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Game Over para los NPCs Ambiciosos

  Los gritos y gemidos de piedad resonaban en sus oídos como una melodía discordante que solo él sabía apreciar. Daniel observaba, con la satisfacción serena de un director que contempla el último acto de una obra mediocre, cómo los peque?os salvajes de los "Ni?os del Dolor" —un mero club de ni?os ricos con ínfulas de titiriteros sádicos que, en su infinita simpleza, osaban llamar "juegos" a lo que no eran más que patéticas imitaciones— eran arrastrados fuera de su templo. Un templo que a él le parecía una boutade arquitectónica, con pisos de mármol arrebatados a los Tauren en una partida de cartas y paredes talladas en la madera sagrada del árbol de la Vida de los elfos. Ilusos. él era el dios de... Bueno, ?y qué importaba?, pensó, descartando la idea con la misma facilidad con la que se descarta un naipe indeseable.

  —?Por favor, Daniel! Soy casi tu padre de otra madre, ?por favor! —Los lamentos de Francisco retumbaban en el aire cargado de humo y ansiedad, y cada gemido le recordaba a Daniel el peso de una deuda tan colosal que su mera existencia era un fastidio perpetuo.

  —Mon cher Francisco, se dice 'hermano de otra madre' —corrigió Daniel con una sonrisa que era un afilado gui?o de complicidad consigo mismo—. Los de Yule, en su candor pastoral, tratan a amigos y enemigos como hermanos. Si insistes en el drama familiar, pues bien, puedes unirte a la mesa. Tal vez ganes algo y alivies tu... situación deplorable.

  La benevolencia envenenada que impregnó su voz surtió el efecto habitual en Frank: una neblina donde pensar se volvió lento como caracoles. Con un pesta?eo, ya estaba en la décima partida y, como siempre, Daniel ganaba.

  Pero algo se torció. Su templo se redujo y desapareció en una neblina opaca; los colores se alejaron como la memoria de un sue?o, como si el dibujante de su realidad hubiera sufrido una crisis psicótica y fuera fan del cine negro. Esto es un sinsentido, pensó, buscando aliados. Su mirada se clavó en Nubia. La mujer estaba de pie, inmóvil, vestida con un traje de negocios que no dejaba un ápice de piel al descubierto, incluso llevaba capas de maquillaje. Eso era simplemente... no tenía palabras. Esa exhibicionista de bikinis nunca se pondría tanta ropa; era como ver a un tigre enfundado en un esmoquin. Además, sostenía de las manos a las gemelas sin intentar siquiera un pellizco cari?oso o una mirada de posesiva aprobación. ?Por qué no podía respirar? ?Por qué sus ojos se negaban a parpadear, clavados en esa escena imposible? Todo le parecía una pintura surrealista, uno de esos cuadros que desafían la lógica solo para molestar al espectador con su pretensión.

  —?Qué pasa, chico? ?No te gusta mi regalo? Soy un padrastro responsable —una voz familiar cortó el silencio espeso. Ante él se erguía un hombre Yuliano que a Daniel le pareció el retrato mismo de la mediocridad provinciana.

  —Vamos, muchacho, mira tus cartas. Juguemos. Tú eres el dios, ?no? Yo solo soy un viejo con mala suerte —insistió el Yuliano con una sonrisa burlona. Daniel intentó mover un músculo, pero sus miembros pesaban como plomo. ?Dónde estaba su moneda...? Con un esfuerzo sobrenatural que le ardía en el cerebro, giró solo los ojos y la vio: su moneda, en el suelo como un amante abandonado que lo llamara.

  —Nubia, querida, ?puedes venir? —La mujer se acercó con una sonrisa que, en su confusión, él leyó como un tratado de picardía pura y, con una delicadeza insultante, colocó la moneda fría sobre su frente. ?Vale? Perfecto. El guión se desarrolla a la perfección, pensó, aunque una parte minúscula y lúcida en su interior odiaba cómo su deuda crecía. Pero sabía que aún podía ganar; solo era mala racha. Esta era su oportunidad.

  —Oh, otra vez con ese juego. Concedido, juguemos como siempre —Daniel lanzó la moneda con su "mano de la suerte". Un momento, ?"mi mano"? Pensó. La moneda giró en el aire, un disco de luz danzante, y cayó mostrando el Sol.

  —Ganaste esta vez, como es debido. Cuídate, muchacho —dijo el Yuliano, y con esas palabras, el suelo del cuarto de Daniel se le dio beso para despertar.

  Día 69

  Despertó jadeando, su respiración era un compás de jazz ansioso y desordenado. Con piernas temblorosas y brazos que le pesaban como si fueran de arcilla sin forma, logró arrastrarse hasta el espejo empa?ado. Su reflejo mostraba, con cruel fidelidad, el mismo rostro del hombre Yuliano del sue?o. Una recordatorio absurdo. Un chiste de mal gusto, intentando que su concentración se debilite

  —?Ludus! Padrastro del azar viciado, gracias por la visión y lo siento, querida, no gastes en ti para ese tipo de actos; la madera es algo de elfos —masculló entre aspiracciones profundas, disipando las náuseas que le revolvían el estómago. ?A qué juego de salón pretendes jugar ahora, mon ami?, se preguntó.

  —Maestro Daniel, disculpe la interrupción, pero el se?or Francisco ha llegado —anunció una voz desde la puerta. Daniel esbozó una sonrisa tensa. Solo espero que este Francisco sea tan... maleable como el de mi sue?o.

  Con un suspiro que era más una queja, sacó de un cajón su crema de vida. Con la precisión de un cirujano, colocó dos dedos de crema en la frente y, usando su moneda, comenzó su día con una serie de lanzamientos.

  Sol.

  Sol.

  Sol.

  Sol.

  Luna.

  — Bien. Cuatro soles. No está mal para empezar el día —murmuró para sus adentros, mientras se estiraba la espalda, disfrutando de la sensación de que sus técnicas funcionaban.

  Inyectó mana en la crema y sintió el hormigueo familiar mientras sus efectos se potenciaban. Su piel pálida ganó un tono más vital y ese recordatorio persistente de que no se había ba?ado en días se esfumó. Su cuerpo, por fin, despertó por completo. Se enfundó una camisa de una pieza y sobre ella, su traje de corte impecable, que acentuaba su figura sin esfuerzo aparente. El tejido, una lana de oveja perdida, comenzó su trabajo, absorbiendo la suciedad acumulada en su piel.

  —No tengo tiempo que perder, moneda querida. Dame un impulso, ?te parece?

  Realizó seis lanzamientos, obteniendo la luna en dos ocasiones. Su traje blanco se ennegreció por completo al absorber la mugre de su cuerpo, para luego expulsarla al suelo en un instante, quedando con un tono grisáceo permanente. Daniel consideró el resultado un problema menor.

  Con un paso silencioso, abrió la puerta. Allí estaba Carol, su ama de limpieza.

  — Querida, cumpla con su labor. Sus hijos te esperan en casa —dijo, sin más preámbulos, como si enunciara un hecho natural. Corrió al primer piso de su mansión, que, para su irritación, aún no se convertía en el templo de sus sue?os, pero estaba a punto de lograrlo. Era solo una cuestión de superar una racha de mala suerte, nada más.

  — Daniel, muchacho, ?cómo llevas el día? Le estaba comentando a tu sirviente sobre sus... habilidades para las cartas —allí, en su mesa de bar en remodelación, estaba Francisco. Su sonrisa era desgastada, como su ropa, la de un hombre que perdía siempre contra cualquiera y parecía aceptarlo con una placidez que a Daniel le resultaba incomprensible. No se preocupaba por su imagen; incluso usaba esa estúpida túnica de cuerpo completo, negra y sencilla, sobre su traje.

  — La casa siempre gana, Francisco. Es una ley tan fundamental como la gravedad. Si sigues así, tu Culto del Oro tal vez decida venderte para saldar las deudas —respondió Daniel, mientras se sentaban en el bar. El sirviente, con sus ropas todas raídas, fue por su desayuno... o almuerzo. La distinción era irrelevante.

  — Daniel, mon frère, deberías considerar otro lugar; este se está cayendo a pedazos. En otro asunto, es hora de la reunión. Es importante que estemos presentes. Teresa está afuera, solucionando un... malentendido a su manera —Francisco hablaba, pero Daniel ya lo había silenciado en su mente. él, para ser siempre el mismo, siempre mencionaba a la ignorante de Teresa, esa ni?a rica y mimada, líder de un culto propio. La prueba viviente de que el Padrastro, en efecto, tenía sus favoritos.

  No le dio una respuesta; solo agradeció internamente cuando su sirviente llegó con un plato de sándwiches de carne molida y jugo de naranja. Una sonrisa leve, casi privada, se dibujó en su rostro al comprobar que, al menos, su desayuno era el correcto. Debía reconsiderar la deuda del cocinero. Quizás, en cambio, aumentar la del sirviente por sus distracciones en el juego.

  — Me complace ver que mantienes el gusto por la comida de nuestra tierra, pero deberías apresurarte. Y no conviene excederse —Francisco siempre con sus sermones sobre la salud, como un padre molesto interpretando un papel ya caduco.

  Daniel dejó de escucharlo, sacó su moneda y la lanzó al aire. Oyó el suspiro resignado de Francisco mientras obtenía seis soles consecutivos. Una sonrisa pícara, un peque?o triunfo personal, adornó su cara: su técnica había funcionado a la perfección.

  — Sigues jugando con eso. Sé que no te agrada la idea, pero, por favor, no lo uses solo para hacer un sándwich más... apetitoso. —Y otra vez, Francisco empezaba con sus simplonas preocupaciones de campesino, tan ajenas a las sutilezas del verdadero poder.

  Disfruta del desayuno pero antes del primer bocado usando un cuchillo algo oxidado corta parte del sandwich Francisco y Teresa como siempre arruinan su desayuno de 2882 calorías pasar el día en su cama pensando en la siguiente jugada planeado un asalta al casino de Francisco con sus seguidores para mostrar que el Daniel es la casa tomó solo una cuarta parte del sándwich sobrecargado y mentalmente decide duplicar la deuda del sirviente.

  Frente a él, Francisco leía un periódico, pero a Daniel le importaba un bledo. Se centró en comer y, al terminar, retomó el compás de su día. Se levantó de su asiento y, con Francisco detrás suyo, salió de su hogar en perpetua remodelación para ver a Teresa en su papel favorito.

  — ?Vamos, chicos, vamos! ?Los Amos del Dolor dan los mejores premios! Y la lotería del gran ?Ludus! Está abierta a todo el mundo —anunciaba Teresa, enfundada en un vestido azul marino de corte princesa. Estaba junto a varios guardias repartiendo volantes. Daniel centró su mirada en los alrededores de su casa: escombros y casas abandonadas llenas de pobres diablos.

  — Teresa, querida. Hay una reunión. En marcha —dijo con fastidio. Como la mascota obediente que era, Teresa corrió a parlotear con Francisco y los guardias. En su posición, comenzaron la caminata. Daniel sintió un escalofrío frío y vio cómo unas nubes negras se acercaban. Un presagio tan vulgar como predecible.

  El viaje fue aburrido hasta la médula. La ciudad de Rócavelo aún estaba hecha pedazos, con ratas peleando contra R?ttfolk, mujeres y hombres con sus ni?os, peleas... toda la ciudad exudaba ese aire canalla tan típico de los lugares sin dios. Sintió varias miradas sobre él, pero se mantuvo firme. No permitiría que esa chusma lo perturbara.

  Llegaron al edificio de reuniones. Dentro de la sala principal, encontró el mismo circo de siempre. En el lado derecho estaba Nubia, con un bikini metálico y sobre este una falda que se abría en el frente. Las gemelas luchaban por ver quién se sentaba en su regazo. Vulgar y perversa, en su justa medida, pensó con aprobación. En el lado izquierdo de la mesa estaban las Tres Cicatrices, un mismo culto que se había tomado el dicho "con tres cabezas se piensa mejor" al pie de la letra, todos vestidos con la misma ropa pero con colores a juego. Y a la cabecera, Georgios, líder de la Manada Ardiente, un hombre flaco y delgado cuyo nombre, supo Daniel, significaba "agricultor". Poco apropiado para un guerrero; más bien propio de un horticultor.

  Y la reunión empezó. Los principales voceros fueron las Tres Cicatrices, hablando de flujo de caja, inversiones, población en general. Teresa habló con Angelo sobre un espectáculo; Georgios, con Nubia sobre un ritual; y Francisco, también con Nubia, sobre el noble. Ella afirmó que lo tenía controlado. Las Tres Cicatrices interrogaban a Georgios sobre cómo iban los cultivos.

  Y Daniel solo jugaba con su moneda, observando cómo esa gentuza se creía el cuento de construir una ciudad. Era divertido, en un sentido patético, ver cómo la escoria jugaba a ser constructores.

  La discusión duró horas, y el frío siguió aumentando, pero al parecer nadie más lo notaba. Como era de esperar de mentes tan simples.

  Toc, toc, toc.

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  La mirada de todos se dirigió a la entrada, donde un hombre vestía un suéter y pantalones cortos. En serio, pensó Daniel, hablan de administrar un territorio, pero ni siquiera pueden poner una puerta decente o terminar de arreglar la pared de la sala de juntas. Deplorable.

  — Soy álvaro, emisario de la gran Reina de la Ambición Eterna —se presentó con una calma absoluta. Pasó sin más y se sentó al lado de Nubia. Con un lanzamiento de su moneda, los ojos de Daniel vieron cómo los músculos de los presentes se tensaban. Las Tres Cicatrices se ajustaron la ropa y una duda comenzó a corroerlo: ?A qué viene este peón engreído a mi territorio?

  — Como saben, mi Ama ha invertido... —los lamebotas de Angelo y sus secuaces agradecieron con palmadas sobre el pecho, como simios en celo. Hubo reverencias. Incluso Nubia y Georgios asintieron con respeto. Teresa y Francisco se limitaron a un gesto de asentimiento— mucho en ustedes. Y, en general, todos han cumplido. Menos el llamado Daniel. Espero su muerte para el fin del día. Adiós.

  El silencio inundó la sala, que hasta hacía un momento estaba llena de un parloteo insufrible, dándole tiempo para pensar en cómo la situación había pasado de moderadamente entretenida a francamente mortal.

  — Mis queridos congéneres, saben que esto es un error. Han venido a dividirnos —comenzó Daniel, pero antes de que pudiera desarrollar su punto, Teresa, la enana revoltosa, le lanzó una patada en el tobillo. La pérdida de equilibrio lo hizo tambalearse contra la mesa, y Francisco, por su parte, le propinó un golpe en la nuca. Lo último que escuchó fueron las risitas estúpidas de quienes no veían la verdad.

  La siguiente sensación fue el frío del agua ba?ándole la cara. Al abrir los ojos, observó cómo Nubia, frente a un espejo, elegía vestidos de boda.

  — Madame, sé que juré por mi vida ayudarla, pero como puede ver, mi cuerpo será profanado por un hacha oxidada. Sin embargo, si quiere mi exquisita —y muy pronto, póstuma— opinión, elija algo más discreto —intentó pararse, pero solo logró encogerse—. Sé que el noble vivirá poco, pero al menos dele la ilusión de que en la noche de bodas podrá disfrutar del tesoro escondido bajo tu vestido.

  La mujer solo asintió. Tomó un vestido de varias capas y le dejó a sus pies una Gladius Mainz, una máscara de zorro de escoria verde y su moneda. Si no fuese por estas trágicas circunstancias, la exhibicionista esta no hubiera recibido mi consejo de moda. Al menos mis últimas palabras serán de buen gusto.

  Mientras entonaba una melodía que —según él— haría que la mujer más bella jugara con él hasta los últimos minutos de su pasión efímera, el mundo giró. Observó cómo se elevaba y el techo se abría para revelar que estaban en una arena de lucha.

  — ?Oooooo! ?Mis favoritos! ?Soy Teresa, vuestra Ama del Dolor! ?Quién está conmigo! —Allí, flotando en el aire con su máscara de pavo real, estaba la mujer que electrizaba las gradas con un vestido de solo dos capas llenas de colores—. ?Tenemos al dandi sin brújula, Daniel! ?Al comerciante sin alma, Angelo! ?Y al jefe cicatrizado, Mario! ?Abróchense los cinturones, queridos! ?Hoy la sangre pintará la arena! —Con cada nombre, los gritos de la multitud, esa chusma eufórica, crecían más y más. él miró a sus compa?eros y los vio en el mismo estado de confusión.

  —?Y ahora, la gran atracción! ?El cazador, el maestro de la tormenta: Gazazo! —Con un dominio sobre el viento, Teresa transmitía su entusiasmo contagioso, dando saltos sobre su plataforma de aire.

  Daniel observó al mestizo de aspecto deplorable: larguirucho, de unos dos metros, con un cuerpo cuadrado y una piel que era un mosaico de fallos genéticos, escamosa por un lado y simplemente verde por el otro. Por la información que Namys le había dado, al parecer era una mutación donde le salían escamas en las zonas heridas. Un verdadero adefesio, pensó.

  El mestizo solo llevaba una máscara de águila roja con cuernos de jabalí. Entonces sucedió: la máscara del jabalí gritó. Nada lo sorprendía ya de esa mujer bestial. Mientras su mente formulaba una estrategia, sintió cómo sus cadenas se abrían. Vio cómo sus nuevos compa?eros se lanzaban por sus máscaras.

  Tomó la suya, su moneda y su Gladius Mainz. Se acercó lentamente a Angelo, a quien los nervios consumían: piernas temblorosas, palmas húmedas. Su máscara era la de un gusano, sin muchos detalles.

  — Angelo, mon cher, ?cómo llevas el susto? Buen día para una danza mortal, ?no te parece? —Solo recibió una risa seca que sonó más como un gemido. Daniel sacudió la cabeza y miró cómo Gazazo se quedaba quieto, observando. Tomó respiraciones profundas, imaginó cómo se movería el zorro de escoria verde, tomó su mana e inyectó la máscara, exudando una neblina verde que los cubrió por completo.

  Lanzó su moneda: 3 soles y 2 lunas. La nube ganó forma y bloqueó los intentos de Gazazo de controlar el viento en el interior.

  — Angelo, no malgastes el poco tiempo que nos queda. Este bruto puede despacharnos si se lo permitimos. Juntos tenemos una oportunidad. Yo conozco sus debilidades; con mi niebla y tu vapor ácido, más un toque de velocidad, esto será un paseo —dijo con mirada firme. Angelo volvió a respirar, notando entonces que Gazazo lo había estado ahogando con el aire.

  Fue entonces cuando Angelo, con una calma espeluznante, se enderezó lo que pudo. A través de la máscara de gusano, su voz llegó no como un grito, sino con una claridad gélida y formal, cada palabra medida como si estuviera en su escritorio y no en una arena mortal.

  — Daniel, muchacho. Permítame ser claro: prefiero morir con honor que vivir aliado a un ludópata. —Hizo una pausa, y Daniel sintió un escalofrío al ver la precisión con la que el hombre se ajustaba los pu?os de la camisa, un gesto absurdo en medio del caos—. Y, hablando de honor, no olvidemos las obligaciones. Usted me debe dinero, ?recuerda? Permítame refrescar su memoria.

  Al decir esas palabras, Daniel sintió que su cuerpo perdía toda sensación. Su boca se cerró por una fuerza invisible.

  — ?Nada que decir? Muy bien. Le informaré entonces. —La voz de Angelo era didáctica, como un maestro dando una lección funesta—. ?Quiere saber el peso de sus cadenas? Con un interés compuesto del ochenta por ciento y una deuda principal de once mil seiscientos sesenta y cinco con cuarenta y tres... —Con cada sílaba, una pesadilla de hierro frío se materializaba, una cadena de mana y hierro puros que se enrollaba alrededor de los miembros de Daniel, apretando su carne como una boa constrictor— ...la cadena pesa, calculando el lastre moral, aproximadamente ciento cinco toneladas. Ahora sí, voy a morir. Me llevaré al otro idiota, pero no pienso en ganar. Ese monstruo podría doblar a Nubia sin despeinarse.

  — Es cierto —fue todo lo que escuchó Daniel, antes de que el amo de sus cadenas fuera aplastado en una mancha en el piso. El imbécil de Angelo no lo vio venir. Solo encerró los lados y el piso.

  Con un movimiento rápido, usó su moneda. El mundo se ralentizó mientras veía cómo el artefacto consumía sus menguantes reservas de mana. La suerte estuvo una vez más de su lado: sacó 5 soles.

  Con ese impulso, se transformó en una esfera de gas verde que se elevó. Pero incluso así, la bestia lo golpeó con una cuchilla de viento que destruyó la transformación. Terminó cayendo al suelo. Observó cómo Mario se lanzaba contra el monstruo con dos serpientes de tierra de varios metros, pero solo terminó envuelto en una barrera. Por suerte, Mario logró romperla, creando otras dos serpientes fuera de ella.

  Con un suspiro, Daniel sintió cómo sus costillas se quebraban por la caída, pero aun así se puso de pie y se concentró. No hay salida. Estoy acabado. Nada de lo que tengo puede perforar su piel. Tomó su moneda y, gastando su último rastro de mana, la lanzó tres veces. Salió sol las tres veces. Con ese impulso, preparó una lanza de gas verde. No lo matará, pero quizás distraiga lo suficiente para que Mario remate el trabajo.

  El sudor le cubría la frente. Cerró los ojos. Su respiración se tornó como un fuelle roto, jadeante y descompasada. Sintió cómo su pecho se expandía con un último y doloroso esfuerzo.

  — ?Listo! ??Al blanco!! —gritó con todas sus fuerzas.

  Pero sus ojos salieron de sus órbitas al ver a Gazazo detrás de él, con el brazo extendido. Solo pudo escuchar:

  Crack.

  ?

  Observó cómo la bestia verde despachaba al insecto de Daniel con una frialdad que helaba la sangre. No sabía qué habría planeado el ludópata, pero su grotesco final le había regalado unos segundos preciosos. Con un gru?ido de esfuerzo, se hundió en la tierra como un topo herido, el suelo cerrándose sobre él como una vendaja de barro y piedra.

  Allí, en la oscuridad húmeda, jadeó. Cada inhalación era un fuego en sus costillas, pero el contacto con la tierra madre le devolvía una fracción de su fuerza. Su reserva de mana, apenas a la mitad, ardía con la rabia de un sol en eclipse. Con un esfuerzo titánico, volvió a invocar a sus serpientes de piedra, sintiendo cómo el mana se drenaba de sus venas como arena en un reloj. No era suficiente. Nunca sería suficiente. Pero era lo único que tenía.

  Emergió del suelo como un espectro vengativo, el polvo y las esquirlas de roca cayendo de sus hombros. Sus pulmones ardían, cada inhalación era un cuchillo. No importaba. Nada importaba excepto la silueta inmutable del monstruo verde entre el polvo.

  "Por Esteban, por Rocco, por todos ustedes...", pensó, la memoria de sus hombres caídos gritando en su mente con más fuerza que el dolor. Canalizó su rencor, su impotencia, y sus bestias de piedra cobraron vida, cargando contra el asesino con la furia de un derrumbe.

  —?Muere, maldito! ?Crees que porque tu ama de mierda es una elfa puede pisotearnos? ?Somos la tierra que pisas! —rugió, su voz un trueno cargado de odio.

  La bestia no respondió. Solo lo miró fijamente, con esos ojos inexpresivos, como si no fuera nada. Como si su venganza, su dolor, ni siquiera valieran el aire que usaba para gritar. Ese desprecio lo encendió más que cualquier golpe. ?Demostraré que las Cicatrices Sangrientas son la mayor fuerza militar! ?No somos comerciantes ni jugadores!

  Con un último y desesperado ardid, se hundió de nuevo en la tierra, desplazándose unos metros para emerger en un géiser de tierra y roca. Y entonces lo vio. El monstruo se había convertido en una mancha, reapareciendo justo sobre la cabeza de una de sus serpientes. ?Justo como había planeado!

  —?Ahora! —gritó, y ambas serpientes se detonaron en una cataclísmica explosión de piedra afilada y metralla, un vendaval de destrucción que envolvió a Gazazo.

  Mario, con la guardia en alto y los pulmones a punto de estallar, observó con ojos febriles el epicentro de la explosión. Sabía que eso no lo mataría, pero debería haberlo herido. Debería haberle hecho algo.

  El polvo se asentó. Y allí, sobre una plataforma de aire inquietantemente serena, estaba Gazazo. Sin un rasgu?o. Sin una mancha de polvo. Como si la explosión no hubiera sido más que un suspiro molesto.

  Entonces, Mario vio el movimiento. No fue un movimiento, fue un fallo en su visión, un borrón verdoso que manchó el aire entre ellos. No hubo sonido de pasos, solo el crujido sordo y húmedo de sus propias costillas al impactar lo que sintió como el embiste de un toro de acero. El mundo se volvió blanco de dolor. Para cuando su cerebro, aletargado por el shock, procesó la agonía, Gazazo ya estaba detrás de él, recomponiendo su guardia con una tranquilidad obscena.

  En el suelo, saboreó el cobre y la hierba de su propia sangre. Estaba seguro de haber percibido el sabor distintivo de su hígado desgarrado. A?os comiendo hígado... al menos sirvió para reconocer el sabor de mi muerte, pensó con un humor negro y amargo. Vamos, acércate. Si crees que no anticipé tu velocidad, te equivocas. Vamos, acércate... lo desafió mentalmente, reuniendo cada gramo de su voluntad para no perder la conciencia.

  Pero Gazazo no se acercó. Solo estaba allí, parado firme como una estatua juzgando a un hereje. Tan impasible como Angelo, siempre creyéndose el más limpio cuando en el fondo, todos estaban manchados de la misma mugre.

  La visión de Mario se oscureció, los bordes difuminándose en un túnel. Sus pulmones lucharon, se espasmaron, intentando tomar un aire que ya no podían encontrar. El peso en su pecho era insoportable, como si una losa de plomo lo aplastara. El aire mismo se había vuelto denso, pesado, negándole el oxígeno. No lo estaba matando con un golpe glorioso; lo estaba ahogando lentamente, con una crueldad impersonal.

  —M...al...dito... —logró escupir entre un vómito espeso y carmesí. La bestia ni siquiera quería ensuciarse las manos. Solo quería verlo dejar de existir, como a un insecto.

  ?

  Mientras el humano se ahogaba en su propia sangre, luchando contra unas heridas que ya tenían due?o, Gazazo no jadeaba; su cuerpo era una herramienta bien mantenida. Esta pelea fue perfecta, pensó con una satisfacción práctica. Es bueno que últimamente no me haya apu?alado o parado balas con el cuerpo. Sus ojos, tras la máscara del águila, barrieron el suelo ensangrentado y se posaron en los artefactos que yacían entre los restos: las máscaras de sus... ?presas? ?Objetivos? Aún no sabía cómo llamarlos. Habían sido fáciles de matar.

  Se agachó y las recogió. Por un instante, una chispa de algo parecido a la emoción lo recorrió al imaginar los poderes que podría obtener. Su propia máscara había ganado fuerza al absorber la del jabalí, y con estas, Togaz tendría muchas puertas abiertas. Eran materiales de gran utilidad. Una sensación de calma y una felicidad serena lo invadió al saber que con esto una amenaza menos se interpondría en su camino. Lo único útil que esos criminales habían producido.

  Ignorando por completo los gritos de la multitud, sus músculos se tensaron como resortes de acero. Diminuyó su masa un 30% y usó un impulso de aire para lanzarse hacia el palco principal. El aire silbó a su alrededor, un simple efecto colateral de su movimiento. Su aterrizaje hizo crujir la madera bajo sus pies. Su mirada escrutó a los ocupantes: Francisco, con una sonrisa cansada; Teresa, con una amplia sonrisa que a Gazazo le resultaba incomprensible su actitud.

  ?Por qué Namys cree que serán útiles?; observó a los demás líderes, un coro de estatuas petrificadas, excepto León, amo de la manada, que le devolvió la mirada con firmeza. No estaba el enviado. Gazazo extendió sus sentidos y allí, como un regusto amargo en el borde de su conciencia, sintió el rastro un perfume de ambición y arrogancia que aún impregnaba el lugar.

  —Esta tierra —declaró, y su voz, un bajo profundo, se volvió de pronto anormalmente clara y cortante— pertenece al Imperio Esmeralda.

  No fue un movimiento grandioso. Simplemente extendió su mano y cerró el pu?o con lentitud.

  No pasó nada explosivo. En cambio, el aire dentro del palco, justo frente a los rostros de los líderes, se volvió de repente pesado e inmóvil. No era falta de aire; era que el aire mismo se había convertido en una losa invisible. Era su aumento de densidad del 40%, aplicado no a un escudo, sino al volumen de aire justo delante de sus narices. Un recordatorio físico y asfixiante de su poder.

  —Si tu ustedes —continuó Gazazo, su voz ahora un susurro, sin embargo, resonó en los oídos de todos con una claridad metálica— intenta iniciar un conflicto con el fuerte...

  En ese momento, emitió un sonido. No fue su grito sónico completo, sino un "clic" seco y agudo. El sonido partió todo vibrio en el palco, observo como intentan en vano poner su manos en sus oídos por el dolor.

  —Los borraré del mapa.

  La presión del aire cesó de golpe, permitiendo que los pulmones de los líderes volvieran a llenarse con un jadeo colectivo.

  No esperó respuesta. Su mirada barrió el grupo una vez más, confirmando una ausencia: Nubia. Un nuevo dato. Su mente, ya en movimiento, comenzó a redactar el informe mental para Namys. Hipótesis de Nubia: alianza matrimonial con un noble para reclamar la ciudad. Verificar. Con la misión cumplida y la inteligencia recogida, se dio la vuelta. Ahora tenía que regresar. Togaz despertaría pronto, y ningún trámite, por sangriento que fuera, iba a retrasarlo.

  Fin

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