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Kiomi

  Hubo una vez una leyenda, no de tiempos remotos, sino de un ayer que aún respira entre las piedras y las flores.

  Dos almas, distintas por su origen, unidas por un mismo destino. Un elfo y una humana; opuestos como el día y la noche, pero tan iguales en lo que el corazón calla.

  El joven elfo habitaba en Ilmenor, una ciudad que brillaba entre torres de cristal y puentes suspendidos, donde la magia aún danzaba en el aire, aunque cada vez más débil. Las guerras del pasado habían dejado sus huellas: su pueblo, anta?o inmortal, ahora vivía apenas un siglo, condenado a la fragilidad que antes desconocía.

  Ella, en cambio, provenía de Vertelf, una ciudad humana donde los campanarios resonaban con fervor y los muros estaban cubiertos de vitrales que contaban historias de fe… y de odio hacia los elfos. Allí, entre plegarias y juramentos, la joven creció bajo el manto de la devoción, dedicada a un dios que no toleraba lo diferente.

  Dicen que un día, en un campo de flores que parecía no tener fin, los caminos de ambos se cruzaron. El viento soplaba suave, y el perfume de las lilas se mezclaba con el rumor de un arroyo cercano. Se miraron, sin palabras, y bastó aquel instante para que algo imposible cobrara vida. Desde entonces, sus días se entrelazaron como raíces bajo la tierra: compartieron risas, sue?os y silencios que decían más que cualquier promesa.

  Pero el amor entre un elfo y una humana era un sacrilegio. Aun así, ellos lo abrazaron con la inocencia de quien cree que el amor puede desafiar a los dioses.

  Cuando comprendieron que no había marcha atrás, sellaron su unión en secreto. Una noche sin luna, bajo el resplandor de las velas, una santa amiga de ambos bendijo su juramento. Nadie más lo supo. Nadie debía saberlo.

  El tiempo siguió su curso, y la corona de Ilmenor reposó sobre la cabeza del joven elfo. Ella, por su parte, permaneció en Vertelf, entre rezos y penitencias. Las distancias crecieron, pero también la profundidad de su amor. Cada encuentro era un milagro, cada despedida, una herida.

  Hasta que el milagro se volvió imposible de ocultar.

  Ella llevaba en su vientre la prueba de su amor, un hijo que no pertenecía a ningún mundo.

  Cuando la noticia se extendió, la furia cayó sobre ellos como una tormenta. Y los cazaron.

  Los cazaron como bestias, como si su amor fuera una plaga que debía ser arrancada de raíz. Los llamaron herejes, profanos, y los exhibieron ante el juicio del pueblo, colgando su destino sobre una cuerda que podía romperse con un solo suspiro.

  Cuando todo parecía perdido, la gran santa —su amiga, su confidente— se alzó entre la multitud. Con la luz de su fe y la autoridad que los hombres le habían otorgado, los absolvió del pecado que decían haber cometido. Torció las reglas con su poder, no por orgullo, sino por compasión.

  Sin embargo, incluso la luz más pura puede desvanecerse. Un día, sin aviso ni despedida, la santa partió… y jamás regresó.

  El tiempo siguió su cauce, y de aquel amor prohibido nació una ni?a. Una elfa de ojos rojizos y cabello tan rojizo como un rubí. Su llanto llenó los pasillos de Ilmenor como una promesa; los dioses habían sellado su destino con vida, no con castigo.

  La peque?a, fruto de dos mundos enfrentados, fue proclamada heredera. Estaba destinada a reinar sobre la ciudad de cristal y silencio.

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  Ahí, quizá, debería haber terminado la historia. Con un final dulce, eterno. Pero las leyendas verdaderas no conocen la paz.

  Porque esa no era una fábula, sino la historia de Meliora y Thailon, los padres de Kiomi.

  Y su leyenda… continuaba.

  Kiomi creció rodeada de amor, entre risas, abrazos y manos que la alzaban al cielo. Su infancia fue un jardín cálido, hasta el día en que la muerte se llevó a uno de los viejos amigos de sus padres. Un hombre querido por todos, un guardián que solía contarle historias hasta que el sue?o la vencía. Su partida fue el primer invierno en el corazón de la ni?a.

  Poco después, sin aviso, su padre desapareció. Una ma?ana simplemente se fue de Ilmenor, dejando tras de sí un silencio imposible de llenar. Nadie supo a dónde ni por qué.

  Lo esperaron todos: su esposa, sus amigos, su hija. Los días se volvieron a?os, y las promesas se deshicieron entre las hojas del tiempo.

  —?Cuándo volverá papá? —preguntaba Kiomi, cada amanecer.

  Y su madre, con una sonrisa que apenas sostenía, respondía siempre lo mismo:

  —Pronto.

  Cada día fue una repetición del anterior. Meliora aguardando frente a la ventana, Kiomi contando los pasos que resonaban en el pasillo con la esperanza de oír los suyos. Hasta que el peso de la espera la quebró.

  Una noche, Meliora se derrumbó frente a su hija. Las lágrimas que siempre había escondido se desbordaron, y su dolor se volvió herida en el alma de la ni?a.

  Desde entonces, Meliora se encerró en la iglesia. Las puertas se cerraron tras ella, y la luz que antes llenaba su mirada se apagó, dejando solo silencio.

  El tío de Kiomi tomó el trono de Ilmenor. El peso de la corona cayó sobre sus hombros, y con él, la responsabilidad de cuidar a la ni?a que había quedado atrás.

  El reino parecía consumirse en su propia tristeza, pero Kiomi no se rindió. Siguió caminando, aun con las rodillas temblando. Siguió respirando, aun cuando dolía hacerlo. Siguió viviendo por los que ya no podían hacerlo.

  Lucian se convirtió en su protector. Lo veía entrenar, luchar, ense?ar… y en sus gestos encontró algo más que respeto. Lo admiraba con todo el corazón, so?ando con algún día portar la armadura de los caballeros de Ilmenor.

  Cuando al fin reunió el valor para decírselo, Lucian negó con la cabeza. No con dureza, sino con esa mirada que intenta proteger incluso a costa de herir.

  Aun así, Kiomi no se detuvo. Entrenó sola, con la determinación ardiente de quien se rehúsa a ser olvidada.

  El tiempo sanó algunas heridas. Poco a poco volvió a hablar con su madre, y entre risas tímidas y silencios incómodos, la vida pareció enderezarse. Meliora volvía a sonreír; Kiomi volvía a creer.

  Pero esa calma fue un espejismo. De pronto, su madre dejó de aparecerse en casa. Al principio pensó que se debía a sus deberes en la iglesia, pero los rumores pronto llegaron a sus oídos: Meliora estaba cuidando de dos ni?os.

  Dos desconocidos ocupaban el tiempo, la atención y el cari?o que una vez habían sido suyos.

  El vacío creció. Y cuando por fin se cruzó con uno de ellos, la rabia la cegó. Lo culpó de haberle robado a su madre.

  Pero el chico, con una calma inquietante, le reveló la verdad. No solo Meliora lo cuidaba… también era discípulo de Lucian. Y de la misma santa que una vez salvó la vida de sus padres.

  Kiomi sintió el suelo desaparecer bajo sus pies. Todo lo que amaba —su madre, su maestro, su propia historia— se le escapaba entre los dedos como arena.

  Corrió hasta su habitación, cerró la puerta y cayó de rodillas. Las lágrimas le nublaron la vista, y el dolor se volvió voz dentro de su mente.

  ??Por qué yo no? ?Por qué él? ?Qué tiene que yo no tenga? ?Por qué Lucian lo eligió a él… y mi madre también??

  Su respiración se volvió un sollozo ahogado. El eco de sus preguntas rebotaba en las paredes, sin respuesta, hasta que un rayo lejano iluminó su rostro.

  Por un instante, juró ver su reflejo en la ventana: una mirada rota, tan parecida a la de su madre aquel día.

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