La luz del sol se filtraba entre las cortinas, ba?ando la habitación con un brillo dorado que hacía parecer que el polvo en el aire danzaba. El grupo dormía plácidamente en sus camas, suaves y cálidas, algo que para ellos era casi un lujo. Para Kio, en cambio, era un recuerdo lejano... y una tentación difícil de abandonar.
Zein fue el primero en abrir los ojos, como de costumbre. Se desperezó y, con una sonrisa ligera, miró a Lyra, que ya se removía en su cama.
—Vamos, Lyra. Es hora de levantarse —dijo en voz baja, aunque ella ya lo observaba con esa expresión tranquila y so?adora suya.
Mientras ambos se preparaban, una figura seguía ajena al mundo. Kio estaba hecha un ovillo entre las sábanas, respirando con tanta calma que parecía una piedra dormida.
—Kio… —llamó Zein con tono paciente.
Silencio.
—?Kio! —repitió, esta vez sacudiendo su cama.
Ella apenas levantó la cabeza, los ojos entreabiertos, con el cabello desordenado y una voz medio apagada.
—?Qué quieres...? —
—Ya es hora de levantarse. —
—Déjame dormir un poco más… ?quieres? —murmuró antes de volverse a tapar con la sábana, como si fuera una fortaleza.
Zein suspiró, cruzándose de brazos.
?De verdad que admiro su fuerza y todo, pero... la fuerza de su flojera es incomparable?, pensó con resignación.
—Entonces, si no te vas a levantar, nosotros iremos a ver la ciudad —dijo, tomando a Lyra de la mano.
Desde debajo de las sábanas, se escuchó un murmullo despreocupado.
—Claro… solo tengan cuidado —respondió Kio, moviendo la mano al aire como quien espanta una mosca.
Al salir de la iglesia, una brisa fresca los recibió junto al bullicio de la ciudad. Las calles de Ilmenor despertaban llenas de vida: comerciantes que ofrecían pan recién hecho y frutas exóticas, herreros que hacían resonar el metal desde las forjas cercanas, y ni?os que corrían entre los puestos riendo a carcajadas.
Zein miraba todo con los ojos muy abiertos, como si intentara grabarlo en su memoria. Entre la multitud se cruzaban aventureros con armaduras extravagantes, espadas que reflejaban el sol como espejos, y magos envueltos en túnicas que parecían contener secretos en sus pliegues. También se veían elfos de cabello plateado y movimientos elegantes, caminando con una serenidad casi etérea, y enanos de manos curtidas que cargaban herramientas y lingotes como si no pesaran nada, discutiendo entre sí con voces graves y alegres.
Pero lo que más le llamó la atención fueron los caballeros. Sus armaduras brillaban con orgullo, algunas plateadas, otras negras como la noche. Cada uno portaba su espada con una seriedad casi sagrada mientras patrullaban las calles. Bastaba una mirada para notar quién mandaba y quién obedecía.
Zein caminaba por las calles con los ojos muy abiertos, como un ni?o en medio de un sue?o. Miraba incrédulo a los caballeros que patrullaban la ciudad, sus armaduras relucientes bajo el sol, los estandartes ondeando al viento. A su lado, Lyra observaba en silencio los puestos de comida, el aroma a pan recién hecho y carne asada haciéndole brillar los ojos… aunque ambos sabían que no podían comprar nada.
Aun así, el ambiente era cálido. Los habitantes los saludaban con amabilidad, y algunos comerciantes —elfos, humanos e incluso un par de enanos risue?os— les ofrecían probar peque?as muestras de lo que vendían. Zein, como siempre, hablaba sin parar con todo aquel que se le cruzara, mientras Lyra solo asentía o respondía con pocas palabras, su voz aún débil pero suave.
Tras recorrer varias calles, se detuvieron frente a un edificio distinto a los demás. Una chimenea humeante sobresalía del techo y el lugar olía a metal caliente y madera recién trabajada.
Al entrar, Zein se quedó sin palabras. El interior estaba repleto de cosas: armaduras, espadas, arcos, frascos con líquidos de colores y herramientas que no podía nombrar. Cada rincón parecía esconder algo fascinante. Mientras él paseaba entre los estantes, Lyra se quedó fuera, sentada en una banca, disfrutando un peque?o pan que un amable anciano les había regalado.
Zein observaba cada objeto con asombro hasta que escuchó la puerta abrirse. Un caballero entró al lugar, y no era como los demás. Su armadura tenía un brillo particular, con grabados finos y un dise?o que mezclaba elegancia y fuerza. Llamaba la atención incluso sin quererlo.
Zein se quedó mirándolo sin disimulo, los ojos llenos de admiración.
—?Qué pasa, muchacho? ?Tengo algo en el rostro? —preguntó el caballero al notar su mirada.
—Oh, no, no… es solo que su armadura es genial —dijo Zein, rascándose la nuca, un poco apenado.
El hombre bajó la vista hacia su propio pecho y soltó una risa leve.
—?Eso crees? Nadie me había dicho eso antes. —
—?No? Porque de verdad creo eso —dijo Zein, todavía observando la armadura con los ojos brillantes.
El caballero soltó una carcajada y se agachó un poco, revolviéndole el cabello con una mano enguantada.
—Jajaja, muchas gracias, chico. Me llamo Lucian, líder de los caballeros de Ilmenor. ?Y tú? ?Cómo te llamas? —
—Me llamo Zein Ravenscroft —respondió con orgullo, aunque un poco nervioso por estar frente a alguien tan imponente.
—Mucho gusto, Zein —dijo Lucian sonriendo con calidez mientras se incorporaba—. Dime, ?te interesan estas cosas? —
Zein miró a su alrededor, observando las espadas colgadas en la pared y el brillo metálico que danzaba con la luz de la chimenea.
—Sí… creo que sí —respondió con cierta duda, pero la chispa en su mirada lo delataba.
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Lucian asintió con una expresión nostálgica.
—A mí también me fascinaban cuando era ni?o. So?aba con ser un caballero, con proteger a la gente y usar una espada como estas. ?A ti te gustaría ser uno? —preguntó con una sonrisa tranquila, casi paternal.
Zein guardó silencio por un momento. La idea nunca se le había pasado por la cabeza… pero al imaginarlo, sintió algo encenderse dentro de él.
—?Claro que sí! —respondió con una sonrisa amplia.
Ambos siguieron conversando, compartiendo risas y anécdotas. Lucian le mostró algunas posturas básicas, cómo sostener la espada, cómo sentir su peso y su equilibrio. Luego, con movimientos firmes y elegantes, levantó su propia espada y la sostuvo con ambas manos.
—Mira esto, chico. Es una técnica que aprendí hace tiempo. —Su voz se volvió más baja, casi solemne.
Empezó a murmurar un conjuro en voz baja. El aire en torno a la hoja se distorsionó levemente, y poco a poco el acero comenzó a brillar con una luz tenue, como fuego líquido corriendo por sus bordes. Zein lo miraba con los ojos abiertos de par en par, completamente fascinado.
?Interesante…?
Zein parpadeó. Aquella voz resonó dentro de su cabeza, profunda y aguda al mismo tiempo, como un eco metálico raspando su mente. Su cuerpo se tensó al instante.
??Quién dijo eso?? pensó, girando a todos lados, buscando alguna presencia cercana. Pero no había nadie. Solo Lucian, observándolo.
El aire a su alrededor cambió. Algo, invisible a simple vista, emanaba del cuerpo de Zein. Una energía densa y oscura, sutil pero inquietante, como un murmullo que se filtraba en el ambiente. Zein no lo notó… pero Lucian sí.
El brillo de su espada cambió en un instante, apagándose para tornarse más frío. Su mirada también.
En un solo movimiento, Lucian colocó la hoja contra el cuello de Zein, con una precisión que heló el aire.
—No te muevas… demonio —dijo con voz grave, sin un atisbo de duda. Su expresión amable había desaparecido, reemplazada por la severidad de un verdadero caballero frente al peligro.
En un instante, Zein levantó su mano hacia el frente. Una corriente de aire rugió a su alrededor y explotó con fuerza, lanzándose contra la pared de la herrería. El estruendo sacudió el lugar; herramientas, espadas y piezas de armadura cayeron como lluvia metálica, tintineando en el suelo.
Zein apenas tardó un segundo en recuperarse. Con un salto rápido, Lucian cerró la distancia entre ambos, y su espada silbó al cortar el aire en un arco preciso. Zein se agachó por puro reflejo, sintiendo el filo rozarle el cabello. Un movimiento más lento y habría perdido la cabeza.
Lucian giró la empu?adura con un movimiento hábil y golpeó con la culata de la espada. El impacto fue seco, retumbando en el cráneo de Zein. Aturdido, el chico retrocedió tambaleante, la vista borrosa, pero su instinto reaccionó antes que su mente. Alzó el brazo y liberó otra ráfaga de viento que lo arrastró de espaldas, deslizándolo por el suelo hasta quedar en medio del taller, jadeando.
Lucian avanzó sin piedad. Cada paso hacía resonar su armadura como un tambor de guerra. La estocada que lanzó fue directa, un movimiento limpio y mortal. Zein apenas giró a tiempo, sintiendo el aire cortado a centímetros de su mejilla. Contraatacó con otra ráfaga que lo impulsó hacia la puerta, buscando espacio.
El impacto fue brutal. El cuerpo de Zein atravesó la madera en una explosión de astillas y cayó rodando por la calle empedrada, dejando un rastro de polvo. Tosió, tratando de recuperar el aliento.
?Maldición… ?por qué Kio no me ense?ó más que estos dos malditos hechizos?? pensó, apretando los dientes. ?Estoy en completa desventaja… si fallo una vez, estoy muerto.?
Al voltear, vio a Lyra de pie, paralizada en la entrada. Su expresión era de puro miedo, pero sus ojos seguían buscando los de su hermano.
—?Trae a Kio aquí, ahora! —gritó Zein, se?alando hacia la iglesia—.
Lyra dio un paso atrás, indecisa, justo cuando la sombra de Lucian cruzó la puerta destruida.
—No dejaré que ninguno escape —dijo con voz firme, bajando su espada.
Lucian cargó, la hoja brillando con un reflejo dorado bajo el sol. Zein reaccionó de inmediato: lanzó dos ráfagas seguidas. La primera golpeó la espada del caballero, desviándola lo justo para romper su equilibrio; la segunda impactó a Lyra, empujándola con fuerza lejos del alcance de Lucian.
Lyra salió despedida entre la multitud que empezaba a arremolinarse alrededor, los gritos y murmullos creciendo con cada segundo.
—?Ve, Lyra! ?Rápido! —gritó Zein, la voz quebrada por el polvo que llenaba el aire.
Ella se reincorporó y corrió con todas sus fuerzas hacia la iglesia, esquivando gente, sin mirar atrás.
Zein, con la garganta ardiendo y el cuerpo temblando, apenas podía mantenerse en pie. El pecho le dolía con cada respiración, pero no tuvo tiempo de pensar. Lucian cargó sin piedad, la punta de su espada buscando su pecho. Zein giró a un costado, el filo rozándole la piel, dejando una línea de fuego en su costado.
Lucian giró sobre sí mismo con precisión militar, alzando la espada sobre su cabeza, y descargó un golpe vertical. Zein, actuando por puro instinto, extendió la mano y liberó una ráfaga de viento que lo lanzó hacia atrás, alejándolo de la herrería.
La espada impactó con un estruendo seco, clavándose en el suelo. Las piedras temblaron bajo el golpe. Durante un segundo, Lucian quedó con la hoja atorada, y Zein vio su única oportunidad. Se impulsó hacia adelante, pero antes de alcanzarlo, el caballero soltó la empu?adura y continuó avanzando, lanzando una serie de golpes con los pu?os.
Zein esquivaba como podía; cada golpe le rozaba el rostro o el pecho, el aire cortándole la piel con cada movimiento. Los reflejos apenas lo mantenían con vida.
Entonces Lucian amagó una patada que nunca llegó. Zein cayó en la trampa. El pu?o derecho del caballero le golpeó de lleno en el estómago, sacándole el aire por completo. El impacto lo lanzó hacia atrás, estrellando su cabeza contra el borde de un tejado. Las tejas se partieron, y Zein cayó al suelo, el mundo girando y su oído zumbando con un pitido insoportable.
La sangre le corría por la frente, la respiración era un jadeo roto. Trató de levantarse, pero sus brazos no respondían. Frente a él, Lucian avanzaba con la espada ya desenfundada, la mirada fría, decidida.
Zein apenas alcanzó a ponerse de pie. Lucian giró el cuerpo y lanzó una patada; Zein saltó por reflejo, pero el caballero fue más rápido. Lo tomó del pecho con una sola mano y lo arrojó al suelo con una fuerza brutal.
El golpe lo dejó sin aire. Todo su cuerpo dolía, y el mundo se volvió difuso. Solo escuchaba su propia respiración y el eco distante de la multitud.
?Maldición... esta vez sí es mi fin…? pensó, cerrando los ojos con resignación mientras veía el brillo del acero elevarse sobre él.
?Me hubiera encantado pasar más tiempo contigo… Lyra?
Lucian levantó la espada, el filo temblando bajo la luz. Por un instante, todo quedó en silencio.
El corte nunca llegó.
Solo hubo un chasquido seco.
Zein entreabrió los ojos, y lo que vio lo dejó sin aliento. Frente a él, Kio se mantenía firme, el cabello revuelto y el vestido ceremonial ondeando con el viento. Sostenía la hoja de Lucian entre sus manos desnudas.
El aire se volvió denso. Ninguno de los dos habló. Solo la mirada de Kio, helada y letal, bastó para hacer que el caballero se congelara.

