, no, eso es imposible. Pasé a?os siguiendo cada rastro, cada anomalía... ?Acaso Ravan ha… perdido la memoria??

  Aun así, su expresión no mostró duda; se obligó a mantener su postura orgullosa.

  —Bien, mi se?or. Parece que su memoria ha sufrido estragos, pero no importa. Yo, su fiel seguidor, lo apoyaré hasta que recupere cada fragmento de su poder.

  Hizo una pausa breve, su tono volvió a te?irse de satisfacción.

  —Y para conmemorar su regreso… le tengo un peque?o regalo.

  Arnod se?aló a Kiomi como si exhibiera un trofeo. Ella abrió los ojos con furia incrédula.

  —?Oye! ?No puedes estar hablando en serio! —gritó, forcejeando con las ataduras. No alcanzó a decir más. El necro que estaba detrás de ella le sujetó la cara y la amordazó con brusquedad.

  La figura se giró hacia Kiomi. Lo que hizo después no parecía pertenecer a ninguna criatura cuerda: la “piel” oscura empezó a abrirse desde donde debería estar la boca, separándose como grietas vivas hasta dejar espacio para una dentadura de colmillos afilados. La sonrisa que surgió de aquello era tan antinatural que parecía escucharse el sonido de huesos rompiéndose aunque nada se moviera.

  Kiomi sintió el estómago revuelto, y hasta los necros retrocedieron un paso.

  Pero la figura se detuvo. Algo invisible captó su atención; su mirada se desplazó hacia un punto indeterminado.

  —Me retiraré —anunció de repente—. Tráeme más ofrendas… y te ayudaré.

  Sin esperar respuesta, su cuerpo comenzó a desvanecerse como humo oscuro, regresando hacia el pecho de Zein. El proceso fue igual de antinatural que su aparición: el cuerpo de Zein tembló como si algo se colara a la fuerza bajo su piel.

  Y cuando la figura desapareció por completo, la habitación entera soltó el aire que llevaba conteniendo. Incluso los necro parecieron aflojarse, y Arnod apoyó una mano en su propio pecho, respirando por primera vez sin esa sonrisa fanática tensándole el rostro.

  Un alivio incómodo, frágil…

  ?No puedo creer que su figura fuera tan imponente…? pensó Kiomi, la piel erizada, una sonrisa nerviosa escapándole sin permiso.

  La carcajada de Arnod la cortó de golpe. No era una risa humana. Era una grieta, una fractura en la cordura.

  —Oh, princesa… me alegra que este vaya a ser tu final —susurró, inclinándose hasta tener su rostro frente al suyo. Con un gesto brusco volvió a sujetarle la mandíbula—. Podré cumplir mi objetivo y vengarme de tu maldito linaje al mismo tiempo.

  Kiomi trató de forcejear, pero la mordaza solo la ahogaba más. Arnod se la arrancó para escuchar lo que fuera a decir.

  En cuanto la tela se aflojó, lo mordió con toda la fuerza que le quedaba.

  Arnod soltó un grito ronco y retrocedió.

  —??Crees que esto se va a quedar así?! —le gritó Kiomi, sin perder ni un segundo—. ?Estoy segura de que ya hay gente buscándonos! ?Van a encontrarte, y no podrás huir!

  La respuesta de Arnod fue una patada directa al rostro. El golpe la tiró hacia atrás, y un sabor metálico le llenó la boca.

  —Qué ilusa… —escupió Arnod, la voz cargada de rabia contenida—. Estamos a días de camino. Esta monta?a está fuera de cualquier mapa. Nadie nos seguirá la pista.

  Le hizo una se?a a los necro. Dos avanzaron hacia ella para arrastrarla.

  Pero no llegaron ni a tocarla.

  Una línea de energía cortó el aire como un trueno silencioso. Los necro se partieron en seco, desmoronándose en polvo ennegrecido. Otros dos cortes iluminaron el cuarto, rompiendo las cadenas de Zein como si fueran de papel.

  Kiomi levantó la mirada, incrédula.

  Lucian avanzaba entre la neblina de ceniza, con esa expresión relajada que solo mostraba cuando estaba muy, muy enojado.

  En un segundo cargó a Zein sobre su hombro y llegó hasta Kiomi, agachándose para soltarle los nudos.

  Arnod observaba la escena con una mezcla de sorpresa y furia, hasta que se?aló a uno de los necro. Este se lanzó directo hacia Lucian.

  Lucian ni siquiera se giró. Extendió la mano y el necro explotó en un destello limpio.

  Luego volvió su atención a Kiomi.

  —Kiomi, escucha muy bien —dijo, cortando las cuerdas que le quedaban—. Llévate a Zein. Va hacia la salida. Cárgalo.

  —Pero Lucian… ?y tú? —preguntó ella, frotándose las mu?ecas irritadas.

  —Yo estaré bien. —La sostuvo de los hombros, firme, mirándola directo a los ojos—. Escúchame: jamás… jamás cuentes lo que viste aquí dentro. No importa quién te pregunte. Esto es un secreto. ?Entendido?

  —Pero yo…

  —??Entendiste?!

  Kiomi tragó saliva.

  —Sí…

  —Bien —dijo él, empujándola suavemente hacia el corredor oscuro—. Llévate a Zein. Corre.

  Kiomi cargó a Zein en su espalda y salió disparada por el túnel por donde Lucian había llegado. Su respiración llenaba el silencio de la monta?a, mientras la luz rojiza del ritual se quedaba atrás.

  Lucian se quedó de pie, solo, en medio de la cámara ritual.

  Arnod alzó su báculo. Las antorchas temblaron.

  Y Lucian, por primera vez en mucho tiempo, apretó la empu?adura de su espada con las dos manos.

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