Dos a?os atrás, Naoko estaba sentada frente a Alexander y Mei en el bar.
La mesa de madera entre ellos estaba marcada por golpes viejos y manchas imposibles de quitar. Alexander sostenía unos papeles en la mano, los revisaba con el ce?o fruncido, mientras Mei observaba en silencio. Naoko, en cambio, mantenía la espalda rígida y las manos apretadas sobre el regazo, evitando levantar la mirada.
De pronto, Alexander dejó los papeles sobre la mesa con un golpe seco.
—No puedo dejar que pelees aquí—dijo, serio.
Naoko dio un peque?o respingo.
—P-?por qué…?—preguntó en voz baja, mirando a un punto cualquiera del suelo.
—No importa que seamos una cantina—continuó Alexander—. Aun así, tenemos valores.
Naoko levantó un poco la cabeza, apenas lo suficiente para que se notara el temblor en su barbilla.
—Yo… yo sé pelear bien—murmuró—. Por favor, reconsidéralo…
Alexander negó con la cabeza mientras se levantaba de la silla.
—Aunque seas mejor que otros ni?os de tu edad, esto es otra liga. Esto no es lugar para una ni?a.
Naoko apretó los pu?os contra sus piernas.
—?Espera!—gritó, sorprendiendo incluso a Mei.
Alexander se detuvo en seco.
Naoko bajó la mirada de nuevo. Sus hombros comenzaron a encogerse, y peque?as gotas cayeron sobre la tela de su ropa. No hizo ruido al principio, pero su respiración entrecortada lo decía todo.
—P-por favor…—sollozó—. Por favor…
Alexander volvió a sentarse, esta vez sin prisa, apoyando los brazos sobre la mesa.
—Te escucho—dijo.
Naoko respiró hondo, aunque su voz seguía temblando.
—Déjame hacerlo—susurró—. Quiero ayudar al viejo… él hace mucho por mí. Me dio un lugar, me cuidó cuando no tenía nada… y yo…
Sus palabras se rompieron un instante.
—Quiero devolverle algo—terminó.
Alexander la miró en silencio.
—?Incluso si eso significa lastimarte?—preguntó.
Naoko se secó las lágrimas con el dorso de la mano y asintió sin dudar.
—Sí.
Alexander se levantó de nuevo.
—Entonces hagamos algo—dijo.
Naoko parpadeó, confundida.
—?P-perdón…?
Alexander se colocó frente a ella y se?aló su propio estómago.
—Golpéame. Lo más fuerte que puedas.
Naoko abrió los ojos de par en par.
—?N-no habrá problema…?—preguntó, casi en un susurro.
Alexander sonrió, confiado.
—Claro que no. Puedo aguantar bastantes golpes.
El rostro de Naoko se iluminó por un instante. Sus ojos brillaron con una ilusión contenida, como si alguien acabara de abrirle una puerta que llevaba tiempo observando desde lejos. Se puso de pie de inmediato y adoptó una postura de boxeo, firme, aunque fuera solo para lanzar un golpe.
Alexander frunció ligeramente el ce?o.
Había algo en esa posición. No era torpe ni improvisada; el peso bien distribuido, los hombros relajados, los pies listos para impulsarse. No era la postura de alguien sin talento… ni sin entrenamiento.
—Cuando estés lista—dijo.
La expresión de Naoko cambió al instante. La timidez se desvaneció, reemplazada por una concentración silenciosa. Sin advertencia, lanzó el golpe.
Alexander alcanzó a leer el movimiento, pero aun así le pareció demasiado rápido para alguien de su edad.
El impacto llegó.
Un golpe seco, profundo.
Alexander dio varios pasos hacia atrás, llevándose la mano al estómago mientras soltaba el aire con brusquedad. El dolor era real. No era un golpe al azar; era el golpe de alguien que sabía exactamente dónde pegar.
Mei abrió los ojos, sorprendida.
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Naoko tardó apenas un segundo en reaccionar. Bajó la cabeza de golpe y comenzó a disculparse una y otra vez, inclinándose nerviosa.
—L-lo siento, lo siento mucho, yo no quería…
Alexander respiró hondo y luego apoyó la mano sobre la cabeza de Naoko, revolviéndole suavemente el cabello.
—Creo que podemos hacer una excepción—dijo con una sonrisa.
…
—Oye, Alexander… ?en serio es buena idea que Naoko pelee contra ese tipo?—preguntó Zein, tenso—. Le duplica el tama?o, más o menos.
—No te preocupes—respondió Alexander con una sonrisa orgullosa—. Ella es bastante fuerte.
Kiomi desvió la mirada, claramente incómoda. Lyra se tapó parte del rostro con las manos, dejando apenas un ojo al descubierto. Zein seguía intentando decir algo, pero ya nadie le prestaba atención.
El réferi alzó la voz y dio inicio al combate.
?No quiero avergonzar a Alexander frente a ellos… y tampoco quiero quedar mal?, pensó Naoko, apretando los pu?os.
Ambos combatientes avanzaron y chocaron los nudillos en se?al de respeto.
La pelea acababa de comenzar.
Desde el inicio de la pelea, el rubio tomó la iniciativa. Avanzaba sin descanso, lanzando golpes amplios al aire, buscando acorralar a Naoko y obligarla a responder. Sus pu?os cortaban el espacio con fuerza, pero ninguno encontraba su objetivo. Naoko solo retrocedía, deslizándose fuera del alcance, girando el cuerpo lo justo para que cada golpe pasara rozando.
Los gritos no tardaron en llenar el lugar. Algunos exigían que el rubio conectara de una vez, otros le gritaban a Naoko que se defendiera, que atacara. Aun así, el intercambio seguía vacío. Ningún golpe llegaba. La respiración del rubio comenzaba a volverse pesada, su ce?o se fruncía cada vez más, y la frustración se le notaba en los hombros tensos y en la forma errática de atacar.
?Debería terminar esto pronto?, pensó Naoko.
En un parpadeo, dejó de retroceder. Avanzó.
Su cuerpo se movió con una rapidez limpia, precisa. Un golpe corto con el brazo izquierdo abrió la guardia del rubio, desviando su defensa apenas lo necesario. Antes de que pudiera reaccionar, Naoko giró la cadera y lanzó un gancho directo a la barbilla. El impacto resonó seco.
El rubio cayó de espaldas como si le hubieran cortado los hilos.
El silencio duró solo un segundo antes de que la multitud estallara entre vítores y abucheos mezclados.
—?Levántate, cabrón! ?Aposté por ti!—gritaban algunos desde el fondo.
El réferi se acercó al hombre caído y comenzó la cuenta. Uno… dos… hasta diez. El rubio no se movió. Entonces el réferi se giró hacia Naoko, le tomó el brazo y lo alzó, declarándola ganadora.
Zein y los demás observaban sin poder decir una sola palabra. Alexander, en cambio, los miraba con una expresión tranquila, casi divertida, como diciendo se los dije.
—Creí que haría más espectáculo, la verdad—comentó Mei, apoyando la mejilla en la mano.
??Me habré excedido??, pensó Naoko al mirar a su oponente inconsciente en el suelo.
Luego alzó la vista hacia el público, buscando a Zein. Cuando lo encontró, su expresión de asombro la descolocó. Sus miradas se cruzaron apenas un instante. Naoko no supo cómo reaccionar, así que bajó del cuadrilátero casi de inmediato.
Un rato después, el bar estaba casi vacío. Muchos se habían marchado para cumplir con sus horarios de trabajo o regresar a sus casas a descansar. El ambiente había vuelto a una calma extra?a, cargada de ecos recientes.
Naoko se encontraba frente a su contrincante, inclinándose una y otra vez mientras se disculpaba. El rubio, con una sonrisa despreocupada y un trozo de hielo apoyado en el mentón, le hacía se?as de que no había ningún problema.
El resto del grupo estaba sentado en una mesa cercana, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
Fue entonces cuando Kiomi recordó lo que Alexander había dicho sobre el dinero.
—Oye, se?or Alexander—habló Kiomi, rompiendo el silencio.
—Con solo decirme Alexander basta—respondió él con una sonrisa relajada.
—Quiero trabajar aquí—dijo ella, sin titubear.
—?Cómo?—Alexander alzó una ceja, sorprendido.
—Sí, quiero trabajar. No quiero sentirme un lastre. Quiero al menos hacer algo y no dejar que me mantengan todo el tiempo—a?adió, apretando las manos sobre la mesa con fuerza contenida.
—Yo también quisiera trabajar aquí—intervino Zein, levantando ligeramente la mano.
—No lo sé…—murmuró Alexander, llevándose una mano al mentón, claramente dudoso.
Entonces Mei se acercó por detrás, apoyó una mano en su hombro y se inclinó un poco hacia él.
—No veo por qué no. Nos hace falta personal—dijo con una sonrisa tranquila, pero firme.
—?Yo también quisiera trabajar!—exclamó Lyra, poniéndose de pie de golpe.
—Tú no—respondió Mei al instante, se?alándola sin el menor titubeo.
—?Eh? ?Por qué?—preguntó Lyra, inflando ligeramente las mejillas.
—Eres muy joven para trabajar en un bar como este—contestó Mei, sin retractarse ni un poco.
—No es justo…—murmuró Lyra, haciendo un puchero exagerado.
—Conozco a alguien que podría darte empleo en una panadería cercana—dijo Alexander, inclinándose hacia ella con una sonrisa cómplice.
Los ojos de Lyra se iluminaron al instante, como si le hubieran encendido una chispa por dentro.
—?Y tú, Kio? ?No quieres también trabajar?—preguntó Mei, girándose hacia ella.
—No quiero…—respondió Kio, dejándose caer sobre la mesa como si toda la energía se le hubiera escapado del cuerpo.
Desde la distancia, Naoko los observaba. Hablaban sin preocupación, compartían ese tipo de momentos simples que parecían llenar el espacio de una calidez extra?a. Por un instante, deseó haber llamado la atención de Zein, aunque fuera un poco.
Después de dudar apenas unos segundos, decidió marcharse. Sin despedirse. Sin decir una sola palabra.
Pero antes de que pudiera alejarse del todo, algo ocurrió.
Lyra comenzó a toser de repente, primero de forma leve, luego cada vez más descontrolada, hasta que terminó inclinándose hacia adelante y vomitando. Kiomi y Zein hicieron lo mismo poco después.
Alexander y Mei se movieron al mismo tiempo, rodeándolos con rapidez, seguidos de Kio, que ya no parecía tan cansada.
—Kio, ?acaso no tomaste las medidas necesarias para evitarlo?—preguntó Alexander mientras se arrodillaba junto a Zein.
Al revisar su cuerpo, frunció el ce?o. En la piel comenzaban a aparecer manchas rojizas, irregulares, y en algunas zonas la piel se veía levantada, sensible al tacto. El calor que despedía era anormal. Kiomi y Lyra no tardaron en mostrar síntomas similares; Kiomi apenas alcanzó a apoyarse en la mesa antes de vomitar, seguida por Zein, que tuvo que girar el rostro para no ensuciar el suelo. El aire parecía pesado, casi áspero en la garganta.
—Los puedo sanar con magia—dijo Kio, con la voz tensa, dando un paso al frente.
—No—lo detuvo Alexander de inmediato—. El tipo de magia de curación que usas solo empeorará los síntomas. Esto no es una herida normal. Necesitamos a alguien especializado.
—Lo malo es que los únicos médicos que saben tratar esto están en descanso por el feriado—a?adió Mei, mirando a los tres con evidente preocupación—. No creo que haya ninguno abierto ahora mismo.
En ese momento, Naoko se acercó con pasos inseguros, apretando los dedos contra el borde de su ropa.
—E-esté… yo conozco a alguien—dijo, alzando un poco la voz—. Estoy casi segura de que está abierto.
—??Quién!?—preguntaron casi al mismo tiempo.
—Ah… bueno… ?te acuerdas del Chuy?—preguntó Naoko, mirando a Alexander de reojo.
Los ojos de Alexander se abrieron un poco.
—Es cierto, el Chuy puede ayudarnos—dijo, aunque enseguida frunció el ce?o—. ?Estás segura de que está abierto ahora mismo?
—Sí… justo antes de venir pasé con él para que me revisara—respondió Naoko, bajando la mirada—. Quería saber si ya estaba lista para volver a pelear después de lo que pasó en mi última pelea…
—?Llévanos con él, por favor!—dijo Kio, acercándose de golpe, demasiado rápido.
Naoko dio un peque?o respingo al sentirlo tan cerca.
—C-claro—respondió, asintiendo con nerviosismo—. Vamos.

